MÁS SOBRE LA "TEORÍA" DEL REEMPLAZO CANARIO (NO ES XENOFOBIA)
Del barrio de siempre al escaparate turístico: así avanza la expulsión silenciosa
En Canarias no solo suben los alquileres: también se está desplazando silenciosamente a quienes nacieron y crecieron en las islas. Barrios enteros cambian de manos, viviendas convertidas en negocio turístico y jóvenes obligados a marcharse o seguir viviendo con sus familias dibujan una realidad cada vez más dura. Mientras llegan capitales y compradores con mayor poder adquisitivo, miles de canarios sienten que su tierra empieza a quedarles lejos, incluso viviendo en ella.
Por ELOY CUADRA (*) PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
Toca salir al paso tras mi último artículo titulado "Contra el reemplazo silencioso de los canarios en Canarias". Y toca salir porque otra vez el fuego "amigo" de algunas izquierdas sociales políticamente correctas de Tenerife dispara contra
mí, acusándome de xenofobia, ultraderecha o proimperialista en el planteamiento, por una cuestión tan peregrina como haber usado la palabra "reemplazo" en el artículo, y coincidir con una teoría conspiranoica de ultraderecha llamada "El Gran Reemplazo".
Algo tan rebuscado y absurdo como confundir a un zurdo, entendido como persona que escribe con la mano izquierda, con esos otros a los que ahora nos llaman zurdos despectivamente, los de la derecha y ultraderecha, por ser rojos, de izquierdas o con cualquier forma de pensar humanitarista y pacífica que no vaya con la suya.
La crítica "amiga" llega al extremo de acusarme también de perjudicar la lucha del Puertito de Adeje y Cuna del Alma, desde mi colectivo, si nos identifican con ese postulado. Parece mentira, después de 22 años de activismo antisistema muy marcado, que todavía sigan con las mismas, pero está visto que hay odios que son para toda la vida. Dicho esto, vamos con la segunda parte, para que no haya más confusión ni ataques interesados de mis "amigos" de los grupos chachis de Tenerife (andan tan "perdidas", que luego dicen que la gente no las vota, y acaban echándole la culpa a la gente).
Y lo primero que tenemos que entender y diferenciar con claridad, es la figura del migrante pobre frente a la del
extranjero o colono rico. Porque ambos están llegando en número creciente a Canarias, sí, pero no cumplen la misma función, no ocupan el mismo lugar en la estructura social, y sobre todo, no producen el mismo impacto sobre el territorio ni sobre la población local. Mezclar ambas figuras, como hacen algunos de forma interesada o por pura superficialidad, es el primer error, o la primera trampa del debate.
El migrante pobre llega desde la necesidad. No trae capital, no compra suelo, no fija precios. Llega, en la mayoría de los casos, a insertarse en los estratos más bajos del mercado laboral (agricultura, cuidados, hostelería, construcción). Sectores, por cierto, imprescindibles para el funcionamiento real de la economía canaria, aunque luego se les niegue reconocimiento. Su margen de acción es por tanto, limitado. No redefine el mercado: se adapta a él. No desplaza estructuralmente: ocupa los huecos que ya existen, muchas veces en condiciones precarias que otros no quieren asumir.
En cuanto a la vivienda, no la compra, ni la encarece, solo la alquila, cuando puede, para vivir muchos en el mismo piso y ahorrar costes. Cuestión aparte es cómo se le utiliza. Aquí aparece la hipocresía: se le señala culturalmente, se le convierte en chivo expiatorio, se le niegan derechos básicos, se le persigue y hasta se le golpea, pero al mismo tiempo se le explota laboralmente cuando hace falta. Es decir, se le rechaza en el discurso, pero se le necesita en la práctica.
Y aquí conviene añadir algo importante para no caer en otra trampa habitual: cuando se habla de migración pobre y de sus efectos sobre los salarios o la economía sumergida, el foco no puede ponerse sobre quienes llegan; hay que hacerlo sobre los que se aprovechan de su vulnerabilidad. Si existen bajos salarios, empleo irregular o competencia desleal, no es porque el migrante los genere por sí mismo, sino porque hay un tejido empresarial dispuesto a utilizarlos en esas condiciones y un marco laboral que hace la vista gorda.
La respuesta, por tanto, no puede ser invisibilizar a estas personas, negarles derechos o cuestionar su regularización. Al contrario: regularizar, reconocer derechos laborales plenos, reforzar la inspección de trabajo y perseguir con firmeza a quienes explotan es la única forma de evitar que la precariedad se utilice como herramienta para degradar el mercado laboral en su conjunto.
Al dignificar las condiciones de los más vulnerables, se protege también al conjunto de la clase trabajadora, y, a la larga, se suben salarios, permitiendo que trabajadores canarios accedan también a esos trabajos más dignos. Y por supuesto, también —no lo olvidemos— fomentar políticas que favorezcan la natalidad, para que no necesitemos tanta mano de obra externa.
¿Entienden por dónde voy? Bien. Pues frente a la figura del migrante pobre, aparece otra completamente distinta: la del extranjero con alto poder adquisitivo, al que algunos llaman inversor, residente internacional o, como aquí planteamos sin eufemismos, colono económico. A diferencia del primero, este no llega desde la necesidad; lo hace desde la ventaja del negocio. El colono rico no depende del mercado local: lo condiciona, porque llega con capacidad de compra, con acceso a crédito, con respaldo económico externo.
Su relación con el territorio no es la de quien busca integrarse en él para sobrevivir, es la de quien lo incorpora como activo (vivienda, suelo, rentabilidad, calidad de vida). Y aquí es donde cambia todo. Porque cuando esta figura entra en un territorio limitado como Canarias, no se adapta al mercado existente: lo reconfigura. Lo hace porque puede pagar más por la vivienda, puede asumir precios que el salario local no soporta, y puede convertir vivienda residencial en inversión o segunda residencia.
Observen aquí el efecto en cadena que la llegada de los colonos ricos generan en un territorio como Canarias:
1) tienen mayor poder adquisitivo,
2) suben los precios adaptándose a la demanda,
3) la población local no puede competir y queda fuera del acceso,
4) el colono rico acapara patrimonio y poder,
5) el mercado se reconfigura con precios altos enfocados a la especulación turística, al vacacional y otros negocios rentables, dejando fuera a la población local,
6) la población local se acaba marchando.
Así funciona esto. No hace falta expulsar a nadie directamente para que haya expulsión. Basta con que el canario medio ya no pueda vivir donde ha vivido siempre. Y aclaro, no se trata de cultura o color de piel, porque si llega un colombiano rico pasa a formar parte del colono igualmente, y deja de ser migrante. No estamos hablando por tanto, de "buenos" y "malos", no es el origen, es la posición en la estructura económica y su capacidad de influencia sobre el territorio. El migrante pobre no tiene capacidad de desplazar a la población local a gran escala. El colono económico sí.
Así de claro es, y sin embargo, el debate público distorsionado y volcado a la derecha pone el foco casi exclusivamente en el primero, mientras normaliza o, incluso, celebra al segundo. Es la inversión completa de la realidad, de locos. No paramos de hablar sobre identidad, cultura, inseguridad o convivencia, y mientras tanto estos otros actores operan de fondo, acaparando vivienda, territorio y poder, y el canario va saliendo con la maleta, o se queda malviviendo.
Este es el reemplazo silencioso del canario del que habla mi teoría. Si se fijan en el título del artículo, he puesto "teoría" entre comillas. Lo hago así porque no se puede considerar teoría, y es ya toda una realidad, lo que pasa, por ejemplo, en Fuerteventura, donde hay estudios que apuntan a que solo el 30% de la población es nacida o autóctona de la isla. En Lanzarote llevan más o menos el mismo camino, y las dinámicas en el resto de islas van en la misma dirección. Tampoco es teoría que Canarias tenga ya en torno a un 25% de población extranjera -no contamos los muchos miles de peninsulares que también vienen desde una posición de superioridad económica con respecto al canario-, frente a una media estatal casi 10 puntos menos. Y no es teoría, es realidad, que el 35% de las viviendas totales del Archipiélago están en manos de extranjeros.
¿Cómo estaremos dentro de unos años, quizá dentro de alguna década, si no hacemos nada para modificar esta realidad y estas dinámicas? Pues es posible -aunque espero que no- que nos parezcamos aún más de lo que ya nos parecemos al archipiélago de Hawái, en la costa oeste de los Estados Unidos. Allí el proceso ya ha llegado mucho más lejos. La población nativa hawaiana es hoy una minoría en su propio territorio, con un porcentaje que apenas llega al 20%. Pero lo importante no es solo la cifra, es el proceso que la explica: llegada masiva de población externa, control del suelo por grandes intereses económicos, desarrollo turístico intensivo y transformación del territorio en un producto global. El resultado es un modelo donde la cultura local sobrevive, sí, pero muchas veces convertida en folklore para consumo turístico, mientras el acceso real a la vivienda y al territorio queda condicionado por actores externos con mayor capacidad económica. ¿Les suena?
Otro ejemplo lo encontramos en Puerto Rico. Allí no hablamos de extranjeros en sentido jurídico dado que todos son ciudadanos estadounidenses, pero sí de una dinámica muy similar a la que estamos describiendo, con llegada masiva de inversores con alto poder adquisitivo atraídos por ventajas fiscales, que ha provocado un aumento brutal del precio de la vivienda en determinadas zonas. Aún no llegan a ser una mayoría demográfica, pero tienen una capacidad enorme de transformar el territorio. Barrios enteros cambian, los precios se disparan y la población local empieza a ser desplazada. De nuevo, la misma fórmula expulsora de los locales.
Y si queremos entender el fenómeno en su versión más extrema -aunque en un contexto completamente distinto-, podemos mirar lo que ocurre en Cisjordania, en Palestina. Allí, los asentamientos israelíes han ido ocupando territorio de forma progresiva, muchas veces en zonas estratégicas y fértiles, generando desplazamientos de población palestina y fragmentando su espacio vital. Evidentemente, aquí hablamos de un conflicto político y militar de otra dimensión, que no es comparable directamente con Canarias. Pero sí ilustra con claridad una idea: cuando actores con mayor poder económico, político o militar se asientan en un territorio limitado, el resultado suele ser el mismo: la población que estaba antes pierde espacio, pierde control y acaba siendo desplazada. ¿Se atreverá alguien a llamar xenófobos a los palestinos que luchan por mantenerse en sus tierras?
¿Entienden ahora a lo que me refiero con la teoría del reemplazo canario? Salvando las distancias, lo que estamos señalando en Canarias no es otra cosa que una versión contemporánea, pacífica y económica de esa lógica colonizadora: no llegan ejércitos, llegan compradores; no hay ocupación militar, hay mercado; no hay expulsiones forzosas visibles, hay expulsión silenciosa por precios.
El reemplazo de los canarios en su propia tierra está en marcha, por mucho que me ataquen, me difamen, me insulten o me marginen. Por eso es tan importante llamar a las cosas por su nombre. Porque si no entendemos la diferencia entre migración y colonización económica, si seguimos confundiendo al migrante vulnerable con el inversor que acapara suelo, si seguimos mirando hacia otro lado mientras Canarias se convierte en un activo global, entonces sí, dentro de unas décadas quizá ya no estemos hablando de una "teoría", ni siquiera entre comillas. Estaremos hablando de un hecho consumado.
Por cierto, para acabar, por recomendación de uno de los que me disparan desde mi mismo bando, informarles que este alegato lo escribe alguien que no nació en Canarias, aunque lleva más de 30 años aquí. Parece que para muchos nunca voy a ser aceptado por estas latitudes, y probablemente con este discurso esté jugando contra mis propios intereses de peninsular que un día vino a las Islas.
Pero eso no quita que entienda que uno debe luchar por la tierra que te acoge, pensando siempre en lo mejor para ella y sus gentes, aunque vaya contra tu grupo. De lo contrario, eres un farsante.
(*) Eloy Cuadra, escritor y activista social.
Por ELOY CUADRA (*) PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
Toca salir al paso tras mi último artículo titulado "Contra el reemplazo silencioso de los canarios en Canarias". Y toca salir porque otra vez el fuego "amigo" de algunas izquierdas sociales políticamente correctas de Tenerife dispara contra
mí, acusándome de xenofobia, ultraderecha o proimperialista en el planteamiento, por una cuestión tan peregrina como haber usado la palabra "reemplazo" en el artículo, y coincidir con una teoría conspiranoica de ultraderecha llamada "El Gran Reemplazo".
Algo tan rebuscado y absurdo como confundir a un zurdo, entendido como persona que escribe con la mano izquierda, con esos otros a los que ahora nos llaman zurdos despectivamente, los de la derecha y ultraderecha, por ser rojos, de izquierdas o con cualquier forma de pensar humanitarista y pacífica que no vaya con la suya.
La crítica "amiga" llega al extremo de acusarme también de perjudicar la lucha del Puertito de Adeje y Cuna del Alma, desde mi colectivo, si nos identifican con ese postulado. Parece mentira, después de 22 años de activismo antisistema muy marcado, que todavía sigan con las mismas, pero está visto que hay odios que son para toda la vida. Dicho esto, vamos con la segunda parte, para que no haya más confusión ni ataques interesados de mis "amigos" de los grupos chachis de Tenerife (andan tan "perdidas", que luego dicen que la gente no las vota, y acaban echándole la culpa a la gente).
Y lo primero que tenemos que entender y diferenciar con claridad, es la figura del migrante pobre frente a la del
extranjero o colono rico. Porque ambos están llegando en número creciente a Canarias, sí, pero no cumplen la misma función, no ocupan el mismo lugar en la estructura social, y sobre todo, no producen el mismo impacto sobre el territorio ni sobre la población local. Mezclar ambas figuras, como hacen algunos de forma interesada o por pura superficialidad, es el primer error, o la primera trampa del debate.
El migrante pobre llega desde la necesidad. No trae capital, no compra suelo, no fija precios. Llega, en la mayoría de los casos, a insertarse en los estratos más bajos del mercado laboral (agricultura, cuidados, hostelería, construcción). Sectores, por cierto, imprescindibles para el funcionamiento real de la economía canaria, aunque luego se les niegue reconocimiento. Su margen de acción es por tanto, limitado. No redefine el mercado: se adapta a él. No desplaza estructuralmente: ocupa los huecos que ya existen, muchas veces en condiciones precarias que otros no quieren asumir.
En cuanto a la vivienda, no la compra, ni la encarece, solo la alquila, cuando puede, para vivir muchos en el mismo piso y ahorrar costes. Cuestión aparte es cómo se le utiliza. Aquí aparece la hipocresía: se le señala culturalmente, se le convierte en chivo expiatorio, se le niegan derechos básicos, se le persigue y hasta se le golpea, pero al mismo tiempo se le explota laboralmente cuando hace falta. Es decir, se le rechaza en el discurso, pero se le necesita en la práctica.
Y aquí conviene añadir algo importante para no caer en otra trampa habitual: cuando se habla de migración pobre y de sus efectos sobre los salarios o la economía sumergida, el foco no puede ponerse sobre quienes llegan; hay que hacerlo sobre los que se aprovechan de su vulnerabilidad. Si existen bajos salarios, empleo irregular o competencia desleal, no es porque el migrante los genere por sí mismo, sino porque hay un tejido empresarial dispuesto a utilizarlos en esas condiciones y un marco laboral que hace la vista gorda.
La respuesta, por tanto, no puede ser invisibilizar a estas personas, negarles derechos o cuestionar su regularización. Al contrario: regularizar, reconocer derechos laborales plenos, reforzar la inspección de trabajo y perseguir con firmeza a quienes explotan es la única forma de evitar que la precariedad se utilice como herramienta para degradar el mercado laboral en su conjunto.
Al dignificar las condiciones de los más vulnerables, se protege también al conjunto de la clase trabajadora, y, a la larga, se suben salarios, permitiendo que trabajadores canarios accedan también a esos trabajos más dignos. Y por supuesto, también —no lo olvidemos— fomentar políticas que favorezcan la natalidad, para que no necesitemos tanta mano de obra externa.
¿Entienden por dónde voy? Bien. Pues frente a la figura del migrante pobre, aparece otra completamente distinta: la del extranjero con alto poder adquisitivo, al que algunos llaman inversor, residente internacional o, como aquí planteamos sin eufemismos, colono económico. A diferencia del primero, este no llega desde la necesidad; lo hace desde la ventaja del negocio. El colono rico no depende del mercado local: lo condiciona, porque llega con capacidad de compra, con acceso a crédito, con respaldo económico externo.
Su relación con el territorio no es la de quien busca integrarse en él para sobrevivir, es la de quien lo incorpora como activo (vivienda, suelo, rentabilidad, calidad de vida). Y aquí es donde cambia todo. Porque cuando esta figura entra en un territorio limitado como Canarias, no se adapta al mercado existente: lo reconfigura. Lo hace porque puede pagar más por la vivienda, puede asumir precios que el salario local no soporta, y puede convertir vivienda residencial en inversión o segunda residencia.
Observen aquí el efecto en cadena que la llegada de los colonos ricos generan en un territorio como Canarias:
1) tienen mayor poder adquisitivo,
2) suben los precios adaptándose a la demanda,
3) la población local no puede competir y queda fuera del acceso,
4) el colono rico acapara patrimonio y poder,
5) el mercado se reconfigura con precios altos enfocados a la especulación turística, al vacacional y otros negocios rentables, dejando fuera a la población local,
6) la población local se acaba marchando.
Así funciona esto. No hace falta expulsar a nadie directamente para que haya expulsión. Basta con que el canario medio ya no pueda vivir donde ha vivido siempre. Y aclaro, no se trata de cultura o color de piel, porque si llega un colombiano rico pasa a formar parte del colono igualmente, y deja de ser migrante. No estamos hablando por tanto, de "buenos" y "malos", no es el origen, es la posición en la estructura económica y su capacidad de influencia sobre el territorio. El migrante pobre no tiene capacidad de desplazar a la población local a gran escala. El colono económico sí.
Así de claro es, y sin embargo, el debate público distorsionado y volcado a la derecha pone el foco casi exclusivamente en el primero, mientras normaliza o, incluso, celebra al segundo. Es la inversión completa de la realidad, de locos. No paramos de hablar sobre identidad, cultura, inseguridad o convivencia, y mientras tanto estos otros actores operan de fondo, acaparando vivienda, territorio y poder, y el canario va saliendo con la maleta, o se queda malviviendo.
Este es el reemplazo silencioso del canario del que habla mi teoría. Si se fijan en el título del artículo, he puesto "teoría" entre comillas. Lo hago así porque no se puede considerar teoría, y es ya toda una realidad, lo que pasa, por ejemplo, en Fuerteventura, donde hay estudios que apuntan a que solo el 30% de la población es nacida o autóctona de la isla. En Lanzarote llevan más o menos el mismo camino, y las dinámicas en el resto de islas van en la misma dirección. Tampoco es teoría que Canarias tenga ya en torno a un 25% de población extranjera -no contamos los muchos miles de peninsulares que también vienen desde una posición de superioridad económica con respecto al canario-, frente a una media estatal casi 10 puntos menos. Y no es teoría, es realidad, que el 35% de las viviendas totales del Archipiélago están en manos de extranjeros.
¿Cómo estaremos dentro de unos años, quizá dentro de alguna década, si no hacemos nada para modificar esta realidad y estas dinámicas? Pues es posible -aunque espero que no- que nos parezcamos aún más de lo que ya nos parecemos al archipiélago de Hawái, en la costa oeste de los Estados Unidos. Allí el proceso ya ha llegado mucho más lejos. La población nativa hawaiana es hoy una minoría en su propio territorio, con un porcentaje que apenas llega al 20%. Pero lo importante no es solo la cifra, es el proceso que la explica: llegada masiva de población externa, control del suelo por grandes intereses económicos, desarrollo turístico intensivo y transformación del territorio en un producto global. El resultado es un modelo donde la cultura local sobrevive, sí, pero muchas veces convertida en folklore para consumo turístico, mientras el acceso real a la vivienda y al territorio queda condicionado por actores externos con mayor capacidad económica. ¿Les suena?
Otro ejemplo lo encontramos en Puerto Rico. Allí no hablamos de extranjeros en sentido jurídico dado que todos son ciudadanos estadounidenses, pero sí de una dinámica muy similar a la que estamos describiendo, con llegada masiva de inversores con alto poder adquisitivo atraídos por ventajas fiscales, que ha provocado un aumento brutal del precio de la vivienda en determinadas zonas. Aún no llegan a ser una mayoría demográfica, pero tienen una capacidad enorme de transformar el territorio. Barrios enteros cambian, los precios se disparan y la población local empieza a ser desplazada. De nuevo, la misma fórmula expulsora de los locales.
Y si queremos entender el fenómeno en su versión más extrema -aunque en un contexto completamente distinto-, podemos mirar lo que ocurre en Cisjordania, en Palestina. Allí, los asentamientos israelíes han ido ocupando territorio de forma progresiva, muchas veces en zonas estratégicas y fértiles, generando desplazamientos de población palestina y fragmentando su espacio vital. Evidentemente, aquí hablamos de un conflicto político y militar de otra dimensión, que no es comparable directamente con Canarias. Pero sí ilustra con claridad una idea: cuando actores con mayor poder económico, político o militar se asientan en un territorio limitado, el resultado suele ser el mismo: la población que estaba antes pierde espacio, pierde control y acaba siendo desplazada. ¿Se atreverá alguien a llamar xenófobos a los palestinos que luchan por mantenerse en sus tierras?
¿Entienden ahora a lo que me refiero con la teoría del reemplazo canario? Salvando las distancias, lo que estamos señalando en Canarias no es otra cosa que una versión contemporánea, pacífica y económica de esa lógica colonizadora: no llegan ejércitos, llegan compradores; no hay ocupación militar, hay mercado; no hay expulsiones forzosas visibles, hay expulsión silenciosa por precios.
El reemplazo de los canarios en su propia tierra está en marcha, por mucho que me ataquen, me difamen, me insulten o me marginen. Por eso es tan importante llamar a las cosas por su nombre. Porque si no entendemos la diferencia entre migración y colonización económica, si seguimos confundiendo al migrante vulnerable con el inversor que acapara suelo, si seguimos mirando hacia otro lado mientras Canarias se convierte en un activo global, entonces sí, dentro de unas décadas quizá ya no estemos hablando de una "teoría", ni siquiera entre comillas. Estaremos hablando de un hecho consumado.
Por cierto, para acabar, por recomendación de uno de los que me disparan desde mi mismo bando, informarles que este alegato lo escribe alguien que no nació en Canarias, aunque lleva más de 30 años aquí. Parece que para muchos nunca voy a ser aceptado por estas latitudes, y probablemente con este discurso esté jugando contra mis propios intereses de peninsular que un día vino a las Islas.
Pero eso no quita que entienda que uno debe luchar por la tierra que te acoge, pensando siempre en lo mejor para ella y sus gentes, aunque vaya contra tu grupo. De lo contrario, eres un farsante.
(*) Eloy Cuadra, escritor y activista social.



































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