"¡TRAICIÓN EN LA CORTE DE DONALD TRUMP!", DENUNCIA DONALD TRUMP
Sus viejos escuderos mediáticos e ideológicos se revuelven contra él mientras Washington se enreda en una nueva crisis exterior.
Durante años defendieron cada gesto, cada consigna y cada batalla de Donald Trump. Pero la confrontación con Irán ha cambiado el tablero. Carlson y Bannon ya no callan, y su ruptura amenaza con desatar una guerra interna en la derecha estadounidense.
VICTORIA MARTÍNEZ DESDE MÉXICO PARA CANARIAS SEMANAL
Durante años se repitió la idea de que Donald Trump había
logrado algo que pocos dirigentes estadounidenses consiguieron en tiempos recientes: construir a su alrededor un ecosistema de fidelidades casi blindado. No era solo un partido, ni únicamente una candidatura, ni siquiera una corriente ideológica coherente.
Era una mezcla de liderazgo carismático, espectáculo permanente, resentimiento social canalizado y una red de comentaristas, estrategas y agitadores dispuestos a sostener cada giro del líder como si se tratara de una verdad revelada. Mientras los republicanos tradicionales dudaban, ellos cerraban filas. Mientras la prensa liberal denunciaba excesos, ellos gritaban persecución. Mientras se acumulaban escándalos, ellos respondían con una nueva ofensiva cultural.
![[Img #91235]](https://canarias-semanal.org/upload/images/04_2026/8448_castino.jpg)
Sin embargo, hasta los sistemas construidos sobre la lealtad personal contienen un defecto de fábrica: cuando el líder contradice la razón misma por la que fue apoyado, aparecen las grietas.
Eso es lo que parece estar ocurriendo ahora con la crisis derivada de la confrontación con Irán. La decisión de embarcarse en una escalada militar ha provocado un fenómeno políticamente explosivo: voces que fueron centrales en la construcción del trumpismo han comenzado a tomar distancia. Y no se trata de figuras marginales. Hablamos de Tucker Carlson y Steve Bannon, dos nombres que, cada uno a su manera, ayudaron decisivamente a levantar el edificio MAGA.
Tucker Carlson: el predicador arrepentido
La desavenencia con Tucker Carlson tiene una carga simbólica enorme. Carlson fue durante años mucho más que un presentador conservador. Desde su tribuna mediática se convirtió en uno de los grandes legitimadores del trumpismo cultural: nacionalismo económico, crítica a las élites globalistas, rechazo a las aventuras militares y defensa de una América que decía haber sido abandonada por Washington. Su audiencia no solo escuchaba opiniones; recibía una interpretación total de la realidad.
Justamente por eso, su distanciamiento resulta tan significativo. La escalada con Irán fue presentada por Carlson como una ruptura con el principio de “America First”, entendido por buena parte de la base como rechazo a nuevas guerras lejanas. En recientes intervenciones, el comentarista llegó a lamentar públicamente haber contribuido al ascenso político de Trump, afirmando que esa decisión le perseguirá moralmente. No es una frase cualquiera. Es la clase de confesión que erosiona la mística de un movimiento basado en la convicción de haber tenido siempre razón.
Trump respondió del modo habitual: descalificación inmediata, acusaciones de deslealtad y la insinuación de que Carlson ya no representa al verdadero movimiento. La escena tiene algo de tragicomedia clásica. El hombre que fue aplaudido por repetir el credo oficial pasa en pocas horas a ser presentado como impostor. En el universo trumpista, la herejía comienza justo cuando se discrepa del jefe.
Bannon: el estratega que detecta el peligro
Si Carlson expresa la fractura mediática, Steve Bannon encarna una ruptura más profunda: la estratégica e ideológica. Bannon no fue un mero acompañante. Fue uno de los cerebros que en 2016 ayudó a convertir una candidatura extravagante en una insurgencia populista con relato propio. Supo unir nacionalismo, guerra cultural, crítica a la globalización y resentimiento de clase blanca desindustrializada bajo una sola bandera.
Precisamente por eso, comprende mejor que muchos dónde reside el combustible original del trumpismo. Ese combustible no era el intervencionismo militar. Era más bien lo contrario: la promesa de poner fin a las guerras costosas que enriquecían contratistas mientras vaciaban pueblos enteros del interior estadounidense. Por ello, Bannon habría mostrado fuertes reservas ante una confrontación con Irán y advertido del error de repetir viejos patrones de Washington.
Bannon no necesita convertirse en pacifista para detectar el riesgo. Le basta con leer el mapa electoral. Sabe que millones de votantes aceptan dureza fronteriza, proteccionismo y mano dura interna, pero no necesariamente desean funerales militares, petróleo caro y otro conflicto sin horizonte claro. Su discrepancia no nace del humanitarismo, sino del cálculo político. Y en política, eso suele ser aún más serio.
Por qué estalla la crisis ahora
Las rupturas personales rara vez explican por sí solas un terremoto político. Lo que estamos viendo responde a contradicciones acumuladas que la crisis con Irán simplemente ha hecho visibles.
Trump construyó gran parte de su atractivo denunciando los errores de Irak y Afganistán. Se presentó como el hombre capaz de defender la fuerza estadounidense sin caer en guerras interminables. Era una fórmula rentable: patriotismo sin sacrificios prolongados. La escalada actual rompe ese equilibrio narrativo. De repente, el presidente que prometía terminar con el viejo guion parece interpretarlo otra vez.
A ello se suma un factor elemental: la economía cotidiana. Toda tensión seria en Oriente Medio repercute en mercados energéticos, costes logísticos, inflación y nerviosismo financiero. Cuando suben los combustibles, el votante medio recuerda menos los discursos heroicos y más el precio que marca el surtidor. Las primeras señales de desgaste en la opinión pública ya han sido recogidas por diversos medios internacionales.
Existe además una cuestión generacional dentro del propio trumpismo. Muchos de sus cuadros y comunicadores empiezan a pensar en el futuro. Si el movimiento depende por completo de Trump, envejece con él. Si logra emanciparse parcialmente, puede aspirar a una segunda vida. Carlson, Bannon y otros parecen moverse también en ese horizonte.
El trumpismo contra Trump
Lo verdaderamente llamativo de la situación es que la crítica no procede del liberalismo clásico, ni del Partido Demócrata, ni de viejos neoconservadores. Procede de sectores que reivindican ser más fieles al trumpismo original que el propio Trump. Ese matiz es crucial.
No dicen simplemente que Trump se equivoca. Sugieren que ha dejado de ser Trump. Que el dirigente que prometió romper con Washington estaría siendo absorbido por los reflejos tradicionales del poder estadounidense. Que el outsider se estaría convirtiendo en aquello que juró combatir.
Ese tipo de acusación es potencialmente devastadora, porque no discute la competencia del líder: discute su autenticidad. Y los movimientos personalistas pueden resistir casi cualquier cosa excepto la sospecha de impostura.
Consecuencias inmediatas y futuras
A corto plazo, Trump sigue conservando una base muy sólida. Sigue teniendo capacidad de movilización, presencia mediática descomunal y una relación emocional intensa con millones de seguidores. No conviene confundir ruido con derrumbe. Pero una cosa es conservar apoyo y otra muy distinta mantener unanimidad interna.
La derecha estadounidense entra así en una fase de disputa doctrinal que puede durar años. De un lado, quienes entienden el movimiento como lealtad personal al líder. Del otro, quienes lo conciben como una agenda nacional-populista que podría sobrevivir sin él. Entre ambos grupos hay coincidencias, pero también ambiciones incompatibles.
Carlson emerge como posible referencia futura para sectores descontentos que buscan continuidad ideológica con otro rostro. Bannon seguirá influyendo como organizador, agitador y fabricante de relatos. Otros aspirantes observan en silencio. Todos saben que la pregunta de fondo ya no es solo qué hará Trump, sino qué vendrá después de Trump.
Los demócratas, mientras tanto, contemplan el espectáculo con evidente interés. Una derecha dividida entre halcones, aislacionistas, tecnopopulistas y personalistas ofrece oportunidades electorales que hace pocos meses parecían remotas.
El principio del post-trumpismo
Trump aún no está solo. Sigue rodeado de fieles, dispone de poder real y conserva una formidable capacidad de intimidación política. Pero ya no manda sobre un coro perfectamente afinado. Algunas de las voces que antes marcaban el compás han comenzado a cantar otra melodía.
La ironía es casi literaria. El dirigente que llegó prometiendo acabar con las guerras absurdas ve cómo sus propios aliados lo reprenden por abrir una nueva. El hombre que se presentó como destructor del establishment es acusado ahora de actuar como cualquier presidente tradicional de Washington. El líder que exigía lealtad absoluta empieza a descubrir que la lealtad absoluta suele durar exactamente hasta la primera gran decepción.
Tal vez no asistimos al final inmediato de Trump. Sería prematuro afirmarlo. Pero sí parece cada vez más plausible que estemos viendo algo quizá más importante: el nacimiento conflictivo, caótico y feroz del post-trumpismo. Y cuando un movimiento empieza a imaginarse sin su fundador, el reloj histórico ya ha comenzado a correr.
VICTORIA MARTÍNEZ DESDE MÉXICO PARA CANARIAS SEMANAL
Durante años se repitió la idea de que Donald Trump había
logrado algo que pocos dirigentes estadounidenses consiguieron en tiempos recientes: construir a su alrededor un ecosistema de fidelidades casi blindado. No era solo un partido, ni únicamente una candidatura, ni siquiera una corriente ideológica coherente.
Era una mezcla de liderazgo carismático, espectáculo permanente, resentimiento social canalizado y una red de comentaristas, estrategas y agitadores dispuestos a sostener cada giro del líder como si se tratara de una verdad revelada. Mientras los republicanos tradicionales dudaban, ellos cerraban filas. Mientras la prensa liberal denunciaba excesos, ellos gritaban persecución. Mientras se acumulaban escándalos, ellos respondían con una nueva ofensiva cultural.
![[Img #91235]](https://canarias-semanal.org/upload/images/04_2026/8448_castino.jpg)
Sin embargo, hasta los sistemas construidos sobre la lealtad personal contienen un defecto de fábrica: cuando el líder contradice la razón misma por la que fue apoyado, aparecen las grietas.
Eso es lo que parece estar ocurriendo ahora con la crisis derivada de la confrontación con Irán. La decisión de embarcarse en una escalada militar ha provocado un fenómeno políticamente explosivo: voces que fueron centrales en la construcción del trumpismo han comenzado a tomar distancia. Y no se trata de figuras marginales. Hablamos de Tucker Carlson y Steve Bannon, dos nombres que, cada uno a su manera, ayudaron decisivamente a levantar el edificio MAGA.
Tucker Carlson: el predicador arrepentido
La desavenencia con Tucker Carlson tiene una carga simbólica enorme. Carlson fue durante años mucho más que un presentador conservador. Desde su tribuna mediática se convirtió en uno de los grandes legitimadores del trumpismo cultural: nacionalismo económico, crítica a las élites globalistas, rechazo a las aventuras militares y defensa de una América que decía haber sido abandonada por Washington. Su audiencia no solo escuchaba opiniones; recibía una interpretación total de la realidad.
Justamente por eso, su distanciamiento resulta tan significativo. La escalada con Irán fue presentada por Carlson como una ruptura con el principio de “America First”, entendido por buena parte de la base como rechazo a nuevas guerras lejanas. En recientes intervenciones, el comentarista llegó a lamentar públicamente haber contribuido al ascenso político de Trump, afirmando que esa decisión le perseguirá moralmente. No es una frase cualquiera. Es la clase de confesión que erosiona la mística de un movimiento basado en la convicción de haber tenido siempre razón.
Trump respondió del modo habitual: descalificación inmediata, acusaciones de deslealtad y la insinuación de que Carlson ya no representa al verdadero movimiento. La escena tiene algo de tragicomedia clásica. El hombre que fue aplaudido por repetir el credo oficial pasa en pocas horas a ser presentado como impostor. En el universo trumpista, la herejía comienza justo cuando se discrepa del jefe.
Bannon: el estratega que detecta el peligro
Si Carlson expresa la fractura mediática, Steve Bannon encarna una ruptura más profunda: la estratégica e ideológica. Bannon no fue un mero acompañante. Fue uno de los cerebros que en 2016 ayudó a convertir una candidatura extravagante en una insurgencia populista con relato propio. Supo unir nacionalismo, guerra cultural, crítica a la globalización y resentimiento de clase blanca desindustrializada bajo una sola bandera.
Precisamente por eso, comprende mejor que muchos dónde reside el combustible original del trumpismo. Ese combustible no era el intervencionismo militar. Era más bien lo contrario: la promesa de poner fin a las guerras costosas que enriquecían contratistas mientras vaciaban pueblos enteros del interior estadounidense. Por ello, Bannon habría mostrado fuertes reservas ante una confrontación con Irán y advertido del error de repetir viejos patrones de Washington.
Bannon no necesita convertirse en pacifista para detectar el riesgo. Le basta con leer el mapa electoral. Sabe que millones de votantes aceptan dureza fronteriza, proteccionismo y mano dura interna, pero no necesariamente desean funerales militares, petróleo caro y otro conflicto sin horizonte claro. Su discrepancia no nace del humanitarismo, sino del cálculo político. Y en política, eso suele ser aún más serio.
Por qué estalla la crisis ahora
Las rupturas personales rara vez explican por sí solas un terremoto político. Lo que estamos viendo responde a contradicciones acumuladas que la crisis con Irán simplemente ha hecho visibles.
Trump construyó gran parte de su atractivo denunciando los errores de Irak y Afganistán. Se presentó como el hombre capaz de defender la fuerza estadounidense sin caer en guerras interminables. Era una fórmula rentable: patriotismo sin sacrificios prolongados. La escalada actual rompe ese equilibrio narrativo. De repente, el presidente que prometía terminar con el viejo guion parece interpretarlo otra vez.
A ello se suma un factor elemental: la economía cotidiana. Toda tensión seria en Oriente Medio repercute en mercados energéticos, costes logísticos, inflación y nerviosismo financiero. Cuando suben los combustibles, el votante medio recuerda menos los discursos heroicos y más el precio que marca el surtidor. Las primeras señales de desgaste en la opinión pública ya han sido recogidas por diversos medios internacionales.
Existe además una cuestión generacional dentro del propio trumpismo. Muchos de sus cuadros y comunicadores empiezan a pensar en el futuro. Si el movimiento depende por completo de Trump, envejece con él. Si logra emanciparse parcialmente, puede aspirar a una segunda vida. Carlson, Bannon y otros parecen moverse también en ese horizonte.
El trumpismo contra Trump
Lo verdaderamente llamativo de la situación es que la crítica no procede del liberalismo clásico, ni del Partido Demócrata, ni de viejos neoconservadores. Procede de sectores que reivindican ser más fieles al trumpismo original que el propio Trump. Ese matiz es crucial.
No dicen simplemente que Trump se equivoca. Sugieren que ha dejado de ser Trump. Que el dirigente que prometió romper con Washington estaría siendo absorbido por los reflejos tradicionales del poder estadounidense. Que el outsider se estaría convirtiendo en aquello que juró combatir.
Ese tipo de acusación es potencialmente devastadora, porque no discute la competencia del líder: discute su autenticidad. Y los movimientos personalistas pueden resistir casi cualquier cosa excepto la sospecha de impostura.
Consecuencias inmediatas y futuras
A corto plazo, Trump sigue conservando una base muy sólida. Sigue teniendo capacidad de movilización, presencia mediática descomunal y una relación emocional intensa con millones de seguidores. No conviene confundir ruido con derrumbe. Pero una cosa es conservar apoyo y otra muy distinta mantener unanimidad interna.
La derecha estadounidense entra así en una fase de disputa doctrinal que puede durar años. De un lado, quienes entienden el movimiento como lealtad personal al líder. Del otro, quienes lo conciben como una agenda nacional-populista que podría sobrevivir sin él. Entre ambos grupos hay coincidencias, pero también ambiciones incompatibles.
Carlson emerge como posible referencia futura para sectores descontentos que buscan continuidad ideológica con otro rostro. Bannon seguirá influyendo como organizador, agitador y fabricante de relatos. Otros aspirantes observan en silencio. Todos saben que la pregunta de fondo ya no es solo qué hará Trump, sino qué vendrá después de Trump.
Los demócratas, mientras tanto, contemplan el espectáculo con evidente interés. Una derecha dividida entre halcones, aislacionistas, tecnopopulistas y personalistas ofrece oportunidades electorales que hace pocos meses parecían remotas.
El principio del post-trumpismo
Trump aún no está solo. Sigue rodeado de fieles, dispone de poder real y conserva una formidable capacidad de intimidación política. Pero ya no manda sobre un coro perfectamente afinado. Algunas de las voces que antes marcaban el compás han comenzado a cantar otra melodía.
La ironía es casi literaria. El dirigente que llegó prometiendo acabar con las guerras absurdas ve cómo sus propios aliados lo reprenden por abrir una nueva. El hombre que se presentó como destructor del establishment es acusado ahora de actuar como cualquier presidente tradicional de Washington. El líder que exigía lealtad absoluta empieza a descubrir que la lealtad absoluta suele durar exactamente hasta la primera gran decepción.
Tal vez no asistimos al final inmediato de Trump. Sería prematuro afirmarlo. Pero sí parece cada vez más plausible que estemos viendo algo quizá más importante: el nacimiento conflictivo, caótico y feroz del post-trumpismo. Y cuando un movimiento empieza a imaginarse sin su fundador, el reloj histórico ya ha comenzado a correr.



































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