¿POR QUÉ EL ECOLOGISMO SIN LUCHA DE CLASES ES PURA JARDINERÍA?
¿Por qué nuestros hábitos individuales importan, pero resultan insuficientes para explicar la magnitud de la crisis ambiental? ¿Por qué nuestros hábitos individuales importan, pero resultan insuficientes para explicar la magnitud de la crisis ambiental?
Reciclar, ahorrar agua, proteger los bosques o desarrollar energías renovables resulta imprescindible, pero quizá no sea suficiente. Detrás de la crisis ambiental existe una cuestión menos visible: quién controla los recursos, quién decide qué producimos y quién obtiene los beneficios. Entender esa relación permite descubrir por qué la defensa del planeta también está relacionada con la manera en que organizamos nuestra economía.
La frase que da título a este artículo —«el ecologismo sin lucha de clases es pura jardinería»— puede sonar, a primera vista, más provocadora de lo que realmente pretende ser. No desprecia plantar árboles, proteger espacios naturales, reciclar, limpiar playas o recuperar ecosistemas. Todas esas tareas son necesarias.
La cuestión que plantea es otra: ¿hasta dónde podemos llegar protegiendo la naturaleza si no examinamos también cómo está organizada la economía que utiliza sus recursos?
¿QUÉ SIGNIFICA REALMENTE «LUCHA DE CLASES»?
Conviene comenzar aclarando esta expresión, porque arrastra una enorme carga histórico politica. Hablar de lucha de clases no significa necesariamente levantar barricadas. En su acepcion más sencilla, describe una realidad bastante cotidiana: en una sociedad existen grupos que ocupan posiciones diferentes dentro de la economía y cuyos intereses no siempre coinciden.
Un trabajador necesita un salario suficiente y unas condiciones laborales seguras. Una familia necesita una vivienda asequible; quien posee cientos de viviendas puede intentar obtener de ellas la máxima rentabilidad. Una población necesita agua para vivir; una explotación agrícola intensiva o un gran complejo turístico pueden necesitar enormes cantidades para mantener su actividad.
No hace falta suponer que unas personas son buenas y otras malas. El conflicto surge de la posición económica que cada una ocupa y de los intereses asociados a ella.
Hablar de lucha de clases significa, por tanto, preguntarse quién posee los recursos, quién decide cómo utilizarlos, quién obtiene los beneficios y quién soporta los costes. Cuando trasladamos estas preguntas al problema ambiental, nuestra manera de contemplar la crisis ecológica cambia considerablemente.
EL PROBLEMA NO COMENZÓ CON EL CAPITALISMO
Los seres humanos transformaron y destruyeron ecosistemas mucho antes que lo hiciera el capitalismo. Hubo deforestación, agotamiento de tierras, desaparición de especies y crisis agrícolas en las sociedades antiguas. Sería falso afirmar, por tanto, que toda agresión contra la naturaleza comenzó con las fábricas.
La diferencia fundamental aparece cuando la producción adquiere una necesidad permanente de expansión. Una empresa no produce únicamente porque alguien necesite aquello que fabrica. Produce para vender, obtener beneficios, reinvertir y continuar compitiendo.
Es en este punto donde aparece una contradicción difícil de resolver: una economía que necesita crecer continuamente termina chocando con un planeta cuyos recursos son limitados.
CUANDO LA NATURALEZA SE CONVIRTIÓ EN UN RECURSO PARA EL MERCADO
La industrialización multiplicó extraordinariamente la capacidad humana para transformar la naturaleza. El carbón movió fábricas, ferrocarriles y barcos, pero también llenó de humo las ciudades y convirtió numerosos barrios obreros en lugares insalubres.
Las primeras víctimas de aquella contaminación fueron los propios trabajadores: mineros que respiraban polvo, obreros expuestos a sustancias tóxicas y familias que vivían junto a fábricas y aguas contaminadas. Por eso, muchas reivindicaciones que actualmente consideraríamos ambientales estuvieron relacionadas con conflictos laborales: ventilación de las minas, saneamiento urbano, control de sustancias peligrosas o mejores condiciones de trabajo.
Luego, la expansión colonial llevó esta lógica mucho más lejos. Grandes territorios de América, África y Asia fueron reorganizados para producir azúcar, algodón, café, caucho, minerales y otras materias destinadas al mercado internacional. Tierras, bosques y poblaciones quedaron subordinados a unas necesidades económicas que frecuentemente se decidían a miles de kilómetros de distancia.
NO TODOS CONTAMINAMOS IGUAL
Ese pasado nos permite comprender una característica fundamental de la actual crisis ecológica: ni todos contribuimos de la misma manera a provocarla ni todos sufrimos por igual sus consecuencias.
Decir que «todos somos responsables» contiene solo una parte de verdad, pero también puede ocultar enormes diferencias. Naturalmente, una persona puede ahorrar agua, utilizar menos plástico o desplazarse en transporte público. Pero una familia no posee la misma capacidad para transformar el medio ambiente que una multinacional energética, una compañía minera o una gran cadena turística.
Tampoco es comparable quien utiliza un automóvil viejo porque necesita llegar a su trabajo con quien utiliza habitualmente un avión privado.
Las consecuencias también están desigualmente repartidas. Quien posee suficientes recursos puede instalar climatización, pagar alimentos más caros, asegurar su vivienda o trasladarse. Las familias con menos recursos disponen de muchas menos posibilidades y, además, numerosos trabajadores están especialmente expuestos a olas de calor, incendios y otras situaciones extremas.
CUANDO TODA LA RESPONSABILIDAD RECAE SOBRE EL CONSUMIDOR
Aquí aparece uno de los límites de cierto ecologismo basado casi exclusivamente en modificar nuestros comportamientos individuales.
Durante décadas se ha insistido en que debemos consumir responsablemente, reciclar, apagar las luces, ahorrar agua o comprar productos ecológicos. Nada de esto es inútil y muchas de estas prácticas son necesarias. El problema comienza cuando la responsabilidad ambiental se desplaza desde quienes organizan la producción hacia quienes compran sus productos.
La pregunta deja entonces de ser «¿por qué producimos de esta manera?» para convertirse en «¿por qué compras esto?».
Ya no discutimos por qué nuestras ciudades están organizadas alrededor del automóvil, sino el comportamiento particular del conductor. No preguntamos por qué se fabrican objetos difíciles de reparar y destinados a ser sustituidos rápidamente, sino si el consumidor los deposita después en el contenedor correcto.
Es como achicar continuamente el agua de un barco sin preguntarnos por dónde está entrando.
CUANDO SALVAR EL PLANETA TAMBIÉN SE CONVIERTE EN NEGOCIO
El denominado capitalismo verde intenta resolver esta contradicción convirtiendo la propia crisis ecológica en un nuevo espacio económico. Aparecen mercados de emisiones, bonos de carbono, inversiones sostenibles y toda una variedad de productos presentados como ecológicos.
Cierto que algunas de estas herramientas pueden producir mejoras concretas. Pero dejan abierta una pregunta fundamental: ¿puede solucionarse mediante la búsqueda permanente de rentabilidad un problema relacionado precisamente con la necesidad de ampliar continuamente la producción y los beneficios?
La llamada transición energética permite verlo claramente.
Abandonar los combustibles fósiles y desarrollar energías renovables es imprescindible. Pero sustituir cientos de millones de automóviles de gasolina por otros tantos eléctricos, manteniendo exactamente el mismo modelo de transporte, exigiría cantidades gigantescas de litio, cobre, níquel y otros minerales.
Podemos cambiar la fuente de energía y conservar intacta la lógica que multiplica continuamente la extracción de recursos.
¿QUÉ TIENE QUE VER TODO ESTO CON LA LUCHA DE CLASES?
Incorporar la lucha de clases al ecologismo no significa llenar una manifestación ambiental de consignas políticas. Significa hacerse preguntas concretas ante cada conflicto.
Imaginemos una movilización contra la construcción de un enorme complejo turístico. Podemos denunciar exclusivamente la destrucción del paisaje. Pero también podemos preguntar quién posee el suelo, qué empresa promueve el proyecto, qué ayudas públicas recibe, cuánta agua consumirá, qué empleos creará, cómo afectará al precio de la vivienda y quién se quedará finalmente con los beneficios.
De repente, aquello que parecía exclusivamente un conflicto paisajístico revela algo más profundo: existen intereses económicos y sociales diferentes alrededor del uso de un mismo territorio.
¿QUIÉN DEBE PAGAR LA TRANSICIÓN ECOLÓGICA?
La misma pregunta aparece cuando decidimos cómo combatir la crisis ambiental.
Prohibir automóviles antiguos sin proporcionar un buen transporte público puede castigar a quien no tiene dinero para comprar otro vehículo. Cerrar una industria contaminante sin garantizar ingresos y empleos alternativos puede condenar económicamente a una población entera. Encarecer indiscriminadamente la energía doméstica mientras permanece intacto el gran consumo empresarial puede trasladar la factura hacia quienes menos responsabilidad tienen.
Una transformación ecológica capaz de obtener un respaldo social amplio tendría que hacer justamente lo contrario: unir la mejora de las condiciones de vida con la protección de la naturaleza.
Eso significa transporte colectivo abundante y asequible, energía limpia accesible, viviendas eficientes, empleos dignos vinculados a la transición y capacidad de la sociedad para intervenir en las decisiones relacionadas con el agua, el suelo, la energía y otros recursos esenciales.
CUANDO EL ECOLOGISMO DEJA DE SER JARDINERÍA
Llegamos así al significado de aquella frase inicial.
La jardinería cuida una parcela, y cuidarla es necesario. El problema aparece cuando creemos que cuidar pequeñas parcelas puede sustituir la transformación de las causas que están deteriorando el conjunto.
Plantar árboles mientras continúa una deforestación económicamente rentable, limpiar playas mientras aumenta la fabricación de plásticos o pedir pequeños sacrificios domésticos mientras permanecen intactas actividades enormemente destructivas puede aliviar determinados daños, pero difícilmente eliminará aquello que los produce.
El ecologismo se convierte en algo más que jardinería cuando, además de preguntarnos qué debemos hacer individualmente, comenzamos a preguntarnos colectivamente qué producimos, cuánto producimos, para satisfacer qué necesidades, quién decide hacerlo, quién obtiene los beneficios y quién soporta las consecuencias.
Porque proteger la naturaleza no consiste solamente en conservar aquello que todavía no hemos destruido. Significa construir una economía capaz de reconocer una realidad elemental: la sociedad no se encuentra fuera de la naturaleza. Vivimos dentro de ella, dependemos de ella y ninguna economía puede crecer indefinidamente sobre un planeta limitado.

La frase que da título a este artículo —«el ecologismo sin lucha de clases es pura jardinería»— puede sonar, a primera vista, más provocadora de lo que realmente pretende ser. No desprecia plantar árboles, proteger espacios naturales, reciclar, limpiar playas o recuperar ecosistemas. Todas esas tareas son necesarias.
La cuestión que plantea es otra: ¿hasta dónde podemos llegar protegiendo la naturaleza si no examinamos también cómo está organizada la economía que utiliza sus recursos?
¿QUÉ SIGNIFICA REALMENTE «LUCHA DE CLASES»?
Conviene comenzar aclarando esta expresión, porque arrastra una enorme carga histórico politica. Hablar de lucha de clases no significa necesariamente levantar barricadas. En su acepcion más sencilla, describe una realidad bastante cotidiana: en una sociedad existen grupos que ocupan posiciones diferentes dentro de la economía y cuyos intereses no siempre coinciden.
Un trabajador necesita un salario suficiente y unas condiciones laborales seguras. Una familia necesita una vivienda asequible; quien posee cientos de viviendas puede intentar obtener de ellas la máxima rentabilidad. Una población necesita agua para vivir; una explotación agrícola intensiva o un gran complejo turístico pueden necesitar enormes cantidades para mantener su actividad.
No hace falta suponer que unas personas son buenas y otras malas. El conflicto surge de la posición económica que cada una ocupa y de los intereses asociados a ella.
Hablar de lucha de clases significa, por tanto, preguntarse quién posee los recursos, quién decide cómo utilizarlos, quién obtiene los beneficios y quién soporta los costes. Cuando trasladamos estas preguntas al problema ambiental, nuestra manera de contemplar la crisis ecológica cambia considerablemente.
EL PROBLEMA NO COMENZÓ CON EL CAPITALISMO
Los seres humanos transformaron y destruyeron ecosistemas mucho antes que lo hiciera el capitalismo. Hubo deforestación, agotamiento de tierras, desaparición de especies y crisis agrícolas en las sociedades antiguas. Sería falso afirmar, por tanto, que toda agresión contra la naturaleza comenzó con las fábricas.
La diferencia fundamental aparece cuando la producción adquiere una necesidad permanente de expansión. Una empresa no produce únicamente porque alguien necesite aquello que fabrica. Produce para vender, obtener beneficios, reinvertir y continuar compitiendo.
Es en este punto donde aparece una contradicción difícil de resolver: una economía que necesita crecer continuamente termina chocando con un planeta cuyos recursos son limitados.
CUANDO LA NATURALEZA SE CONVIRTIÓ EN UN RECURSO PARA EL MERCADO
La industrialización multiplicó extraordinariamente la capacidad humana para transformar la naturaleza. El carbón movió fábricas, ferrocarriles y barcos, pero también llenó de humo las ciudades y convirtió numerosos barrios obreros en lugares insalubres.
Las primeras víctimas de aquella contaminación fueron los propios trabajadores: mineros que respiraban polvo, obreros expuestos a sustancias tóxicas y familias que vivían junto a fábricas y aguas contaminadas. Por eso, muchas reivindicaciones que actualmente consideraríamos ambientales estuvieron relacionadas con conflictos laborales: ventilación de las minas, saneamiento urbano, control de sustancias peligrosas o mejores condiciones de trabajo.
Luego, la expansión colonial llevó esta lógica mucho más lejos. Grandes territorios de América, África y Asia fueron reorganizados para producir azúcar, algodón, café, caucho, minerales y otras materias destinadas al mercado internacional. Tierras, bosques y poblaciones quedaron subordinados a unas necesidades económicas que frecuentemente se decidían a miles de kilómetros de distancia.
NO TODOS CONTAMINAMOS IGUAL
Ese pasado nos permite comprender una característica fundamental de la actual crisis ecológica: ni todos contribuimos de la misma manera a provocarla ni todos sufrimos por igual sus consecuencias.
Decir que «todos somos responsables» contiene solo una parte de verdad, pero también puede ocultar enormes diferencias. Naturalmente, una persona puede ahorrar agua, utilizar menos plástico o desplazarse en transporte público. Pero una familia no posee la misma capacidad para transformar el medio ambiente que una multinacional energética, una compañía minera o una gran cadena turística.
Tampoco es comparable quien utiliza un automóvil viejo porque necesita llegar a su trabajo con quien utiliza habitualmente un avión privado.
Las consecuencias también están desigualmente repartidas. Quien posee suficientes recursos puede instalar climatización, pagar alimentos más caros, asegurar su vivienda o trasladarse. Las familias con menos recursos disponen de muchas menos posibilidades y, además, numerosos trabajadores están especialmente expuestos a olas de calor, incendios y otras situaciones extremas.
CUANDO TODA LA RESPONSABILIDAD RECAE SOBRE EL CONSUMIDOR
Aquí aparece uno de los límites de cierto ecologismo basado casi exclusivamente en modificar nuestros comportamientos individuales.
Durante décadas se ha insistido en que debemos consumir responsablemente, reciclar, apagar las luces, ahorrar agua o comprar productos ecológicos. Nada de esto es inútil y muchas de estas prácticas son necesarias. El problema comienza cuando la responsabilidad ambiental se desplaza desde quienes organizan la producción hacia quienes compran sus productos.
La pregunta deja entonces de ser «¿por qué producimos de esta manera?» para convertirse en «¿por qué compras esto?».
Ya no discutimos por qué nuestras ciudades están organizadas alrededor del automóvil, sino el comportamiento particular del conductor. No preguntamos por qué se fabrican objetos difíciles de reparar y destinados a ser sustituidos rápidamente, sino si el consumidor los deposita después en el contenedor correcto.
Es como achicar continuamente el agua de un barco sin preguntarnos por dónde está entrando.
CUANDO SALVAR EL PLANETA TAMBIÉN SE CONVIERTE EN NEGOCIO
El denominado capitalismo verde intenta resolver esta contradicción convirtiendo la propia crisis ecológica en un nuevo espacio económico. Aparecen mercados de emisiones, bonos de carbono, inversiones sostenibles y toda una variedad de productos presentados como ecológicos.
Cierto que algunas de estas herramientas pueden producir mejoras concretas. Pero dejan abierta una pregunta fundamental: ¿puede solucionarse mediante la búsqueda permanente de rentabilidad un problema relacionado precisamente con la necesidad de ampliar continuamente la producción y los beneficios?
La llamada transición energética permite verlo claramente.
Abandonar los combustibles fósiles y desarrollar energías renovables es imprescindible. Pero sustituir cientos de millones de automóviles de gasolina por otros tantos eléctricos, manteniendo exactamente el mismo modelo de transporte, exigiría cantidades gigantescas de litio, cobre, níquel y otros minerales.
Podemos cambiar la fuente de energía y conservar intacta la lógica que multiplica continuamente la extracción de recursos.
¿QUÉ TIENE QUE VER TODO ESTO CON LA LUCHA DE CLASES?
Incorporar la lucha de clases al ecologismo no significa llenar una manifestación ambiental de consignas políticas. Significa hacerse preguntas concretas ante cada conflicto.
Imaginemos una movilización contra la construcción de un enorme complejo turístico. Podemos denunciar exclusivamente la destrucción del paisaje. Pero también podemos preguntar quién posee el suelo, qué empresa promueve el proyecto, qué ayudas públicas recibe, cuánta agua consumirá, qué empleos creará, cómo afectará al precio de la vivienda y quién se quedará finalmente con los beneficios.
De repente, aquello que parecía exclusivamente un conflicto paisajístico revela algo más profundo: existen intereses económicos y sociales diferentes alrededor del uso de un mismo territorio.
¿QUIÉN DEBE PAGAR LA TRANSICIÓN ECOLÓGICA?
La misma pregunta aparece cuando decidimos cómo combatir la crisis ambiental.
Prohibir automóviles antiguos sin proporcionar un buen transporte público puede castigar a quien no tiene dinero para comprar otro vehículo. Cerrar una industria contaminante sin garantizar ingresos y empleos alternativos puede condenar económicamente a una población entera. Encarecer indiscriminadamente la energía doméstica mientras permanece intacto el gran consumo empresarial puede trasladar la factura hacia quienes menos responsabilidad tienen.
Una transformación ecológica capaz de obtener un respaldo social amplio tendría que hacer justamente lo contrario: unir la mejora de las condiciones de vida con la protección de la naturaleza.
Eso significa transporte colectivo abundante y asequible, energía limpia accesible, viviendas eficientes, empleos dignos vinculados a la transición y capacidad de la sociedad para intervenir en las decisiones relacionadas con el agua, el suelo, la energía y otros recursos esenciales.
CUANDO EL ECOLOGISMO DEJA DE SER JARDINERÍA
Llegamos así al significado de aquella frase inicial.
La jardinería cuida una parcela, y cuidarla es necesario. El problema aparece cuando creemos que cuidar pequeñas parcelas puede sustituir la transformación de las causas que están deteriorando el conjunto.
Plantar árboles mientras continúa una deforestación económicamente rentable, limpiar playas mientras aumenta la fabricación de plásticos o pedir pequeños sacrificios domésticos mientras permanecen intactas actividades enormemente destructivas puede aliviar determinados daños, pero difícilmente eliminará aquello que los produce.
El ecologismo se convierte en algo más que jardinería cuando, además de preguntarnos qué debemos hacer individualmente, comenzamos a preguntarnos colectivamente qué producimos, cuánto producimos, para satisfacer qué necesidades, quién decide hacerlo, quién obtiene los beneficios y quién soporta las consecuencias.
Porque proteger la naturaleza no consiste solamente en conservar aquello que todavía no hemos destruido. Significa construir una economía capaz de reconocer una realidad elemental: la sociedad no se encuentra fuera de la naturaleza. Vivimos dentro de ella, dependemos de ella y ninguna economía puede crecer indefinidamente sobre un planeta limitado.




























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