GIRO ULTRACONSERVADOR EN PERÚ: TRIUNFO DE KEIKO FUJIMORI
El estrecho resultado electoral, las denuncias de fraude y la persistencia de profundas desigualdades anticipan un mandato marcado por una fuerte conflictividad social..
La victoria de Keiko Fujimori marca el retorno del fujimorismo al poder en un país profundamente dividido. Más allá del resultado electoral, el desenlace refleja la crisis del modelo político y económico peruano y anticipa una nueva etapa de confrontación social.
POR VICTORIA MARTÍNEZ, DESDE MEXICO PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
La ajustada victoria de Keiko Fujimori en las elecciones
presidenciales peruanas no puede interpretarse únicamente como el triunfo de una candidata conservadora sobre un aspirante de la izquierda reformista.
Este resultado expresa, sobre todo, la profunda crisis estructural del Estado peruano, el agotamiento del modelo neoliberal instaurado tras el golpe de Alberto Fujimori y la incapacidad de los sectores politicamente contestatarios para transformar el enorme descontento social en una alternativa política capaz de romper con el poder de las élites económicas.
Con el 99,8% del escrutinio completado, Keiko Fujimori, hija de viejo dictador, logró una ventaja irreversible de algo más de 43.000 votos sobre Roberto Sánchez, candidato de Juntos por el Perú, tras una de las elecciones más reñidas de la historia reciente del país.
Sánchez, no obstante, rechazó reconocer inicialmente el resultado, denunciando un supuesto fraude centrado en el voto emitido desde el extranjero y anunció movilizaciones populares, mientras los organismos electorales continuaban validando el proceso.
![[Img #92752]](https://canarias-semanal.org/upload/images/06_2026/310_peru.jpg)
El regreso de una dinastía política
La llegada de Keiko Fujimori al Palacio de Gobierno supone el retorno al poder del fujimorismo veintiséis años después de la caída del régimen encabezado por su padre. Para la izquierda peruana, el apellido Fujimori continúa simbolizando la consolidación del neoliberalismo, el autoritarismo estatal y la subordinación del país a los intereses del gran capital nacional e internacional.
El fujimorismo no constituye simplemente una corriente conservadora, sino una forma particularmente agresiva de gestión del capitalismo peruano, basada en la liberalización económica salvaje, la privatización de recursos estratégicos, la flexibilización laboral y la concentración del poder político en beneficio de las clases dominantes.
Una sociedad profundamente fracturada
En los medios de la izquierda peruana se coincide en señalar que el resultado electoral refleja la existencia de dos países muy distintos. Por un lado, las grandes ciudades, especialmente Lima, junto con buena parte del voto exterior, respaldaron mayoritariamente a Keiko Fujimori.
Por otro, amplias zonas rurales, campesinas e indígenas del denominado "Perú profundo" volvieron a apoyar mayoritariamente a una candidatura identificada con la izquierda y heredera políticamente del movimiento que llevó anteriormente a Pedro Castillo al poder.
Esta división territorial expresa diferencias económicas mucho más profundas. Mientras los sectores urbanos más vinculados al mercado formal priorizan el discurso sobre seguridad e inversión privada, millones de trabajadores rurales continúan padeciendo pobreza, desigualdad, precariedad laboral y un histórico abandono estatal.
Para numerosos analistas, esta fractura responde al desarrollo desigual propio del capitalismo dependiente latinoamericano, donde la riqueza generada por la exportación de minerales y materias primas convive con enormes enormes bolsas de pobreza.
La inseguridad como instrumento político
Durante toda la campaña, Keiko Fujimori construyó su discurso alrededor de la lucha contra la delincuencia. Prometió incrementar la presencia militar en las calles, endurecer la política penitenciaria y aplicar medidas excepcionales frente al crimen organizado.
El crecimiento de la inseguridad, no obstante, no constituye un fenómeno aislado, sino una consecuencia directa de décadas de desigualdad social, precarización del trabajo, economía informal y debilitamiento de los servicios públicos.
En ese contexto, desde estos análisis, el discurso de la "mano dura" funciona como un mecanismo para desplazar el debate político desde las causas económicas hacia soluciones exclusivamente represivas, reforzando el aparato coercitivo del Estado sin modificar las condiciones materiales que alimentan la violencia.
Los límites de la izquierda electoral
La candidatura de Roberto Sánchez consiguió movilizar nuevamente a amplios sectores populares, pero también evidenció las limitaciones de la izquierda institucional peruana.
Tras quedar prácticamente empatado con Fujimori, Sánchez denunció irregularidades en el tratamiento del voto exterior, solicitó la nulidad de determinadas actas y anunció que no reconocería un eventual gobierno encabezado por la candidata ultraconservadora.
Sin embargo, las acusaciones no fueron respaldadas por pruebas concluyentes y tanto observadores internacionales como las autoridades electorales mantuvieron la validez general del proceso.
Diversos análisis advierten de que la explicación del resultado no puede reducirse a una posible manipulación electoral. El problema central sería la ausencia de una organización política de masas suficientemente arraigada en el movimiento obrero y campesino que permita convertir el enorme malestar social en una alternativa estable de transformación.
Un Estado en crisis permanente
Perú afronta esta nueva etapa tras más de una década marcada por una extraordinaria inestabilidad institucional, con una sucesión continua de presidentes, destituciones, enfrentamientos entre el Ejecutivo y el Congreso y una creciente pérdida de legitimidad de las instituciones.
Para no pocos analistas, esta situación no constituye una anomalía pasajera, sino la manifestación de una crisis orgánica del modelo político construido durante los años noventa.
Mientras las instituciones conservan dificultades para ofrecer respuestas a las demandas sociales, el conflicto entre distintas fracciones de la burguesía se traslada continuamente al terreno parlamentario, aumentando la polarización política y debilitando la confianza popular en el sistema.
Un nuevo ciclo de confrontación social
Lejos de cerrar la crisis peruana, la victoria de Keiko Fujimori parece inaugurar una nueva etapa de confrontación política.
La futura presidenta deberá gobernar un país prácticamente dividido en dos, con fuertes movimientos antifujimoristas, importantes organizaciones sociales movilizadas y amplios sectores populares que consideran agotado el modelo económico vigente.
Este desenlace electoral no representa tanto una consolidación del neoliberalismo como la continuidad de una crisis estructural que sigue sin resolverse. Bajo esa interpretación, mientras permanezcan intactas las bases económicas que generan desigualdad, dependencia y exclusión social, ningún relevo presidencial será capaz de estabilizar duraderamente la vida política peruana.
El conflicto entre las clases sociales continuará manifestándose tanto en las instituciones como en las calles, convirtiendo esta elección en un episodio más de una disputa histórica que permanece abierta.
POR VICTORIA MARTÍNEZ, DESDE MEXICO PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
La ajustada victoria de Keiko Fujimori en las elecciones
presidenciales peruanas no puede interpretarse únicamente como el triunfo de una candidata conservadora sobre un aspirante de la izquierda reformista.
Este resultado expresa, sobre todo, la profunda crisis estructural del Estado peruano, el agotamiento del modelo neoliberal instaurado tras el golpe de Alberto Fujimori y la incapacidad de los sectores politicamente contestatarios para transformar el enorme descontento social en una alternativa política capaz de romper con el poder de las élites económicas.
Con el 99,8% del escrutinio completado, Keiko Fujimori, hija de viejo dictador, logró una ventaja irreversible de algo más de 43.000 votos sobre Roberto Sánchez, candidato de Juntos por el Perú, tras una de las elecciones más reñidas de la historia reciente del país.
Sánchez, no obstante, rechazó reconocer inicialmente el resultado, denunciando un supuesto fraude centrado en el voto emitido desde el extranjero y anunció movilizaciones populares, mientras los organismos electorales continuaban validando el proceso.
![[Img #92752]](https://canarias-semanal.org/upload/images/06_2026/310_peru.jpg)
El regreso de una dinastía política
La llegada de Keiko Fujimori al Palacio de Gobierno supone el retorno al poder del fujimorismo veintiséis años después de la caída del régimen encabezado por su padre. Para la izquierda peruana, el apellido Fujimori continúa simbolizando la consolidación del neoliberalismo, el autoritarismo estatal y la subordinación del país a los intereses del gran capital nacional e internacional.
El fujimorismo no constituye simplemente una corriente conservadora, sino una forma particularmente agresiva de gestión del capitalismo peruano, basada en la liberalización económica salvaje, la privatización de recursos estratégicos, la flexibilización laboral y la concentración del poder político en beneficio de las clases dominantes.
Una sociedad profundamente fracturada
En los medios de la izquierda peruana se coincide en señalar que el resultado electoral refleja la existencia de dos países muy distintos. Por un lado, las grandes ciudades, especialmente Lima, junto con buena parte del voto exterior, respaldaron mayoritariamente a Keiko Fujimori.
Por otro, amplias zonas rurales, campesinas e indígenas del denominado "Perú profundo" volvieron a apoyar mayoritariamente a una candidatura identificada con la izquierda y heredera políticamente del movimiento que llevó anteriormente a Pedro Castillo al poder.
Esta división territorial expresa diferencias económicas mucho más profundas. Mientras los sectores urbanos más vinculados al mercado formal priorizan el discurso sobre seguridad e inversión privada, millones de trabajadores rurales continúan padeciendo pobreza, desigualdad, precariedad laboral y un histórico abandono estatal.
Para numerosos analistas, esta fractura responde al desarrollo desigual propio del capitalismo dependiente latinoamericano, donde la riqueza generada por la exportación de minerales y materias primas convive con enormes enormes bolsas de pobreza.
La inseguridad como instrumento político
Durante toda la campaña, Keiko Fujimori construyó su discurso alrededor de la lucha contra la delincuencia. Prometió incrementar la presencia militar en las calles, endurecer la política penitenciaria y aplicar medidas excepcionales frente al crimen organizado.
El crecimiento de la inseguridad, no obstante, no constituye un fenómeno aislado, sino una consecuencia directa de décadas de desigualdad social, precarización del trabajo, economía informal y debilitamiento de los servicios públicos.
En ese contexto, desde estos análisis, el discurso de la "mano dura" funciona como un mecanismo para desplazar el debate político desde las causas económicas hacia soluciones exclusivamente represivas, reforzando el aparato coercitivo del Estado sin modificar las condiciones materiales que alimentan la violencia.
Los límites de la izquierda electoral
La candidatura de Roberto Sánchez consiguió movilizar nuevamente a amplios sectores populares, pero también evidenció las limitaciones de la izquierda institucional peruana.
Tras quedar prácticamente empatado con Fujimori, Sánchez denunció irregularidades en el tratamiento del voto exterior, solicitó la nulidad de determinadas actas y anunció que no reconocería un eventual gobierno encabezado por la candidata ultraconservadora.
Sin embargo, las acusaciones no fueron respaldadas por pruebas concluyentes y tanto observadores internacionales como las autoridades electorales mantuvieron la validez general del proceso.
Diversos análisis advierten de que la explicación del resultado no puede reducirse a una posible manipulación electoral. El problema central sería la ausencia de una organización política de masas suficientemente arraigada en el movimiento obrero y campesino que permita convertir el enorme malestar social en una alternativa estable de transformación.
Un Estado en crisis permanente
Perú afronta esta nueva etapa tras más de una década marcada por una extraordinaria inestabilidad institucional, con una sucesión continua de presidentes, destituciones, enfrentamientos entre el Ejecutivo y el Congreso y una creciente pérdida de legitimidad de las instituciones.
Para no pocos analistas, esta situación no constituye una anomalía pasajera, sino la manifestación de una crisis orgánica del modelo político construido durante los años noventa.
Mientras las instituciones conservan dificultades para ofrecer respuestas a las demandas sociales, el conflicto entre distintas fracciones de la burguesía se traslada continuamente al terreno parlamentario, aumentando la polarización política y debilitando la confianza popular en el sistema.
Un nuevo ciclo de confrontación social
Lejos de cerrar la crisis peruana, la victoria de Keiko Fujimori parece inaugurar una nueva etapa de confrontación política.
La futura presidenta deberá gobernar un país prácticamente dividido en dos, con fuertes movimientos antifujimoristas, importantes organizaciones sociales movilizadas y amplios sectores populares que consideran agotado el modelo económico vigente.
Este desenlace electoral no representa tanto una consolidación del neoliberalismo como la continuidad de una crisis estructural que sigue sin resolverse. Bajo esa interpretación, mientras permanezcan intactas las bases económicas que generan desigualdad, dependencia y exclusión social, ningún relevo presidencial será capaz de estabilizar duraderamente la vida política peruana.
El conflicto entre las clases sociales continuará manifestándose tanto en las instituciones como en las calles, convirtiendo esta elección en un episodio más de una disputa histórica que permanece abierta.




























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