VENEZUELA: REFLEXIONES SOBRE EL DÍA EN QUE TEMBLÓ LA TIERRA
El relato analiza cómo Washington irrumpe en la tragedia venezolana bajo el discurso de la "ayuda humanitaria"
La periodista venezolana Eva García narra para Canarias-Semanal el drama humano desatado por el devastador terremoto que ha sacudido Venezuela. Desde el corazón de la tragedia, su testimonio entrelaza el dolor de las víctimas, la solidaridad popular y las profundas heridas sociales que deja el desastre.
POR EVA GARCÍA (*) DESDE VENEZUELA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
La tierra no solo tembló. Se agitó. Se rebeló. Rugió.
Aún no está claro cuántos han muerto, cuántos han resultado heridos o cuántos han perdido todas sus pertenencias. 1.000, 2.000, 5.000, 10.000...
Después de cierto punto, las cifras exactas se desvanecen en el horizonte, difuminándose y perdiendo toda forma tras ser consumidas por una espesa niebla de luto y dolor nacional.
Nuestra profunda necesidad de actuar, de hacer algo, nos impulsa a superar las barreras del dolor colectivo y a hacer retroceder la pena que nos estremece el alma y que actualmente paraliza a todas las venezolanas y los venezolanos.
Estaba en casa cuando sentí el terremoto —de hecho, descansando apenas unas horas después de enviar mi última columna a MLT (1), pero he tenido la suerte de no convertirme en una estadística más. Sin embargo, como la mayoría de las y los que estamos aquí, tengo amigas y amigos, familiares y compañeras y compañeros en la zona afectada de los que aún no se sabe si están vivos o... no.
La pérdida humana es irreemplazable y -al igual que otros desastres venezolanos, como la tragedia de Vargas de 1999 o el terremoto de 1967- pasará a la historia por su magnitud. Pero también será recordada por las historias individuales de heroísmo y valentía de los hombres y mujeres que, en unos milisegundos horrendos, pasaron de estar haciendo cola en una tienda o tomando algo con amigos a enfrentarse a escenarios apocalípticos de pura supervivencia humana. La madre que murió salvando a su recién nacido. El perro que acompañó a su dueño bajo los escombros durante tres días. Hay innumerables ejemplos más.
La clase trabajadora venezolana es resiliente, valiente y tiene un corazón enorme lleno de solidaridad. Hemos sobrevivido a una buena dosis de traumas: inundaciones, apagones, represión, golpes de Estado, explosiones, deslizamientos de tierra, salarios mensuales de 1 dólar, campañas de bombardeos estadounidenses y, ahora, un terremoto devastador.
![[Img #92817]](https://canarias-semanal.org/upload/images/06_2026/4804_infoterre.jpg)
Nos hemos enfrentado a todo ello, en parte, tendiendo la mano a nuestras vecinas y vecinos, a quienes lo necesitan, y dejando de lado las diferencias para seguir adelante con la humanidad —en lugar de las divisiones raciales o de clase— como prioridad en nuestras mentes, siempre con nuestro característico sentido del humor y amplias sonrisas, a pesar de la gravedad del momento.
También sabemos cómo organizarnos. Aunque las comunas y los consejos comunales ya casi no existen, han surgido brigadas y comités, las donaciones llegan a donde deben llegar y las comunidades se unen para superar las dificultades que la vida nos depara. Esta disciplina caótica la aprendimos de Hugo Chávez.
Pero este ha sido nuestro primer desastre natural en la era de las redes sociales, en la que las imágenes impactantes recorren miles de kilómetros en segundos, transportando incluso al espectador más lejano al epicentro de las labores de rescate e intensificando nuestra respuesta emocional.
También es la primera tragedia masiva desde que el 25 % de la población emigró. Desde la distancia, la imposibilidad de ayudar o localizar a las y los seres queridos no hace más que avivar la frustración y la agonía. Mi corazón está con quienes sufren a miles de kilómetros de distancia, aisladas y aislados, escudriñando las redes sociales en busca de un atisbo del rostro de un familiar.
Son muchos los que han perdido a alguien o algo. Pero el impacto de las pérdidas materiales y humanas no se dejará sentir por igual en todos. La burguesía siempre está en mejor posición para acceder a atención médica privada de urgencia, reunir a las familias, pagar la asistencia en salud mental, reconstruir viviendas, reemplazar los bienes dañados y —sí— sufragar los exorbitantes gastos funerarios que resultan inasequibles para la mayoría de las y los trabajadores venezolanos. El resto tendremos que conformarnos con las «bonificaciones» de 150 dólares ya anunciadas por Delcy, que claramente palidecen en comparación con el valor de las pérdidas materiales.
Aún es demasiado pronto para plantearse la reconstrucción de los enormes daños materiales o preguntarse quién los pagará; todavía hay personas atrapadas bajo los escombros. Sin duda, es demasiado pronto para reflexionar sobre la respuesta del Gobierno y de la comunidad internacional. Lo que es seguro es que ningún Gobierno, ningún país, ningún pueblo podría estar jamás plenamente preparado para un desastre de esta magnitud. No obstante, a su debido tiempo se plantearán -y deben plantearse- preguntas importantes.
A pesar de los nobles esfuerzos, el Estado venezolano está pasando dificultades —quién no lo estaría—. Pero los años de falta de inversión en nuestro sistema sanitario, la migración masiva y la fuga de cerebros, especialmente en el sector médico, el colapso de los sistemas eléctricos, de agua y de telecomunicaciones, la corrupción —sí, la corrupción— y, por supuesto, las sanciones, sin duda no ayudan a nuestra capacidad de respuesta.
Ya hemos tenido una muestra de cómo este gobierno tutelado pretende afrontar la tragedia: ayuda liderada por la OTAN, fondos del FMI, coordinación del SOUTHCOM («Gracias, Donald Trump», dijo Delcy), el Cuerpo de Marines de EE. UU. sobre el terreno, Starlink («Gracias, Elon Musk», dijo Delcy) y X de vuelta en el país, nuestro «protector» «protegiéndonos».
Mientras tanto, aquellos que en su día fueron nuestros «aliados» bajo el mandato de Chávez se limitan a enviar mensajes de buena voluntad inútiles, mientras dejan que Trump haga su flex y levante la pata para marcar su territorio como el perro que es.
A su debido tiempo, también habrá que plantearse preguntas sobre las construcciones de Venezuela: las normas de construcción que son letra muerta y que yacen en algún expediente mohoso de una oficina gubernamental oscura y llena de telarañas; los bloques de pisos de los años sesenta erigidos rápidamente en pleno auge petrolero; las viviendas precarias de lata, construidas por la población en los barrios populares, todas ellas sin normas, sin mantenimiento ni preparación para un desastre de este tipo.
¿Cómo se recuperará de esto nuestra ya frágil economía? El estado de La Guaira alberga los principales aeropuertos y puertos marítimos de Venezuela, y cuenta con una enorme industria turística, mientras que la paralización de los procesos productivos en los principales sectores industriales de Caracas y los estados de Aragua y Carabobo —donde las y los trabajadores, correctamente, prestan servicio en comedores sociales, retiran escombros o atienden a los heridos— costará millones cada hora.
Estas son las cosas que le importan al capitalismo, no la pérdida de vidas humanas (fuerza de trabajo) que el «ejército de reserva» puede sustituir «fácilmente». Sería ingenuo pensar que la ayuda «de buena voluntad» de Washington encubre algo más que el macabro afán por aprovechar una oportunidad manchada de sangre en la Venezuela actual. Ve una oportunidad. Ve penetración en el mercado, inversión, reconstrucción, desplazamiento de sus competidores, explotación y, en última instancia, una enorme plusvalía.
A medida que empezamos a salir del otro lado de este desastre, las medidas de emergencia temporales, necesarias y que salvan vidas, se convierten en una ocupación a largo plazo. Las relaciones evolucionan. Se refuerzan las posiciones en el mercado. Se acumulan las deudas.
Si no me crees, pregúntaselo a la gente de Gaza o de Haití.
Podría escribir 10.000 palabras sobre el terremoto y la política de los días inmediatamente posteriores, sobre la mirada de Delcy hacia el norte o la afirmación de Trump de proteger a la gente de «nuestro hemisferio».
También podría escribir sobre las teorías de la conspiración, como la venganza de la Pachamama por el daño que infligimos en el Arco Minero del Orinoco o el sospechoso simulacro de «evacuación de emergencia» de la embajada de EE. UU. apenas 32 días antes de que temblara el suelo, pero ya habrá tiempo para eso.
Por ahora, nuestros pensamientos deben estar con las víctimas, sus familias, amigas y amigos y compañeras y compañeros. Hoy debemos mantener la humanidad en primer plano en nuestras mentes. Fuerza Venezuela.
VÍDEO: LOS EFECTOS DEL TERREMOTO DESDE EL AIRE
POR EVA GARCÍA (*) DESDE VENEZUELA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
La tierra no solo tembló. Se agitó. Se rebeló. Rugió.
Aún no está claro cuántos han muerto, cuántos han resultado heridos o cuántos han perdido todas sus pertenencias. 1.000, 2.000, 5.000, 10.000...
Después de cierto punto, las cifras exactas se desvanecen en el horizonte, difuminándose y perdiendo toda forma tras ser consumidas por una espesa niebla de luto y dolor nacional.
Nuestra profunda necesidad de actuar, de hacer algo, nos impulsa a superar las barreras del dolor colectivo y a hacer retroceder la pena que nos estremece el alma y que actualmente paraliza a todas las venezolanas y los venezolanos.
Estaba en casa cuando sentí el terremoto —de hecho, descansando apenas unas horas después de enviar mi última columna a MLT (1), pero he tenido la suerte de no convertirme en una estadística más. Sin embargo, como la mayoría de las y los que estamos aquí, tengo amigas y amigos, familiares y compañeras y compañeros en la zona afectada de los que aún no se sabe si están vivos o... no.
La pérdida humana es irreemplazable y -al igual que otros desastres venezolanos, como la tragedia de Vargas de 1999 o el terremoto de 1967- pasará a la historia por su magnitud. Pero también será recordada por las historias individuales de heroísmo y valentía de los hombres y mujeres que, en unos milisegundos horrendos, pasaron de estar haciendo cola en una tienda o tomando algo con amigos a enfrentarse a escenarios apocalípticos de pura supervivencia humana. La madre que murió salvando a su recién nacido. El perro que acompañó a su dueño bajo los escombros durante tres días. Hay innumerables ejemplos más.
La clase trabajadora venezolana es resiliente, valiente y tiene un corazón enorme lleno de solidaridad. Hemos sobrevivido a una buena dosis de traumas: inundaciones, apagones, represión, golpes de Estado, explosiones, deslizamientos de tierra, salarios mensuales de 1 dólar, campañas de bombardeos estadounidenses y, ahora, un terremoto devastador.
![[Img #92817]](https://canarias-semanal.org/upload/images/06_2026/4804_infoterre.jpg)
Nos hemos enfrentado a todo ello, en parte, tendiendo la mano a nuestras vecinas y vecinos, a quienes lo necesitan, y dejando de lado las diferencias para seguir adelante con la humanidad —en lugar de las divisiones raciales o de clase— como prioridad en nuestras mentes, siempre con nuestro característico sentido del humor y amplias sonrisas, a pesar de la gravedad del momento.
También sabemos cómo organizarnos. Aunque las comunas y los consejos comunales ya casi no existen, han surgido brigadas y comités, las donaciones llegan a donde deben llegar y las comunidades se unen para superar las dificultades que la vida nos depara. Esta disciplina caótica la aprendimos de Hugo Chávez.
Pero este ha sido nuestro primer desastre natural en la era de las redes sociales, en la que las imágenes impactantes recorren miles de kilómetros en segundos, transportando incluso al espectador más lejano al epicentro de las labores de rescate e intensificando nuestra respuesta emocional.
También es la primera tragedia masiva desde que el 25 % de la población emigró. Desde la distancia, la imposibilidad de ayudar o localizar a las y los seres queridos no hace más que avivar la frustración y la agonía. Mi corazón está con quienes sufren a miles de kilómetros de distancia, aisladas y aislados, escudriñando las redes sociales en busca de un atisbo del rostro de un familiar.
Son muchos los que han perdido a alguien o algo. Pero el impacto de las pérdidas materiales y humanas no se dejará sentir por igual en todos. La burguesía siempre está en mejor posición para acceder a atención médica privada de urgencia, reunir a las familias, pagar la asistencia en salud mental, reconstruir viviendas, reemplazar los bienes dañados y —sí— sufragar los exorbitantes gastos funerarios que resultan inasequibles para la mayoría de las y los trabajadores venezolanos. El resto tendremos que conformarnos con las «bonificaciones» de 150 dólares ya anunciadas por Delcy, que claramente palidecen en comparación con el valor de las pérdidas materiales.
Aún es demasiado pronto para plantearse la reconstrucción de los enormes daños materiales o preguntarse quién los pagará; todavía hay personas atrapadas bajo los escombros. Sin duda, es demasiado pronto para reflexionar sobre la respuesta del Gobierno y de la comunidad internacional. Lo que es seguro es que ningún Gobierno, ningún país, ningún pueblo podría estar jamás plenamente preparado para un desastre de esta magnitud. No obstante, a su debido tiempo se plantearán -y deben plantearse- preguntas importantes.
A pesar de los nobles esfuerzos, el Estado venezolano está pasando dificultades —quién no lo estaría—. Pero los años de falta de inversión en nuestro sistema sanitario, la migración masiva y la fuga de cerebros, especialmente en el sector médico, el colapso de los sistemas eléctricos, de agua y de telecomunicaciones, la corrupción —sí, la corrupción— y, por supuesto, las sanciones, sin duda no ayudan a nuestra capacidad de respuesta.
Ya hemos tenido una muestra de cómo este gobierno tutelado pretende afrontar la tragedia: ayuda liderada por la OTAN, fondos del FMI, coordinación del SOUTHCOM («Gracias, Donald Trump», dijo Delcy), el Cuerpo de Marines de EE. UU. sobre el terreno, Starlink («Gracias, Elon Musk», dijo Delcy) y X de vuelta en el país, nuestro «protector» «protegiéndonos».
Mientras tanto, aquellos que en su día fueron nuestros «aliados» bajo el mandato de Chávez se limitan a enviar mensajes de buena voluntad inútiles, mientras dejan que Trump haga su flex y levante la pata para marcar su territorio como el perro que es.
A su debido tiempo, también habrá que plantearse preguntas sobre las construcciones de Venezuela: las normas de construcción que son letra muerta y que yacen en algún expediente mohoso de una oficina gubernamental oscura y llena de telarañas; los bloques de pisos de los años sesenta erigidos rápidamente en pleno auge petrolero; las viviendas precarias de lata, construidas por la población en los barrios populares, todas ellas sin normas, sin mantenimiento ni preparación para un desastre de este tipo.
¿Cómo se recuperará de esto nuestra ya frágil economía? El estado de La Guaira alberga los principales aeropuertos y puertos marítimos de Venezuela, y cuenta con una enorme industria turística, mientras que la paralización de los procesos productivos en los principales sectores industriales de Caracas y los estados de Aragua y Carabobo —donde las y los trabajadores, correctamente, prestan servicio en comedores sociales, retiran escombros o atienden a los heridos— costará millones cada hora.
Estas son las cosas que le importan al capitalismo, no la pérdida de vidas humanas (fuerza de trabajo) que el «ejército de reserva» puede sustituir «fácilmente». Sería ingenuo pensar que la ayuda «de buena voluntad» de Washington encubre algo más que el macabro afán por aprovechar una oportunidad manchada de sangre en la Venezuela actual. Ve una oportunidad. Ve penetración en el mercado, inversión, reconstrucción, desplazamiento de sus competidores, explotación y, en última instancia, una enorme plusvalía.
A medida que empezamos a salir del otro lado de este desastre, las medidas de emergencia temporales, necesarias y que salvan vidas, se convierten en una ocupación a largo plazo. Las relaciones evolucionan. Se refuerzan las posiciones en el mercado. Se acumulan las deudas.
Si no me crees, pregúntaselo a la gente de Gaza o de Haití.
Podría escribir 10.000 palabras sobre el terremoto y la política de los días inmediatamente posteriores, sobre la mirada de Delcy hacia el norte o la afirmación de Trump de proteger a la gente de «nuestro hemisferio».
También podría escribir sobre las teorías de la conspiración, como la venganza de la Pachamama por el daño que infligimos en el Arco Minero del Orinoco o el sospechoso simulacro de «evacuación de emergencia» de la embajada de EE. UU. apenas 32 días antes de que temblara el suelo, pero ya habrá tiempo para eso.
Por ahora, nuestros pensamientos deben estar con las víctimas, sus familias, amigas y amigos y compañeras y compañeros. Hoy debemos mantener la humanidad en primer plano en nuestras mentes. Fuerza Venezuela.


























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