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Jueves, 16 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:

DESTRUYENDO EL MITO DE LA IA: NO PIENSA, NO DECIDE, NO ES NEUTRA

¿Qué hay detrás de la promesa de máquinas inteligentes que supuestamente cambiarán el mundo para mejor?

Nos han vendido la inteligencia artificial como una especie de milagro tecnológico: máquinas que piensan, algoritmos neutrales y un futuro automatizado que traerá progreso para todos. Pero buena parte de ese relato es propaganda. La IA no es una mente artificial ni una fuerza mágica que cae del cielo. Detrás de cada algoritmo hay trabajo humano oculto, intereses empresariales y decisiones políticas. Destruir los mitos que rodean a la inteligencia artificial es el primer paso para entender qué es realmente esta tecnología… y a quién sirve.

 

POR CÁNDIDO GALVEZ PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

    Vivimos en una época en la que la inteligencia artificial se presenta [Img #91070]como una especie de milagro técnico. Se nos habla de ella como si hubiera aparecido de pronto, casi como una fuerza de la naturaleza, destinada a transformar nuestras vidas de manera inevitable. Los discursos empresariales y mediáticos la retratan como el próximo gran salto de la humanidad, una herramienta neutral que traerá eficiencia, comodidad y progreso para todos.

 

    Pero la historia enseña que ninguna tecnología nace en el vacío. Ninguna innovación cae del cielo. Toda herramienta surge en una sociedad concreta, impulsada por intereses concretos y utilizada dentro de relaciones de poder concretas. Y eso también vale para la inteligencia artificial.

 

     Comprenderla de verdad exige mirar más allá de su superficie brillante y de la propaganda futurista que la rodea. Porque la IA no es simplemente un avance técnico: es también un fenómeno económico, político y social.

[Img #91071]

 

LAS MÁQUINAS NO PIENSAN: CALCULAN

    Lo primero que conviene aclarar es que la inteligencia artificial no “piensa” en el sentido humano de la palabra. No comprende, no razona, no tiene conciencia. Aunque muchas veces hable con fluidez o parezca creativa, lo que hace en realidad es procesar cantidades inmensas de datos para calcular qué respuesta es más probable en función de patrones aprendidos.

 

   Dicho de forma sencilla: la IA no entiende el mundo; reconoce regularidades estadísticas dentro de enormes montañas de información.

 

    Esto es importante porque desmonta buena parte del mito construido a su alrededor. No estamos ante una mente artificial comparable a un cerebro humano, sino ante una herramienta predictiva extremadamente sofisticada. Una máquina capaz de imitar resultados humanos sin comprender realmente aquello que produce.

 

EL TRABAJO HUMANO ESCONDIDO DETRÁS DE LA “AUTOMATIZACIÓN”

    Una de las grandes trampas del discurso dominante sobre la IA es hacer creer que funciona sola. Que basta con diseñar el algoritmo y dejar que la máquina opere de forma autónoma. Pero detrás de esa imagen futurista se esconde una realidad mucho más prosaica: la inteligencia artificial depende de cantidades gigantescas de trabajo humano invisible.

 

   Miles de personas en todo el mundo etiquetan imágenes, corrigen respuestas, filtran contenido violento, clasifican datos y supervisan resultados para entrenar sistemas de IA. Muchas de ellas trabajan en condiciones precarias, con salarios bajos y desde países periféricos. Son los obreros invisibles de la automatización.

 

   En otras palabras: muchas de las supuestas maravillas de la IA no descansan únicamente sobre máquinas, sino sobre una enorme masa de trabajo humano oculto.

 

   La tecnología que se nos vende como “automatización total” muchas veces no elimina el trabajo: simplemente lo oculta, lo fragmenta y lo precariza.

 

QUIEN POSEE LA IA, POSEE EL PODER

    Pero quizá la cuestión más importante no sea cómo funciona la inteligencia artificial, sino quién la controla.

 

   Porque la IA no pertenece a la humanidad en abstracto. No está siendo desarrollada ni dirigida por “la sociedad” como un todo. Está concentrada en manos de un puñado de gigantes tecnológicos que poseen los datos, los servidores, la capacidad de inversión y la infraestructura global necesaria para desarrollarla.

 

    Y quien controla una tecnología tan poderosa no solo controla una herramienta técnica: controla una parte creciente de la economía, de la información y de la capacidad de organizar la vida social.

 

   No se trata simplemente de que unas pocas empresas ganen mucho dinero. Se trata de que esas empresas están adquiriendo una capacidad sin precedentes para decidir cómo trabajamos, qué consumimos, qué vemos, qué información recibimos y cómo somos evaluados.

 

LA IA COMO HERRAMIENTA DE VIGILANCIA Y DISCIPLINA

    La inteligencia artificial no solo automatiza tareas; también multiplica las posibilidades de vigilancia y control.

 

   Ya existen sistemas capaces de medir en tiempo real la productividad de trabajadores, vigilar sus pausas, controlar sus movimientos en almacenes, evaluar automáticamente su rendimiento e incluso despedirlos mediante procesos automatizados.

 

   También existen algoritmos utilizados para filtrar candidatos en procesos de contratación, conceder préstamos, evaluar riesgos de impago, asignar patrullas policiales o determinar probabilidades de reincidencia penal.

 

    El problema es que estos sistemas no son neutrales. Aprenden de datos generados por una sociedad desigual. Y cuando una máquina aprende de una realidad desigual, tiende a reproducir y amplificar esas desigualdades.

 

    Por eso numerosos estudios han demostrado que muchos algoritmos discriminan sistemáticamente por origen racial, género o nivel socioeconómico. No porque la máquina tenga prejuicios propios, sino porque reproduce los prejuicios existentes en el mundo del que extrae sus datos.

 

EL VERDADERO PROBLEMA NO ES LA TECNOLOGÍA, SINO SU USO SOCIAL

     Nada de esto significa que la inteligencia artificial sea intrínsecamente negativa. Toda tecnología puede utilizarse de formas muy distintas según el contexto social en que se inserte.

 

   Una herramienta capaz de automatizar tareas repetitivas podría servir para reducir la jornada laboral, mejorar servicios públicos o liberar a millones de personas de trabajos pesados y alienantes. Pero también puede utilizarse para despedir trabajadores, aumentar ritmos de producción y concentrar aún más riqueza en la cima de la sociedad.

 

    La tecnología, por sí sola, no determina su impacto. Lo determina el sistema de relaciones sociales en el que se aplica.

 

   Por eso el verdadero debate sobre la inteligencia artificial no debería limitarse a preguntar qué puede hacer esta tecnología. La pregunta decisiva es otra: para beneficio de quién se está utilizando.

 

MIRAR MÁS ALLÁ DEL FETICHISMO TECNOLÓGICO

   La inteligencia artificial suele presentarse como el gran horizonte del futuro. Pero para entender su verdadero significado hay que dejar de verla como una fuerza abstracta y neutral. Hay que observar quién la desarrolla, quién la financia, quién la controla y quién obtiene sus beneficios.

- Porque detrás de cada algoritmo hay una estructura económica.


- Detrás de cada automatización hay una decisión empresarial.


- Detrás de cada avance técnico hay una lucha por decidir a quién servirá ese avance.

 

    La inteligencia artificial no es un destino inevitable. No es una fuerza sobrenatural que escapa al control humano. Es una herramienta creada por seres humanos dentro de una sociedad concreta.

 

    Y  precisamente por eso, el debate sobre su futuro no es solo técnico. Es profundamente político.

 

FUENTES CONSULTADAS

  • JYH, “Explaining AI with Marx: Turns out that class matters a lot!”, MR Online / Spring Magazine, 2026.
  • Maximilian Kasy, The Means of Prediction: How AI Really Works (and Who Benefits), University of Chicago Press, 2025.
  • Shoshana Zuboff, The Age of Surveillance Capitalism, 2019.
  • Antonio A. Casilli, Waiting for Robots, 2021.
  • Kate Crawford, Atlas of AI, 2021.
  • Cathy O’Neil, Weapons of Math Destruction, 2016.
  • Nick Srnicek, Platform Capitalism, 2017.
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