EL CAPITALISMO YA NO QUIERE VENDERNOS NADA: PREFIERE COBRARNOS PARA SIEMPRE
Suscripciones, licencias revocables y funciones bloqueadas convierten productos ya pagados en servicios sometidos permanentemente al control de las empresa
Programas informáticos, películas, libros, automóviles y electrodomésticos dejan progresivamente de pertenecer a quienes los compran. El capitalismo rentista sustituye la propiedad por un acceso condicionado que permite cobrar repetidamente por el mismo producto y ampliar el poder empresarial sobre los consumidores.
REDACCIÓN CS
Según el "Observatorio de la crisis", antes, comprar un producto significaba, adquirir el derecho a conservarlo, utilizarlo, prestarlo o venderlo. Esa relación está siendo reemplazada por otra mucho más rentable para las grandes empresas: el consumidor paga, pero nunca llega a ser plenamente propietario.
Adobe fue una de las compañías pioneras en esta transformación. Las antiguas versiones de Photoshop podían adquirirse mediante un único pago y utilizarse indefinidamente.
Desde 2013, la empresa pasó a ofrecer el programa principalmente mediante suscripción. El cliente ya no compra una herramienta: alquila el permiso para utilizarla mientras siga abonando la cuota.
El cambio garantiza ingresos recurrentes. En lugar de vender una vez y confiar en que una futura innovación motive otra compra, la empresa cobra todos los meses por mantener abierto el acceso al mismo servicio.
Cultura bajo licencia empresarial
Las plataformas audiovisuales extendieron ese modelo al consumo cultural. El streaming ofrece comodidad y grandes catálogos, pero el usuario no posee ninguna de las películas o series por las que paga. Los contenidos aparecen y desaparecen dependiendo de contratos entre compañías, disputas sobre derechos o decisiones comerciales.
La desaparición de los soportes físicos elimina, además, el mercado secundario. Un DVD, un libro impreso o un videojuego en disco podían prestarse, regalarse o revenderse. Una licencia digital suele impedir todas esas posibilidades. La distribución queda centralizada y el precio permanece bajo el control de la empresa.
Incluso los libros electrónicos pueden estar sujetos a licencias revocables. El comprador paga por una obra que puede desaparecer de su dispositivo si la plataforma modifica sus condiciones, cierra el servicio o retira el contenido.
Automóviles vendidos por piezas invisibles
La lógica de la suscripción ha llegado también a bienes físicos costosos. Algunos fabricantes de automóviles han ensayado sistemas de pago mensual para activar funciones que ya están instaladas en el vehículo, como asientos calefactables, navegadores, arranque remoto o el acceso a toda la potencia del motor.
El consumidor compra el automóvil y el equipamiento se encuentra materialmente dentro de él, pero un programa informático impide utilizarlo si no continúa pagando. La empresa conserva así un poder que anteriormente terminaba en el momento de la venta.
Determinados sistemas permiten incluso que una entidad financiera desactive un vehículo cuando se produce un impago. La propiedad se vuelve condicional: el comprador utiliza el producto, pero el control último permanece en manos de la compañía.
Innovar contra el consumidor
Esta transformación no supone que el capitalismo haya dejado de innovar. Significa que una parte creciente de la innovación se dedica a perfeccionar mecanismos de extracción. Muros de pago, publicidad imposible de desactivar, reparaciones bloqueadas y cancelaciones deliberadamente complicadas sirven para prolongar la dependencia del cliente.
También se fabrican productos difíciles de reparar o diseñados para quedar obsoletos. Las garantías pueden anularse si el usuario intenta arreglar por sí mismo aquello que supuestamente le pertenece. El desarrollo tecnológico deja entonces de orientarse a mejorar el valor de uso y se concentra en reforzar el control empresarial.
Una memoria colectiva privatizada
La desaparición de los soportes físicos amenaza igualmente la conservación cultural. Fotografías, películas, videojuegos, libros y documentos quedan almacenados en servidores privados cuya continuidad nadie puede garantizar.
Si una plataforma cierra, retira una obra o pierde sus archivos, una parte de la memoria colectiva puede desaparecer con ella. Bibliotecas, investigadores y archiveros dependen cada vez más de permisos empresariales para conservar contenidos que ya no cuentan con copias materiales accesibles.
El permiso sustituye a la propiedad
El capitalismo rentista considera la propiedad del consumidor como un obstáculo. Cuando alguien adquiere definitivamente un producto, deja de pagar por él. La solución empresarial consiste en impedir que esa relación económica termine.
No se vende únicamente una mercancía, sino un permiso temporal, condicionado y revocable. El viejo propietario es convertido en inquilino permanente de programas, cultura, vehículos y dispositivos. La promesa de que “no poseerás nada” no anuncia una sociedad liberada de la propiedad privada, sino su concentración extrema: las grandes corporaciones lo poseerán todo y cobrarán indefinidamente a los demás por utilizarlo.
El capitalismo rentista sustituye la propiedad por suscripciones y licencias revocables para cobrar indefinidamente por programas, cultura, automóviles y dispositivos.
REDACCIÓN CS
Según el "Observatorio de la crisis", antes, comprar un producto significaba, adquirir el derecho a conservarlo, utilizarlo, prestarlo o venderlo. Esa relación está siendo reemplazada por otra mucho más rentable para las grandes empresas: el consumidor paga, pero nunca llega a ser plenamente propietario.
Adobe fue una de las compañías pioneras en esta transformación. Las antiguas versiones de Photoshop podían adquirirse mediante un único pago y utilizarse indefinidamente.
Desde 2013, la empresa pasó a ofrecer el programa principalmente mediante suscripción. El cliente ya no compra una herramienta: alquila el permiso para utilizarla mientras siga abonando la cuota.
El cambio garantiza ingresos recurrentes. En lugar de vender una vez y confiar en que una futura innovación motive otra compra, la empresa cobra todos los meses por mantener abierto el acceso al mismo servicio.
Cultura bajo licencia empresarial
Las plataformas audiovisuales extendieron ese modelo al consumo cultural. El streaming ofrece comodidad y grandes catálogos, pero el usuario no posee ninguna de las películas o series por las que paga. Los contenidos aparecen y desaparecen dependiendo de contratos entre compañías, disputas sobre derechos o decisiones comerciales.
La desaparición de los soportes físicos elimina, además, el mercado secundario. Un DVD, un libro impreso o un videojuego en disco podían prestarse, regalarse o revenderse. Una licencia digital suele impedir todas esas posibilidades. La distribución queda centralizada y el precio permanece bajo el control de la empresa.
Incluso los libros electrónicos pueden estar sujetos a licencias revocables. El comprador paga por una obra que puede desaparecer de su dispositivo si la plataforma modifica sus condiciones, cierra el servicio o retira el contenido.
Automóviles vendidos por piezas invisibles
La lógica de la suscripción ha llegado también a bienes físicos costosos. Algunos fabricantes de automóviles han ensayado sistemas de pago mensual para activar funciones que ya están instaladas en el vehículo, como asientos calefactables, navegadores, arranque remoto o el acceso a toda la potencia del motor.
El consumidor compra el automóvil y el equipamiento se encuentra materialmente dentro de él, pero un programa informático impide utilizarlo si no continúa pagando. La empresa conserva así un poder que anteriormente terminaba en el momento de la venta.
Determinados sistemas permiten incluso que una entidad financiera desactive un vehículo cuando se produce un impago. La propiedad se vuelve condicional: el comprador utiliza el producto, pero el control último permanece en manos de la compañía.
Innovar contra el consumidor
Esta transformación no supone que el capitalismo haya dejado de innovar. Significa que una parte creciente de la innovación se dedica a perfeccionar mecanismos de extracción. Muros de pago, publicidad imposible de desactivar, reparaciones bloqueadas y cancelaciones deliberadamente complicadas sirven para prolongar la dependencia del cliente.
También se fabrican productos difíciles de reparar o diseñados para quedar obsoletos. Las garantías pueden anularse si el usuario intenta arreglar por sí mismo aquello que supuestamente le pertenece. El desarrollo tecnológico deja entonces de orientarse a mejorar el valor de uso y se concentra en reforzar el control empresarial.
Una memoria colectiva privatizada
La desaparición de los soportes físicos amenaza igualmente la conservación cultural. Fotografías, películas, videojuegos, libros y documentos quedan almacenados en servidores privados cuya continuidad nadie puede garantizar.
Si una plataforma cierra, retira una obra o pierde sus archivos, una parte de la memoria colectiva puede desaparecer con ella. Bibliotecas, investigadores y archiveros dependen cada vez más de permisos empresariales para conservar contenidos que ya no cuentan con copias materiales accesibles.
El permiso sustituye a la propiedad
El capitalismo rentista considera la propiedad del consumidor como un obstáculo. Cuando alguien adquiere definitivamente un producto, deja de pagar por él. La solución empresarial consiste en impedir que esa relación económica termine.
No se vende únicamente una mercancía, sino un permiso temporal, condicionado y revocable. El viejo propietario es convertido en inquilino permanente de programas, cultura, vehículos y dispositivos. La promesa de que “no poseerás nada” no anuncia una sociedad liberada de la propiedad privada, sino su concentración extrema: las grandes corporaciones lo poseerán todo y cobrarán indefinidamente a los demás por utilizarlo.
El capitalismo rentista sustituye la propiedad por suscripciones y licencias revocables para cobrar indefinidamente por programas, cultura, automóviles y dispositivos.



























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