"LA REVOLUCIÓN SIN SOBRESALTOS": EL EXTRAÑO SOCIALISMO QUE NO QUITA EL SUEÑO AL IBEX 35
Marx levanta la ceja: crónica de una extraña confusión política
En los últimos años se ha extendido una curiosa tendencia política e intelectual: otorgar el calificativo de "socialista" a gobiernos que, aunque aplican determinadas medidas sociales o utilizan una retórica progresista, mantienen intactos los fundamentos esenciales del sistema económico vigente. Este artículo analiza, con una mirada irónica y crítica, hasta qué punto el uso indiscriminado del término está vaciando de contenido un concepto que históricamente implicaba profundas transformaciones económicas y sociales.
POR MÁXIMO RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Se está produciendo en nuestros días un fenómeno realmente fascinante: la extraordinaria prodigalidad con la que algunos se han dedicado a repartir certificados de "socialismo".
Hasta no hace muchas décadas, para obtener semejante acreditación era necesario expropiar grandes medios de producción, transformar radicalmente las relaciones económicas o, como mínimo, hacer que algún multimillonario sufriera una ligera taquicardia.
Hoy parece bastar con anunciar algunas ayudas sociales o utilizar con frecuencia palabras como "pueblo", "derechos" o "transformación" para ser merecedor de ese calificativo.
Eso es lo que ha sucedido con la conocida publicación socialdemócrata británica CounterPunch, que según hemos sabido ha descrito a los gobiernos mexicanos de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y Claudia Sheinbaum como genuinos representantes del "socialismo con características mexicanas".
No obstante, antes de continuar con nuestras cavilaciones, convendría hacer una pequeña pausa pedagógica.
AMLO, presidente mexicano entre 2018 y 2024, llegó al poder al frente
de Morena (Movimiento Regeneración Nacional), prometiendo combatir la corrupción y priorizar a los sectores más desfavorecidos. Claudia Sheinbaum, su sucesora política, continúa ahora buena parte de ese proyecto. Ambos han impulsado programas sociales, incrementado el salario mínimo y han hecho uso frecuente de una retórica orientada hacia la justicia social.
Hasta aquí, todo perfecto. El problema surge cuando algunos desatinados analistas han concluido que este tipo de políticas equivalen automáticamente a "socialismo". Tamaña afirmación viene a ser equivalente a decir que alguien que sale a correr los domingos estaría en condiciones de clasificarse para los Juegos Olímpicos.
¿Por qué? Pues por razones muy obvias y simples. Porque, simultáneamente a la modesta subida salarial y a los cambios en la retórica política presidencial, México continúa siendo una economía capitalista, donde los principales grupos empresariales mantienen intactos su poder e influencia.
Y es aquí donde entra en escena Carlos Slim, empresario mexicano,
íntimo patrón y amigo del ex presidente Felipe González Márquez , y uno de los personajes más ricos del planeta. Su fortuna supera ampliamente los cien mil millones de dólares. Según diversos medios, Slim ha declarado sentirse muy cómodo con la situación política en su país, destacando asimismo la existencia en México de una envidiable "paz social".
Cuando uno escucha este tipo de rotundas afirmaciones venidas de quien vienen, quizá sea razonable comenzar a preguntarse si nos encontramos ante una revolución socialista o simplemente ante una gestión del capitalismo especialmente estable.
"SOCIALISMO CON CARACTERÍSTICAS MEXICANAS"
Pero la cuestión se torna más interesante cuando, traído de la mano de la revista británica citada, aparece mágicamente el concepto de "socialismo con características mexicanas".
La expresión nos recuerda inevitablemente al famoso "socialismo con características chinas", una fórmula popularizada durante la etapa de Deng Xiaoping. Conviene recordar a los lectores quién fue Deng: el
dirigente chino que impulsó la apertura económica de China al sistema capitalista, esgrimiendo aquella famosa frase de "no importa si el gato es blanco o negro, mientras cace ratones", que sintetizaba un enfoque tan extraordinariamente pragmático que no encajaba ni con calzador en los principios ideológicos que el propio Deng Xiaoping alegaba defender.
Sus detractores, tanto dentro como fuera de China, sostienen que aquella etapa representó una restauración progresiva de mecanismos capitalistas en ese país. Sus partidarios, en cambio, argumentan que se trató de una adaptación necesaria para desarrollar las fuerzas productivas.
A la postre, lo que sí quedó fuera de toda duda es que no solo se desarrollaron espectacularmente las fuerzas productivas chinas gracias a la llegada masiva de capitales internacionales. Las grandes multinacionales descubrieron en China su paraíso soñado: un inmenso mercado de inversión acompañado de una vasta reserva de mano de obra ultrabarata.
Y como si del efecto de los vasos comunicantes se tratara, simultáneamente el número de multimillonarios chinos creció exponencialmente hasta colocar al país en el segundo lugar del ranking mundial, solo superado por los propios Estados Unidos. Una curiosa forma de socialismo que, al menos, parece haber resultado extraordinariamente eficaz en la producción de grandes fortunas.
Pero, independientemente de todo ello, intentar trasladar automáticamente ese concepto a México resulta tan peculiar como intentar describir un Seat Ibiza como un Ferrari con características mediterráneas. Ambos tienen ruedas, en efecto, pero la comparación tiene sus límites.
Todas estas reflexiones nos empujan a formular una pregunta crucial: ¿debemos considerar socialista cualquier gobierno que implemente políticas redistributivas dentro del sistema capitalista?
"¿UN SOCIALISMO CON CARACTERÍSTICAS ESPAÑOLAS?"
La cuestión es que, si aceptáramos esta lógica de la revista CounterPunch, con toda legitimidad podríamos comenzar a hablar igualmente del "socialismo con características españolas".
Al fin y al cabo, los gobiernos encabezados por Pedro Sánchez —secretario general del PSOE y presidente del Gobierno español desde 2018— y Yolanda Díaz —líder de la formación Sumar y ministra de Trabajo— han impulsado modestísimos aumentos del salario mínimo, variopintas reformas laborales y otras medidas sociales de segundo orden e importancia.
Sin embargo, España continúa integrada plenamente en la Unión Europea, la OTAN y una economía basada fundamentalmente en relaciones capitalistas tradicionales. Las grandes entidades financieras siguen siendo grandes entidades financieras. El IBEX 35 continúa existiendo. Y Amancio Ortega no parece especialmente atribulado por la inminente socialización de su empresa, Inditex.
Esto no significa que las reformas aludidas carezcan de valor alguno. Para millones de personas pueden representar mejoras reales, aunque notoriamente insuficientes. La cuestión es otra: ¿equivalen esas reformas a una transformación socialista de la sociedad?
Porque, si cualquier intento de retocar parcialmente la faz horripilante del sistema capitalista recibe automáticamente la etiqueta de socialismo, el concepto termina perdiendo la más mínima utilidad analítica. Sería algo así como llamar "alta cocina" a cualquier plato que incluya perejil.
Quizá el verdadero desafío consista precisamente en distinguir entre reformas destinadas a atenuar levemente algunos de los males del sistema, y proyectos orientados a transformar profundamente las estructuras económicas y sociales.
No hacerlo nos conduciría a una situación curiosa: el socialismo dejaría de ser un concepto político relativamente preciso para convertirse en una especie de camiseta ideológica de talla única. Y, como ocurre con todas las tallas únicas, acabaría ajustándose perfectamente a muy pocos y resultando sorprendentemente incómoda para casi todos los demás.
Tal vez por eso uno está casi seguro de que Karl Marx no encontraría especialmente divertido este panorama conceptual que pretenden endilgarnos los profusos y difusos reformistas del siglo XXI. Aunque, siendo sinceros, en el fondo también podría intuirse que "El Moro", dada su proverbial tendencia a las reflexiones cáusticas, probablemente tampoco podría resistirse a escribir alguna ironía sobre esta insólita ocurrencia de llamar vino a algo que no ha dejado de ser más que agua sin destilar.
POR MÁXIMO RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Se está produciendo en nuestros días un fenómeno realmente fascinante: la extraordinaria prodigalidad con la que algunos se han dedicado a repartir certificados de "socialismo".
Hasta no hace muchas décadas, para obtener semejante acreditación era necesario expropiar grandes medios de producción, transformar radicalmente las relaciones económicas o, como mínimo, hacer que algún multimillonario sufriera una ligera taquicardia.
Hoy parece bastar con anunciar algunas ayudas sociales o utilizar con frecuencia palabras como "pueblo", "derechos" o "transformación" para ser merecedor de ese calificativo.
Eso es lo que ha sucedido con la conocida publicación socialdemócrata británica CounterPunch, que según hemos sabido ha descrito a los gobiernos mexicanos de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y Claudia Sheinbaum como genuinos representantes del "socialismo con características mexicanas".
No obstante, antes de continuar con nuestras cavilaciones, convendría hacer una pequeña pausa pedagógica.
AMLO, presidente mexicano entre 2018 y 2024, llegó al poder al frente
de Morena (Movimiento Regeneración Nacional), prometiendo combatir la corrupción y priorizar a los sectores más desfavorecidos. Claudia Sheinbaum, su sucesora política, continúa ahora buena parte de ese proyecto. Ambos han impulsado programas sociales, incrementado el salario mínimo y han hecho uso frecuente de una retórica orientada hacia la justicia social.
Hasta aquí, todo perfecto. El problema surge cuando algunos desatinados analistas han concluido que este tipo de políticas equivalen automáticamente a "socialismo". Tamaña afirmación viene a ser equivalente a decir que alguien que sale a correr los domingos estaría en condiciones de clasificarse para los Juegos Olímpicos.
¿Por qué? Pues por razones muy obvias y simples. Porque, simultáneamente a la modesta subida salarial y a los cambios en la retórica política presidencial, México continúa siendo una economía capitalista, donde los principales grupos empresariales mantienen intactos su poder e influencia.
Y es aquí donde entra en escena Carlos Slim, empresario mexicano,
íntimo patrón y amigo del ex presidente Felipe González Márquez , y uno de los personajes más ricos del planeta. Su fortuna supera ampliamente los cien mil millones de dólares. Según diversos medios, Slim ha declarado sentirse muy cómodo con la situación política en su país, destacando asimismo la existencia en México de una envidiable "paz social".
Cuando uno escucha este tipo de rotundas afirmaciones venidas de quien vienen, quizá sea razonable comenzar a preguntarse si nos encontramos ante una revolución socialista o simplemente ante una gestión del capitalismo especialmente estable.
"SOCIALISMO CON CARACTERÍSTICAS MEXICANAS"
Pero la cuestión se torna más interesante cuando, traído de la mano de la revista británica citada, aparece mágicamente el concepto de "socialismo con características mexicanas".
La expresión nos recuerda inevitablemente al famoso "socialismo con características chinas", una fórmula popularizada durante la etapa de Deng Xiaoping. Conviene recordar a los lectores quién fue Deng: el
dirigente chino que impulsó la apertura económica de China al sistema capitalista, esgrimiendo aquella famosa frase de "no importa si el gato es blanco o negro, mientras cace ratones", que sintetizaba un enfoque tan extraordinariamente pragmático que no encajaba ni con calzador en los principios ideológicos que el propio Deng Xiaoping alegaba defender.
Sus detractores, tanto dentro como fuera de China, sostienen que aquella etapa representó una restauración progresiva de mecanismos capitalistas en ese país. Sus partidarios, en cambio, argumentan que se trató de una adaptación necesaria para desarrollar las fuerzas productivas.
A la postre, lo que sí quedó fuera de toda duda es que no solo se desarrollaron espectacularmente las fuerzas productivas chinas gracias a la llegada masiva de capitales internacionales. Las grandes multinacionales descubrieron en China su paraíso soñado: un inmenso mercado de inversión acompañado de una vasta reserva de mano de obra ultrabarata.
Y como si del efecto de los vasos comunicantes se tratara, simultáneamente el número de multimillonarios chinos creció exponencialmente hasta colocar al país en el segundo lugar del ranking mundial, solo superado por los propios Estados Unidos. Una curiosa forma de socialismo que, al menos, parece haber resultado extraordinariamente eficaz en la producción de grandes fortunas.
Pero, independientemente de todo ello, intentar trasladar automáticamente ese concepto a México resulta tan peculiar como intentar describir un Seat Ibiza como un Ferrari con características mediterráneas. Ambos tienen ruedas, en efecto, pero la comparación tiene sus límites.
Todas estas reflexiones nos empujan a formular una pregunta crucial: ¿debemos considerar socialista cualquier gobierno que implemente políticas redistributivas dentro del sistema capitalista?
"¿UN SOCIALISMO CON CARACTERÍSTICAS ESPAÑOLAS?"
La cuestión es que, si aceptáramos esta lógica de la revista CounterPunch, con toda legitimidad podríamos comenzar a hablar igualmente del "socialismo con características españolas".
Al fin y al cabo, los gobiernos encabezados por Pedro Sánchez —secretario general del PSOE y presidente del Gobierno español desde 2018— y Yolanda Díaz —líder de la formación Sumar y ministra de Trabajo— han impulsado modestísimos aumentos del salario mínimo, variopintas reformas laborales y otras medidas sociales de segundo orden e importancia.
Sin embargo, España continúa integrada plenamente en la Unión Europea, la OTAN y una economía basada fundamentalmente en relaciones capitalistas tradicionales. Las grandes entidades financieras siguen siendo grandes entidades financieras. El IBEX 35 continúa existiendo. Y Amancio Ortega no parece especialmente atribulado por la inminente socialización de su empresa, Inditex.
Esto no significa que las reformas aludidas carezcan de valor alguno. Para millones de personas pueden representar mejoras reales, aunque notoriamente insuficientes. La cuestión es otra: ¿equivalen esas reformas a una transformación socialista de la sociedad?
Porque, si cualquier intento de retocar parcialmente la faz horripilante del sistema capitalista recibe automáticamente la etiqueta de socialismo, el concepto termina perdiendo la más mínima utilidad analítica. Sería algo así como llamar "alta cocina" a cualquier plato que incluya perejil.
Quizá el verdadero desafío consista precisamente en distinguir entre reformas destinadas a atenuar levemente algunos de los males del sistema, y proyectos orientados a transformar profundamente las estructuras económicas y sociales.
No hacerlo nos conduciría a una situación curiosa: el socialismo dejaría de ser un concepto político relativamente preciso para convertirse en una especie de camiseta ideológica de talla única. Y, como ocurre con todas las tallas únicas, acabaría ajustándose perfectamente a muy pocos y resultando sorprendentemente incómoda para casi todos los demás.
Tal vez por eso uno está casi seguro de que Karl Marx no encontraría especialmente divertido este panorama conceptual que pretenden endilgarnos los profusos y difusos reformistas del siglo XXI. Aunque, siendo sinceros, en el fondo también podría intuirse que "El Moro", dada su proverbial tendencia a las reflexiones cáusticas, probablemente tampoco podría resistirse a escribir alguna ironía sobre esta insólita ocurrencia de llamar vino a algo que no ha dejado de ser más que agua sin destilar.



























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.227