EL MILLONARIO QUE EXPLICÓ EL COMUNISMO SIN HABERLO LEÍDO
Manual rápido trumpista para ver "comunistas" hasta en el recibo del alquiler
Donald Trump aseguró que sería "el mejor comunista de la historia". Su demostración consistió en prometer alquileres gratis, viviendas para todos y comida sin pagar. El problema no fue el chiste. El problema fue convertir una caricatura en una explicación política. Y, de paso, demostrar que algunos llevan décadas combatiendo una idea que nunca se han molestado en estudiar
POR ADAY QUESADA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Donald Trump tiene una habilidad extraordinaria: transformar cualquier debate político en un espectáculo
televisivo. En esta ocasión la proeza tuvo lugar durante una conferencia en la ultraconservadora "Faith & Freedom Coalition".
Allí manifestó hace unos días que él
"podría ser el mayor comunista de la historia. Me bastaría —explicó— con anunciar que nadie volvería a pagar alquiler, que cualquiera podría elegir la casa que quisiera y que toda la comida sería gratuita. Después, el país terminaría convertido en un desastre".
El público, -su público, claro- prorrumpió en sonoras carcajadas. Ese era realmente el efecto buscado.
Lo curioso es que quien pronunciaba el discurso pertenece precisamente al gran negocio inmobiliario. Algo que viene a ser como si un fabricante de tabaco impartiera un curso acelerado sobre pulmones saludables o un pirómano inaugurara una escuela de bomberos.
La escena tiene algo de repugnantemente entrañable. Después de décadas llamando "comunista" a cualquiera que proponga aumentar un impuesto, construir vivienda pública o regular el precio de los alquileres, el concepto ha terminado significando absolutamente cualquier cosa. En algunos discursos estadounidenses parece que Karl Marx escribió un tratado sobre cafeterías gratuitas y cupones para pizza.
CUANDO TODO ES COMUNISMO, NADA ES COMUNISMO
Existe un pequeño inconveniente con la caricatura. La mayor parte de las propuestas que Trump criticaba no son estrictamente "comunistas", sino a programas de regulación del mercado o ampliación del denominado Estado del bienestar defendidos por sectores de la socialdemocracia reformista estadounidense. Los candidatos a los que atacó se presentan como tímidos reformadores de la actual sociedad capitalista, no como comunistas, y centran buena parte de su programa en vivienda asequible, servicios públicos y derechos laborales. Otra cosa es que cuando asuman el gobierno sean o no capaces de cumplir esas promesas, enfrentándose a personajes tan poderosos como Donald.
En los EEUU se produce un fenómeno curioso. En ese país basta con sugerir que los multimillonarios paguen algo más de impuestos para que alguien tenga la irrefrenable pulsión de sacar inmediatamente un detector de comunistas del desván.
Sin embargo, algunos países europeos mantienen desde hace décadas sanidad pública, educación gratuita, pensiones universales sin que la bandera roja esté ondeando sobre sus parlamentos, si bien es verdad que también es cierto que la privatización de esos servicios está siempre pendiente de un hilo gracias a las presiones ejercidas por oligarcas como Trump... y, - también hay que decirlo-, a las debilidades de socialdemócratas afines al establishment.
Quizá pueda resultar decepcionante para algunos, pero la Seguridad Social jamás fue históricamente el primer paso hacia la toma del Palacio de Invierno.
LOS DATOS TIENEN LA MALA COSTUMBRE DE ESTROPEAR LOS ESLÓGANES
Mientras el debate gira alrededor de fantasmas ideológicos, la realidad económica sigue haciendo su trabajo. Estados Unidos está atravesando una de las mayores crisis de acceso a la vivienda de las últimas décadas. Millones de familias destinan más del 30 % de sus ingresos al alquiler, porcentaje que los propios organismos federales consideran una carga excesiva. El problema de la vivienda se ha convertido en una de las principales preocupaciones de los votantes, especialmente entre los jóvenes.
No es casualidad que los candidatos que ahora hablan de alquileres, salarios y coste de la vida estén obteniendo mejores resultados entre los menores de cuarenta años. Diversas encuestas muestran que las generaciones jóvenes mantienen una valoración mucho menos favorable del capitalismo que las anteriores y son más receptivas a propuestas de intervención pública en la economía.
Es decir, quizá el problema no sea que millones de personas hayan despertado una mañana con deseos irresistibles de leer a Karl Marx. Tal vez simplemente descubrieron que trabajar cuarenta horas semanales y seguir sin poder pagar un apartamento resulta bastante jodido.
LA IRONÍA FINAL
Lo más divertido del episodio que estamos relatando es que Trump, sin proponérselo, hizo una confesión bastante reveladora. Dijo que prometer cosas gratis haría que todo el mundo lo votara. Eso significa, ni más ni menos que reconocer que buena parte del electorado está desesperada por soluciones materiales. No por discursos épicos, ni por guerras culturales, ni por cruzadas ideológicas. Tan solo por poder llegar a fin de mes.
Cuando una sociedad convierte el alquiler en un lujo, la universidad en una hipoteca y la sanidad en un privilegio, cualquier propuesta que alivie esa presión empieza a sonar razonable para millones de personas.
Quizá la verdadera broma no fuera la que hizo acerca del comunismo. Quizá la broma haya consistido en repetir durante cuarenta años que el mercado resolverá todos los problemas... mientras cada generación vive peor que la anterior.
Y entonces aparece un multimillonario inmobiliario dispuesto a explicar que regalar viviendas destruiría el país. Naturalmente, esa explicación siempre resulta más convincente cuando quien la pronuncia posee edificios, no cuando paga el alquiler.
FUENTE:
Declaraciones de Donald Trump durante la conferencia Faith & Freedom Coalition y cobertura periodística reciente.
POR ADAY QUESADA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Donald Trump tiene una habilidad extraordinaria: transformar cualquier debate político en un espectáculo
televisivo. En esta ocasión la proeza tuvo lugar durante una conferencia en la ultraconservadora "Faith & Freedom Coalition".
Allí manifestó hace unos días que él
"podría ser el mayor comunista de la historia. Me bastaría —explicó— con anunciar que nadie volvería a pagar alquiler, que cualquiera podría elegir la casa que quisiera y que toda la comida sería gratuita. Después, el país terminaría convertido en un desastre".
El público, -su público, claro- prorrumpió en sonoras carcajadas. Ese era realmente el efecto buscado.
Lo curioso es que quien pronunciaba el discurso pertenece precisamente al gran negocio inmobiliario. Algo que viene a ser como si un fabricante de tabaco impartiera un curso acelerado sobre pulmones saludables o un pirómano inaugurara una escuela de bomberos.
La escena tiene algo de repugnantemente entrañable. Después de décadas llamando "comunista" a cualquiera que proponga aumentar un impuesto, construir vivienda pública o regular el precio de los alquileres, el concepto ha terminado significando absolutamente cualquier cosa. En algunos discursos estadounidenses parece que Karl Marx escribió un tratado sobre cafeterías gratuitas y cupones para pizza.
CUANDO TODO ES COMUNISMO, NADA ES COMUNISMO
Existe un pequeño inconveniente con la caricatura. La mayor parte de las propuestas que Trump criticaba no son estrictamente "comunistas", sino a programas de regulación del mercado o ampliación del denominado Estado del bienestar defendidos por sectores de la socialdemocracia reformista estadounidense. Los candidatos a los que atacó se presentan como tímidos reformadores de la actual sociedad capitalista, no como comunistas, y centran buena parte de su programa en vivienda asequible, servicios públicos y derechos laborales. Otra cosa es que cuando asuman el gobierno sean o no capaces de cumplir esas promesas, enfrentándose a personajes tan poderosos como Donald.
En los EEUU se produce un fenómeno curioso. En ese país basta con sugerir que los multimillonarios paguen algo más de impuestos para que alguien tenga la irrefrenable pulsión de sacar inmediatamente un detector de comunistas del desván.
Sin embargo, algunos países europeos mantienen desde hace décadas sanidad pública, educación gratuita, pensiones universales sin que la bandera roja esté ondeando sobre sus parlamentos, si bien es verdad que también es cierto que la privatización de esos servicios está siempre pendiente de un hilo gracias a las presiones ejercidas por oligarcas como Trump... y, - también hay que decirlo-, a las debilidades de socialdemócratas afines al establishment.
Quizá pueda resultar decepcionante para algunos, pero la Seguridad Social jamás fue históricamente el primer paso hacia la toma del Palacio de Invierno.
LOS DATOS TIENEN LA MALA COSTUMBRE DE ESTROPEAR LOS ESLÓGANES
Mientras el debate gira alrededor de fantasmas ideológicos, la realidad económica sigue haciendo su trabajo. Estados Unidos está atravesando una de las mayores crisis de acceso a la vivienda de las últimas décadas. Millones de familias destinan más del 30 % de sus ingresos al alquiler, porcentaje que los propios organismos federales consideran una carga excesiva. El problema de la vivienda se ha convertido en una de las principales preocupaciones de los votantes, especialmente entre los jóvenes.
No es casualidad que los candidatos que ahora hablan de alquileres, salarios y coste de la vida estén obteniendo mejores resultados entre los menores de cuarenta años. Diversas encuestas muestran que las generaciones jóvenes mantienen una valoración mucho menos favorable del capitalismo que las anteriores y son más receptivas a propuestas de intervención pública en la economía.
Es decir, quizá el problema no sea que millones de personas hayan despertado una mañana con deseos irresistibles de leer a Karl Marx. Tal vez simplemente descubrieron que trabajar cuarenta horas semanales y seguir sin poder pagar un apartamento resulta bastante jodido.
LA IRONÍA FINAL
Lo más divertido del episodio que estamos relatando es que Trump, sin proponérselo, hizo una confesión bastante reveladora. Dijo que prometer cosas gratis haría que todo el mundo lo votara. Eso significa, ni más ni menos que reconocer que buena parte del electorado está desesperada por soluciones materiales. No por discursos épicos, ni por guerras culturales, ni por cruzadas ideológicas. Tan solo por poder llegar a fin de mes.
Cuando una sociedad convierte el alquiler en un lujo, la universidad en una hipoteca y la sanidad en un privilegio, cualquier propuesta que alivie esa presión empieza a sonar razonable para millones de personas.
Quizá la verdadera broma no fuera la que hizo acerca del comunismo. Quizá la broma haya consistido en repetir durante cuarenta años que el mercado resolverá todos los problemas... mientras cada generación vive peor que la anterior.
Y entonces aparece un multimillonario inmobiliario dispuesto a explicar que regalar viviendas destruiría el país. Naturalmente, esa explicación siempre resulta más convincente cuando quien la pronuncia posee edificios, no cuando paga el alquiler.
FUENTE:
Declaraciones de Donald Trump durante la conferencia Faith & Freedom Coalition y cobertura periodística reciente.




























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.87