Lunes, 20 de Abril de 2026

Actualizada

Lunes, 20 de Abril de 2026 a las 08:54:48 horas

| 69
Jueves, 06 de Noviembre de 2025 Tiempo de lectura:

A 35 AÑOS DE LA CAÍDA DE LA URSS: CUANDO SUS ADMINISTRADORES SE QUISIERON CONVERTIR EN SUS DUEÑOS.

¿Por qué si millones votaron en un referendum por mantener la URSS y en socialismo, aun así desapareció?

Durante años se nos ha estado explicando el final soviético como una "victoria natural del mercado". Pero otra lectura realizada por el historiador estadounidense Roger Keeran y el investigador y ensayista Thomas Kenny, muestra algo más incisivo y crítico: una élite burocrática reconvertida, reformas mal gestionadas y una mayoría ciudadana que aún quería mantener la Unión y el socialismo. Nuestro colaborador Manuel Medina trata de desentrañar las claves de su libro "Socialismo traicionado".

 POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

    El pasado mes de diciembre se cumplió un nuevo aniversario de la desaparición formal de la Unión Soviética. El 8 de diciembre de 1991,  los líderes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia,  Borís Yeltsin, Leonid Kravchuk y Stanislav Shushkévich firmaron los "Acuerdos de Belavezha", en los que esos tres dirigentes  declaraban por su cuenta que la URSS había dejado de existir y daban paso a la Comunidad de Estados Independientes. Pocas semanas después, el proceso quedaría consumado jurídicamente.

 

   Durante 35 años se nos ha venido repitiendo el argumento de que la Unión Soviética desapareció porque su economía era un desastre, porque nadie creía ya en ella y porque el capitalismo había demostrado ser el único sistema posible. Ese fue el relato perfecto para los vencedores de la Guerra Fría: limpio, simple y moralmente tranquilizador.

 

   Pero la historia real resulta bastante menos amable.

 

    En el libro "El Socialismo traicionadoDetrás del colapso de la Unión Soviética" -cuya descarga integra Canarias Semanal les ofrece desde esta misma página—, Roger Keeran y Thomas Kenny, dos profesores universitarios estadounidenses, sostienen una tesis muy distinta: la URSS no se derrumbó por los errores de su dirigencia, ni por la traición de los burócratas que se habían apoderado del aparato del Estado soviético. Cayó también porque algunos de quienes debían haber  corregido aquellos graves fallos, dejaron de defender el sistema y comenzaron a prepararse para repartirse su herencia.

 

    No fue, según Keeran y Kenny, el fracaso de un modelo económico. Fue la descomposición de un Estado desde dentro.

 

EL RELATO QUE LOS  "ABSOLVÍA A TODOS"

   Tras 1991, la caída soviética fue presentada como una ley natural. El mercado habría derrotado limpiamente a la planificación. La libertad habría sustituido a la opresión. La historia habría hablado.

 

  Esa versión tenía una ventaja evidente: absolvía a todos los responsables concretos. Si la URSS estaba condenada desde siempre, nadie destruyó nada. Nadie saqueó nada. Nadie convirtió poder político en fortuna privada. Todo habría sido inevitable.

 

    Sin embargo, la Unión Soviética continuaba siendo una superpotencia militar, industrial y científica. Había alfabetizado a masas inmensas, garantizado el pleno empleo durante décadas, construido un sistema sanitario gigantesco y sostenido capacidades tecnológicas realmente admirables.

 

    Tenía problemas graves: burocracia, escaseces, corrupción, lentitud productiva y agotamiento ideológico. Pero una estructura con semejante peso histórico no desaparece por fatiga mecánica. Se derrumba cuando sus pilares internos ceden.

 

LA ECONOMÍA EN LA SOMBRA

   Uno de esos pilares empezó a agrietarse mucho antes de 1991. Desde la segunda mitad de los años cincuenta fue creciendo sigilosamente una economía paralela hecha de favores, sobornos, desvío de mercancías, contactos personales y negocios semiclandestinos.

 

   Al principio parecía una simple deformación del sistema. Nada grave. Después se convirtió en una segunda normalidad. Millones de personas aprendieron que muchas cosas se conseguían mejor al margen de la ley oficial. Y miles de funcionarios comprendieron, simultáneamente también, que controlar recursos públicos podía convertirse en mágica fuente de ingresos privados.

 

   Ese proceso fue letal. No solo por las pérdidas materiales, sino porque enseñó una lección política devastadora: lo común podía utilizarse como botín. El Estado hablaba de igualdad mientras la vida cotidiana premiaba la influencia. Cuando las reglas escritas valen menos que las ocultas, la autoridad empieza a pudrirse.

 

CUANDO LOS ADMINISTRADORES QUISIERON SER DUEÑOS

   Las fábricas, minas, redes energéticas y grandes empresas pertenecían formalmente a todo el pueblo soviético. Pero quien las gestionaba de verdad era una vasta capa de directores, tecnócratas y cuadros políticos.

 

   Durante las últimas décadas de la historia de la URSS, esos hombres tuvieron mando, prestigio y privilegios, pero no propiedad. Dirigían unas empresas que no podían vender. Controlaban riqueza que no les pertenecía.

 

   Hasta que una parte de ellos quiso cambiar esa frontera. Si ya manejaban información, contactos y recursos, ¿por qué seguir siendo administradores? ¿Por qué no convertirse en propietarios?

 

  Ahí se fue incubando una de las claves del colapso posterior. El problema no era solo una burocracia ineficiente. Era, además, una burocracia que empezaba a mirar la propiedad colectiva como un patrimonio pendiente de reparto.

 

   Muchos de los futuros ganadores de los años noventa no surgieron de la nada. A lo largo de las décadas de los 50, 60, 70 y 80, se había estado  formando en el seno mismo del antiguo sistema.

 

GORBACHOV Y LA PUERTA ABIERTA

    Mijaíl Gorbachov llegó al poder en 1985 con un diagnóstico: la URSS necesitaba cambios urgentes. El crecimiento se había frenado, el aparato estaba envejecido y el sistema había perdido la enorme energía que le había caracterizado en el pasado.

 

    Pero el problema fue otro: reformó sin controlar a quién beneficiaban aquellas reformas. Se abrió un debate político desde la debilidad, que afectó al Partido Comunista, descentralizó decisiones, concedió mayor autonomía territorial y alteró la economía sin construir una alternativa coherente.

 

    El resultado fue explosivoEl antiguo sistema perdió autoridad antes de que naciera uno nuevo. La economía dejó de obedecer al centro. Las repúblicas empezaron a desafiar a Moscú. El Partido se fracturó. Y quienes esperaban enriquecerse en el nuevo escenario vieron llegado su momento. Gorbachov, que decía querer renovar la Unión, terminó desmontando los mecanismos que la mantenían unida.

 

EL REFERÉNDUM QUE DESMONTA LA MENTIRA

    El 17 de marzo de 1991 ocurrió un hecho que rara vez encaja en las versiones oficiales. En un referéndum sobre la continuidad del socialismo y de  la Unión Soviética como federación renovada, cerca del 76% de los votantes en las Repúblicas participantes apoyó mantenerla y mantener el socialismo.

 

    Ese dato dinamita décadas de propaganda. La URSS no desapareció porque sus pueblos la odiaran unánimemente o estuvieran disconformes con el socialismo. Millones deseaban cambios, ciertamente. Mejor economía y menos burocracia. Pero lo que no deseaban, y así lo expresaron, era destruir el socialismo o el Estado que les era común.

 

     La población distinguía perfectamente entre reforma y liquidación. Muchas élites, no. Mientras millones de ciudadanos votaban por conservar una Unión transformada y el socialismo, dirigentes republicanos, cuadros administrativos del Estado y nuevos aspirantes a convertirse en propietarios, ya pensaban en otra cosa: soberanía propia, control de recursos y reparto de poder. La ruptura llegó, pues, desde arriba, no desde abajo.

 

EL CAPITALISMO COMO BOTÍN

   La promesa posterior fue brillante sobre el papel: democracia, mercado y prosperidad. La realidad fue otra.

    La producción industrial se desplomó. La inflación arrasó los ahorros de toda una vida. Salarios y pensiones perdieron valor. La pobreza se disparó. La esperanza de estabilidad desapareció.

 

    Al mismo tiempo, nacía una nueva aristocracia económica: los oligarcas. No aparecieron como fruto de una competencia limpia. Muchos procedían de redes empresariales tardosoviéticas, aparatos administrativos o círculos que supieron apropiarse de bienes públicos durante las privatizaciones aceleradas. Lo que había pertenecido a todos, pasó a manos de muy pocosPara millones de personas, el capitalismo no llegó como libertad, sino como saqueo con lenguaje moderno.

 

LO QUE 1991 NO RESOLVIÓ

    La implosión soviética no demuestra que toda alternativa al capitalismo sea imposible. Demuestra algo mucho  más concreto y más duro: ningún sistema sobrevive cuando quienes lo gestionan dejan de creer en él y empiezan a calcular cómo enriquecerse con su ruina.

 

    La URSS tuvo errores graves y logros incomensurables. Industrializó un país con un atraso feudal, derrotó al nazismo y garantizó derechos sociales básicos a escala gigantesca. Pero también permitió que creciera una burocracia separada de la sociedad y sectores dispuestos a transformar lo público en patrimonio privado. Ese fue su nudo fatal.

 

    Treinta y cinco años después, las preguntas siguen intactas: quién posee la riqueza, quién decide realmente, cómo se controla a las élites y qué ocurre cuando los guardianes de lo común quieren convertirse en dueños.

 

    La Unión Soviética desapareció en 1991. La lucha por esas preguntas, no.

 

SEGUNDA ENTREGA: "LO QUE VINO DESPUÉS"

 

FUENTE PRINCIPAL

 

   Roger Keeran y Thomas Kenny, Socialismo traicionado. Detrás del colapso de la Unión Soviética (1917-1991), Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2013.

 

 (*) Manuel Medina es profesor de Historia y divulgador de temas relacionados con esa misma materia

 

PINCHA SOBRE LA PORTADA DEL LIBRO PARA DESCARGARLO

[Img #91122]

 
Comentarios Comentar esta noticia
Comentar esta noticia
CAPTCHA

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.10

Todavía no hay comentarios

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.