Viernes, 11 de Septiembre de 2026

Actualizada

Viernes, 11 de Septiembre de 2026 a las 01:56:29 horas

C-S | 4
Viernes, 11 de Septiembre de 2026 Tiempo de lectura:

ENTREVISTA A UN LIBRO: "EL PROBLEMA NO ES QUE HAYAN DESAPARECIDO LOS TRABAJADORES, SINO QUE HAN DEJADO DE RECONOCERSE ENTRE ELLOS"

"El trabajador del siglo xxi ya no lleva mono azul, pero sigue vendiendo su fuerza de trabajo"

Durante décadas se nos ha estado repitiendo que la clase obrera estaba desapareciendo. Pero ¿qué ocurre si lo sucede exactamente lo contrario, que ha crecido exponencialmente? En esta nueva “Entrevista a un libro”, las ideas de Samir Amin nos ayudan a descubrir una paradoja de nuestro tiempo: nunca hubo tantos trabajadores como ahora, pero pocas veces estuvieron tan fragmentados y tuvieron tantas dificultades para reconocerse como componentes de la misma clase social.

   

REDACCIÓN CANARIAS SEMANAL

 

     Este espacio periodístico parte de una idea muy sencilla: los libros que intentan explicar cómo funciona la sociedad no deberían quedar encerrados entre especialistas.

 

  Muchas veces, conceptos capaces de ayudarnos a comprender nuestro trabajo, nuestro salario, las crisis económicas, las grandes empresas o las desigualdades entre países terminan expresados en un lenguaje que aleja precisamente a quienes más podrían beneficiarse de ellos.

 

 En este espacio pretendemos hacer justo lo contrario.

 

    Nuestra propuesta consiste en entrevistar a los libros. No interrogamos al autor sobre su vida ni imaginamos lo que hoy respondería. Le hacemos preguntas a la obra y reconstruimos las respuestas únicamente a partir de las ideas que desarrolla.

 

   El propósito es traducir argumentos complejos a un lenguaje accesible, especialmente para lectores jóvenes, sin convertirlos por ello en caricaturas.             Simplificar no significa deformar. Explicar de forma sencilla exige, precisamente, comprender con rigor aquello que se está explicando.

 

     El libro entrevistado en esta ocasión es "El capitalismo contemporáneo", de Samir Amin, un muy conocido economista y pensador, dedicado durante buena parte de su obra al estudio del capitalismo como sistema mundial, a las desigualdades entre los países centrales y periféricos y a las posibilidades de transformación social.

 

   En este volumen se analizan cuestiones como el poder de los grandes monopolios, la financiarización, la fragmentación de los trabajadores, las desigualdades entre Norte y Sur, la Unión Europea y las posibles alternativas al orden económico vigente. El propio índice muestra ese recorrido: desde el “capitalismo de los monopolios generalizados” hasta la “alternativa socialista”, pasando por el Sur y la crisis del sistema europeo.

 

     Las preguntas que siguen no buscan hacer un florido ejercicio académico. Buscan llegar a una cuestión mucho más concreta: ¿qué nos podría ayudar a comprender este libro acerca del mundo en el que vivimos?

 

ENTREVISTA:

 

    1. Tú dices el el libro que vivimos bajo un “capitalismo de los monopolios generalizados”. Pero, por favor, explícanoslo sin utilizar una jerga intraducible: ¿qué significa eso para una persona que trabaja, paga un alquiler, compra alimentos y llega con dificultad a fin de mes?

    Significa que una parte enorme de la economía está condicionada por un número relativamente pequeño de grandes grupos empresariales y financieros. Un monopolio es una empresa, o un pequeño grupo de empresas, que alcanza tanto poder dentro de un mercado que puede influir enormemente sobre precios, proveedores, tecnologías o condiciones de producción.

 

    Cuando hablo de “monopolios generalizados”, digo algo más: ese poder ya no aparece solamente en algunos sectores concretos, sino que se ha extendido por prácticamente toda la economía. Eso no quiere decir que hayan desaparecido las pequeñas empresas. Hay millones, pero muchas dependen de grandes bancos para conseguir financiación, de grandes plataformas para vender, de grandes cadenas comerciales para colocar sus productos o de gigantes tecnológicos para utilizar determinadas herramientas.

 

   Por eso, una cosa es que existan muchas empresas y otra muy distinta que el poder económico esté repartido entre todas ellas. Para alguien que vive de su salario, esto importa mucho, porque decisiones sobre empleos, inversiones, precios o cierres de empresas quedan cada vez más condicionadas por grandes concentraciones de capital.

 

    El problema, por tanto, no es únicamente que haya personas muy ricas, sino que una pequeña minoría dispone de una capacidad extraordinaria para decidir cómo funciona una parte importante de la economía.

 

 

   2. Nos dicen que ahora vivimos en "una sociedad tecnológica y de servicios". ¿Ha desaparecido entonces aquella vieja sociedad industrial de fábricas y obreros?

    No, ni de lejos. En buena medida, lo que realmente ha sucedido es que la industria ha cambiado  de ubicación. Cuando una fábrica cierra en Europa y la producción se traslada a Asia, la industria no desaparece: la producción continúa existiendo, pero se realiza en otro país.

 

   Eso se llama deslocalización, es decir, trasladar una actividad productiva a otro territorio, normalmente buscando menores costes, salarios más bajos u otras ventajas.

 

   Si observamos solamente algunos países occidentales, podemos pensar que vivimos en una sociedad donde casi todo son oficinas, informática, comercio y servicios. Pero si miramos la economía mundial completa, veremos que seguimos dependiendo de una gigantesca producción industrial.

 

   Los teléfonos, las camisetas, los ordenadores, los coches o las máquinas continúan teniendo que fabricarse físicamente en algún lugar. Por eso mi pregunta no es únicamente si hay menos fábricas aquí. La pregunta correcta es dónde están ahora esas fábricas, quién trabaja en ellas y quién controla su producción. Mirar el capitalismo como un sistema mundial cambia completamente la imagen.

 

 

    3. Pero si cuando vamos a comprar encontramos cientos de marcas diferentes, ¿cómo puedes decir que unos pocos grupos dominan la economía? ¿No existe competencia?

    Sí existe competencia, pero no todos compiten con el mismo poder. Imagina cien pequeñas tiendas que parecen negocios totalmente independientes. Ahora supón que casi todas necesitan financiación de los mismos grandes bancos, utilizan unas pocas plataformas para vender por Internet y dependen de unas pocas multinacionales para transportar sus productos. Entonces siguen siendo cien tiendas, pero existen poderes mucho mayores que condicionan lo que pueden hacer.

 

    Eso ocurre en numerosos sectores. Las grandes compañías no necesitan ser propietarias directas de todas las empresas más pequeñas para dominar el mercado. Pueden ejercer poder mediante las finanzas, la tecnología, la distribución, las patentes o el acceso a determinados mercados. Una patente es un derecho que permite controlar durante un tiempo el uso comercial de una determinada invención o tecnología. Por eso la existencia de muchas marcas no demuestra necesariamente que el poder económico esté distribuido.

 

   Puede haber mucha competencia en la superficie mientras, por debajo, unas pocas grandes organizaciones controlan instrumentos fundamentales para que esa competencia pueda existir.

 

      4.  ¿Ha desaparecido la clase obrera, entonces, en los países occidentales?

   No, en absoluto. Lo que ha desaparecido, o al menos ha perdido peso, es la imagen clásica de la clase obrera concentrada en grandes fábricas industriales. Pero de ahí no se puede concluir que haya desaparecido la clase trabajadora.

 

     Lo que ha cambiado es su forma. Sus propietarios trasladaron una parte importante de la industria  a otros países, mientras en Occidente crecieron los empleos en servicios, logística, comercio, sanidad, educación, oficinas, transporte, informática o plataformas digitales.

 

    Muchos de esos trabajadores no se ven a sí mismos como “obreros” porque no llevan mono azul ni trabajan junto a una cadena de montaje. Sin embargo, comparten algo fundamental: para vivir necesitan vender su capacidad de trabajar a cambio de un salario y como sucedía en periodos historicos precedentes, no controlan los grandes medios económicos de los que depende su empleo.

 

   En ese sentido, la clase trabajadora no solo ha desaparecido, sino que se ha multiplicado exponencialmente, se ha transformado y fragmentado.

 

    El problema es que esa fragmentación puede ocultar lo que tienen en común. Un camionero, una cajera, un programador, una enfermera o un repartidor desempeñan trabajos muy distintos y pueden tener salarios muy diferentes, pero todos dependen de un salario para vivir.

 

   A eso me refiero cuando hablo de un “proletariado generalizado pero segmentado”: generalizado porque la dependencia del salario se ha extendido; segmentado porque los trabajadores están divididos en muchas situaciones laborales diferentes. Por eso, más que preguntar si la clase obrera ha desaparecido, habría que preguntar: ¿por qué cada vez más personas que viven de su trabajo han dejado de reconocerse como parte de una misma clase social?

 

  5. ¿Cómo es posible que hoy pueda haber más asalariados que antes y, sin embargo, menos conciencia de pertenecer a una misma clase?

    Porque una cosa es la posición que ocupamos en la economía y otra la manera en que percibimos esa posición. En el libro  señalo una paradoja muy clara: el proletariado parece desaparecer precisamente cuando se generaliza.

 

    Entiendes por proletariado a quienes están obligados a vender su fuerza de trabajo para vivir; dicho de forma sencilla, personas que dependen de un salario. Esa condición se ha extendido enormemente y llega a abarcar alrededor del 90 % de los trabajadores, tanto en actividades materiales como en las llamadas inmateriales.

 

    Sin embargo, esos asalariados ya no están concentrados necesariamente en grandes fábricas, compartiendo el mismo espacio, horarios y problemas cotidianos. Hoy están repartidos entre industrias, oficinas, comercios, servicios, empresas subcontratadas y actividades deslocalizadas. Esa fragmentación hace más difícil que se vean como miembros de un mismo grupo social.

 

   La gran fábrica industrial de los siglos XIX y XX reunía físicamente a miles de trabajadores. Trabajar juntos facilitaba la solidaridad, la organización y lo que él llama la “maduración de la conciencia política”, es decir, comprender que problemas aparentemente individualesel salario, la jornada laboral o las condiciones de trabajo— tenían una causa común y podían afrontarse colectivamente.

 

   El capitalismo contemporáneo ha cambiado esa situación. La producción se fragmenta mediante la subcontratación y la deslocalización industrial. Subcontratar significa que una gran empresa encarga partes de su actividad a otras empresas; deslocalizar significa trasladar la producción a otros territorios o países. El resultado es que trabajadores que participan incluso en una misma cadena productiva pueden estar separados por empresas, contratos, países y condiciones salariales muy diferentes.

 

    Ahí está la contradicción fundamental: cada vez más personas dependen de vender su trabajo, pero viven esa dependencia de maneras muy distintas. Un trabajador estable puede sentirse muy diferente de uno precario; un empleado de oficina puede no considerarse de la misma clase que un operario industrial; una persona con un salario relativamente alto puede identificarse como “clase media” aunque siga dependiendo de su sueldo para vivir. 

 

    6. Hablas de una “oligarquía financiera” y de una “plutocracia”. ¿Son simplemente palabras complicadas para decir que hay personas muy ricas?

  No exactamente. Oligarquía significa poder concentrado en pocas personas, y plutocracia significa poder de los muy ricos.

 

   Pero lo importante no es solamente cuánto dinero poseen, sino lo que pueden hacer gracias a ese dinero. Una gran fortuna puede estar relacionada con bancos, empresas, fondos de inversión y enormes cantidades de capital, y eso permite decidir dónde se invierte, qué empresas reciben financiación, qué sectores crecen y cuáles se abandonan.

 

  De esa forma, el dinero se transforma así en capacidad para tomar decisiones que afectan a millones de personas. Por eso el problema no consiste simplemente en que unos tengan más que otros. La desigualdad de riqueza acaba convirtiéndose también en desigualdad de poder. Y cuando una pequeña minoría puede influir de manera extraordinaria sobre inversiones, empresas y gobiernos, ya no estamos hablando solamente de ricos: estamos hablando de una estructura de poder.

 

     7. Dices que existe una “proletarización generalizada”. Pero un repartidor, una enfermera, un informático y un obrero hacen trabajos muy diferentes. ¿Qué tienen en común?

    Tienen algo fundamental en común: necesitan trabajar para vivir. 

 

  "Proletarización" significa que una parte creciente de la población depende de vender su capacidad de trabajo a cambio de un salario o de algún ingreso parecido. Eso no significa que todos los trabajadores sean iguales. Hay trabajadores estables y temporales, algunos cobran mucho y otros muy poco, algunos tienen numerosos derechos y otros casi ninguno, unos trabajan desde un ordenador y otros delante de una máquina.

 

   Por eso hablo también de un proletariado “segmentado”. Segmentado significa dividido en grupos con situaciones diferentes. La paradoja es importante: los trabajadores pueden parecer cada vez más diferentes entre sí al mismo tiempo que cada vez más personas dependen de su trabajo para sobrevivir.

 

    No los une necesariamente el oficio. Los une su posición dentro de la economía: no controlan los grandes medios con los que se produce la riqueza pero sí necesitan trabajar para quienes sí los controlan.

 

 

   8. ¿Y esa fragmentación entre los trabajadores beneficia a quienes controlan las empresas?

    Sí, porque unos trabajadores divididos tienen más dificultades para defender intereses comunes. Un trabajador estable puede pensar que no tiene nada que ver con uno temporal, y un empleado europeo puede ver como enemigo al trabajador de otro país que cobra menos. Pero ambos pueden estar siendo colocados en competencia por la misma empresa.

 

   Cuando una compañía puede decir que, "si aquí los salarios son demasiado altos, trasladará la producción a otro país", su capacidad para negociar aumenta enormemente.

 

   La competencia entre trabajadores puede convertirse así en una herramienta para reducir salarios, derechos y capacidad de organización. Eso no quiere decir que todas las diferencias entre trabajadores sean creadas conscientemente por las empresas. Muchas tienen causas históricas, culturales o tecnológicas. Pero el sistema puede aprovechar esas divisiones. Por eso, una cuestión política fundamental consiste en descubrir qué intereses comunes existen detrás de situaciones laborales aparentemente muy distintas.

 

   9. Dices que no basta con preguntar cuánto produce una sociedad. También debemos preguntar quién se queda con lo producido. ¿Por qué?

      Porque una sociedad puede hacerse mucho más rica y, sin embargo, la mayoría de su población apenas mejorar.

 

  Imagina, por un momento, a una empresa en la que gracias a nuevas máquinas cada trabajador produce el doble que antes. La riqueza producida aumenta mucho, pero supongamos que los salarios apenas suben mientras los beneficios empresariales crecen enormemente.

 

   La sociedad produce más, pero los resultados de ese aumento no se reparten de manera igual. Aquí aparece un concepto importante: la plusvalía. Explicado sencillamente, la plusvalía es la parte del valor generado por el trabajo que no vuelve al trabajador en forma de salario y que constituye la base del beneficio.

 

   También utilizo un concepto más amplio: excedente. El excedente es aquella parte de la riqueza social disponible después de cubrir los costes necesarios de producción. Entonces aparece una pregunta decisiva: ¿qué hacemos con ese excedente?

 

    ¿Se utiliza para mejorar viviendas, sanidad, educación, transportes y condiciones de vida, o alimenta la especulación financiera, las grandes fortunas y actividades que benefician principalmente a quienes controlan el capital? Producir más nunca responde por sí solo a la pregunta de cómo vive una sociedad.

 

 

    10. Cuando hablas de países ricos y pobres, rechazas la idea de que los pobres simplemente “van retrasados”. ¿Quieres decir que la riqueza de unos y la pobreza de otros están relacionadas?

      Sí. Nos suelen presentar el mundo como una carrera en la que algunos países habrían empezado antes y por eso son ricos, mientras que los demás irían detrás y, con suficiente tiempo, terminarían recorriendo el mismo camino.

 

   Yo considero que esa imagen es engañosa. La economía mundial está organizada mediante relaciones entre centros y periferias. Los centros son las regiones donde se concentra buena parte del poder financiero, tecnológico y económico. Las periferias participan en esa misma economía mundial desde posiciones más débiles. Periferia no significa simplemente “país pobre”, sino una posición de dependencia. Un país puede exportar muchísimo y seguir dependiendo del exterior para obtener tecnología, financiación o acceso a los mercados. Puede producir riqueza sin controlar las decisiones fundamentales sobre esa riqueza. Por eso el desarrollo de unos países y el subdesarrollo de otros no deben estudiarse como fenómenos completamente separados: forman parte del mismo sistema mundial.

 

 

11. Entonces, ¿un país puede crecer mucho y seguir sin desarrollarse realmente?

    Exactamente. Crecer significa producir cada vez más. Desarrollarse significa algo más complejo. Un país puede aumentar enormemente su producto interior bruto —el valor de todo lo que produce durante un año— y, sin embargo, continuar dependiendo de empresas extranjeras, tecnología importada o capital exterior.

 

    Puede tener rascacielos, autopistas y enormes exportaciones mientras una parte importante de su población continúa viviendo mal. Por eso distingo entre crecimiento y verdadera emergencia. Emerger significa ganar capacidad para decidir el propio camino. Eso implica desarrollar tecnología, industria, conocimientos y autonomía política y económica. Autonomía no significa aislarse del resto del mundo. Significa poder relacionarse con otros países sin tener que aceptar siempre las decisiones de los más poderosos.

 

   La pregunta correcta, por tanto, no es únicamente cuánto está creciendo un país. También debemos preguntar quién controla ese crecimiento, quién se beneficia de él y qué capacidad obtiene la sociedad para decidir su futuro.

 

 

    12. También eres muy crítico con la Unión Europea. ¿Dónde está para ti el problema?

  -  El problema consiste en preguntarnos para quién se ha construido Europa y qué intereses dominan su funcionamiento.

 

   Normalmente, se presenta la Unión Europea como un proceso casi natural de unión entre pueblos, pero existen enormes diferencias entre sus economías y también grandes concentraciones de poder empresarial y financiero. Por eso no basta con decir que varios países comparten instituciones o una moneda.

 

  Hay que estudiar qué reglas económicas existen, quién obtiene más ventajas de ellas y qué capacidad tienen los trabajadores y los ciudadanos para decidir.

 

   También critico el atlantismo. Atlantismo significa la estrecha vinculación política y militar de Europa con Estados Unidos, especialmente a través de la OTAN. Mi pregunta es si puede existir una Europa verdaderamente autónoma mientras mantenga ese tipo de subordinación estratégica.

 

    En definitiva, la cuestión europea no puede reducirse a decidir entre “más Europa” o “menos Europa”. La verdadera pregunta es mucho más incómoda: ¿qué Europa y al servicio de quién?

 

 

   13. Llamas a este sistema “capitalismo senil”. Pero vemos inteligencia artificial, robots, avances médicos y tecnologías extraordinarias. ¿Cómo puede ser senil algo tan innovador?

    Porque “senil” no significa incapaz de inventar. Significa que existe una contradicción cada vez mayor entre todo lo que la sociedad puede hacer y aquello para lo que utiliza realmente esas capacidades.

 

   Podemos producir enormes cantidades de alimentos y sigue existiendo hambre. Podemos desarrollar tecnologías que ahorran trabajo y, sin embargo, millones de personas viven agotadas o inseguras.

 

   Podemos producir medicamentos extraordinarios mientras parte de la población tiene dificultades para acceder a ellos. El problema no está en la capacidad técnica, sino en el objetivo que dirige esa capacidad. Si la producción está organizada principalmente para conseguir rentabilidad, se producirá aquello que resulte rentable, aunque existan necesidades sociales mucho más urgentes. Rentabilidad significa capacidad de una inversión para producir beneficios.

 

    Por eso la decadencia que describo no consiste en que el sistema deje de producir. Puede producir muchísimo. La contradicción consiste en que esa enorme potencia económica y científica no se utiliza necesariamente para resolver racionalmente las necesidades de la mayoría y proteger las condiciones naturales de la vida.

 

 

    14. Después de todo este diagnóstico, llega la pregunta inevitable: ¿qué habría que cambiar realmente? ¿Bastaría con controlar un poco mejor a los bancos y las multinacionales?

     No. Si el problema está en quién controla las decisiones fundamentales, no basta con pedir a quienes poseen ese poder que se comporten mejor.

 

   Propongo, entre otras cosas, socializar los monopolios, desfinanciarizar la economía y cambiar la manera en que los países se relacionan con el mercado mundial.

 

   Socializar significa que las grandes empresas estratégicas no deberían funcionar exclusivamente según los intereses de sus propietarios privados, sino que trabajadores, ciudadanos y organizaciones sociales deberían intervenir realmente en sus decisiones.

 

   Desfinanciarizar significa reducir el enorme poder adquirido por las finanzas. Las finanzas deberían servir para llevar ahorro hacia inversiones útiles, como viviendas, fábricas, infraestructuras o servicios, y no convertirse en un poder capaz de decidir por encima del conjunto de la sociedad.

 

   También utilizo otra palabra importante: desconexión. Desconectarse no significa cerrar las fronteras ni dejar de comerciar, sino que una sociedad determine primero qué necesita, qué quiere producir y qué tipo de desarrollo busca, y después organice sus relaciones con el mercado mundial de acuerdo con esas prioridades.

 

  En el fondo, todo conduce a una pregunta muy sencilla: ¿quién debe decidir qué hacemos con la riqueza que producimos? Si esas decisiones pertenecen principalmente a quienes poseen el capital, la democracia se detiene ante las puertas de la economía.

 

   La transformación comenzará realmente cuando la capacidad de decidir llegue también hasta allí.

Comentarios Comentar esta noticia
Comentar esta noticia
CAPTCHA

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.19

Todavía no hay comentarios

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.