FEIJÓO Y SU «ESCOBA MILAGROSA»: LA DEMOCRACIA NO ES UNA MARCA DE LEJÍA
Cuando la política se confunde con un anuncio de detergente
Alberto Núñez Feijóo ha prometido que, si llega a La Moncloa, no habrá un simple relevo sino una "limpieza a fondo". La metáfora, sin embargo, invita a una pregunta inevitable: ¿quién decide qué hay que limpiar y, sobre todo, quién revisa el historial del que aparece con la escoba en la mano? Una sátira mordaz sobre la política convertida en detergente electoral.
POR EVARISTO CARAJILLO PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Hay frases destinadas a entrar en la historia. "Tengo un sueño". "La imaginación al poder". "Sí, podemos". Y ahora, aspirando con fuerza a ocupar un lugar en ese olimpo retórico, Alberto Núñez Feijóo nos regala: "No será un relevo, será una limpieza a fondo".
La frase tiene algo de anuncio de lejía concentrada, "lava la señora, lava el caballero". Uno se imagina a Feijóo entrando en La Moncloa con un cubo, una fregona industrial y un bote de quitagrasas de uso profesional mientras una voz en off anuncia: "Elimina las manchas más resistentes... incluso las parlamentarias".
Lo admirable no es la metáfora. Lo admirable es la confianza. Porque, en la política española, anunciar una "limpieza" siempre ha sido un deporte de riesgo. Casi todos los gobiernos llegan prometiendo barrer la corrupción heredada y terminan descubriendo que el polvo tiene una curiosa tendencia a instalarse precisamente debajo de la alfombra recién estrenada.
Feijóo no habla simplemente de ganar unas elecciones. Él ya se presenta como presidente del Gobierno, asegura que Pedro Sánchez pasará sus "últimas Navidades" en La Moncloa y da prácticamente por consumado el cambio político. Las urnas todavía no han sido convocadas, pero el discurso parece redactado por alguien que ya está repartiendo los despachos y decidiendo el color de las cortinas.
Es una modalidad política cada vez más frecuente: la presidencia preventiva. Lo curioso es que el verbo favorito de la oposición española siempre acaba siendo "limpiar". Cuando gobiernan unos, los otros prometen limpiar. Cuando cambian las tornas, los recién desalojados descubren que ahora son ellos quienes deben limpiar a quienes venían precisamente a limpiar.
España vive instalada desde hace décadas - (¿o siglos?)- en una lavandería institucional donde todos llegan diciendo estar convencidos de que el detergente sólo funciona mientras ellos sujetan la botella.
Feijóo sostiene que el Gobierno está "políticamente agotado, parlamentariamente bloqueado y éticamente inhabilitado". Es una descripción tan absoluta que uno casi espera que, tras ella, aparezca un perito de seguros declarando siniestro total al Ejecutivo.
![[Img #93407]](https://canarias-semanal.org/upload/images/07_2026/9854_ff.jpg)
Naturalmente, este tipo de politiqueos necesita hipérboles. Sin ellas sería un Consejo de Administración con micrófonos. Pero cuando todo es "el peor Gobierno de la historia", "la mayor corrupción de la democracia", "la crisis definitiva" o "el momento más grave jamás vivido", el lenguaje termina agotándose antes que los gobiernos.
Y luego está la palabra "decencia".
En España, la decencia política posee una característica fascinante: siempre reside en la bancada de enfrente... hasta que cambia la mayoría parlamentaria. Entonces hace la mudanza con una rapidez digna de una empresa de transportes urgente.
La ironía alcanza cotas especialmente interesantes cuando la promesa de una "limpieza a fondo" procede de un partido cuya propia historia incluye numerosísimos capítulos judiciales suficientemente conocidos como para llenar varias estanterías de hemeroteca. No se trata de repartir carnés de pureza entre unos y otros; precisamente ese es el problema. La política española lleva tantos siglos prometiendo regeneraciones morales que ya debería cotizar en bolsa el sector del jabón institucional.
Mientras tanto, el debate real —salarios, vivienda, sanidad, precariedad, energía, productividad o modelo económico— continúa esperando pacientemente su turno en la sala de espera. Resulta menos espectacular hablar del precio del alquiler que anunciar una purificación nacional. Las escobas venden más titulares que los presupuestos.
Paradójicamente, pocos días después de ese discurso incendiario, el propio Feijóo rebajó el tono durante sus intervenciones sobre los infernales incendios forestales, llamando a la colaboración institucional y afirmando que, ante esa emergencia, "todos somos uno". Quizá sea porque su perreta y la de los suyos contra el cambio climático, ha puesto en solfa los gigantescos recortes presupuestarios en la prevención de incendios de las Comunidades autónomas regidas por el PP. Mire usted por dónde, el fuego real le ha obligado a abandonar, aunque solo sea durante unas horas, el incendio retórico permanente.
Al final, la verdadera limpieza que necesita la política española probablemente sea mucho menos cinematográfica de lo que prometen los discursos de Feijoo.
No puede consistir en sustituir unos nombres por otros, ni en cambiar el color de las moquetas ministeriales.
Consiste en desterrar la decimonónica costumbre de presentar cada alternancia seudodemocrática como si de la la llegada de un Ejército liberador se tratara, que promete entrar arrasando en la ciudad ocupada por las fuerzas del mal.
Y es sucede que la democracia, la real y no la de pacotilla que tenemos, pese la lo que diga creer el señor Feijoo, no es una marca de lejía.
POR EVARISTO CARAJILLO PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Hay frases destinadas a entrar en la historia. "Tengo un sueño". "La imaginación al poder". "Sí, podemos". Y ahora, aspirando con fuerza a ocupar un lugar en ese olimpo retórico, Alberto Núñez Feijóo nos regala: "No será un relevo, será una limpieza a fondo".
La frase tiene algo de anuncio de lejía concentrada, "lava la señora, lava el caballero". Uno se imagina a Feijóo entrando en La Moncloa con un cubo, una fregona industrial y un bote de quitagrasas de uso profesional mientras una voz en off anuncia: "Elimina las manchas más resistentes... incluso las parlamentarias".
Lo admirable no es la metáfora. Lo admirable es la confianza. Porque, en la política española, anunciar una "limpieza" siempre ha sido un deporte de riesgo. Casi todos los gobiernos llegan prometiendo barrer la corrupción heredada y terminan descubriendo que el polvo tiene una curiosa tendencia a instalarse precisamente debajo de la alfombra recién estrenada.
Feijóo no habla simplemente de ganar unas elecciones. Él ya se presenta como presidente del Gobierno, asegura que Pedro Sánchez pasará sus "últimas Navidades" en La Moncloa y da prácticamente por consumado el cambio político. Las urnas todavía no han sido convocadas, pero el discurso parece redactado por alguien que ya está repartiendo los despachos y decidiendo el color de las cortinas.
Es una modalidad política cada vez más frecuente: la presidencia preventiva. Lo curioso es que el verbo favorito de la oposición española siempre acaba siendo "limpiar". Cuando gobiernan unos, los otros prometen limpiar. Cuando cambian las tornas, los recién desalojados descubren que ahora son ellos quienes deben limpiar a quienes venían precisamente a limpiar.
España vive instalada desde hace décadas - (¿o siglos?)- en una lavandería institucional donde todos llegan diciendo estar convencidos de que el detergente sólo funciona mientras ellos sujetan la botella.
Feijóo sostiene que el Gobierno está "políticamente agotado, parlamentariamente bloqueado y éticamente inhabilitado". Es una descripción tan absoluta que uno casi espera que, tras ella, aparezca un perito de seguros declarando siniestro total al Ejecutivo.
![[Img #93407]](https://canarias-semanal.org/upload/images/07_2026/9854_ff.jpg)
Naturalmente, este tipo de politiqueos necesita hipérboles. Sin ellas sería un Consejo de Administración con micrófonos. Pero cuando todo es "el peor Gobierno de la historia", "la mayor corrupción de la democracia", "la crisis definitiva" o "el momento más grave jamás vivido", el lenguaje termina agotándose antes que los gobiernos.
Y luego está la palabra "decencia".
En España, la decencia política posee una característica fascinante: siempre reside en la bancada de enfrente... hasta que cambia la mayoría parlamentaria. Entonces hace la mudanza con una rapidez digna de una empresa de transportes urgente.
La ironía alcanza cotas especialmente interesantes cuando la promesa de una "limpieza a fondo" procede de un partido cuya propia historia incluye numerosísimos capítulos judiciales suficientemente conocidos como para llenar varias estanterías de hemeroteca. No se trata de repartir carnés de pureza entre unos y otros; precisamente ese es el problema. La política española lleva tantos siglos prometiendo regeneraciones morales que ya debería cotizar en bolsa el sector del jabón institucional.
Mientras tanto, el debate real —salarios, vivienda, sanidad, precariedad, energía, productividad o modelo económico— continúa esperando pacientemente su turno en la sala de espera. Resulta menos espectacular hablar del precio del alquiler que anunciar una purificación nacional. Las escobas venden más titulares que los presupuestos.
Paradójicamente, pocos días después de ese discurso incendiario, el propio Feijóo rebajó el tono durante sus intervenciones sobre los infernales incendios forestales, llamando a la colaboración institucional y afirmando que, ante esa emergencia, "todos somos uno". Quizá sea porque su perreta y la de los suyos contra el cambio climático, ha puesto en solfa los gigantescos recortes presupuestarios en la prevención de incendios de las Comunidades autónomas regidas por el PP. Mire usted por dónde, el fuego real le ha obligado a abandonar, aunque solo sea durante unas horas, el incendio retórico permanente.
Al final, la verdadera limpieza que necesita la política española probablemente sea mucho menos cinematográfica de lo que prometen los discursos de Feijoo.
No puede consistir en sustituir unos nombres por otros, ni en cambiar el color de las moquetas ministeriales.
Consiste en desterrar la decimonónica costumbre de presentar cada alternancia seudodemocrática como si de la la llegada de un Ejército liberador se tratara, que promete entrar arrasando en la ciudad ocupada por las fuerzas del mal.
Y es sucede que la democracia, la real y no la de pacotilla que tenemos, pese la lo que diga creer el señor Feijoo, no es una marca de lejía.



























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