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WALL STREET Y EL ASCENSO DE HITLER AL PODER: LO QUE NUNCA NOS CONTARON

¿Contribuyeron las grandes compañias estadounidenses a hacer posible la toma del poder por los nazis?

En 1976, el historiador Antony C. Sutton publicó una obra explosiva: sostenía que parte de la élite financiera y empresarial de Occidente ayudó a fortalecer la maquinaria industrial que hizo posible el Tercer Reich. Medio siglo después, su tesis sigue obligando a revisar una pregunta que continúa desasosegando al establishment de ese país: cuánto del poder de Hitler se construyó también con dinero extranjero.

POR MANUEL MEDINA(*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

    Cuando el economista e historiador británico-estadounidense Antony Cyril Sutton publicó en 1976 Wall Street and the Rise of Hitler —traducido al castellano como Wall Street y el ascenso de Hitler—, su libro cayó como una auténtica bomba en determinados círculos académicos y políticos.

 

   Sutton no era, en absoluto, un investigador marginal: había sido profesor e investigador en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford, uno de los centros de estudios más[Img #91050] prestigiosos de Estados Unidos, y se había especializado en historia económica y en las relaciones entre finanzas internacionales y poder político.

 

   Su obra sobre Hitler formaba parte de una trilogía más amplia en la que intentó demostrar que determinadas élites financieras occidentales habían colaborado con el ascenso nacional-socialista en Alemania. Aquella tesis lo convirtió en una figura enormemente controvertida.

 

  Admirado por unos como revisionista valiente y criticado por otros como excesivamente conspirativo, Sutton sigue siendo hoy una referencia polémica en cualquier debate sobre la relación entre capitalismo internacional y poder político.

 

    Su libro sobre Hitler mantiene, casi cincuenta años después, su capacidad para inquietar porque formula una pregunta extraordinariamente  perturbadora:
 

    ¿Y si el régimen nazi no hubiera podido convertirse en la potencia industrial que fue sin la ayuda económica y tecnológica de parte del capitalismo occidental?

 

 UNA TESIS INQUIETANTE: EL FENÓMENO HITLER NO SE EXPLICA SÓLO DESDE ALEMANIA

   La interpretación clásica del ascenso de Adolf Hitler suele centrarse en causas internas alemanas: el resentimiento nacional tras la Primera Guerra Mundial, la humillación del Tratado de Versalles, la inflación descontrolada de 1923, la Gran Depresión y el colapso de la República de Weimar. Sutton no reniega de ninguno de esos factores. Pero sostiene que esa explicación es insuficiente.

 

    Su argumento central es que la Alemania que llevó a Hitler al poder ya había sido parcialmente reconstruida con capital extranjero, especialmente estadounidense, y que parte de ese dinero fortaleció precisamente a las industrias que luego sostendrían el rearme nazi.

 

    Dicho de forma sencilla: Hitler no fue financiado directamente por Wall Street como si hubiera existido una gran conspiración internacional para llevarlo al poder. Pero, según Sutton, la estructura económica que permitió a Hitler gobernar, rearmarse y lanzar una guerra mundial fue reforzada por una red internacional de Bancos y corporaciones que hicieron negocios con Alemania durante los años veinte y treinta.

 

CÓMO FUNCIONÓ EL MECANISMO: PRÉSTAMOS PARA RECONSTRUIR… Y PARA REARMAR

    Tras la Primera Guerra Mundial, Alemania debía pagar enormes reparaciones a los vencedores. Para evitar el hundimiento total de la economía alemana, se diseñaron dos grandes planes de estabilización financiera: el Plan Dawes (1924) y el Plan Young (1929). Oficialmente, su objetivo era facilitar el pago ordenado de las reparaciones y estabilizar Europa. En la práctica, implicaron una entrada masiva de capital extranjero en Alemania.

 

El mecanismo era relativamente simple:

     Estados Unidos prestaba dinero a Alemania; Alemania usaba parte de ese dinero para pagar reparaciones a Francia y Reino Unido; Francia y Reino Unido empleaban esos fondos para devolver sus propias deudas a Estados Unidos.

 

    El sistema parecía racional. Pero Sutton sostiene que tuvo un efecto secundario crucial: gran parte de esos capitales terminaron modernizando la industria pesada alemana.

 


CUANDO EL GRAN CAPITAL ALEMÁN ELIGIÓ A HITLER

    Sin embargo, el capital extranjero no explica por sí solo el ascenso nazi. Sutton subraya que el éxito de Hitler fue también posible porque una parte decisiva de la gran industria alemana decidió apostar por él.

 

   El magnate del acero Fritz Thyssen, uno de los primeros grandes financiadores del NSDAP (Partido nacional-socialista alemán), es el ejemplo paradigmático. Como muchos empresarios alemanes, vio en Hitler una solución frente al caos económico, la agitación sindical y el temor al comunismo.

 

    El cálculo era claro: el nazismo ofrecía orden, destrucción del movimiento obrero, rearme masivo y una economía dirigida favorable a la gran industria.

 

    IG Farben no fue solo beneficiaria del régimen: contribuyó económicamente a su consolidación política, financiando la campaña que ayudó a Hitler a asegurarse el poder en 1933.

 

     La alianza quedó sellada: el nazismo ofrecía al gran capital disciplina social y contratos estatales; el gran capital ofrecía al nazismo dinero, legitimidad y capacidad industrial.

 

LOS GIGANTES INDUSTRIALES QUE SOSTUVIERON AL TERCER REICH

     Pero ese dinero no se distribuyó de forma homogénea por toda la economía alemana. Una parte importante reforzó a grandes conglomerados industriales que después serían esenciales para el nazismo.

 

   El más importante de todos ellos fue IG Farben, el gigante químico alemán. Sutton le dedica buena parte de su libro porque lo considera prácticamente inseparable del régimen nazi. Antes de la guerra, Farben producía casi todo el caucho sintético alemán, la mayoría de sus explosivos, gran parte del combustible sintético y numerosos productos químicos estratégicos. Sin esa empresa, sostiene Sutton, la capacidad militar del Reich habría sido radicalmente inferior.

 

   También resultó decisiva Vereinigte Stahlwerke, el gran conglomerado siderúrgico alemán, esencial para fabricar acero, armamento pesado y materiales industriales básicosA ellas se sumó también AEG, gigante de la industria eléctrica.

 

   La tesis que sostiene Sutton es que el capital extranjero no fortaleció de manera abstracta a “Alemania”, sino que ayudó específicamente a consolidar las grandes corporaciones que luego serían el músculo industrial del Tercer Reich.

 

LAS EMPRESAS ESTADOUNIDENSES EN LA RED DE COLABORACIÓN

    Uno de los aspectos más polémicos del libro es el inventario de empresas norteamericanas que, según Sutton, colaboraron de un modo u otro con la industria alemana.

 

    Entre ellas figura Standard Oil, acusada de transferir tecnología de combustibles sintéticos y aditivos para gasolina de aviación fundamentales para el esfuerzo bélico alemán.
 

  La General Motors, mediante su filial Opel, y Ford, con Ford A.G., participaron en la fabricación de vehículos para el Reich.
 

    La General Electric mantuvo estrechos vínculos con la industria eléctrica alemana.  Y compañías como DuPont, Dow Chemical o ITT aparecen también en distintos acuerdos industriales o tecnológicos.

 

   Sutton subraya que muchas de estas colaboraciones no consistían simplemente en vender productos, sino en compartir patentes, procesos industriales, licencias tecnológicas y conocimientos estratégicos.

 

 

¿IGNORANCIA O CÁLCULO?

    Una de las cuestiones clave del libro es si estas empresas actuaron sin comprender a quién estaban fortaleciendo. Sutton responde negativamente.

 

  Para mediados de los años treinta, el carácter del régimen nazi era público y notorio: había eliminado la democracia, ilegalizado partidos, perseguido opositores, comenzado el rearme y lanzado campañas antisemitas de enorme visibilidad internacional.

 

    Según Sutton, sostener que los grandes ejecutivos occidentales ignoraban la naturaleza del régimen resulta poco verosímil. Su conclusión es que muchos continuaron colaborando porque consideraron que el beneficio económico justificaba el riesgo político.

 

LO QUE LA HISTORIOGRAFÍA DISCUTE

  La mayoría de historiadores académicos no acepta plenamente las conclusiones de Sutton. Se le reprocha exagerar el peso del capital extranjero y convertir relaciones empresariales reales en una teoría demasiado amplia sobre control financiero internacional.

 

   Sus críticos le recuerdan  que Hitler llegó al poder por una combinación de factores mucho más compleja:

- la crisis social alemana,
- la polarización política,
- el miedo al comunismo,
- la debilidad institucional de Weimar,
- y la movilización de masas del nazismo.

 

    Opinan que reducir el ascenso de Hitler a Wall Street sería una simplificación histórica. Pero incluso quienes rechazan sus conclusiones más radicales admiten que Sutton planteó una cuestión legítima:
 

   la relación entre gran empresa occidental y nazismo fue más estrecha y pragmática de lo que durante mucho tiempo se quiso reconocer.

 

LA GRAN LECCIÓN DEL LIBRO

    La principal enseñanza de Wall Street y el ascenso de Hitler no es que “Wall Street creó a Hitler”, una simplificación que el propio libro no sostiene. Su verdadera lección es más compleja y más inquietante:

  los regímenes totalitarios no se construyen sólo con ideología y propaganda; necesitan también crédito, industria, tecnología y apoyo empresarial.

 

   Y esos recursos no siempre proceden únicamente del interior del país que los engendra.

 

CUANDO EL CAPITAL NO TIENE BANDERA

    La gran provocación de Sutton sigue vigente hoy en día, porque obliga a formular una pregunta estremecedora para cualquier época:

  ¿Qué ocurre cuando los intereses económicos de las grandes empresas chocan con los principios democráticos o con la estabilidad internacional? Para encontrar la  respuesta  nos bastaría con revisar la palpitante actualidad política de nuestros días.

 

    Su libro sugiere una respuesta inquietante: que en determinadas circunstancias, el beneficio puede pesar más que la ideología, la moral o incluso la prudencia geopolítica.

 

    Puede discutirse cuánto exageró Sutton  el peso que tuvo Wall Street en el fulgurante ascenso de Hitler a la Cancillería del Reich.  Puede discutirse también  hasta qué punto sobredimensionó Sutton el papel desempeñado por Wall Street. Sin embargo, lo que resultará  más difícil discutir es la advertencia de fondo que atraviesa todo su libro:

   la historia ha demostrado reiteradamente que los mercados no solo no frenan los autoritarismos, sino que en la mayoría de las ocasiones los alientan, y casi siempre hacen suculentos negocios con ellos.

 

FUENTE:

Antony C. Sutton, Wall Street y el ascenso de Hitler, 1976.

 

(*) Manuel Medina es profesor de Historia y divulgador de temas relacionados con esa misma materia.

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