LA "ECONOMÍA DEL LADRILLO" AMENAZA AL GIGANTE CHINO
¿Podrá el llamado «socialismo con características chinas» evitar las crisis del capitalismo mientras permite que el beneficio privado dirija sectores fundamentales de su economía?
China continúa creciendo, pero bajo sus impresionantes avances industriales se esconde una peligrosa herencia de especulación, deuda y ciudades levantadas al servicio del negocio inmobiliario. ¿Un tropiezo pasajero o la prueba de que las enfermedades del capitalismo han penetrado en el modelo chino? se pregunta en economista marxista Michael Roberts
POR MARTÍN ALVAREZ PARA CANARIAS SERMANAL.ORG
Michael Roberts es un economista marxista británico que
trabajó durante más de treinta años en la City de Londres, uno de los mayores centros financieros del mundo. Desde su conocido blog The Next Recession analiza regularmente las crisis económicas, la deuda, la inversión y los beneficios empresariales. Entre sus libros más importantes se encuentran La Gran Recesión, La larga depresión, Marx 200 y El capitalismo en el siglo XXI.
Roberts ha dedicado numerosos artículos a estudiar la economía china. No la considera una economía capitalista exactamente igual a la estadounidense o la europea, porque el Estado chino conserva todavia el control de los grandes bancos, de una parte de las empresas y de sectores estratégicos. Pero tampoco niega la existencia en China de un poderosísimo sector privado que busca obtener beneficios y que actúa siguiendo las reglas del mercado.
Su último análisis, del que nos hacemos eco en este articulo, parte de una pregunta sencilla: ¿por qué la economía china ha empezado a crecer más lentamente?
CRECER MENOS NO SIGNIFICA DEJAR DE CRECER
Durante muchos años, China avanzó a una velocidad extraordinaria. Su economía llegó a crecer alrededor de un 10% anual. Eso significaba que, en pocos años, se multiplicaban las fábricas, las carreteras, las viviendas, los puertos, los trenes y las posibilidades de consumo.
Ese ritmo no podía mantenerse indefinidamente. Una economía que ya posee grandes ciudades, una industria gigantesca y una extensa red de infraestructuras no puede crecer con la misma rapidez que cuando comenzaba a construirlas.
Actualmente China crece aproximadamente entre un 4% y un 5% anual. Es mucho menos que hace veinte años, pero todavía supera ampliamente el crecimiento de Estados Unidos, Japón o la mayoría de los países europeos.
Para entenderlo podemos imaginar un automóvil que circulaba a cien kilómetros por hora y reduce su velocidad a sesenta. Ha perdido impulso, pero no se ha detenido ni ha comenzado a retroceder. Eso es una desaceleración. Una recesión sería que la economía dejase de crecer y comenzara a hacerse más pequeña.
En opinion de Roberts, por tanto, no es cierta la idea difundida por algunos analistas occidentales de que China se encuentra al borde del estancamiento. Sin embargo, reconoce que existen problemas importantes y que no pueden explicarse únicamente diciendo que el país ha alcanzado un nivel de desarrollo mayor.
UNA ECONOMÍA QUE AVANZA A DOS VELOCIDADES
El mejor modo de comprender la situación china consiste en imaginar una economía dividida en dos grandes zonas. La primera es la industria. China continúa produciendo enormes cantidades de maquinaria, automóviles, trenes, barcos, teléfonos, ordenadores, placas solares y baterías. También está realizando grandes inversiones en robots, semiconductores e inteligencia artificial. En estos sectores, la producción sigue creciendo con fuerza.
La segunda zona está formada por la vivienda, la construcción y una parte importante del consumo interior. Aquí es donde se concentran las dificultades. China, por tanto, no se encuentra paralizada. Algunas partes de su economía avanzan rápidamente, mientras otras arrastran deudas, empresas en dificultades y negocios que ya no funcionan como antes. El resultado general es un crecimiento más lento.
LA GRAN BURBUJA DE LA VIVIENDA
Durante varias décadas, centenares de millones de chinos abandonaron el campo y se trasladaron a las ciudades. Aquella transformación exigía construir viviendas, calles, hospitales, escuelas, redes de transporte y todo lo necesario para sostener enormes concentraciones urbanas.
El problema no fue que se construyera demasiado en términos generales. China necesitaba realmente ampliar sus ciudades. El problema, según Roberts, fue la manera de hacerlo. El Estado no creó un gran sistema nacional de viviendas públicas para alquiler. Permitió que una parte considerable de la urbanización quedara en manos de promotores privados, de capitalistas. Estas empresas construían principalmente para vender y obtener beneficios.
Los gobiernos locales también participaron en el negocio. Vendían terrenos a los promotores y utilizaban esos ingresos para financiar sus gastos. Los bancos concedían préstamos, las constructoras levantaban nuevos edificios y muchas familias compraban viviendas no solo para habitarlas, sino también como una forma de ahorrar o enriquecerse.
Mientras los precios subían y las casas encontraban compradores, parecía un negocio seguro. Pero se fue creando una burbuja: se construían viviendas porque se esperaba venderlas cada vez más caras, no siempre porque existiera alguien que necesitara habitarlas inmediatamente.
¿QUÉ SUCEDE CUANDO SE DESINFLA UNA BURBUJA?
Una burbuja económica se parece mucho a una fiesta pagada a crédito. Mientras continúa llegando dinero, todos parecen prosperar. Las empresas venden, los bancos prestan y los compradores creen que aquello seguirá funcionando indefinidamente. La dificultad aparece cuando las ventas disminuyen.
Eso fue lo que ocurrió en el mercado inmobiliario chino. Muchas familias dejaron de comprar porque los precios eran demasiado elevados, porque ya existían demasiadas viviendas o porque temían perder sus ahorros. Al vender menos, los promotores comenzaron a tener dificultades para devolver sus préstamos y terminar los edificios iniciados.
Algunas grandes inmobiliarias quedaron al borde de la quiebra. Los bancos se encontraron con créditos de dudoso cobro y numerosos gobiernos locales perdieron los ingresos que obtenían vendiendo terrenos.
Las consecuencias se extendieron al resto de la economía. Si una promotora deja de construir, compra menos cemento, acero, cristales y maquinaria. Contrata menos trabajadores y encarga menos obras. Si un gobierno local debe emplear su dinero en pagar antiguas deudas, dispone de menos recursos para realizar nuevas inversiones. Ese es el principal lastre que Roberts identifica actualmente en China: la enorme deuda dejada por el negocio inmobiliario está frenando la inversión y debilitando el mercado interior.
EL MIEDO TAMBIÉN FRENA EL CONSUMO
Cuando las familias temen perder su empleo, ven disminuir el valor de sus viviendas o desconfían del futuro, suelen gastar menos y ahorrar más. No compran un coche nuevo, aplazan una reforma y reducen los gastos que consideran prescindibles.
Las empresas reaccionan de una manera parecida. Si creen que venderán menos, no amplían sus fábricas ni contratan nuevos trabajadores. De este modo se forma un círculo peligroso: las familias gastan menos porque perciben debilidad económica y las empresas invierten menos porque las familias gastan menos.
Roberts no sostiene que China haya entrado totalmente en ese círculo, pero sí asegura que la crisis inmobiliaria ha debilitado la confianza, el consumo y la inversión.
LAS EXPORTACIONES MANTIENEN LA ACTIVIDAD
China compensa parte de esa debilidad vendiendo una enorme cantidad de productos al resto del mundo. Sus empresas exportan vehículos eléctricos, baterías, placas solares, productos electrónicos, maquinaria y equipos tecnológicos.
Estas exportaciones mantienen las fábricas funcionando y permiten conservar millones de puestos de trabajo. Pero también crean una dependencia: si el consumo interior no crece suficientemente, China necesita encontrar compradores fuera del país.
Estados Unidos y la Unión Europea han respondido levantando aranceles y otras barreras contra los productos chinos. Alegan que China produce demasiado y vende a precios con los que sus industrias no pueden competir. Roberts, sin embargo, considera hipócrita esta acusación: antes Occidente aceptaba la expansión china cuando las grandes multinacionales estadounidenses y europeas controlaban buena parte de la producción, pero comenzó a denunciarla cuando las empresas capitalistas chinas se convirtieron en competidoras.
No obstante, depender demasiado de las exportaciones entraña un riesgo. China no puede confiar eternamente en que otros países absorban una producción que su propio mercado interior no consume.
¿SON LOS MISMOS MALES DEL CAPITALISMO?
La respuesta que se desprende del análisis de Roberts es doble. La economia china no es exactamente igual a las economías capitalistas occidentales. El Estado todavia controla los grandes bancos y puede decidir hacia dónde dirige una parte importante del crédito. También conserva empresas públicas y capacidad para planificar el desarrollo de sectores estratégicos. Gracias a ello, ha podido impulsar la industria tecnológica y las energías renovables mientras el negocio inmobiliario se hundía.
![[Img #93735]](https://canarias-semanal.org/upload/images/08_2026/7417_info-china.jpg)
Pero en aquellos sectores en donde se permitió actuar al capital privado siguiendo la búsqueda del máximo beneficio los problemas típicamente capitalistas crecieron como las setas: especulación, endeudamiento, viviendas tratadas como mercancías, empresas que construían para ganar dinero y pérdidas privadas que finalmente deben ser asumidas por instituciones públicas.
Roberts no anuncia el hundimiento de China. Pero si está señalando una alarmante contradicción. La planificación estatal impulsa las actividades productivas, pero el mercado capitalista ha provocado una gigantesca burbuja inmobiliaria cuyas consecuencias debe reparar ahora el Estado.
La gran discusión no consiste, por tanto, en decidir si China crecerá unas décimas más o menos. La cuestión fundamental es quién debe determinar el rumbo de su economía. Si lo hace la rentabilidad privada, pueden repetirse las tipicas crisis conocidas del capitalismo. Si prevaleciera la planificación pública, - y eso esta todavia por ver- China podria disponer de instrumentos que las economías occidentales dejaron hace tiempo en manos de los bancos y las grandes empresas.
ARTICULO DE REFERENCIA:
Michael Robert: "La desaceleración de China" . Publicado en el digital ExpaiMarx
POR MARTÍN ALVAREZ PARA CANARIAS SERMANAL.ORG
Michael Roberts es un economista marxista británico que
trabajó durante más de treinta años en la City de Londres, uno de los mayores centros financieros del mundo. Desde su conocido blog The Next Recession analiza regularmente las crisis económicas, la deuda, la inversión y los beneficios empresariales. Entre sus libros más importantes se encuentran La Gran Recesión, La larga depresión, Marx 200 y El capitalismo en el siglo XXI.
Roberts ha dedicado numerosos artículos a estudiar la economía china. No la considera una economía capitalista exactamente igual a la estadounidense o la europea, porque el Estado chino conserva todavia el control de los grandes bancos, de una parte de las empresas y de sectores estratégicos. Pero tampoco niega la existencia en China de un poderosísimo sector privado que busca obtener beneficios y que actúa siguiendo las reglas del mercado.
Su último análisis, del que nos hacemos eco en este articulo, parte de una pregunta sencilla: ¿por qué la economía china ha empezado a crecer más lentamente?
CRECER MENOS NO SIGNIFICA DEJAR DE CRECER
Durante muchos años, China avanzó a una velocidad extraordinaria. Su economía llegó a crecer alrededor de un 10% anual. Eso significaba que, en pocos años, se multiplicaban las fábricas, las carreteras, las viviendas, los puertos, los trenes y las posibilidades de consumo.
Ese ritmo no podía mantenerse indefinidamente. Una economía que ya posee grandes ciudades, una industria gigantesca y una extensa red de infraestructuras no puede crecer con la misma rapidez que cuando comenzaba a construirlas.
Actualmente China crece aproximadamente entre un 4% y un 5% anual. Es mucho menos que hace veinte años, pero todavía supera ampliamente el crecimiento de Estados Unidos, Japón o la mayoría de los países europeos.
Para entenderlo podemos imaginar un automóvil que circulaba a cien kilómetros por hora y reduce su velocidad a sesenta. Ha perdido impulso, pero no se ha detenido ni ha comenzado a retroceder. Eso es una desaceleración. Una recesión sería que la economía dejase de crecer y comenzara a hacerse más pequeña.
En opinion de Roberts, por tanto, no es cierta la idea difundida por algunos analistas occidentales de que China se encuentra al borde del estancamiento. Sin embargo, reconoce que existen problemas importantes y que no pueden explicarse únicamente diciendo que el país ha alcanzado un nivel de desarrollo mayor.
UNA ECONOMÍA QUE AVANZA A DOS VELOCIDADES
El mejor modo de comprender la situación china consiste en imaginar una economía dividida en dos grandes zonas. La primera es la industria. China continúa produciendo enormes cantidades de maquinaria, automóviles, trenes, barcos, teléfonos, ordenadores, placas solares y baterías. También está realizando grandes inversiones en robots, semiconductores e inteligencia artificial. En estos sectores, la producción sigue creciendo con fuerza.
La segunda zona está formada por la vivienda, la construcción y una parte importante del consumo interior. Aquí es donde se concentran las dificultades. China, por tanto, no se encuentra paralizada. Algunas partes de su economía avanzan rápidamente, mientras otras arrastran deudas, empresas en dificultades y negocios que ya no funcionan como antes. El resultado general es un crecimiento más lento.
LA GRAN BURBUJA DE LA VIVIENDA
Durante varias décadas, centenares de millones de chinos abandonaron el campo y se trasladaron a las ciudades. Aquella transformación exigía construir viviendas, calles, hospitales, escuelas, redes de transporte y todo lo necesario para sostener enormes concentraciones urbanas.
El problema no fue que se construyera demasiado en términos generales. China necesitaba realmente ampliar sus ciudades. El problema, según Roberts, fue la manera de hacerlo. El Estado no creó un gran sistema nacional de viviendas públicas para alquiler. Permitió que una parte considerable de la urbanización quedara en manos de promotores privados, de capitalistas. Estas empresas construían principalmente para vender y obtener beneficios.
Los gobiernos locales también participaron en el negocio. Vendían terrenos a los promotores y utilizaban esos ingresos para financiar sus gastos. Los bancos concedían préstamos, las constructoras levantaban nuevos edificios y muchas familias compraban viviendas no solo para habitarlas, sino también como una forma de ahorrar o enriquecerse.
Mientras los precios subían y las casas encontraban compradores, parecía un negocio seguro. Pero se fue creando una burbuja: se construían viviendas porque se esperaba venderlas cada vez más caras, no siempre porque existiera alguien que necesitara habitarlas inmediatamente.
¿QUÉ SUCEDE CUANDO SE DESINFLA UNA BURBUJA?
Una burbuja económica se parece mucho a una fiesta pagada a crédito. Mientras continúa llegando dinero, todos parecen prosperar. Las empresas venden, los bancos prestan y los compradores creen que aquello seguirá funcionando indefinidamente. La dificultad aparece cuando las ventas disminuyen.
Eso fue lo que ocurrió en el mercado inmobiliario chino. Muchas familias dejaron de comprar porque los precios eran demasiado elevados, porque ya existían demasiadas viviendas o porque temían perder sus ahorros. Al vender menos, los promotores comenzaron a tener dificultades para devolver sus préstamos y terminar los edificios iniciados.
Algunas grandes inmobiliarias quedaron al borde de la quiebra. Los bancos se encontraron con créditos de dudoso cobro y numerosos gobiernos locales perdieron los ingresos que obtenían vendiendo terrenos.
Las consecuencias se extendieron al resto de la economía. Si una promotora deja de construir, compra menos cemento, acero, cristales y maquinaria. Contrata menos trabajadores y encarga menos obras. Si un gobierno local debe emplear su dinero en pagar antiguas deudas, dispone de menos recursos para realizar nuevas inversiones. Ese es el principal lastre que Roberts identifica actualmente en China: la enorme deuda dejada por el negocio inmobiliario está frenando la inversión y debilitando el mercado interior.
EL MIEDO TAMBIÉN FRENA EL CONSUMO
Cuando las familias temen perder su empleo, ven disminuir el valor de sus viviendas o desconfían del futuro, suelen gastar menos y ahorrar más. No compran un coche nuevo, aplazan una reforma y reducen los gastos que consideran prescindibles.
Las empresas reaccionan de una manera parecida. Si creen que venderán menos, no amplían sus fábricas ni contratan nuevos trabajadores. De este modo se forma un círculo peligroso: las familias gastan menos porque perciben debilidad económica y las empresas invierten menos porque las familias gastan menos.
Roberts no sostiene que China haya entrado totalmente en ese círculo, pero sí asegura que la crisis inmobiliaria ha debilitado la confianza, el consumo y la inversión.
LAS EXPORTACIONES MANTIENEN LA ACTIVIDAD
China compensa parte de esa debilidad vendiendo una enorme cantidad de productos al resto del mundo. Sus empresas exportan vehículos eléctricos, baterías, placas solares, productos electrónicos, maquinaria y equipos tecnológicos.
Estas exportaciones mantienen las fábricas funcionando y permiten conservar millones de puestos de trabajo. Pero también crean una dependencia: si el consumo interior no crece suficientemente, China necesita encontrar compradores fuera del país.
Estados Unidos y la Unión Europea han respondido levantando aranceles y otras barreras contra los productos chinos. Alegan que China produce demasiado y vende a precios con los que sus industrias no pueden competir. Roberts, sin embargo, considera hipócrita esta acusación: antes Occidente aceptaba la expansión china cuando las grandes multinacionales estadounidenses y europeas controlaban buena parte de la producción, pero comenzó a denunciarla cuando las empresas capitalistas chinas se convirtieron en competidoras.
No obstante, depender demasiado de las exportaciones entraña un riesgo. China no puede confiar eternamente en que otros países absorban una producción que su propio mercado interior no consume.
¿SON LOS MISMOS MALES DEL CAPITALISMO?
La respuesta que se desprende del análisis de Roberts es doble. La economia china no es exactamente igual a las economías capitalistas occidentales. El Estado todavia controla los grandes bancos y puede decidir hacia dónde dirige una parte importante del crédito. También conserva empresas públicas y capacidad para planificar el desarrollo de sectores estratégicos. Gracias a ello, ha podido impulsar la industria tecnológica y las energías renovables mientras el negocio inmobiliario se hundía.
![[Img #93735]](https://canarias-semanal.org/upload/images/08_2026/7417_info-china.jpg)
Pero en aquellos sectores en donde se permitió actuar al capital privado siguiendo la búsqueda del máximo beneficio los problemas típicamente capitalistas crecieron como las setas: especulación, endeudamiento, viviendas tratadas como mercancías, empresas que construían para ganar dinero y pérdidas privadas que finalmente deben ser asumidas por instituciones públicas.
Roberts no anuncia el hundimiento de China. Pero si está señalando una alarmante contradicción. La planificación estatal impulsa las actividades productivas, pero el mercado capitalista ha provocado una gigantesca burbuja inmobiliaria cuyas consecuencias debe reparar ahora el Estado.
La gran discusión no consiste, por tanto, en decidir si China crecerá unas décimas más o menos. La cuestión fundamental es quién debe determinar el rumbo de su economía. Si lo hace la rentabilidad privada, pueden repetirse las tipicas crisis conocidas del capitalismo. Si prevaleciera la planificación pública, - y eso esta todavia por ver- China podria disponer de instrumentos que las economías occidentales dejaron hace tiempo en manos de los bancos y las grandes empresas.
ARTICULO DE REFERENCIA:
Michael Robert: "La desaceleración de China" . Publicado en el digital ExpaiMarx


























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