LAS CLAVES DE LA EXCLUSIÓN DE LOS SAHARAUIS EN LA REGULARIZACIÓN DE INMIGRANTES DEL GOBIERNO ESPAÑOL
Un decreto que refleja el nuevo equilibrio de fuerzas internacionales
La regularización extraordinaria de inmigrantes aprobada por el Gobierno español ha dejado fuera a los saharauis. El real decreto excluye de la medida a las personas en proceso de reconocimiento como apátridas, una categoría en la que se encuentra la inmensa mayoría de saharauis (...).
Por EUGENIO FERNÁNDEZ PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
La regularización extraordinaria de inmigrantes aprobada por el Gobierno español ha dejado fuera a los saharauis. El real decreto excluye de la medida a las personas en proceso de reconocimiento como apátridas, una categoría en la que se encuentra la inmensa mayoría de saharauis residentes en España. El Frente Polisario y diversas organizaciones saharauis han denunciado la decisión como una nueva cesión política ante Marruecos, al considerar que mantiene a miles de personas en un limbo jurídico y social pese a su vínculo histórico con el Estado español.
El PSOE consolida su alineamiento con Rabat
Desde el giro diplomático de 2022, cuando Pedro Sánchez avaló la llamada propuesta marroquí de autonomía para el Sáhara Occidental, la política española ha renunciado a cualquier pretensión de neutralidad en el conflicto. Aquel movimiento supuso la ruptura con décadas de posición oficial española, que al menos formalmente respaldaba el marco de Naciones Unidas y el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui.
La exclusión de los saharauis de esta regularización debe interpretarse en ese contexto. No como una cuestión técnica, sino como la prolongación interna de esa misma política exterior: evitar cualquier medida que pueda incomodar a Marruecos o reconocer de forma implícita la singularidad política e histórica del pueblo saharaui.
España, antigua potencia administradora del territorio, ha pasado así de abandonar el Sáhara en 1975 a asumir, de facto, buena parte del marco político impuesto por Rabat medio siglo después.
Sumar protesta… pero sigue tragando
Tan relevante como la actuación del PSOE es el comportamiento de sus socios de Gobierno. Sumar ha expresado críticas y malestar por la exclusión de los saharauis, pero nuevamente se limita a la protesta retórica mientras permanece dentro del Ejecutivo que ejecuta esa política.
No es la primera vez. Ya en 2023, durante la negociación del acuerdo de coalición con el PSOE, la formación de Yolanda Díaz prometió impulsar una “agenda saharaui” y revertir el giro de Sánchez sobre el Sáhara Occidental. Sin embargo, una vez firmado el pacto de Gobierno, toda referencia a la cuestión saharaui desapareció del acuerdo.
Lo ocurrido entonces fue un anticipo de lo que hoy vuelve a repetirse: declaraciones, gestos y escenificaciones para consumo interno, pero ninguna voluntad real de confrontar con el PSOE en una cuestión considerada estratégica por Moncloa.
La conclusión es difícil de eludir: cuando llega la hora de elegir entre sus principios proclamados y la estabilidad del Gobierno, Sumar elige sistemáticamente lo segundo. Una actitud “acomodaticia” que comparte también la diputada saharaui de la coalición Tesh Sidi.
Marruecos impone su agenda porque se ha vuelto imprescindible para Occidente
La pregunta de fondo es por qué Marruecos ha conseguido en tan pocos años que buena parte de los países de la Unión Europea y varias potencias internacionales se alineen con sus posiciones sobre el Sáhara Occidental. La respuesta debe buscarse, por supuesto, en los intereses geopolíticos de esas potencias y sus aliados o “vasallos”. Marruecos se ha convertido en un actor estratégico de primer orden para Estados Unidos y la OTAN en el norte de África. Su colaboración militar con Washington se ha intensificado de forma constante durante la última década, hasta el punto de consolidarse como principal socio estratégico occidental en la región magrebí.
A ello se suma su papel como gendarme migratorio de Europa. Rabat ha demostrado reiteradamente que puede utilizar la presión migratoria como instrumento de chantaje político sobre España y la Unión Europea, abriendo o cerrando el flujo migratorio según convenga a sus intereses diplomáticos. La crisis de Ceuta de 2021 dejó esa capacidad de presión meridianamente clara.
Europa ha interiorizado desde entonces una lógica cada vez más evidente: mantener satisfecha a la monarquía marroquí se considera prioritario frente al respeto al derecho internacional.
La alianza con Israel y el respaldo decisivo de Estados Unidos
El gran salto diplomático de Marruecos llegó con los Acuerdos de Abraham de 2020. A cambio de normalizar relaciones con Israel, Marruecos obtuvo de Estados Unidos el reconocimiento de su soberanía sobre el Sáhara Occidental.
Desde entonces, la alianza entre Rabat e Israel se ha profundizado enormemente en materia militar, tecnológica y de inteligencia.
Israel se ha convertido en uno de los principales proveedores de armamento avanzado del régimen marroquí, mientras Washington ha consolidado su apuesta estratégica por Rabat como socio regional preferente.
En ese nuevo marco, la propuesta marroquí de autonomía dejó de ser una simple iniciativa diplomática para transformarse en la solución impulsada activamente por la principal potencia mundial. España y varios países europeos no han hecho más que adaptarse a ese nuevo equilibrio de fuerzas.
Los intereses económicos también pesan: recursos y negocios en el Sáhara ocupado
Junto a los factores estratégicos, existe también un poderoso componente económico. El Sáhara Occidental alberga enormes reservas de fosfatos, uno de los bancos pesqueros más ricos del Atlántico y un creciente potencial energético vinculado a proyectos de renovables, gas e hidrógeno verde.
La progresiva aceptación internacional de la ocupación marroquí abre la puerta a la explotación normalizada de todos esos recursos bajo control de Rabat.
Numerosas empresas europeas —entre ellas españolas— tienen intereses directos o indirectos en ese proceso.
Por eso, el alineamiento con Marruecos no responde solo a cálculos diplomáticos o de seguridad, sino también a intereses empresariales concretos.
Rusia y China: la abstención que legitimó el plan marroquí
Quienes han presentado durante años a Rusia y China como un supuesto contrapeso “antiimperialista” frente al bloque occidental también han chocado con la cruda realidad de los hechos al constatar la actitud de ambas potencias con respecto al pueblo saharaui.
En la decisiva votación del Consejo de Seguridad de la ONU del 31 de octubre de 2025, Moscú y Pekín se abstuvieron en la aprobación de la resolución impulsada por Estados Unidos que consolidó la propuesta marroquí de autonomía como marco central de las futuras negociaciones sobre el Sáhara Occidental, desplazando aún más la histórica referencia al referéndum de autodeterminación.
Aquella abstención no fue un acto de neutralidad. Fue una autorización política de facto para que la llamada “comunidad internacional” avanzara en la normalización del proyecto anexionista de Rabat sin necesidad de que Rusia y China se retrataran votando a favor. En diplomacia internacional, abstenerse en una votación de ese calibre equivale a dejar hacer.
La decisión dejó claro que ni Moscú ni Pekín estaban dispuestos a utilizar su derecho de veto para defender el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui cuando ello podía perjudicar sus propios intereses estratégicos.
China mantiene una relación económica cada vez más estrecha con Marruecos, al que considera una plataforma fundamental para su expansión comercial e industrial en África occidental y un socio clave dentro de su estrategia de la Nueva Ruta de la Seda.
Rusia, por su parte, ha optado por preservar su margen de maniobra en el Magreb y evitar un choque innecesario con Rabat en una región donde trata de ampliar su influencia sin comprometer otras alianzas.
El pueblo saharaui vuelve a pagar el precio de la realpolitik internacional
La exclusión de los saharauis de la regularización extraordinaria, por tanto, representa mucho más que una mera injusticia administrativa.
Es la manifestación concreta, dentro de España, de un proceso político mucho más amplio: la progresiva normalización internacional de la ocupación marroquí del Sáhara Occidental y el abandono práctico del derecho de autodeterminación del pueblo saharaui, impulsada por el papel decisivo que ha adquirido la monarquía alauita.
La principal fuerza impulsora de esta reconfiguración internacional es Estados Unidos, que ha situado a Marruecos como uno de sus socios estratégicos fundamentales en el norte de África, reforzado además por su creciente alianza con Israel. Sobre ese eje se ha articulado buena parte del respaldo internacional a la propuesta marroquí. Rusia y China, obviamente, no han dirigido esa operación, pero han optado por permitirla mediante su pasividad calculada, dejando avanzar la consolidación diplomática de la ocupación mientras preservan sus propios intereses en la región.
Por EUGENIO FERNÁNDEZ PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
La regularización extraordinaria de inmigrantes aprobada por el Gobierno español ha dejado fuera a los saharauis. El real decreto excluye de la medida a las personas en proceso de reconocimiento como apátridas, una categoría en la que se encuentra la inmensa mayoría de saharauis residentes en España. El Frente Polisario y diversas organizaciones saharauis han denunciado la decisión como una nueva cesión política ante Marruecos, al considerar que mantiene a miles de personas en un limbo jurídico y social pese a su vínculo histórico con el Estado español.
El PSOE consolida su alineamiento con Rabat
Desde el giro diplomático de 2022, cuando Pedro Sánchez avaló la llamada propuesta marroquí de autonomía para el Sáhara Occidental, la política española ha renunciado a cualquier pretensión de neutralidad en el conflicto. Aquel movimiento supuso la ruptura con décadas de posición oficial española, que al menos formalmente respaldaba el marco de Naciones Unidas y el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui.
La exclusión de los saharauis de esta regularización debe interpretarse en ese contexto. No como una cuestión técnica, sino como la prolongación interna de esa misma política exterior: evitar cualquier medida que pueda incomodar a Marruecos o reconocer de forma implícita la singularidad política e histórica del pueblo saharaui.
España, antigua potencia administradora del territorio, ha pasado así de abandonar el Sáhara en 1975 a asumir, de facto, buena parte del marco político impuesto por Rabat medio siglo después.
Sumar protesta… pero sigue tragando
Tan relevante como la actuación del PSOE es el comportamiento de sus socios de Gobierno. Sumar ha expresado críticas y malestar por la exclusión de los saharauis, pero nuevamente se limita a la protesta retórica mientras permanece dentro del Ejecutivo que ejecuta esa política.
No es la primera vez. Ya en 2023, durante la negociación del acuerdo de coalición con el PSOE, la formación de Yolanda Díaz prometió impulsar una “agenda saharaui” y revertir el giro de Sánchez sobre el Sáhara Occidental. Sin embargo, una vez firmado el pacto de Gobierno, toda referencia a la cuestión saharaui desapareció del acuerdo.
Lo ocurrido entonces fue un anticipo de lo que hoy vuelve a repetirse: declaraciones, gestos y escenificaciones para consumo interno, pero ninguna voluntad real de confrontar con el PSOE en una cuestión considerada estratégica por Moncloa.
La conclusión es difícil de eludir: cuando llega la hora de elegir entre sus principios proclamados y la estabilidad del Gobierno, Sumar elige sistemáticamente lo segundo. Una actitud “acomodaticia” que comparte también la diputada saharaui de la coalición Tesh Sidi.
Marruecos impone su agenda porque se ha vuelto imprescindible para Occidente
La pregunta de fondo es por qué Marruecos ha conseguido en tan pocos años que buena parte de los países de la Unión Europea y varias potencias internacionales se alineen con sus posiciones sobre el Sáhara Occidental. La respuesta debe buscarse, por supuesto, en los intereses geopolíticos de esas potencias y sus aliados o “vasallos”. Marruecos se ha convertido en un actor estratégico de primer orden para Estados Unidos y la OTAN en el norte de África. Su colaboración militar con Washington se ha intensificado de forma constante durante la última década, hasta el punto de consolidarse como principal socio estratégico occidental en la región magrebí.
A ello se suma su papel como gendarme migratorio de Europa. Rabat ha demostrado reiteradamente que puede utilizar la presión migratoria como instrumento de chantaje político sobre España y la Unión Europea, abriendo o cerrando el flujo migratorio según convenga a sus intereses diplomáticos. La crisis de Ceuta de 2021 dejó esa capacidad de presión meridianamente clara.
Europa ha interiorizado desde entonces una lógica cada vez más evidente: mantener satisfecha a la monarquía marroquí se considera prioritario frente al respeto al derecho internacional.
La alianza con Israel y el respaldo decisivo de Estados Unidos
El gran salto diplomático de Marruecos llegó con los Acuerdos de Abraham de 2020. A cambio de normalizar relaciones con Israel, Marruecos obtuvo de Estados Unidos el reconocimiento de su soberanía sobre el Sáhara Occidental.
Desde entonces, la alianza entre Rabat e Israel se ha profundizado enormemente en materia militar, tecnológica y de inteligencia.
Israel se ha convertido en uno de los principales proveedores de armamento avanzado del régimen marroquí, mientras Washington ha consolidado su apuesta estratégica por Rabat como socio regional preferente.
En ese nuevo marco, la propuesta marroquí de autonomía dejó de ser una simple iniciativa diplomática para transformarse en la solución impulsada activamente por la principal potencia mundial. España y varios países europeos no han hecho más que adaptarse a ese nuevo equilibrio de fuerzas.
Los intereses económicos también pesan: recursos y negocios en el Sáhara ocupado
Junto a los factores estratégicos, existe también un poderoso componente económico. El Sáhara Occidental alberga enormes reservas de fosfatos, uno de los bancos pesqueros más ricos del Atlántico y un creciente potencial energético vinculado a proyectos de renovables, gas e hidrógeno verde.
La progresiva aceptación internacional de la ocupación marroquí abre la puerta a la explotación normalizada de todos esos recursos bajo control de Rabat.
Numerosas empresas europeas —entre ellas españolas— tienen intereses directos o indirectos en ese proceso.
Por eso, el alineamiento con Marruecos no responde solo a cálculos diplomáticos o de seguridad, sino también a intereses empresariales concretos.
Rusia y China: la abstención que legitimó el plan marroquí
Quienes han presentado durante años a Rusia y China como un supuesto contrapeso “antiimperialista” frente al bloque occidental también han chocado con la cruda realidad de los hechos al constatar la actitud de ambas potencias con respecto al pueblo saharaui.
En la decisiva votación del Consejo de Seguridad de la ONU del 31 de octubre de 2025, Moscú y Pekín se abstuvieron en la aprobación de la resolución impulsada por Estados Unidos que consolidó la propuesta marroquí de autonomía como marco central de las futuras negociaciones sobre el Sáhara Occidental, desplazando aún más la histórica referencia al referéndum de autodeterminación.
Aquella abstención no fue un acto de neutralidad. Fue una autorización política de facto para que la llamada “comunidad internacional” avanzara en la normalización del proyecto anexionista de Rabat sin necesidad de que Rusia y China se retrataran votando a favor. En diplomacia internacional, abstenerse en una votación de ese calibre equivale a dejar hacer.
La decisión dejó claro que ni Moscú ni Pekín estaban dispuestos a utilizar su derecho de veto para defender el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui cuando ello podía perjudicar sus propios intereses estratégicos.
China mantiene una relación económica cada vez más estrecha con Marruecos, al que considera una plataforma fundamental para su expansión comercial e industrial en África occidental y un socio clave dentro de su estrategia de la Nueva Ruta de la Seda.
Rusia, por su parte, ha optado por preservar su margen de maniobra en el Magreb y evitar un choque innecesario con Rabat en una región donde trata de ampliar su influencia sin comprometer otras alianzas.
El pueblo saharaui vuelve a pagar el precio de la realpolitik internacional
La exclusión de los saharauis de la regularización extraordinaria, por tanto, representa mucho más que una mera injusticia administrativa.
Es la manifestación concreta, dentro de España, de un proceso político mucho más amplio: la progresiva normalización internacional de la ocupación marroquí del Sáhara Occidental y el abandono práctico del derecho de autodeterminación del pueblo saharaui, impulsada por el papel decisivo que ha adquirido la monarquía alauita.
La principal fuerza impulsora de esta reconfiguración internacional es Estados Unidos, que ha situado a Marruecos como uno de sus socios estratégicos fundamentales en el norte de África, reforzado además por su creciente alianza con Israel. Sobre ese eje se ha articulado buena parte del respaldo internacional a la propuesta marroquí. Rusia y China, obviamente, no han dirigido esa operación, pero han optado por permitirla mediante su pasividad calculada, dejando avanzar la consolidación diplomática de la ocupación mientras preservan sus propios intereses en la región.


































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