Martes, 16 de Junio de 2026

Actualizada

Martes, 16 de Junio de 2026 a las 10:32:16 horas

| 65
Lunes, 27 de Octubre de 2025 Tiempo de lectura:

PENTÁGONOLANDIA: UN PARQUE TEMÁTICO DONDE LOS MISILES NUNCA TIENEN RECORTES

Trump exige la friolera de otros 350.000 millones para Defensa

Mientras escuelas, hospitales y programas sociales deben aprender el noble arte de "hacer más con menos", el gasto militar estadounidense vuelve a demostrar que existe una categoría económica superior: aquella donde los billones de dólares dejan de ser cifras y se convierten en simples detalles administrativos. Donald Trump ha solicitado otros 350.000 millones de dólares para el Pentágono, porque aparentemente la mayor maquinaria militar del planeta aún corría el riesgo de quedarse sin combustible para salvar al mundo... de sí mismo.

 

POR ADAY QUESADA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

    Cuando una familia estadounidense no puede pagar una [Img #92485]factura médica, suele recibir consejos sobre responsabilidad fiscal. Cuando millones de personas tienen dificultades para [Img #92461]acceder a una vivienda digna, aparecen expertos explicando la necesidad de "contención presupuestaria". Pero cuando el Pentágono llama a la puerta del Tesoro, la conversación adquiere un tono completamente diferente:

—¿Cuánto necesitan?

—Mucho.

—¿Cuánto es mucho?

—Más.

 

    Y así nace la política económica más estable de Estados Unidos: el keynesianismo militar.

 

    Donald Trump ha propuesto añadir otros 350.000 millones de dólares al presupuesto de Defensa, elevando el gasto militar hasta la modesta cifra de 1,5 billones de dólares.

 

    La justificación oficial incluye nuevos sistemas antimisiles, superioridad aérea, dominio espacial y una "Golden Fleet" prácticamente invencible. Porque si algo ha enseñado la historia es que ningún imperio ha considerado jamás que ya disponía de suficientes armas.

 

   El ciudadano medio podría cometer el error de pensar que, con semejantes cantidades, quizá sería posible resolver pequeños problemas secundarios como la pobreza infantil, el acceso universal a la sanidad o la crisis de vivienda. Pero ese razonamiento revela una peligrosa falta de comprensión sobre las prioridades estratégicas modernas.

 

Un misil hipersónico siempre resulta más urgente que un comedor escolar.

 

   La paradoja es fascinante desde el punto de vista pedagógico. Los mismos dirigentes que exigen austeridad en numerosos ámbitos públicos descubren una creatividad financiera ilimitada cuando se trata del complejo militar-industrial. El déficit es una amenaza existencial cuando lo que se financia son programas sociales, pero son una inversión patriótica cuando financia nuevos sistemas de armamento.

 

   La industria militar ha conseguido además una hazaña extraordinaria: presentar el gasto bélico no como un coste, sino como una virtud moral. Cuestionar un nuevo aumento presupuestario puede interpretarse casi como una muestra de irresponsabilidad nacional. Después de todo, ¿quién podría oponerse a la seguridad? La verdadera discusión —qué entendemos exactamente por seguridad— queda cuidadosamente aparcada fuera del debate.

 

    ¿Es más segura una sociedad con miles de millones adicionales en armamento pero con millones de ciudadanos sin cobertura sanitaria adecuada? ¿Aumenta la estabilidad global una carrera permanente por la superioridad militar? ¿Existe algún punto en el que la acumulación de capacidad destructiva sea considerada suficiente?

 

   Estas preguntas suelen resultar incómodas porque desplazan el foco desde los enemigos externos hacia las prioridades internas.

 

    La pedagogía política de este episodio es clara: los presupuestos nunca son neutrales. Constituyen declaraciones explícitas sobre qué considera importante una sociedad. Cada euro, dólar o libra asignado refleja una jerarquía de valores.

 

   Cuando se afirma que "no hay dinero" para determinadas necesidades sociales, conviene completar la frase: no hay dinero para eso.

 

    Porque, como demuestra periódicamente el Pentágono, siempre hay dinero para aquello que el poder considera verdaderamente prioritario.

 

   Y quizá esa sea la lección más perturbadora de todas. El problema nunca ha sido la escasez absoluta de recursos. El verdadero debate gira alrededor de quién decide dónde deben dirigirse y qué modelo de sociedad se pretende construir.

 

   Mientras tanto, en Pentágonolandia, la atracción estrella continúa funcionando sin interrupciones: la montaña rusa presupuestaria donde las cifras dejan de tener significado y los billones se convierten simplemente en el precio de la entrada.

Comentarios Comentar esta noticia
Comentar esta noticia
CAPTCHA

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.247

Todavía no hay comentarios

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.