BOMBEROS: HÉROES ENTRE LAS LLAMAS, PRECARIOS PARA LA ADMINISTRACIÓN
Respiran humo, arriesgan la vida y combaten incendios con plantillas reducidas: ¿por qué se les niega hasta la categoría de bomberos forestales?
Cuando el monte arde, las instituciones los presentan como héroes. Después los devuelven a la precariedad, los contratos irregulares y unas categorías profesionales que ocultan la peligrosidad de su trabajo. Los bomberos forestales denuncian que no solo combaten las llamas: también luchan contra el abandono de la Administración
REDACCIÓN CS
Cuando las llamas devoran miles de hectáreas, amenazan poblaciones y obligan a evacuar viviendas, los discursos institucionales se llenan de elogios a los bomberos forestales.
Se ensalza su valentía, se difunden imágenes de su trabajo y se les presenta como héroes. Ya occurrio antes con los sanitarios. Pero, una vez controlado el incendio, desaparecen de las portadas y vuelven a unas condiciones laborales que desmienten toda esa admiración pública.
El testimonio de Óscar de Castro, bombero forestal de la Comunidad de Madrid, revela la distancia entre la propaganda y la realidad. Mientras arriesga su salud combatiendo incendios, su categoría laboral oficial es la de técnico de mantenimiento de edificios. Algunos de sus compañeros conductores figuran como asalariados de taxis y furgonetas.
No se trata de un error administrativo inocente. No reconocerlos como bomberos forestales permite eludir complementos asociados a la toxicidad y la peligrosidad, además de dificultar el reconocimiento de determinadas enfermedades profesionales.
Respirar humo y perder años de vida
Un incendio forestal no solo amenaza con quemaduras, caídas o accidentes inmediatos. Quienes trabajan frente al fuego inhalan durante horas una mezcla de humo, partículas finas y sustancias tóxicas capaz de producir daños respiratorios y cardiovasculares. La exposición se repite incendio tras incendio, campaña tras campaña.
“Estoy respirando humo, estoy cortando mi vida”, denuncia De Castro.
Su frase desmonta la idea de que el salario remunera verdaderamente el riesgo asumido. Cuando la administración niega la categoría profesional correspondiente, tampoco reconoce plenamente el desgaste que ese trabajo provoca ni garantiza que sus consecuencias futuras sean tratadas como enfermedades laborales.
La deuda no se contrae únicamente con el trabajador. También alcanza a sus hijos y familiares, que pueden sufrir las consecuencias de una enfermedad prematura o de una vida acortada por años de exposición. Ningún homenaje institucional compensa esa parte de la vida entregada.
Trabajar desde 2012 sin contrato firmado
La denuncia adquiere dimensiones todavía más graves cuando De Castro asegura que lleva trabajando para la Comunidad de Madrid desde 2012 sin recordar haber firmado un contrato. Según su relato, esta situación afecta a numerosos compañeros y está relacionada con el incumplimiento de sentencias del Tribunal Supremo que reconocían su condición de fijos discontinuos.
Posteriormente, la Comunidad habría recurrido a un denominado “contrato de innovación”. Sin embargo, cuando los trabajadores solicitaron conocer aquello que supuestamente iban a innovar, descubrieron que la documentación contractual de referencia no aparecía. La situación se encuentra denunciada ante la jurisdicción social.
Resulta difícil imaginar una expresión más clara de precariedad pública. La Administración que debe obligar a las empresas privadas a respetar la legislación laboral mantiene, según denuncian los afectados, a quienes protegen los montes en una situación contractual confusa durante más de una década.
Menos personal frente a incendios más peligrosos
Los bomberos forestales madrileños aseguran que este año cuentan con un 50% menos de efectivos. La reducción se produce cuando el cambio climático está creando condiciones cada vez más favorables para incendios extensos, rápidos y difíciles de controlar.
La prevención tampoco puede limitarse a los meses de verano. Limpiar el monte, mantener cortafuegos, vigilar las zonas vulnerables y gestionar adecuadamente la vegetación son tareas que deben desarrollarse durante todo el año. De Castro afirma que los trabajadores reclamaron actuaciones preventivas durante el invierno, pero sus advertencias no fueron atendidas.
Después, cuando estalla el incendio, los responsables políticos presentan el fuego como una calamidad inevitable y buscan culpables en otras administraciones. La Comunidad de Madrid posee, sin embargo, competencias directas en gestión forestal y extinción.
La precariedad también alimenta las llamas
No se puede combatir eficazmente el fuego con plantillas reducidas, empleos inestables y trabajadores privados del reconocimiento profesional que les corresponde. Tampoco puede existir una política forestal seria si la prevención se considera un gasto prescindible hasta que las llamas aparecen.
La experiencia acumulada por estos profesionales constituye un recurso público irremplazable. Despreciar sus advertencias y deteriorar sus condiciones significa debilitar deliberadamente la capacidad colectiva para proteger vidas, viviendas y ecosistemas.
Los bomberos forestales no necesitan homenajes mientras arden los montes. Necesitan estabilidad, personal suficiente, prevención durante todo el año, reconocimiento de su categoría y protección frente a las enfermedades derivadas de su trabajo. Todo lo demás es propaganda construida sobre humo.
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REDACCIÓN CS
Cuando las llamas devoran miles de hectáreas, amenazan poblaciones y obligan a evacuar viviendas, los discursos institucionales se llenan de elogios a los bomberos forestales.
Se ensalza su valentía, se difunden imágenes de su trabajo y se les presenta como héroes. Ya occurrio antes con los sanitarios. Pero, una vez controlado el incendio, desaparecen de las portadas y vuelven a unas condiciones laborales que desmienten toda esa admiración pública.
El testimonio de Óscar de Castro, bombero forestal de la Comunidad de Madrid, revela la distancia entre la propaganda y la realidad. Mientras arriesga su salud combatiendo incendios, su categoría laboral oficial es la de técnico de mantenimiento de edificios. Algunos de sus compañeros conductores figuran como asalariados de taxis y furgonetas.
No se trata de un error administrativo inocente. No reconocerlos como bomberos forestales permite eludir complementos asociados a la toxicidad y la peligrosidad, además de dificultar el reconocimiento de determinadas enfermedades profesionales.
Respirar humo y perder años de vida
Un incendio forestal no solo amenaza con quemaduras, caídas o accidentes inmediatos. Quienes trabajan frente al fuego inhalan durante horas una mezcla de humo, partículas finas y sustancias tóxicas capaz de producir daños respiratorios y cardiovasculares. La exposición se repite incendio tras incendio, campaña tras campaña.
“Estoy respirando humo, estoy cortando mi vida”, denuncia De Castro.
Su frase desmonta la idea de que el salario remunera verdaderamente el riesgo asumido. Cuando la administración niega la categoría profesional correspondiente, tampoco reconoce plenamente el desgaste que ese trabajo provoca ni garantiza que sus consecuencias futuras sean tratadas como enfermedades laborales.
La deuda no se contrae únicamente con el trabajador. También alcanza a sus hijos y familiares, que pueden sufrir las consecuencias de una enfermedad prematura o de una vida acortada por años de exposición. Ningún homenaje institucional compensa esa parte de la vida entregada.
Trabajar desde 2012 sin contrato firmado
La denuncia adquiere dimensiones todavía más graves cuando De Castro asegura que lleva trabajando para la Comunidad de Madrid desde 2012 sin recordar haber firmado un contrato. Según su relato, esta situación afecta a numerosos compañeros y está relacionada con el incumplimiento de sentencias del Tribunal Supremo que reconocían su condición de fijos discontinuos.
Posteriormente, la Comunidad habría recurrido a un denominado “contrato de innovación”. Sin embargo, cuando los trabajadores solicitaron conocer aquello que supuestamente iban a innovar, descubrieron que la documentación contractual de referencia no aparecía. La situación se encuentra denunciada ante la jurisdicción social.
Resulta difícil imaginar una expresión más clara de precariedad pública. La Administración que debe obligar a las empresas privadas a respetar la legislación laboral mantiene, según denuncian los afectados, a quienes protegen los montes en una situación contractual confusa durante más de una década.
Menos personal frente a incendios más peligrosos
Los bomberos forestales madrileños aseguran que este año cuentan con un 50% menos de efectivos. La reducción se produce cuando el cambio climático está creando condiciones cada vez más favorables para incendios extensos, rápidos y difíciles de controlar.
La prevención tampoco puede limitarse a los meses de verano. Limpiar el monte, mantener cortafuegos, vigilar las zonas vulnerables y gestionar adecuadamente la vegetación son tareas que deben desarrollarse durante todo el año. De Castro afirma que los trabajadores reclamaron actuaciones preventivas durante el invierno, pero sus advertencias no fueron atendidas.
Después, cuando estalla el incendio, los responsables políticos presentan el fuego como una calamidad inevitable y buscan culpables en otras administraciones. La Comunidad de Madrid posee, sin embargo, competencias directas en gestión forestal y extinción.
La precariedad también alimenta las llamas
No se puede combatir eficazmente el fuego con plantillas reducidas, empleos inestables y trabajadores privados del reconocimiento profesional que les corresponde. Tampoco puede existir una política forestal seria si la prevención se considera un gasto prescindible hasta que las llamas aparecen.
La experiencia acumulada por estos profesionales constituye un recurso público irremplazable. Despreciar sus advertencias y deteriorar sus condiciones significa debilitar deliberadamente la capacidad colectiva para proteger vidas, viviendas y ecosistemas.
Los bomberos forestales no necesitan homenajes mientras arden los montes. Necesitan estabilidad, personal suficiente, prevención durante todo el año, reconocimiento de su categoría y protección frente a las enfermedades derivadas de su trabajo. Todo lo demás es propaganda construida sobre humo.
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