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Lunes, 01 de Diciembre de 2025 Tiempo de lectura:

ROCKEFELLER, LA CIA Y MARCUSE: LA GUERRA SECRETA POR CONTROLAR EL MARXISMO

El filósofo referente de la rebelión estudiantil de los 60 que trabajó para el aparato de Inteligencia estadounidense

Herbert Marcuse sigue siendo para no pocos una de las figuras más influyentes y controvertidas del pensamiento contemporáneo. Considerado por muchos "el filósofo de las revueltas estudiantiles" de los años sesenta, su trayectoria encierra numerosas preguntas que todavía hoy suscitan debate. Esta "entrevista" al libro del que es autor Gabriel Rockhill, - todavía no traducida al castellano- explora una interpretación poco habitual de su papel histórico: la de un intelectual situado en el cruce entre la Guerra Fría, la universidad, las instituciones culturales y la transformación de la propia idea de radicalidad. A través de su biografía emerge una cuestión de fondo que atraviesa todo el siglo XX: ¿cómo se construye la influencia intelectual y quién decide qué formas de crítica alcanzan una posición dominante en una época?

 

REDACCIÓN CANARIAS SEMANAL.ORG

       

     Las páginas que siguen contienen una entrevista singular. No se trata de una conversación convencional con un autor ni de un comentario externo sobre una obra. Las respuestas que el lector encontrará a continuación han sido [Img #92614]elaboradas a partir de un análisis exhaustivo del contenido del libro de Gabriel Rockhill"Who Paid the Pipers of Western Marxism? How the CIA, the Rockefeller Foundation, and Corporate America Supported Critical Theory" ("¿Quién financió a los ideólogos del marxismo occidental? ¿Por qué la CIA, la Fundación Rockefeller y la América corporativa apoyaron la denominada Teoría Crítica?), una obra que todavía no dispone de una edición íntegra en castellano.

 

    El objetivo de esta entrevista ha sido trasladar al lector hispanohablante las tesis, argumentos y hallazgos fundamentales contenidos en la obra utilizando un formato periodístico que facilite su comprensión. Para ello, las respuestas han sido construidas como si fuera el propio libro quien respondiera a las preguntas. Esta decisión narrativa persigue un propósito muy concreto: permitir que las ideas centrales de la investigación aparezcan expuestas de forma clara, directa y accesible, sin las limitaciones propias del lenguaje académico.

 

   Conviene realizar una precisión importante. Las respuestas no constituyen opiniones del entrevistador ni interpretaciones libres ajenas al texto original. Tampoco pretenden sustituir la lectura de la obra. Su finalidad es reflejar con la máxima fidelidad posible el contenido desarrollado por Gabriel Rockhill a lo largo de su investigación. Cada respuesta ha sido elaborada a partir de los argumentos, datos, documentos y conclusiones que aparecen en el libro, integrando en un lenguaje periodístico los distintos elementos dispersos en la obra para ofrecer al lector una visión coherente de las tesis que contiene.

 

   Debe añadirse además una aclaración relevante. Esta primera entrevista no pretende abarcar la totalidad de una investigación extensa y compleja. Nos hemos limitado deliberadamente a uno de los personajes centrales analizados por Rockhill: el  conocido filósofo alemán Herbert Marcuse. A él dedica el autor algunos de los capítulos más sugestivos y polémicos de la obra.

 

    El propósito de esta conversación ha sido reconstruir, de la manera más fiel posible, la interpretación que el libro ofrece sobre su trayectoria intelectual, su papel durante la Guerra Fría, su probada pertenencia a la CIA,  su relación con la Escuela de Frankfurt y la influencia que ejerció sobre la cultura política occidental de la segunda mitad del siglo XX.

 

    El resultado es, por tanto, una entrevista temática centrada exclusivamente en Marcuse. Otras figuras, instituciones y debates fundamentales presentes en la investigación —la Escuela de Frankfurt en su conjunto, Theodor Adorno, Max Horkheimer, las grandes fundaciones privadas estadounidenses, la CIA o la batalla cultural de la Guerra Fría— requerirían entrevistas específicas para ser abordados con el mismo grado de detalle.

 

    La edición en castellano del libro de Gabriel Rockhill está prevista para finales del presente año, tanto en España como en diversos países de Latinoamérica. Hasta entonces, esta entrevista ofrece una primera aproximación a una obra que ha suscitado un intenso debate internacional y que cuestiona algunas de las interpretaciones más asentadas sobre la historia intelectual contemporánea.

 

   Más que un resumen, lo que el lector tiene ante sí es una reconstrucción periodística fiel de una parte sustancial del universo intelectual del libro. Una invitación a dialogar con una investigación que plantea preguntas incómodas sobre la relación entre ideas, poder, instituciones y producción cultural en el mundo occidental contemporáneo.

 

- LA ENTREVISTA

 

      ENTREVISTADOR: Empecemos por el principio. ¿De qué trata realmente  la  investigación que contienen tus páginas?

      RESPUESTA: El resultado de la  investigación de Rock que [Img #92613]contienen mis paginas,  parte de una pregunta aparentemente sencilla, pero con enormes implicaciones históricas: ¿cómo se construye la influencia intelectual?

    A menudo se cuenta la historia de las ideas como una sucesión de grandes autores y grandes obras. Sin embargo, yo intento mirar más allá de los textos para examinar las condiciones que permitieron que determinadas corrientes de pensamiento llegaran a alcanzar en el mundo una influencia extraordinaria.

    Me interesa comprender cómo determinadas ideas llegan a convertirse en referencias obligadas para generaciones enteras. Para ello no basta con estudiar a los autores; también hay que analizar las instituciones que difundieron sus obras, las universidades que les otorgaron prestigio, las fundaciones que financiaron proyectos culturales, las editoriales que publicaron sus trabajos y las redes intelectuales que amplificaron su voz.

    La Guerra Fría constituye el escenario fundamental de esta investigación. Fue una época en la que las ideas eran consideradas instrumentos estratégicos. No sólo se disputaban territorios y mercados; también se disputaban interpretaciones del mundo. El objetivo de mis paginas es explorar precisamente esa relación entre pensamiento, poder e influencia cultural.

 

 

    ENTREVISTADOR: El título de tu obra plantea una cuestión provocadora: ¿quién pagó a los “flautistas” del asi llamado marxismo occidental? ¿Qué quieres decir con ello?

   RESPUESTA: No pretendo insinuar que los intelectuales fueran simples marionetas dirigidas por poderes ocultos. La cuestión es bastante más compleja. Lo que me interesa investigar es cómo determinadas corrientes intelectuales lograron una enorme capacidad de difusión dentro de las principales instituciones culturales occidentales.

  Las ideas nunca circulan solas. Siempre necesitan universidades, fundaciones, revistas, editoriales, congresos y redes académicas que las hagan visibles. Por eso mi pregunta no es únicamente quién escribió determinadas teorías, sino quién ayudó a construir el escenario desde el que esas teorías alcanzaron una influencia mundial.

    La Guerra Fría fue también una batalla cultural. Muchas instituciones comprendieron que la producción intelectual tenía una importancia estratégica. Mi investigación intenta reconstruir ese entramado para entender cómo ciertas formas de crítica adquirieron una enorme legitimidad mientras otras permanecieron en posiciones mucho más marginales.

 

 

   ENTREVISTADOR: ¿Por qué decidiste centrarte específicamente en el marxismo occidental?

   RESPUESTA: Porque se convirtió en una de las corrientes intelectuales más influyentes del siglo XX y, sin embargo, rara vez se estudian las condiciones históricas que hicieron posible su ascenso.

   Durante décadas fue presentado como la expresión más sofisticada y avanzada del pensamiento marxista. En muchas universidades llegó a identificarse casi automáticamente con el marxismo en general. Esa identificación le parecion a mi autor  llamativa y creyó que  merecía una investigación más profunda.

   Además, observó una paradoja interesante. Mientras gran parte de esta tradición mantenía una distancia crítica respecto a los partidos comunistas, los movimientos revolucionarios y las experiencias socialistas realmente existentes, al mismo tiempo adquiría una enorme legitimidad dentro de las instituciones académicas y culturales occidentales. Su  interés consistió precisamente en comprender cómo se produjo ese proceso y qué factores históricos contribuyeron a él.

 

 

      ENTREVISTADOR: Para quienes no estén familiarizados con el concepto, ¿qué entiendes exactamente por “marxismo occidental”?

   RESPUESTA: El término suele utilizarse para describir una corriente intelectual desarrollada principalmente en Europa occidental y Norteamérica durante el siglo XX. Sus principales representantes dedicaron gran parte de su trabajo a la filosofía, la cultura, la psicología, la crítica social y el estudio de los mecanismos de dominación presentes en las sociedades modernas.

  Sin embargo, lo que trató mi autor fue ir más allá de una simple definición académica. Lo que le interesó realmente fue  señalar una característica fundamental: mientras otras tradiciones inspiradas en Marx estaban vinculadas a revoluciones, movimientos de liberación nacional o procesos de transformación política concretos, buena parte del marxismo occidental fue desplazando progresivamente su atención hacia la teoría, la cultura y la crítica de la conciencia.

   Según la interpretación que se desarrolla en mis paginas, este desplazamiento terminó convirtiéndose en uno de sus rasgos más distintivos. Por eso me pregunto cómo y por qué esta forma tan particular de entender la crítica social alcanzó una posición tan influyente dentro de la cultura occidental.

 

 

  ENTREVISTADOR: En tu investigación aparece constantemente el nombre de Herbert Marcuse. ¿Quién era realmente?

    RESPUESTA: Herbert Marcuse es una figura fascinante porque concentra muchas de las tensiones y contradicciones del siglo XX. Habitualmente se le recuerda como el filósofo de la rebelión estudiantil, como una de las grandes referencias intelectuales de los años sesenta. Esa imagen tiene fundamento, pero es sólo una parte de la historia.

    Marcuse nació en Alemania y vivió algunas de las grandes tragedias de su tiempo: el ascenso del nazismo, el exilio y la reconstrucción del mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial. Como muchos otros intelectuales europeos, terminó instalándose en Estados Unidos, donde desarrolló la mayor parte de su carrera.

     Lo que me interesa especialmente es que su trayectoria atraviesa espacios muy distintos: organismos estatales, universidades, centros de investigación y movimientos de protesta. Su vida permite observar cómo se entrecruzan la teoría crítica, la política internacional, la Guerra Fría y la construcción del prestigio intelectual.

 

 

    ENTREVISTADOR: Una de las cuestiones más sorprendentes de tu relato es su paso por organismos estatales estadounidenses. ¿Qué papel desempeñó allí?

     RESPUESTA: Durante la II Guerra Mundial, Marcuse trabajó para la Oficina de Servicios Estratégicos, la OSS, organismo que posteriormente daría origen a la CIA. Allí participó en tareas de análisis político relacionadas con Alemania y con la evolución de Europa.

    Después de la guerra continuó realizando trabajos de investigación y análisis vinculados a instituciones estatales interesadas en comprender la situación internacional y la evolución del bloque soviético.

    Ahora bien, para mí lo importante no es simplemente constatar ese hecho biográfico. Lo relevante es comprender cómo esa experiencia le permitió adquirir un conocimiento profundo de los mecanismos del poder internacional y de la confrontación ideológica propia de la Guerra Fría.

    Cuando se estudia su trayectoria completa, resulta evidente que no existen dos vidas separadas —la del funcionario y la del intelectual— sino un recorrido continuo que atraviesa distintos espacios institucionales.

 

 

    ENTREVISTADOR: ¿Cómo se produce entonces la transformación que lo convierte en símbolo de la contestación juvenil?

    RESPUESTA: La transformación fue mucho más gradual de lo que suele pensarse. Tras abandonar sus funciones gubernamentales, Marcuse se integró plenamente en el mundo universitario. Allí desarrolló las obras que acabarían otorgándole notoriedad internacional.

    Sus escritos ofrecían una crítica muy dura de las sociedades industriales avanzadas. Argumentaba que habían desarrollado mecanismos capaces de integrar el descontento y neutralizar buena parte de la oposición social. Esta interpretación encontró un eco extraordinario entre los jóvenes que, durante los años sesenta, empezaban a cuestionar el orden existente.

    Marcuse proporcionó una explicación del malestar que muchos experimentaban. Les ofreció un lenguaje para interpretar fenómenos como el consumismo, el conformismo, la manipulación cultural o la integración de la protesta dentro del propio sistema.

    Por eso mismo pasó de ser un profesor conocido en ámbitos académicos a convertirse en una referencia internacional para toda una generación.

 

 

     ENTREVISTADOR: ¿Qué ofrecía exactamente a aquellos jóvenes que no encontraban en otros pensadores?

    RESPUESTA: Les ofrecía una nueva forma de entender la dominaciónLas generaciones anteriores habían centrado buena parte de sus análisis en la economía, las clases sociales o las instituciones políticas. Marcuse sostenía que las sociedades modernas habían desarrollado formas de control mucho más sutiles. Según él, las personas podían sentirse libres mientras permanecían atrapadas dentro de sistemas que moldeaban sus necesidades, deseos y formas de pensar.

   Además, amplió el concepto tradicional de sujeto transformador. Mientras otras corrientes otorgaban un papel central a la clase trabajadora organizada, Marcuse comenzó a prestar atención a estudiantes, minorías discriminadas, grupos marginados y movimientos culturales emergentes.

   Aquella ampliación del campo de la crítica tuvo un enorme impacto. Muchos jóvenes se reconocieron en ese diagnóstico y encontraron en él una legitimación intelectual de sus propias experiencias.

 

 

    ENTREVISTADOR: ¿Cuál dirías que fue el momento decisivo de su carrera?

   RESPUESTA: Sin duda, la década de 1960.  No porque entonces elaborara sus ideas fundamentales, sino porque se produjo un encuentro excepcional entre una obra intelectual y una coyuntura histórica. Millones de jóvenes llegaban a las universidades, crecían las protestas contra la guerra de Vietnam, se desarrollaban luchas por los derechos civiles y aparecían nuevas formas de contestación cultural.

    Las ideas de Marcuse encontraron un público extraordinariamente receptivo. Sus análisis parecían describir con precisión las inquietudes de una generación que buscaba nuevas formas de comprender la realidad.

    Pero lo más importante es que su éxito no representó únicamente el triunfo de un autor. Representó el triunfo de una determinada manera de entender la crítica social, una manera que concedía una importancia creciente a la cultura, los medios de comunicación, la conciencia y la vida cotidiana.

 

 

     ENTREVISTADOR: A medida que avanzabas en tu investigación, ¿cuál fue el principal malentendido que detectaste sobre Marcuse?

    RESPUESTA: El mayor error consiste en reducirlo al filósofo de las revueltas estudiantiles. Esa imagen existe, pero oculta buena parte de su trayectoria histórica. Antes de convertirse en icono de la protesta juvenil, había trabajado para organismos estatales nada inocentes, había desarrollado una larga carrera académica y había participado en algunos de los debates fundamentales de la Guerra Fría.

     También considero insuficiente presentarlo simplemente como un revolucionario o, por el contrario, como un producto de las instituciones en las que trabajó. Ambas interpretaciones simplifican excesivamente una figura mucho más compleja.

    Marcuse fue importante porque contribuyó a redefinir qué significaba ser crítico y radical en el mundo occidental de la segunda mitad del siglo XX.

 

 

     ENTREVISTADOR: Después de todo lo investigado, ¿consideras que fue un pensador revolucionario o una figura funcional al sistema que criticaba?

   RESPUESTA: Ésa es precisamente la pregunta que intento dejar abierta. Marcuse resulta demasiado crítico con las sociedades capitalistas occidentales para ser considerado un defensor del orden existente. Pero también mantiene una distancia considerable respecto a muchas experiencias revolucionarias y proyectos socialistas de su tiempo.

     El interés  de mi autor no consistío en clasificarlo moralmente. Lo que intentó fue analizar los efectos históricos de sus ideas. Y ahí aparece una cuestión fundamental: la forma de crítica que ayudó a desarrollar encontró una extraordinaria capacidad de expansión dentro de universidades, editoriales, fundaciones y espacios culturales occidentales. Mientras otras corrientes estaban vinculadas a proyectos políticos concretos, la crítica marcusiana se desplazaba cada vez más hacia la cultura, la subjetividad y la conciencia.

    La pregunta que propongo al lector es sencilla y, al mismo tiempo, profundamente incómoda: ¿qué formas de radicalismo resultaron más compatibles con las instituciones dominantes de Occidente durante la Guerra Fría?

 

 

    ENTREVISTADOR: Para terminar, ¿por qué sigue siendo importante Herbert Marcuse hoy?

   RESPUESTA: Pues porque su historia nos obliga a reflexionar sobre cuestiones que siguen plenamente vigentes. Marcuse fue mucho más que un filósofo famoso. Su trayectoria atraviesa algunos de los grandes procesos históricos del siglo XX: el exilio provocado por el fascismo, la Segunda Guerra Mundial, la expansión del poder estadounidense, la Guerra Fría, la universidad moderna y las nuevas formas de protesta cultural.

     Pero su importancia actual no reside únicamente en su biografía. Lo fundamental es que representa una transformación histórica más amplia. A través de él podemos observar cómo una parte significativa de la crítica occidental desplazó su atención desde los grandes conflictos políticos y económicos hacia la cultura, la conciencia, la identidad y la vida cotidiana.

    Por esa razón no invito al lector ni a admirarlo ni a condenarlo. Lo invito a preguntarse algo más profundo: ¿quién decide qué ideas serán consideradas críticas?, ¿qué voces serán amplificadas?, ¿qué formas de oposición llegarán a convertirse en el lenguaje dominante de una época?

  Marcuse fue una de las respuestas que el siglo XX ofreció a esas preguntas. Comprender su trayectoria significa comprender una parte esencial de la historia intelectual contemporánea.

 

 

     ENTREVISTADOR: Si tuvieras que definirlo en una sola frase, ¿cuál sería?

     RESPUESTA: Herbert Marcuse fue el intelectual que ayudó a trasladar la batalla por la transformación social desde la fábrica y el Estado hacia la cultura, la conciencia y la vida cotidiana. Y comprender cómo se produjo ese desplazamiento es, precisamente, el objetivo central de mi investigación

 

 

 

 
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