Miércoles, 12 de Agosto de 2026

Actualizada

Miércoles, 12 de Agosto de 2026 a las 02:10:37 horas

| 19
Miércoles, 12 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:

CÓMO EL FRANQUISMO NOS CONTÓ A LOS NIÑOS LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

¿Puede ganarse una guerra dos veces: primero derrotando al adversario y después consiguiendo que sus propios hijos acepten el relato de los vencedores?

La guerra había terminado, pero quedaba por conquistar un territorio mucho más difícil que Madrid, Barcelona o Valencia: la memoria de quienes eran demasiado pequeños para recordar lo ocurrido. Entre libros infantiles, aulas y relatos de héroes, mártires y enemigos, el franquismo construyó una explicación de la Guerra Civil destinada a sobrevivir a las trincheras. El objetivo ya no era vencer a los padres. Era enseñar a sus hijos cómo debían recordar aquella derrota.

 

Por MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG.- 

 

       La guerra había terminado, pero la victoria militar no bastaba. El nuevo régimen necesitaba explicar a los hijos de vencedores y vencidos qué fue lo que había sucedido, quién tenía derecho a gobernar y por qué razones millones de españoles debían aceptar como salvadores a quienes se[Img #93681] habían levantado contra la República.

 

    Había que conquistar la memoria de toda una generación que no había combatido y que, en muchos casos, crecería rodeada de silencios familiares, presos, depurados, exiliados y muertos de los que no se podía hablar.

 

    A esa enorme tarea contribuyó La Reconquista de España, una colección infantil escrita por Víctor Ruiz Albéniz bajo el seudónimo de «El Tebib Arrumi» y publicada por Ediciones España entre 1939 y 1942. Sus treinta fascículos transformaban la Guerra Civil en una aventura protagonizada por héroes, mártires y traidores. Algunos fueron expresamente aprobados por el Ministerio de Educación Nacional. No eran manuales escolares, pero pertenecían al mismo universo pedagógico que la dictadura estaba implantando en las aulas.

[Img #93678]

    La coincidencia no era casual. Los cuestionarios oficiales de enseñanza aprobados en abril de 1939 ordenaban explicar a los alumnos «los crímenes de la República», la «guerra de salvación», los «héroes y mártires» del Movimiento, los «crímenes, asesinatos, robos, pillaje» de los rojos y a «Franco, salvador de la Patria». La colección se limitaba a convertir este programa en un relato emocionante, accesible y aparentemente familiar.

 

UNA HISTORIA CONTADA ALREDEDOR DEL HOGAR

     Desde las primeras páginas, el autor deja claro que no desea dirigirse a los niños como un historiador, sino como un adulto querido que reúne a la familia alrededor del fuego. «Oídme, muchachos», comienza La historia del Caudillo, salvador de España. Después recuerda la antigua costumbre de escuchar a los abuelos narrar sus aventuras militares.

[Img #93675]

    La elección de esa voz resulta decisiva. La propaganda no se presenta como una doctrina impuesta por el Estado, sino como una verdad transmitida por alguien digno de confianza. El narrador sustituye al abuelo, entra simbólicamente en el hogar y ofrece al niño una interpretación completa del pasado antes de que pueda formular preguntas sobre él.

 

   El propio autor anuncia su propósito:

    «Yo la escribo para los nuevos hijos de mi Patria, con la ilusión esperanzada de que todos y cada uno de vosotros aprenderá su camino».

 

     No pretende únicamente contar lo ocurrido. Aspira a enseñar un camino. La historia se convierte en una lección de conducta: obedecer, aceptar la jerarquía, admirar al Ejército y estar dispuesto al sacrificio. Los niños deben aprender qué sucedió, pero también qué sentimientos deben experimentar ante cada personaje. Franco merece veneración; los sitiados del Alcázar, admiración; los republicanos, miedo y desprecio.

 

    El autor asegura, sin embargo, que cuanto relata constituye «historia pura». La expresión es reveladora. Cuanto más abiertamente se orienta la emoción del lector, con mayor insistencia se proclama la objetividad del relato. La propaganda alcanza su máxima eficacia cuando consigue dejar de parecer propaganda.

 

EL SALVADOR Y LOS QUE NO MERECÍAN SER SALVADOS

   Franco aparece predestinado desde su nacimiento. El niño bautizado en Ferrol habría de convertirse, «por la gracia de Dios y para bien de España y su Historia», en «el Caudillo de la Cruzada redentora de España». Su biografía se [Img #93677]organiza como la vida de un elegido: la inteligencia excepcional, el valor precoz, la disciplina y el talento militar anuncian desde la infancia al gobernante futuro.

 

    Esta construcción elimina los intereses, conflictos y alianzas que hicieron posible su ascenso. Franco no representa a una coalición formada por militares sublevados, grandes propietarios, sectores empresariales, monárquicos, falangistas y jerarquías eclesiásticas. Tampoco aparece como el vencedor de una lucha interna por el poder dentro del propio campo rebelde. Es España quien, convertida en un personaje necesitado de salvación, parece reclamarlo.

 

    En el extremo opuesto se encuentran quienes quedan expulsados de la comunidad nacional. La introducción del primer fascículo celebra a quienes «por Dios y por España, con Franco, atajaron la barbarie» y rompieron las asechanzas de «los sin Dios, sin Patria y sin Familia».

 

    La fórmula realiza una operación política fundamental: niega que la República expresara intereses y aspiraciones existentes dentro de la propia sociedad española. Obreros, jornaleros, maestros, sindicalistas, republicanos, socialistas, comunistas o anarquistas dejan de representar corrientes históricas nacidas de las condiciones del país. Se convierten en una fuerza extranjera incrustada en España. Una vez transformados en la «anti-España», su derrota ya no necesita ser explicada como la victoria de unos españoles sobre otros. Puede llamarse «reconquista».

 

LA DESAPARICIÓN DEL CONFLICTO SOCIAL

      Uno de los pasajes más reveladores aparece en La gran tragedia de Madrid. El autor reconoce por un instante que existían trabajadores sometidos a una vida extremadamente dura. Habla de «los humildes, los desgraciados, los desamparados de la fortuna» y de quienes debían vivir mediante «constantes y cruentos esfuerzos» sin obtener más que «agobios y carencias».

 

    Pero la realidad material desaparece inmediatamente después[Img #93676] de ser mencionada. La pobreza no conduce a preguntar quién poseía la tierra, las fábricas, las viviendas y la riqueza producida por esos trabajadores. Tampoco se habla de los salarios, el paro, los jornaleros sin tierra, los alquileres, las reformas republicanas ni la resistencia que estas provocaron entre las clases propietarias. El malestar social se explica por la intervención de agitadores que habrían engañado a los pobres explotando sus sufrimientos.

 

    Según el fascículo, esos «vividores» atizaban «la protesta de los de abajo contra los de arriba» y prometían que los trabajadores podrían imponerse a los ricos. El texto añade que «la igualdad social es tan quimérica como la igualdad física de todos los hombres».

 

   Aquí aparece el núcleo social de toda la colección. Las desigualdades dejan de ser resultado de unas relaciones históricas de propiedad y poder para convertirse en una diferencia natural entre los seres humanos. Quienes intentan transformarlas no luchan contra una injusticia: se rebelan contra el orden inevitable de la sociedad. La defensa de los privilegios queda así disfrazada de defensa de la civilización.

 

    La propaganda franquista no negaba siempre la existencia de la miseria. En ocasiones la reconocía, pero separándola cuidadosamente de sus causas. El pobre podía ser digno de caridad; lo que no podía hacer era organizarse como trabajador, identificar intereses comunes y disputar la propiedad o el poder político. La caridad preservaba la jerarquía. La lucha de clases la amenazaba.

 

EL "GOLPE" QUE DEJÓ DE SER "GOLPE"

     La misma inversión se aplica al origen de la guerra. Los militares que desobedecieron al Gobierno legal aparecen como leales; quienes defendieron la República son presentados como traidores. El levantamiento se denomina «Movimiento Salvador», «Alzamiento providencial» o «santa rebeldía». No se produjo una ruptura violenta de la legalidad, sino una intervención necesaria para restaurar el orden.

 

   Este relato tenía una utilidad que iba mucho más allá de 1936. Enseñaba que la soberanía popular era legítima solamente mientras no amenazara los fundamentos sociales defendidos por las clases dominantes. Si unas elecciones daban paso a reformas agrarias, derechos laborales, secularización o mayor autonomía territorial, el Ejército podía erigirse en intérprete supremo de la nación.

 

   La escuela franquista reforzó esa enseñanza mediante la exaltación de la autoridad, la religión y la disciplina. En lugar de ciudadanos capaces de discutir el funcionamiento de la sociedad, se pretendía formar súbditos obedientes. El Estado aparecía como representante de una patria situada por encima de las clases, aunque en la práctica hubiese destruido las organizaciones obreras, restituido propiedades, anulado reformas y garantizado mediante la represión un nuevo orden laboral.

 

UNA PEDAGOGÍA DEL MARTIRIO Y DEL ODIO

    Los episodios del Alcázar de Toledo, Simancas, Oviedo o Santa María de la Cabeza ofrecían modelos de comportamiento. Resistir hasta la muerte, obedecer sin vacilar y sacrificar la vida constituían las virtudes supremas. La guerra era despojada de su suciedad, su miedo y sus intereses para convertirse en una sucesión de pruebas morales.

 

    En ¡Casa de Campo! ¡Ciudad Universitaria!, el narrador se presenta como «un poco testigo y otro poco notario de la epopeya de nuestra Cruzada». La palabra «epopeya» eleva las operaciones militares al terreno de la leyenda; «Cruzada» les concede sanción religiosa, y «notario» pretende garantizar la veracidad de quien está construyendo abiertamente un mito.

 

   Mientras el heroísmo franquista se individualiza mediante nombres, gestos y biografías, el adversario se disuelve en una masa. Los republicanos son «hordas», «turbas» o multitudes dominadas por instintos criminales. Esta deshumanización no era un exceso retórico inocente. Ayudaba a hacer comprensible —y aceptable— la exclusión social de los derrotados. Si el enemigo carecía de conciencia, patria y moral, su encarcelamiento, depuración o ejecución podía presentarse como una medida de saneamiento.

 

    La violencia franquista, entretanto, desaparece. Badajoz puede ser narrada como una victoria sin que aparezcan las ejecuciones posteriores a la ocupación. Las ciudades son «liberadas», los adversarios «reducidos» y el terror ejercido en la retaguardia sublevada queda fuera de campo. El silencio no constituye una carencia del relato: forma parte de su función.

 

GANAR LA GUERRA Y ORGANIZAR LA MEMORIA

   La Reconquista de España permite observar cómo una dictadura trató de convertir su victoria militar en sentido común. Sus fascículos no enseñaban a comprender la Guerra Civil, sino a recordarla de una manera predeterminada. Seleccionaban a los héroes, fabricaban enemigos, borraban las causas sociales del conflicto y transformaban la conservación de la propiedad y la jerarquía en una empresa espiritual.

 

    La colección, de la que el lector de Canarias Semanal puede descargar como muestra uno sus tomos. ofrecía a los niños una España sin campesinos que reclamaban tierra, sin obreros que exigían controlar su trabajo, sin mujeres que aspiraban a emanciparse, sin pueblos que discutían la organización territorial y sin élites económicas empeñadas en conservar su poder. Solo quedaban Dios, Franco, el Ejército y una multitud desordenada a la que había que salvar incluso en contrade  su voluntad.

 

    Esa fue una de las grandes operaciones pedagógicas del primer franquismo: conseguir que los hijos de los vencidos aprendieran a mirar el mundo con los ojos de los vencedores.

 

   La guerra, en efecto,  había terminado en los frentes, pero continuaba en las escuelas, los libros y los hogares. Ya no se trataba de conquistar ciudades. Se trataba de ocupar la memoria de los que no la habia vivido.

 

Fuentes consultadas:

 

 (*)MANUEL MEDINA es profesor de Historia, divulgador de temas relacionados con esa materia y autor de varios libros entre los que se encuentra el reciente aparición, "El Gran Reajuste: China, la arrolladora irrupción de la extrema derecha y la reconfiguración del sistema capitalista"

 

 
Comentarios Comentar esta noticia
Comentar esta noticia
CAPTCHA

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.120

Todavía no hay comentarios

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.