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EL "MARXISMO" QUE SIRVE AL IMPERIO: LA CARA OCULTA DE LA IZQUIERDA GLOBAL

ENTREVISTA A GABRIEL ROCKHILL: ¿Por qué ciertas corrientes de izquierda terminan reforzando el mismo sistema que dicen combatir?

Durante décadas, una parte importante del pensamiento crítico ha sido presentada como radical, transformador y emancipador. Sin embargo, ¿y si muchas de esas ideas hubieran sido moldeadas —y hasta promovidas— por las mismas estructuras que dicen cuestionar? Este artículo explora cómo se construye una “izquierda aceptable”, qué papel juegan las instituciones en esa operación y por qué, desde el Sur global, emergen otras formas de pensar y luchar que desafían ese dominio.

REDACCIÓN CANARIAS SEMANAL.ORG

 

   El profesor y filósofo estadounidense Gabriel Rockhill envía a Canarias-Semanal la entrevista que le realizó Marxlenin Pérez Valdés para Cubadebate, centrada en algunos de los grandes debates ideológicos de nuestro tiempo.

 

       En ella, Rockhill analiza el llamado “marxismo occidental” sus vínculos con las estructuras de poder del imperialismo y la necesidad de recuperar una tradición marxista antiimperialista. A lo largo de la conversación, Rockhill reivindica también  el papel de Cuba como referencia de resistencia y construcción socialista frente a la agresión permanente de Estados Unidos. "Apoyo a Cuba -asevera Rockhill al final de la entrevista-, porque estoy del lado de la humanidad y la vida". 

 

     El profesor aborda, asimismo,  la función que desempeña el aparato cultural e intelectual del capitalismo en la fabricación de discursos anticomunistas y en la desmovilización política de los pueblos.

 

 

 

ENTREVISTA___________________________________

   

   M: En su libro “¿Quién pagó a los músicos del marxismo occidental?” ofrece elementos contundentes que contribuyen a desmontar al que ha sido conocido como “marxismo occidental”: ¿existe un “marxismo confiable”? ¿Qué alternativas tenemos desde Latinoamérica a este “marxismo occidental”?

 

    G ROCKHILL: La expresión “marxismo occidental” no se refiere a toda la producción intelectual marxista en el mundo occidental, sino a una forma específica de marxismo que ha surgido y se ha vuelto dominante en el centro [Img #90629]imperial. Usé la expresión “marxismo occidental” en el título porque es un punto de referencia reconocible, al menos dentro de ciertos sectores de la intelectualidad, debido a un debate generado en y alrededor de la obra de figuras como Maurice Merleau-Ponty, Perry Anderson y Domenico Losurdo.

 

    Sin embargo, también explico en el libro que la expresión más precisa sería “marxismo imperial” porque lo que tenemos entre manos es una orientación ideológica más que una categoría geográfica o cultural rigurosa.

 

    Además, esta terminología tiene la ventaja de especificar que el marxismo en cuestión es uno que ha sido transformado por el imperialismo en una sutil herramienta del imperio (de ahí el doble significado de marxismo imperial: es un producto del imperialismo, así como una fuerza ideológica que contribuye al imperio).

 

    Mi libro dilucida cómo la forma dominante de marxismo que se ha desarrollado en el centro imperial ha tendido hacia el chovinismo social y la aceptación del capitalismo, e incluso con el imperialismo. Esto ha sido debido, en parte, a la formación de una aristocracia obrera en el centro, que se beneficia de las estructuras imperiales de acumulación.

 

    Como explicó Lenin con su característica agudeza, la situación material de los trabajadores en los principales países capitalistas, que es muy superior a la de los de la periferia, los ha hecho tender ideológicamente hacia una aceptación del orden mundial imperial. Esto es, en última instancia, lo que condujo a la división en el movimiento socialista mundial entre los que llegarían a ser conocidos como socialdemócratas y aquellos que estaban dedicados, a la manera de Lenin, a romper las cadenas del imperialismo mediante el socialismo revolucionario.

 

    Losurdo, en su libro de 2017 sobre el marxismo occidental, se basó en el diagnóstico de Lenin para demostrar que la intelectualidad de izquierda contemporánea en el centro imperial aún manifiesta la misma orientación ideológica fundamental.

   

    Al examinar la izquierda académica afiliada directa o indirectamente con la herencia marxiana —desde la Escuela de Fráncfort y la teoría posmoderna hasta el pensamiento anglófono radical contemporáneo y más allá— Losurdo revela cómo no solo tiende al chovinismo social y al acomodo imperial, sino también, en términos prácticos, al anticomunismo.

 

     En mi propio trabajo, me baso en los escritos de figuras como Lenin y Losurdo para desarrollar una economía política del conocimiento que examine las fuerzas materiales que impulsan la promoción de formas específicas de teoría de izquierda, como el marxismo imperial o el llamado marxismo occidental.

 

    Lejos de ser un desarrollo intelectual autónomo que haya resultado del libre ejercicio de la razón humana individual o del así llamado mercado abierto de las ideas, la teoría de izquierda en el centro imperial ha sido moldeada y dirigida por fuerzas muy materiales, incluyendo todo el aparato institucional de producción y distribución de conocimiento (universidades, la industria editorial, el circuito de conferencias, los medios de comunicación, etc.), así como la poderosa influencia de la clase dominante a través de sus fundaciones y el Estado.

 

    No es en absoluto casualidad que las posiciones marxistas dominantes en el centro imperial hayan sido generalmente trotskistas, socialistas libertarias, socialdemócratas, anarcocomunistas, o alguna otra versión ecléctica, en lugar de marxistas en el sentido leninista recién mencionado.

 

     Debido tanto a las fuerzas económicas de la infraestructura como al poder ideológico de la superestructura, el marxismo ha tendido a transformarse en el centro en una forma imperial de marxismo que no solo se acomoda al capitalismo y al imperialismo, sino que también es abiertamente anticomunista y rechaza muchos, si no todos, los proyectos de construcción del Estado socialista.

 

    Esto es particularmente claro en el caso de los principales supuestos marxistas promovidos dentro de la superestructura imperial, incluidos los teóricos de la Escuela de Fráncfort que analizo en el libro (Theodor Adorno, Max Horkheimer, Herbert Marcuse), otros marxistas occidentales prominentes, y teóricos radicales contemporáneos que a veces son descritos como posmarxistas o neomarxistas (Alain Badiou, Slavoj Žižek, Michael Hardt, Antonio Negri, etc.).

 

    En cuanto a la cuestión de las alternativas, ¡la respuesta es un rotundo sí! Debido a los efectos del imperialismo intelectual, el marxismo del imperio ha proyectado una sombra larga y oscura sobre la rica y profunda tradición internacional del marxismo antiimperialista, que es sencillamente el marxismo en su forma auténtica.

 

   Desde Marx y Engels hasta Lenin, Mao, Ho Chí Minh, y tantos otros líderes que encarnaron los principales movimientos de liberación, el núcleo del marxismo siempre ha sido la lucha contra el capitalismo como sistema global de acumulación que destruye a los seres humanos y la naturaleza.

 

    A diferencia de la parodia chovinista social y anticomunista del marxismo que es prominente y promovida en el centro imperial, el marxismo genuino es un proyecto anticolonial y antiimperialista dirigido a la liberación en el mundo real de la humanidad y la naturaleza de las garras mortales del capital.

 

    Cuba ha hecho una contribución fundacional a esta tradición al llevar el socialismo revolucionario al hemisferio occidental. También ha fomentado una rica cultura intelectual marxista que se extiende desde la obra de figuras como Fidel Castro, Ernesto “Che” Guevara, Haydée Santamaría y Roberto Fernández Retamar, hasta pensadores contemporáneos como Raúl Antonio Capote, Antonio Barreiro Vázquez, Abel Prieto y el grupo de jóvenes marxistas conocido como La Tizza.

 

    Esta no es, por supuesto, una tradición homogénea, y hay debates importantes, así como espacio para el desacuerdo y la innovación. Sin embargo, de manera crucial, esta tradición no está limitada por el marco dogmático del marxismo imperial, que generalmente rechaza los proyectos socialistas del mundo real por considerarlos, de alguna manera, peores que el capitalismo.
    

    

    M: En Cuba también nos hemos apropiado de dicho “marxismo occidental”. Las ideas de Marx y de Lenin llegaron casi de inmediato a la Isla a principios del siglo XX y la Revolución que triunfó en 1959 si bien tuvo gran influencia, sobre todo, del marxismo-leninismo soviético, expandió el acceso de todo el pueblo al estudio del marxismo en general (o de los marxismos). ¿Cómo distinguir y salvar dentro del “marxismo occidental” aquello que resulta orgánico a la lucha contra el capitalismo?

 

    G ROCKHILL: Para evitar cualquier confusión que pudiera generar la expresión “marxismo occidental”, es útil distinguir entre el marxismo imperial que acabo de discutir y el marxismo propiamente dicho, que es profundamente antiimperialista.

 

   Ciertamente, el marxismo imperial ha sido la forma dominante en el mundo occidental, si entendemos esa región más específicamente como el centro imperial de Europa Occidental, Estados Unidos y sus aliados cercanos en el proyecto imperialista global.

 

    Sin embargo, incluso dentro del centro imperial, hay marxistas como Losurdo, Michael Parenti, John Bellamy Foster, Annie Lacroix-Riz, Saïd Bouamama y muchos otros, que son marxistas antiimperialistas.

 

    Por eso, en última instancia, es más coherente distinguir entre dos orientaciones ideológicas, una de las cuales es poderosamente promovida por las superestructuras imperiales, en lugar de confiar en lo que parecen ser categorías geográficas.

 

     La tradición marxista antiimperialista ha sido una fuerza importante en la periferia imperial, donde las víctimas del imperio y sus voceros orgánicos —Lenin, Mao, Fidel, etc.— han situado la cuestión colonial y el imperialismo en el centro de sus análisis, orientando el marxismo hacia la transformación práctica del mundo mediante el desarrollo del socialismo real. Sin embargo, también hay una aristocracia obrera intelectual compradora en la periferia que recibe sus órdenes de los discursos y debates dominantes en el centro.

 

   Esta intelectualidad compradora juega un papel esencial en el imperialismo intelectual, ignorando o denigrando las formas autóctonas de teoría antiimperialista en favor de promover las últimas tendencias teóricas del imperio.

 

    Uno de los objetivos de mi libro es clarificar las líneas de la lucha de clases teórica para superar cualquier confusión. Debido a la lucha de clases y al imperialismo intelectual, a los trabajadores de la periferia imperial a menudo se les enseña a pensar que la producción teórica de quienes son promovidos como los intelectuales líderes del mundo es más avanzada y sofisticada que la de los marxistas más comprometidos prácticamente que he mencionado.

 

    Concretamente, esto significa que se enseña a la gente a mirar a figuras como Adorno, Marcuse, Negri, Badiou o Žižek, en lugar de a Samir Amin, Walter Rodney, Ali Kadri, Néstor Kohan o Cheng Enfu. Esto tiene la consecuencia última de confundirlos respecto a la realidad básica del imperialismo y el proyecto socialista de superarlo. Esta forma de imperialismo intelectual, por lo tanto, ayuda y favorece al imperialismo en general.

 

    Lo que mi investigación demuestra es que las estructuras imperiales de producción y distribución de conocimiento promueven una parodia del marxismo, así como varias formas de teoría radical que pretenden superar al marxismo, las cuales, en última instancia, sirven a los intereses del imperio.

 

    Si simplificamos al extremo, el punto es bastante fácil de comprender: el imperio no promueve un trabajo que sea perjudicial para sus intereses. Por lo tanto, mi libro busca proporcionar a los lectores una brújula teórica cuyo Polo Norte ya no sean los principales productos de la industria teórica imperial, sino más bien el trabajo revolucionario antiimperialista de la tradición marxista internacional.

 

 

    M: El pesimismo cumple una función social clave a favor de la ideología capitalista que perpetúa la idea de que “exterminar el mundo es más fácil que transformarlo”. Se condicionan así la desmovilización, la desarticulación, la apatía colectiva y el rechazo al comunismo. Si a esto se suman las vicisitudes materiales de un país que como Cuba es asfixiado cotidianamente por el Bloqueo Económico, Comercial y Financiero de Estados Unidos, la capacidad de resistir va perdiendo su cualidad subversiva. ¿Qué recursos, intelectuales y prácticos, le quedan a los pueblos antiimperialistas como el cubano para no renunciar al socialismo, su alternativa para la construcción de un mundo mejor?

 

 

    G ROCKHILL: La primera mitad de mi libro proporciona un análisis materialista de la superestructura imperial, concentrándose en el país imperialista más poderoso del mundo. Impulsada por la base económica, con la que está dialécticamente entrelazada, esta superestructura ha impuesto una ideología dominante. Esto incluye no solo una cosmovisión y un conjunto de ideas, sino también un marco perceptual, un conjunto de valores, una matriz afectiva, un sentido de la historia, prácticas “rutinizadas” y más. Los sujetos ideológicos, como he argumentado en otro lugar con Jennifer Ponce de León, están compuestos en cada dimensión de su existencia, no solo en sus ideas o cosmovisiones.

 

Esto nos lleva al tema del pesimismo, que fue memorablemente codificado por Mark Fisher en el título del primer capítulo de su libro “Realismo Capitalista”:

 

    “Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Un sentimiento similar es compartido por muchos otros prominentes supuestos marxistas en el centro imperial, incluyendo de manera más notable figuras como Žižek y Fredric Jameson. De hecho, está tan extendido, incluso mucho más allá de los círculos marxianos, que la mejor síntesis de esta posición sería que “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin de la ideología dominante”.

 

    En efecto, el mero pensamiento del fin del capitalismo es como imaginar el fin del mundo para pensadores como estos, ya que el capitalismo es el mundo vital material que sostiene su práctica teórica y los ha promovido como lumbreras principales dentro de la industria teórica imperial.

 

    Si desapareciera, ¿qué quedaría de sus supuestas contribuciones intelectuales y de la ideología que promueven? Esta es una de las razones por las que, para ellos, es más fácil repetir la ideología dominante que resistirse a ella.

 

    Aunque la orientación idealista de los marxistas imperiales nos anima a desplazar la realidad material por el reino ideal de la imaginación y las ideas, el fundamento mismo de la afirmación de Fisher es empíricamente incorrecto.

 

    No se trata de “imaginar” el fin del capitalismo, sino más bien de comprender la realidad tal como es y reconocer que ya existe un proceso histórico de superación material del mismo.

 

     Los estados socialistas han estado involucrados durante más de un siglo en el dificilísimo proceso de romper las cadenas del imperialismo y forjar proyectos de soberanía nacional que sirvan a los intereses del pueblo y no a los de los profiteers .

 

     Esto no se trata de imaginación o proyecciones utópicas, sino de la lucha muy real, material, por construir un mundo nuevo, socialista, a partir de los restos decadentes del orden mundial imperial.

 

    La superestructura imperial promueve la cosmovisión sintetizada por Fisher porque desarma a la gente y la anima a resignarse al sistema dominante de explotación, opresión y destrucción ecológica. Si ni siquiera es posible imaginar —y mucho menos construir— un mundo alternativo, ¿por qué esforzarse en intentarlo?

 

     Esta aquiescencia subjetiva a las fuerzas sociales objetivas equivale a alinear la propia capacidad de acción con la del sistema dominante, en lugar de movilizarla para un proyecto autónomo. Es, literalmente, un acto de renuncia a la propia libertad.

 

     En cuanto a los recursos disponibles para los antiimperialistas, necesitamos un análisis sobrio y de mirada clara sobre la realidad material que enfrentamos.

 

     El imperialismo ha llevado al mundo al borde de la extinción, ya sea a través de la destrucción cataclísmica de la biosfera, el asesinato social perpetrado por un fascismo desquiciado o la posibilidad inminente de guerras de aniquilación global.

 

      La única alternativa real y material es el socialismo. Sin embargo, la elección ya no es simplemente entre socialismo y barbarie; es socialismo o exterminio. En lugar de estar en algún mundo imaginario donde ni siquiera podemos concebir el fin del capitalismo, estamos en un mundo muy real en el que nos enfrentamos a la más cruda de las alternativas: es, literalmente, el fin del capitalismo o el fin de la vida tal como la conocemos.

 

      Cuba nunca ha sido libre para desarrollar el socialismo. Al contrario, siempre se ha visto obligada a avanzar hacia el socialismo bajo asedio porque los imperialistas están aterrorizados por la amenaza del buen ejemplo. Y, sin embargo, contra todo pronóstico, Cuba ha sacado a su población de la depauperación sistémica y la ignorancia impuestas antes de 1959, proporcionando educación, salud, vivienda, empleo y desarrollo cultural, al tiempo que fomenta una sociedad fundada en la sostenibilidad ambiental. Nada de esto ha sido fácil, y siempre ha sido a trompicones, con retrocesos y dificultades inevitables.

 

     Dado que Cuba está trazando un territorio inexplorado, al desarrollar el socialismo revolucionario en las Américas, esto no debería sorprender en absoluto. Lo asombroso es la medida en que Cuba ha podido avanzar tanto a solo 90 millas de la principal potencia imperialista del mundo. Es un testimonio de la resiliencia y el ingenio del pueblo cubano, así como de su liderazgo, que se haya hecho tanto con tan poco y en condiciones tan arduas.

 

     Mientras EE. UU. se mueve en una dirección cada vez más fascista, está intensificando su guerra de represión contra Cuba, en un esfuerzo por recolonizar las Américas y eliminar cualquier señal de socialismo.

 

     Esta situación pone claramente de relieve el papel que Cuba ha jugado en el hemisferio occidental. Los cubanos —y quienes los apoyan— están en la vanguardia de la lucha por una América que sea realmente para todos nosotros, no para la clase Epstein, empeñada en dividirnos y conquistarnos para mantener su imperio del mal.

 

     Los cubanos mantienen en alto la bandera de la humanidad en nuestro hemisferio, la bandera roja de la liberación de la destrucción imperial. Para cualquiera que no reconozca esto, podemos recordarle, haciéndose eco una vez más de la fatua afirmación de Fisher, que “es más fácil estar ciego a los logros del socialismo que ignorar la ideología dominante”.

 

 

    M: En su último libro (anteriormente mencionado) también argumenta los estrechos vínculos del intelectual filomarxista Herbert Marcuse con los servicios de inteligencia estadounidense y las consecuencias de dicha colaboración. ¿Deberíamos confiar hoy en el discurso teórico, o la producción mediática, de “la izquierda” y sus intelectuales financiados por la CIA?

 

 

   G ROCKHILL: Debemos abordar la producción intelectual desde un punto de vista dialéctico e histórico-materialista, en lugar de simplemente confiar ciegamente en las proclamas de los intelectuales santificados de la industria teórica imperial.

 

    Si entendemos cómo opera el sistema material de producción de conocimiento en el centro imperial, que incluye sus estrechas conexiones con el Estado y con la clase capitalista dominante, entonces podemos comprender más claramente el tipo de intelectuales que este sistema tiende a producir.

 

    Hay, por supuesto, un margen de maniobra, por lo que es importante insistir en el término tendencia: no hay un determinismo riguroso sino más bien poderosas fuerzas condicionantes.

 

   Sin embargo, hay un nivel notable de consistencia ideológica entre los pensadores de izquierda que tienen las plataformas más grandes. Aunque a menudo tienen desacuerdos intelectuales, convergen en los temas más importantes y tienden a ser anticomunistas y acomodaticios con el capitalismo.

 

    La Escuela de Fráncfort, que ha hecho una contribución fundacional al marxismo occidental o imperial, es un caso ejemplar. Sus figuras principales, Adorno y Horkheimer, eran anticomunistas resueltos que equiparaban a Stalin con Hitler. Eran proisraelíes y apoyaban abiertamente ciertas intervenciones militares imperiales.

 

   También cultivaron una reputación por haber desarrollado un importante análisis del fascismo, mientras que prácticamente trabajaban —como demuestro en el libro— con muchos exnazis, integrándolos en posiciones de liderazgo dentro del Instituto de Investigación Social (el nombre oficial de la Escuela de Fráncfort). La versión de marxismo que ofrecen pone al marxismo de cabeza.

 

   Marcuse se ganó una merecida reputación como el miembro más izquierdista de los prominentes de la Escuela de Fráncfort. Esto se debe a que se radicalizó en la década de 1960 y salió en apoyo de los movimientos antibelicistas y estudiantiles, así como de ciertas luchas por la liberación de género, sexual, racial y ecológica.

 

   Sin embargo, al revisar el registro de archivos, descubrí que mentía regularmente sobre el trabajo que había hecho para el Estado estadounidense y sobre su relación con la CIA.

 

   De hecho, colaboró estrechamente con la Agencia, e incluso participó en el proceso de redacción de al menos dos Estimaciones de Inteligencia Nacional (NIE, por sus siglas en inglés), el más alto nivel de inteligencia para el gobierno de EE.UU. Fue uno de los principales expertos del Departamento de Estado sobre el comunismo, y continuó trabajando con ex o actuales operativos estatales mucho después de dejar Washington. También jugó un papel principal en los proyectos de poder blando de la Fundación Rockefeller en su guerra intelectual mundial contra el comunismo.

 

   Por ejemplo, fue la persona clave para su Proyecto de Marxismo-Leninismo, una iniciativa bien financiada que estableció una red transatlántica para la producción y diseminación de erudición marxista de corte imperial. Trabajó estrechamente con su amigo Philip Mosely en este proyecto, quien fue un consultor de alto nivel y de larga data de la CIA y director del Instituto Ruso en la Universidad de Columbia.

 

   No es, pues, lo más mínimo sorprendente que, después de la invasión de Bahía de Cochinos, Marcuse declarara: “No cuestiono el derecho de Estados Unidos a luchar contra el comunismo en el hemisferio occidental”.

 

   Cuando se trata de un análisis objetivo y sistémico de la lucha de clases global, no se puede confiar en figuras como Adorno, Horkheimer y Marcuse, y lo mismo podría decirse generalmente de la intelectualidad de izquierda compatible.

 

   Esto no significa, por supuesto, que estuvieran equivocados en todo o que todo su trabajo deba ser simplemente descartado. Más bien, significa que cualquier compromiso riguroso con sus teorías debería posicionarlas claramente dentro de la totalidad social, dilucidando cómo su producción intelectual subjetiva estaba dialécticamente entrelazada con el marco objetivo de la industria teórica imperial.

 

   Por ejemplo, es cierto que las figuras principales de la Escuela de Fráncfort desarrollaron críticas importantes al capitalismo de consumo, que pueden ser útiles. Sin embargo, si uno presta atención a sus análisis, notará una sutil orientación subjetivista.

   

   Tienden a concentrarse en la experiencia fenomenológica de los consumidores de la capa media, como ellos mismos, no en las relaciones sociales explotadoras del sector productivo de la economía, es decir, la vida de los trabajadores.

 

   Si lo ponemos en términos muy simples, generalmente pasaron más tiempo criticando los efectos de la industria publicitaria en la manipulación de los pensamientos y deseos de consumidores como ellos, que atacando el sistema de superexplotación y degradación global que, por poner un ejemplo, obliga a niños en el sur global a trabajar como esclavos en minas.

 

   En cuanto a la producción mediática del imperio, no es de fiar en absoluto. Como explico detalladamente en el libro, la CIA creó un “Mighty Wurlitzer”, es decir, una red internacional de medios de comunicación que podía manejar como si fuera una máquina de discos: con solo pulsar un botón en la sede de la CIA, se reproducía la misma melodía en todo el mundo.

 

   Este “Mighty Wurlitzer” sigue muy vivo y en plena forma, y su alcance y magnitud superan con creces lo que la mayoría de la gente imagina.

 

     Por citar solo un ejemplo, el experto en desinformación William Schaap declaró públicamente que la CIA “poseía o controlaba unas 2500 entidades mediáticas en todo el mundo. Además, contaba con su gente, desde corresponsales hasta periodistas y editores de gran visibilidad, en prácticamente todas las principales organizaciones mediáticas”.

 

     M: Hoy se habla, por ejemplo, de los vínculos con la élite imperial de un pensador liberal progresista como Noam Chomsky… ¿Es posible superar a la intelectualidad (académica, anticomunista, etc.) sin combatir las estructuras capitalistas globales que la producen?

 

   G ROCKHILL: Esta pregunta va al corazón de mi libro. Aunque incluye análisis materialistas críticos de individuos y escuelas de pensamiento, el objetivo real es dilucidar cómo la superestructura imperial produce y reproduce sistemáticamente los mismos tipos fundamentales de intelectuales.

 

    En otras palabras, en lugar de simplemente involucrarme en una crítica ideológica subjetiva de individuos selectos o su trabajo, ofrece también, crucialmente, una crítica ideológica objetiva del sistema material que produce y reproduce los mismos tipos de individuos, quienes luego crean un trabajo con un notable nivel de consistencia ideológica.

 

    Un ejemplo clave de este fenómeno es la figura del recuperador radical. Este tipo de intelectual se posiciona en la izquierda y a menudo se autopresenta como radical. Generalmente son críticos del capitalismo y de ciertos aspectos de la política exterior de las principales potencias imperialistas. Sin embargo, siempre respetan —aunque haya ocasionalmente unas pocas excepciones explicables— las líneas rojas ideológicas más importantes, rechazando el socialismo realmente existente por considerarlo peor que el capitalismo.

 

    Hay, por supuesto, diferentes grados de recuperación radical, y siempre es importante involucrarse en un análisis dialéctico para resaltar tanto las contribuciones positivas como negativas de un intelectual. Chomsky es un excelente ejemplo, y lo discutiré en un próximo libro que es parte del mismo proyecto de investigación.

 

     El trabajo del que hemos estado hablando, “¿Quién pagó a los músicos del marxismo occidental?”, es en realidad el primer volumen de una trilogía titulada “La guerra intelectual mundial: el marxismo contra la industria teórica imperial”. El segundo volumen, “Teoría Francesa made in USA”, saldrá el próximo año. El tercero, “La enfermedad infantil de la teoría radical”, se publicará un poco más tarde, y es en ese trabajo donde proporciono una evaluación de Chomsky.

 

   Por el momento, permítanme decir que ciertamente es el caso que ha proporcionado críticas empíricas significativas de la política exterior de EE. UU. y de los efectos de la “corporatocracia” en los medios.

 

   Como socialista libertario, también ha tomado posiciones públicas contra el bloqueo a Cuba, lo cual es de alabar.

 

    Sin embargo, no hizo esto dentro del marco de una comprensión sistémica del imperialismo y la lucha para romper sus cadenas a través de proyectos de construcción del Estado socialista (como es el caso, por ejemplo, en el trabajo de su contemporáneo Michael Parenti). De hecho, Chomsky celebró la destrucción del socialismo en gran parte de la esfera soviética como el fin de una tiranía y una ocasión para regocijarse.

 

   Como muchos han señalado, Chomsky se centró en la crítica, y su proyecto político positivo estaba lamentablemente subdesarrollado. Se autodescribía como anarcosindicalista, trazando las raíces históricas de su posición hasta el liberalismo ilustrado, pero nunca abordó coherentemente el hecho de que el proyecto de autogestión de los trabajadores siempre ha sido precario cuando está desprovisto del poder estatal.

 

    Como tal, ha llevado a muchos lectores por un callejón sin salida, sugiriendo que lo mejor que podríamos esperar sería que una potencia imperial como EE.UU. estuviera a la altura de sus ideales autoproclamados, o que los trabajadores pudieran ejercer un control democrático a largo plazo sobre su lugar de trabajo sin tomar el poder estatal. No comprendió del todo el hecho de que los ideales liberales de EE.UU. están ahí para proporcionar cobertura a un proyecto imperial, y que es este proyecto la verdadera fuerza motriz, no su ideología.

 

    Dado su anticomunista descarte del leninismo como una filosofía contrarrevolucionaria, claramente no comprendió la necesidad de proyectos de construcción del Estado antiimperialistas para superar los males que diagnosticó.

 

   Las revelaciones más recientes sobre su estrecha amistad con Jeffrey Epstein siguen un patrón que ya estaba establecido.

 

    La carrera de Chomsky está ligada de varias maneras al complejo militar-industrial-académico. Enseñó en una institución, el MIT, con profundos vínculos con el Pentágono, del cual recibía el 90 por ciento de su financiación en la década de 1960. Trabajó allí en un laboratorio militar, y la investigación lingüística que estaba haciendo fue apoyada por la Marina, la Fuerza Aérea, etc.

 

    También tuvo muchos contactos cuestionables y era amigo del director de la CIA, John Deutsch, a quien había apoyado en su campaña para convertirse en presidente del MIT.

 

    Aunque crítico con Israel, Chomsky habló en contra del movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) y afirmó que Israel tenía derecho a existir. No es, por lo tanto, particularmente sorprendente que fuera amigo de un operador de inteligencia sionista como Epstein, quien proporcionó asesoramiento financiero y apoyó para un premio regular en su nombre, beneficios adicionales, contactos privilegiados e intercambio intelectual.

 

    Dada la reputación pública que Chomsky cultivó como una persona profundamente moral, no deja de ser perturbador vislumbrar cómo actuó en privado con un delincuente sexual convicto.

 

   Volviendo al núcleo de su pregunta, el objetivo de esta trilogía es precisamente criticar las estructuras capitalistas globales que han producido una intelectualidad de este tipo. Esta es una de las razones por las que era importante para mí no limitar este proyecto de investigación a una crítica del marxismo imperial.

 

   El segundo volumen de esta trilogía aborda la teoría francesa posmoderna, y el tercero se ocupa de las formas de teoría radical contemporánea que se basan en el marxismo imperial y/o la French Theory, que incluyen la tercera generación de la Escuela de Fráncfort, la teoría poscolonial y decolonial, la teoría queer liberal, la llamada filosofía del evento comunista de figuras como Badiou y Žižek, etc.

 

    El objetivo es precisamente dilucidar el sistema material de producción y circulación de conocimiento que produce y reproduce una intelectualidad de izquierda que —en general— rechaza el socialismo realmente existente y se acomoda al capitalismo y al imperialismo (cuando no los defiende abiertamente).

 

   La ideología es camaleónica. Dado que tergiversa la realidad, esta última tiende a filtrarse con el tiempo, y son necesarias nuevas formas ideológicas para disimularla.

 

   Al evaluar críticamente la ideología dominante de la intelectualidad de izquierda imperial, quería demostrar cómo el sistema material de producción de conocimiento genera regularmente nuevas formas que son superficialmente diferentes pero comparten la misma orientación ideológica fundamental.

 

     Al igual que en otras industrias capitalistas, la industria teórica fomenta la ilusión de progreso produciendo un vertiginoso grado de nuevos productos para el mercado —nuevo materialismo, afropesimismo, etc.— que tienen la ventaja de distraer a las personas atentas a la realidad que se había filtrado a través de formas ideológicas anteriores.

 

   El culto a lo nuevo promovido por el capitalismo de consumo convence a muchas personas de que cada nuevo producto en el mercado merece nuestra atención, si no nuestra devoción, en lugar de reconocerlo como simplemente la última iteración de la ideología dominante.

 

   Esto ha demostrado ser una táctica particularmente exitosa en el empeño de enviar el marxismo al basurero de la historia: ¡hay tantos discursos nuevos e innovadores que abren múltiples horizontes y conducen hacia todas las direcciones!

 

   Consideremos el caso de la Escuela de Francfort y la French Theory. Dentro de la historia intelectual burguesa, generalmente se presentan como opuestos. Hay, por supuesto, diferencias significativas.

 

    Sin embargo, lo que mi trilogía demuestra es que ambos son productos teóricos de un sistema material de producción de conocimiento dentro de la superestructura imperial que promueve el anticomunismo y el acomodo al capitalismo, e incluso al imperialismo.

 

    A pesar de todas sus diferencias, entonces, están de acuerdo en lo más esencial. Son dos permutaciones diferentes de la ideología de izquierda dominante en el centro imperial, y deben ser reconocidas como tales.

 

    M: ¿Será traducido el libro al español? ¿Tendrá el público cubano la posibilidad de leerlo?

 

  G ROCKHILL: Sí, Nuevo Milenio está preparando una traducción al español, y el libro también será publicado por El Viejo Topo en España y quizás por otras editoriales españolas en América Latina. Néstor Kohan ha aceptado escribir el prólogo para la edición cubana. Es un honor increíble para mí, y espero que el libro pueda hacer una contribución, por pequeña que sea, a los debates en Cuba y en el mundo hispanohablante en general.

 

   El libro en realidad comienza con una salva de apertura para toda la trilogía titulada “La cabeza del Che”. Cuenta la historia de la cacería humana global emprendida por el imperio estadounidense para localizar al Che y asesinarlo ignominiosamente, en un esfuerzo por decapitar el movimiento antiimperialista global. Pone de relieve cómo este proyecto vicioso fue de la mano con una guerra intelectual mundial contra el Che y su legado, explicando cómo activos de la CIA buscaron tomar control de partes de su legado literario y tergiversar su biografía.

 

   Esta sección del libro proporciona, en microcosmos, una visión general de los temas principales de la guerra intelectual mundial contra el comunismo.

 

   En términos más generales, el libro dialoga con algunas de las excelentes investigaciones contemporáneas sobre la guerra cultural, como la obra de Fernández Retamar, Capote, Barreiro y Kohan. Es esencial para este proyecto que la crítica del marxismo imperial esté en última instancia situada dentro de un proyecto positivo de reivindicación y defensa de la rica tradición internacional del marxismo antiimperialista.

 

   Dado el papel dirigente que Cuba ha jugado en esta tradición, tanto intelectual como prácticamente, es un punto de referencia importante para este proyecto de investigación en su conjunto.

 

    M: Usted ha visitado Cuba, condena el bloqueo estadounidense y defiende nuestra causa abiertamente en sus redes virtuales. ¿Por qué seguir apoyando a la Revolución actualmente?

 

   G ROCKHILL: Soy un hijo del imperio, no un “red diaper baby” (un bebé de pañal rojo, criado en cuna roja). Además, fui entrenado en la ignorancia imperial por algunas de las llamadas instituciones líderes del mundo.

 

    Las estructuras materiales de producción de conocimiento buscaron hacer de mí un miembro de la aristocracia obrera intelectual que ignoraba, oscurecía o tergiversaba el imperialismo, mientras denigraba y descartaba simultáneamente la alternativa socialista.

 

    Habiendo crecido en una granja trabajando en la construcción, no nací dentro de las redes de élite que llegué a frecuentar gracias a mi educación. Aunque subjetivamente experimenté esto como ser superado por mis compañeros, ahora reconozco en retrospectiva que, objetivamente hablando, fue increíblemente beneficioso. Significaba que nunca encajaba realmente, y tendía a cuestionar cosas que otros daban por sentado como normales o naturales.

 

   Sin embargo, también estaba profundamente afectado por la ideología de la superestructura imperial, y necesité involucrarme en un largo y a veces doloroso proceso de autocrítica para llegar a mis puntos de vista actuales. Me ayudaron en este proceso las condiciones objetivas de declive y decadencia imperial, así como mi participación en la organización práctica y la educación popular, sin mencionar la influencia perspicaz de personas cercanas a mí.

 

   Me habían entrenado para ignorar a Cuba como irrelevante o para descartarla como corrupta. Una vez que comencé a cuestionar esta postura dogmática, encontré resistencia, en un obvio esfuerzo por mantenerme en mi lugar ideológico, por así decirlo.

 

    Recuerdo distintamente el momento en que le pedí a uno de mis antiguos profesores, Étienne Balibar, que firmara una carta pública pidiendo el fin del bloqueo ilegal. Para su crédito, aceptó firmar la carta, que fue expresamente escrita para ser aceptable para la intelectualidad liberal.

 

   Sin embargo, este autoproclamado marxista también envió un mensaje, copiándome, a un grupo de prominentes intelectuales de izquierda como Michael Hardt y Judith Butler insistiendo en que “la política imperialista estadounidense hacia Cuba” no debería “llevarnos a aclamar o apoyar la dictadura corrupta en que se ha convertido la Cuba ‘socialista’”.

 

   Como supuesta prueba, proporcionó enlaces a propaganda anticubana de fuentes altamente cuestionables como la intelectualidad de “izquierda compatible” y el blog La Joven Cuba.

 

   A pesar de resistencias como esta, continué desarrollando mis habilidades de alfabetización mediática crítica y estudiando seriamente la historia cubana, leyendo las obras de sus líderes y principales intelectuales. También exploré la rica cultura del cine, el arte y la literatura cubanos. En el proceso, aprendí por mí mismo suficiente español para poder acceder a material no traducido y romper mi dependencia del régimen de traducción imperial.

 

   Llegué a comprender que, como explicó Eduardo Galeano en su excelente libro Patas arriba:

    La escuela del mundo al revés, estaba viviendo en un mundo al revés. Casi todo lo que había oído sobre Cuba era el espejo opuesto de la realidad. Entonces me interesé cada vez más en la profundidad, amplitud y alcance de la guerra cultural contra Cuba que había moldeado —a menudo imperceptiblemente— mi cosmovisión anterior.

 

   Leí ampliamente y aprendí mucho de autores como Fernández Retamar, Capote, Barreiro, Kohan, Helen Yaffe y muchos otros, incluyéndole a usted. También visité Cuba dos veces, para ver con mis propios ojos y aprender más directamente sobre el proceso revolucionario cubano.

 

    La razón por la que me he detenido en los aspectos subjetivos de mi proceso de llegar a conocer la Revolución Cubana no es por razones anecdóticas o personales, sino por lo que revela sobre las condiciones objetivas y lo difícil que es contrarrestar el adoctrinamiento ideológico fomentado por la superestructura imperial. Parte de nuestra lucha es liberar a las personas de sus garras y empoderarlas para que piensen por sí mismas y reflexionen críticamente sobre las fuerzas que han moldeado sus cosmovisiones, mientras fomentamos la adhesión dogmática a ellas.

 

    Apoyo a Cuba porque estoy del lado de la humanidad y la vida, y reconozco el papel principal que está jugando en la lucha por poner Nuestra América en manos de su pueblo, para liberarla del mortal abrazo de la clase Epstein.

 

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