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NICOLÁS ESTÉVANEZ: EL CANARIO QUE SE REBELÓ CONTRA LA BRUTALIDAD COLONIAL Y LAS OLIGARQUÍAS

La historia de compromiso de un peculiar militar, político y poeta del siglo XIX

Por CRISTÓBAL GARCÍA VERA PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-

 

[Img #94121]   El 27 de noviembre de 1871, ocho estudiantes de Medicina fueron fusilados en La Habana después de un proceso marcado por las presiones, la arbitrariedad y el deseo de escarmiento. Nicolás Estévanez, entonces capitán del Ejército español destinado en Cuba, recibió la noticia con una indignación que le acompañaría el resto de su vida. No era un hombre ajeno a la guerra. Había combatido en África, había resultado herido, había sido condecorado y conocía perfectamente lo que significaban la disciplina y la obediencia militar. Pero aquello cruzaba una frontera que para él no podía cruzarse.

 

   Años después resumiría su posición con una frase que explica mejor que muchas páginas quién fue este militar, político y poeta canario: «Antes que la patria están la humanidad y la justicia».

 

   No era una declaración escrita desde la comodidad de un despacho. Estévanez decidió abandonar la carrera militar. Había llegado al convencimiento de que seguir vistiendo el uniforme podía obligarle algún día a participar en hechos semejantes. Como explica Nicolás Reyes González en su estudio Canarias y América en el pensamiento de Nicolás Estévanez, cumplió los trámites legales para dejar el Ejército y rechazó posteriormente las propuestas que recibió para reincorporarse. No fue, por tanto, la reacción pasajera de un militar enfadado. Fue una decisión política y moral.

 

   Aquel episodio cubano nos permite adentrarnos en la vida de uno de los personajes canarios más interesantes del siglo XIX y, al mismo tiempo, uno de los menos conocidos por las generaciones actuales.

 

DE LAS ISLAS AL EJÉRCITO ESPAÑOL

  Nicolás Estévanez Murphy nació en Las Palmas de Gran Canaria el 17 de febrero de 1838, aunque su familia se trasladó muy pronto a Tenerife y allí transcurrieron buena parte de su infancia y juventud. Procedía de un ambiente familiar progresista y acabó ingresando muy joven en la carrera militar.

 

  Su trayectoria podría haber sido la de tantos oficiales del Ejército español del siglo XIX: academia, ascensos, campañas coloniales y obediencia a los gobiernos de turno. Pero Estévanez no tenía demasiado talento para obedecer cuando las órdenes cochaban con con sus convicciones éticas. 

 

  Combatió en la guerra de África de 1859-1860 y posteriormente conoció de primera mano distintos territorios americanos bajo dominio español. Estuvo en Puerto Rico, Santo Domingo y Cuba. Aquellos destinos fueron algo más que etapas en su expediente militar. Le permitieron contemplar desde dentro cómo funcionaba un imperio que intentaba conservar sus territorios mediante la fuerza precisamente cuando buena parte de América llevaba décadas construyendo Estados independientes.

 

  La experiencia de Santo Domingo resultó especialmente reveladora. Estévanez pudo comprobar que no bastaba con enviar soldados para mantener sometida indefinidamente a una población que quería decidir su propio futuro. Durante aquella campaña viajó además a Estados Unidos, cuando acababa la Guerra de Secesión. Le interesaron tanto el funcionamiento de una República federal como la cuestión de la abolición de la esclavitud, un problema que encontraría después nuevamente en Cuba.

 

   Poco a poco, el militar empezó a mirar críticamente la institución de la que formaba parte.

 

CUANDO LA OBEDIENCIA DEJÓ DE SER UNA VIRTUD

  La contradicción acabaría siendo imposible de sostener. El Ejército español cumplía entonces dos funciones que Estévanez rechazaba cada vez con mayor claridad: dentro de España participaba en la persecución de levantamientos republicanos; fuera de ella defendía los últimos restos del imperio colonial.

 

  Nicolás Reyes González señala precisamente esa doble contradicción al reconstruir su evolución política. Estévanez no dejó de ser militar porque hubiera perdido interés por los asuntos militares. De hecho, siguió estudiándolos durante toda su vida. Lo que perdió fue la disposición a utilizar las armas contra aquello que él mismo defendía políticamente.

 

   Y entonces llegó CubaLos ocho estudiantes de Medicina fusilados en noviembre de 1871 tenían entre 16 y 21 años. Habían sido acusados de profanar la tumba de un periodista español. Los Voluntarios de La Habana, una milicia vinculada a los sectores más intransigentes del colonialismo, presionaron para endurecer un proceso que terminó con ocho condenas a muerte. La memoria cubana conserva todavía hoy aquel episodio como uno de los grandes crímenes de la dominación colonial española.

 

  Estévanez quedó profundamente afectado por los hechos. Sus propios recuerdos describen una reacción casi física de rabia e impotencia. Y tomó una decisión: no quería permanecer en una institución que pudiera obligarle a participar en otro consejo de guerra contra inocentes. En aquel momento comenzó realmente otra vida.

 

REPÚBLICA, CÁRCEL Y REVOLUCIÓN

   La política llevaba años ocupando cada vez más espacio en la existencia de Estévanez. Había participado en las conspiraciones contra la monarquía de Isabel II y en los preparativos de la Revolución de 1868. Pero la caída de la reina no significó para él el final del camino. Estévanez quería una República y quería que fuera federal.

 

  Participó en levantamientos republicanos, conoció la cárcel y se convirtió en una de las figuras destacadas del federalismo español. Cuando en febrero de 1873 se proclamó finalmente la Primera República, aquel antiguo conspirador llegó primero al Gobierno Civil de Madrid y, poco después, al Ministerio de la Guerra durante el gobierno federal de Francisco Pi y Margall. 

 

  Resulta difícil imaginar una paradoja más expresiva: el militar que había abandonado el Ejército por razones de conciencia terminaba convertido en ministro de la Guerra de una República.  Pero no había contradicción esencial. Estévanez no era un pacifista en el sentido absoluto del término. Lo que rechazaba era que las armas fueran utilizadas para mantener privilegios, imponer gobiernos o someter pueblos.

 

  La República duró poco. Su derrota significó también el fracaso del proyecto político al que había dedicado buena parte de su vida. El golpe fue enorme y sus posiciones se hicieron progresivamente más radicales.

 

CONTRA EL "PLEITO INSULAR": UNA PELEA ENTRE DOS OLIGARQUÍAS

  Durante aquellos meses de 1873 Estévanez tuvo que enfrentarse también a un problema que todavía resulta reconocible en la historia contemporánea del Archipiélago: el llamado Pleito Insular.

 

   La disputa entre las élites de Tenerife y Gran Canaria por la capitalidad y el control de las instituciones había convertido las diferencias insulares en un enfrentamiento permanente.  Estévanez se resistía a mirar Canarias desde esa lógica.

 

  El estudio de Nicolás Reyes González destaca que detrás de aquella pelea existían grupos de poder de ambas islas que competían por controlar recursos e instituciones, mientras las clases populares canarias sufrían problemas bastante más urgentes y comunes, incluida la obligación de recurrir de forma recurrente a la emigración por la falta de oportunidades y la miseria a la que se veían sometidas. 

 

  Estévanez entendió que enfrentar a unas islas contra otras debilitaba al conjunto del Archipiélago. Durante la Primera República impulsó junto a otros diputados el denominado Compromiso Estévanez, que intentaba buscar una salida federal al conflicto. El propósito era impedir que la organización de Canarias dependiera eternamente de qué isla consiguiera imponerse a la otra. El material educativo del propio Gobierno canario identifica aquella iniciativa como un intento de liquidar políticamente el Pleito Insular dentro de un futuro Estado Regional canario.

 

  Su horizonte era una Canarias ampliamente descentralizada, formada por islas iguales y unidas, no una Canarias gobernada desde una isla contra las demás. Reyes González resume esa idea como la defensa de una autonomía canaria entendida como «unidad entre iguales».

 

MUCHO MÁS QUE LA SOMBRA DE UN ALMENDRO

  Pero aunque la política ocupó buena parte de su vida, Nicolás Estévanez fue también poeta, periodista, historiador y traductor.

 

  La Biblioteca Nacional conserva una extensa relación de sus obras: Canarias, Pensamientos revolucionarios, La milicia, Diccionario militar, Fragmentos de mis memorias, Resumen de la Historia de España o Resumen de la Historia de América, entre otras.

 

  Su poema Canarias terminó asociado para siempre a la famosa «sombra del almendro» de su infancia. Pero quedarse únicamente con esa imagen sentimental supondría mutilar buena parte de su pensamientoEn su poesía aparece una patria canaria que no pertenece exclusivamente a Tenerife ni a Gran Canaria. Es el mar, la roca, la memoria, la infancia y la condición insular compartida. Su poema puede ser leído desde cualquiera de las islas porque la patria que intenta construir literariamente es el Archipiélago entero. 

 

  Hubo también otro Estévanez literario menos conocido: el que escribió poesía social, celebró la Revolución de 1868 y dedicó versos a la Comuna de París de 1871. El poeta romántico fue transformándose al mismo tiempo que se transformaba el político.

 

DEL FEDERALISMO A UN IDEAL MUCHO MÁS RADICAL

  Con los años su pensamiento fue alejándose incluso de los límites del republicanismo convencional.

 

  Estévanez llegó a declararse partidario de un ideal anarquista, entendido como desaparición progresiva de las estructuras autoritarias. Desconfiaba profundamente de los gobiernos, los ejércitos permanentes, las jerarquías y las instituciones que reducían la libertad humana.

 

  Sin embargo, no confundía el ideal con lo inmediatamente posible. Sabía que aquella sociedad estaba muy lejos. Por eso continuaba defendiendo la República federal como la alternativa práctica que, en su época, consideraba más compatible con la libertad, la justicia y la descentralización.

 

  Esa evolución también modificó su posición sobre Cuba. Durante algún tiempo creyó posible resolver el conflicto concediendo una amplia autonomía dentro de una República federal española. Más adelante terminó defendiendo abiertamente la independencia cubana. La experiencia le había enseñado que un pueblo que aspiraba a gobernarse a sí mismo no podía ser mantenido indefinidamente bajo dominio exterior.

 

NI COLONIALISMO ESPAÑOL EN CUBA, NI INVASIÓN YANQUI DE CANARIAS

  En 1898 se produjo una situación que permite comprender muy bien la lógica de Estévanez.

 

  Podía apoyar el derecho de Cuba a separarse de España y, al mismo tiempo, estar dispuesto a regresar a Canarias para combatir si Estados Unidos intentaba ocupar las Islas durante la guerra hispano-estadounidense.  No era una contradicción. Lo que rechazaba era que una potencia decidiera el destino de otro pueblo.

 

  El temor a una incursión estadounidense no era imaginario: las propias autoridades españolas adoptaron medidas para reforzar las defensas de las islas durante aquella crisis. Cuando apareció la posibilidad de que Canarias pudiera convertirse en objetivo militar norteamericano, Estévanez tenía sesenta años. Aun así, ofreció su experiencia para organizar la defensa del Archipiélago.

 

   Estévanez llegó a escribir desde París sobre su determinación de regresar a su tierra para luchar contra los norteamericanos, pese a su avanzada edad:

 

   “Salvo impedimento, me iré a la tierra en cuanto la guerra se declare. A los 60 estoy relevado de pelear en Cuba y aún en la península, pero en defensa de la patria chica pelearé hasta los 100 años [...]”.
 

  Su posición quedaba así bastante clara: ni colonialismo español para Cuba ni una nueva dominación extranjera para Canarias.

 

 

UNA VIDA QUE NO CABE EN EL NOMBRE DE UNA CALLE

  Nicolás Estévanez pasó largos años fuera de las Islas, especialmente en París, donde trabajó como traductor y continuó escribiendo y participando en la vida política.

 

   Murió allí el 21 de agosto de 1914, recién comenzada la Primera Guerra Mundial y cuando, pese a sus 76 años, todavía estaba prestando servicios al Gobierno francés.

 

   Había recorrido un camino extraordinario: de cadete a militar condecorado; de militar a conspirador; de conspirador a ministro; de republicano federal a defensor de un ideal libertario cada vez más radical.

 

  También había recorrido otro camino menos visible: el que conduce desde una idea sentimental de Canarias hacia una conciencia política del Archipiélago como comunidad que debía superar las rivalidades fomentadas por sus clases dominantes.

 

  Nicolás Estévanez no fue un hombre sin contradicciones. Nadie que viva intensamente setenta y seis años de guerras, revoluciones, exilios y derrotas puede serlo. Pero existe una sorprendente continuidad entre aquel capitán que se indignó ante el asesinato legal de ocho jóvenes en La Habana y el anciano que seguía defendiendo el derecho de los pueblos a vivir sin imposiciones.

 

Por eso su figura merece mucho más que una calle. Merece ser conocida y recordada. Porque detrás del nombre permanece la historia de un canario que, cuando tuvo que elegir entre obedecer y mantenerse fiel a lo que consideraba justo, decidió pagar el precio que fuera necesario por mantener sus convicciones. 

 

 
 
 
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