"THE ECONOMIST": PREPARAR PSICOLÓGICAMENTE A LOS EUROPEOS PARA LA GUERRA
¿Cómo se prepara psicologicamente a los ciudadanos para la guerra? ¿Qué se esconde detrás de la campaña para “endurecer” a unas sociedades que todavía rechazan la guerra?
La resistencia de millones de europeos a participar en una guerra ya está siendo presentada como una debilidad que debe ser corregida. Tras las palabras “resiliencia”, “disuasión” y “preparación psicológica” aparece una estrategia mucho más inquietante: enviar soldados al frente, asumir sus muertes y utilizar las primeras bajas para disciplinar a toda la sociedad. No se trata únicamente de preparar ejércitos. Se trata también de acostumbrarnos a obedecer, empobrecernos y morir.
POR HANSI QUEDNAU PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
A veces, una idea brutal es presentada con palabras tan
pulcras que cuesta reconocerla a primera vista. Se habla con terminos tan sutiles como “resiliencia”, “disuasión”, “mentalidad defensiva” o “preparación psicológica”. Todo parece muy razonable, casi técnico, hasta en el momento en el que procedemos a retirar el envoltorio. Entonces es cuando aparece el verdadero planteamiento: enviar soldados europeos a Ucrania, aun sabiendo que podrían morir, para así acostumbrar a la población del continente a la guerra.
Eso es lo que se desprende del artículo aparecido en el The Economist, firmado por Nathalie Tocci. Su razonamiento resulta realmente inquietante no solo por el peligro militar que entraña, sino también porque permite observar cómo las clases dominantes contemplan a la población cuando esta se resiste a aceptar sus prioridades. Si los europeos no desean combatir, la conclusión no es que deba respetarse su voluntad, sino que necesitan ser “endurecidos”.
Conviene detenerse aquí. Durante años, las instituciones europeas aseguraron que la Unión representaba un proyecto de paz levantado sobre las ruinas de dos guerras mundiales. Ahora, ese mismo Continente incrementa sus presupuestos militares, reorganiza su industria en función del rearme y presenta como una debilidad moral la resistencia de sus pueblos a morir en el frente. La paz, antes convertida en emblema propagandístico, empieza a ser descrita como una enfermedad que ha ablandado a la sociedad.
![[Img #93433]](https://canarias-semanal.org/upload/images/07_2026/1289_preparar.jpg)
CUANDO EL PROBLEMA ES LA POBLACIÓN
El argumento de Nathalie Tocci contiene una revelación extraordinaria. El supuesto problema no sería solamente Rusia
ni la evolución del conflicto ucraniano, sino la propia población europea: millones de personas que no se sienten llamadas a sacrificar sus vidas por objetivos decididos desde gobiernos, organismos militares y despachos empresariales.
En otras palabras, existe una contradicción entre las necesidades geopolíticas de quienes dirigen Europa y los intereses inmediatos de quienes trabajan y viven en ella.
Esa contradicción no puede expresarse abiertamente. Ningún gobernante dirá que necesita disponer de trabajadores convertidos en soldados para defender mercados, áreas de influencia o posiciones estratégicas. Hablará de valores, seguridad y civilización. Las guerras modernas continúan requiriendo que determinados intereses particulares sean presentados como si constituyeran el interés general de toda la sociedad.
No serían, sin embargo, los accionistas de las empresas armamentísticas quienes ocuparían las trincheras. Tampoco los dirigentes que aprueban los despliegues ni los comentaristas que reclaman firmeza desde los estudios de televisión. Como ha sucedido siempre, el coste humano recaería fundamentalmente sobre las clases populares, mientras los beneficios del rearme circularían hacia una industria militar sostenida mediante enormes transferencias de recursos públicos.
FABRICAR UNA "MENTALIDAD DE GUERRA"
La propuesta va más lejos que una operación militar concreta. Lo que se pretende transformar es la conciencia social. El envío de tropas serviría para crear hechos consumados: una vez producidas las primeras bajas, sentimientos tales como los provocados por el duelo, el miedo y el deseo de represalia podrían utilizarse para arrastrar al resto de la sociedad hacia una confrontación más amplia. La guerra generaría así las condiciones políticas y psicológicas necesarias para justificar su propia continuación.
Esta lógica convierte a los soldados en algo más que combatientes: los transforma en instrumentos para disciplinar a quienes permanecen en casa. Su muerte dejaría de ser únicamente una consecuencia del conflicto para convertirse en un posible recurso de movilización. Resulta difícil imaginar una confesión más descarnada de la distancia existente entre quienes deciden las guerras y quienes ponen los cadáveres.
El endurecimiento perseguido tampoco terminaría en el campo de batalla. Una sociedad preparada para la guerra debe aceptar restricciones presupuestarias, deterioro de los servicios públicos, vigilancia, propaganda, censura y subordinación del conflicto social a la unidad nacional. Debe acostumbrarse a que hospitales, escuelas, pensiones y salarios sean considerados gastos secundarios mientras el armamento aparece como una necesidad indiscutible. Militarizar Europa significa también reorganizar la vida cotidiana y exigir nuevos sacrificios a quienes ya soportaron la austeridad, la inflación y la precariedad.
¿DEFENDER EUROPA DE QUIÉN?
La pregunta que recorre todo este debate es sencilla: ¿qué Europa se pretende defender? ¿La de los trabajadores que rechazan una escalada potencialmente devastadora o la de los gobiernos que desean prepararlos para ella? Cuando la voluntad popular se convierte en un obstáculo que debe ser corregido mediante la exposición deliberada al peligro, la palabra democracia queda reducida a un adorno.
Quizá la población europea no necesite ser endurecida. Quizá comprenda, con bastante más sensatez que quienes la gobiernan, que una confrontación directa entre potencias nucleares no ofrece ninguna victoria posible. Su resistencia a la guerra no demuestra cobardía, sino una experiencia histórica que todavía no ha sido completamente borrada.
Por eso, detrás de esta discusión no solo se decide el futuro de Ucrania. Se decide también si los pueblos europeos aceptarán que los acostumbren a obedecer, empobrecerse y morir en nombre de intereses que nunca les fueron consultados.
La guerra necesita armas, pero antes necesita fabricar resignación. Y esa fabricación ya ha comenzado.
POR HANSI QUEDNAU PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
A veces, una idea brutal es presentada con palabras tan
pulcras que cuesta reconocerla a primera vista. Se habla con terminos tan sutiles como “resiliencia”, “disuasión”, “mentalidad defensiva” o “preparación psicológica”. Todo parece muy razonable, casi técnico, hasta en el momento en el que procedemos a retirar el envoltorio. Entonces es cuando aparece el verdadero planteamiento: enviar soldados europeos a Ucrania, aun sabiendo que podrían morir, para así acostumbrar a la población del continente a la guerra.
Eso es lo que se desprende del artículo aparecido en el The Economist, firmado por Nathalie Tocci. Su razonamiento resulta realmente inquietante no solo por el peligro militar que entraña, sino también porque permite observar cómo las clases dominantes contemplan a la población cuando esta se resiste a aceptar sus prioridades. Si los europeos no desean combatir, la conclusión no es que deba respetarse su voluntad, sino que necesitan ser “endurecidos”.
Conviene detenerse aquí. Durante años, las instituciones europeas aseguraron que la Unión representaba un proyecto de paz levantado sobre las ruinas de dos guerras mundiales. Ahora, ese mismo Continente incrementa sus presupuestos militares, reorganiza su industria en función del rearme y presenta como una debilidad moral la resistencia de sus pueblos a morir en el frente. La paz, antes convertida en emblema propagandístico, empieza a ser descrita como una enfermedad que ha ablandado a la sociedad.
CUANDO EL PROBLEMA ES LA POBLACIÓN
El argumento de Nathalie Tocci contiene una revelación extraordinaria. El supuesto problema no sería solamente Rusia
ni la evolución del conflicto ucraniano, sino la propia población europea: millones de personas que no se sienten llamadas a sacrificar sus vidas por objetivos decididos desde gobiernos, organismos militares y despachos empresariales.
En otras palabras, existe una contradicción entre las necesidades geopolíticas de quienes dirigen Europa y los intereses inmediatos de quienes trabajan y viven en ella.
Esa contradicción no puede expresarse abiertamente. Ningún gobernante dirá que necesita disponer de trabajadores convertidos en soldados para defender mercados, áreas de influencia o posiciones estratégicas. Hablará de valores, seguridad y civilización. Las guerras modernas continúan requiriendo que determinados intereses particulares sean presentados como si constituyeran el interés general de toda la sociedad.
No serían, sin embargo, los accionistas de las empresas armamentísticas quienes ocuparían las trincheras. Tampoco los dirigentes que aprueban los despliegues ni los comentaristas que reclaman firmeza desde los estudios de televisión. Como ha sucedido siempre, el coste humano recaería fundamentalmente sobre las clases populares, mientras los beneficios del rearme circularían hacia una industria militar sostenida mediante enormes transferencias de recursos públicos.
FABRICAR UNA "MENTALIDAD DE GUERRA"
La propuesta va más lejos que una operación militar concreta. Lo que se pretende transformar es la conciencia social. El envío de tropas serviría para crear hechos consumados: una vez producidas las primeras bajas, sentimientos tales como los provocados por el duelo, el miedo y el deseo de represalia podrían utilizarse para arrastrar al resto de la sociedad hacia una confrontación más amplia. La guerra generaría así las condiciones políticas y psicológicas necesarias para justificar su propia continuación.
Esta lógica convierte a los soldados en algo más que combatientes: los transforma en instrumentos para disciplinar a quienes permanecen en casa. Su muerte dejaría de ser únicamente una consecuencia del conflicto para convertirse en un posible recurso de movilización. Resulta difícil imaginar una confesión más descarnada de la distancia existente entre quienes deciden las guerras y quienes ponen los cadáveres.
El endurecimiento perseguido tampoco terminaría en el campo de batalla. Una sociedad preparada para la guerra debe aceptar restricciones presupuestarias, deterioro de los servicios públicos, vigilancia, propaganda, censura y subordinación del conflicto social a la unidad nacional. Debe acostumbrarse a que hospitales, escuelas, pensiones y salarios sean considerados gastos secundarios mientras el armamento aparece como una necesidad indiscutible. Militarizar Europa significa también reorganizar la vida cotidiana y exigir nuevos sacrificios a quienes ya soportaron la austeridad, la inflación y la precariedad.
¿DEFENDER EUROPA DE QUIÉN?
La pregunta que recorre todo este debate es sencilla: ¿qué Europa se pretende defender? ¿La de los trabajadores que rechazan una escalada potencialmente devastadora o la de los gobiernos que desean prepararlos para ella? Cuando la voluntad popular se convierte en un obstáculo que debe ser corregido mediante la exposición deliberada al peligro, la palabra democracia queda reducida a un adorno.
Quizá la población europea no necesite ser endurecida. Quizá comprenda, con bastante más sensatez que quienes la gobiernan, que una confrontación directa entre potencias nucleares no ofrece ninguna victoria posible. Su resistencia a la guerra no demuestra cobardía, sino una experiencia histórica que todavía no ha sido completamente borrada.
Por eso, detrás de esta discusión no solo se decide el futuro de Ucrania. Se decide también si los pueblos europeos aceptarán que los acostumbren a obedecer, empobrecerse y morir en nombre de intereses que nunca les fueron consultados.
La guerra necesita armas, pero antes necesita fabricar resignación. Y esa fabricación ya ha comenzado.



























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.121