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Martes, 07 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:

EL MODELO CANARIO ENTRA EN "NÚMEROS ROJOS" ECOLÓGICOS

El crecimiento turístico acelera un deterioro que ya supera la capacidad real del territorio

El turismo ha sido impuesto como monocultivo económico en Canarias, pero la riqueza que genera no se queda en el territorio. Mientras crecen las cifras de visitantes, los beneficios se concentran en grandes cadenas y touroperadores externos. El resultado es un modelo que expande ingresos, pero también desigualdad y desgaste ambiental.

 

Por ERNESTO GUTIÉRREZ PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-

 

  Durante décadas, las Islas Canarias han sido vendidas como un paraíso accesible: sol eterno, playas, naturaleza y descanso al alcance de millones de turistas europeos. Sin embargo, bajo esa imagen cuidadosamente construida, se ha gestado una contradicción cada vez más evidente: el mismo modelo que sostiene la economía del Archipiélago está erosionando las condiciones que lo hacen posible. Lo que durante años fue presentado como progreso empieza a revelar su reverso: dependencia, deterioro ambiental y malestar social.

 

Un crecimiento que agota su propio suelo

   El turismo no es simplemente un sector económico en Canarias: es su columna vertebral. Representa cerca del 35% del PIB y concentra una parte aún mayor del empleo. Pero esta centralidad no ha sido neutra. Ha configurado una economía orientada casi exclusivamente a satisfacer la demanda externa, dejando en segundo plano otras actividades productivas.

 

  El resultado es lo que muchos analistas describen como un “monocultivo turístico”. Igual que en la agricultura intensiva, la especialización extrema genera vulnerabilidad. Cuando todo depende de una sola actividad, cualquier crisis —como la vivida durante la pandemia— expone la fragilidad del sistema. Pero incluso sin crisis externas, el turismo de masas contiene una contradicción interna: necesita expandirse continuamente, aunque esa expansión degrade el territorio del que depende.

 

La capacidad de carga: un límite ignorado

  Uno de los conceptos clave para entender la situación es el de “capacidad de carga”: cuántas personas y cuánta actividad puede soportar un territorio sin colapsar.

 

  Diversos estudios recientes apuntan a que esa capacidad en Canarias se ha reducido de forma drástica en las últimas décadas. Más turistas, más infraestructuras, más consumo de recursos… pero menos capacidad del territorio para sostenerlos.

 

 El problema no es solo cuantitativo, sino cualitativo. No se trata únicamente de cuántos turistas llegan, sino de cómo se organiza su presencia: concentración en determinadas zonas, uso intensivo de recursos y generación de residuos en espacios limitados. En un territorio fragmentado y con ecosistemas frágiles, como es un archipiélago volcánico, estos efectos se multiplican.

 

Agua, energía y residuos: la factura invisible

  El turismo de masas tiene una característica fundamental: desplaza costes. Lo que para el visitante es comodidad, para el territorio es presión.

 

  El agua es un ejemplo claro. En Canarias, donde este recurso es escaso, gran parte del abastecimiento depende de desaladoras, que requieren un elevado consumo energético. Un turista puede consumir entre dos y tres veces más agua que un residente, lo que intensifica una presión ya existente.

 

  Algo similar ocurre con la energía. El modelo turístico implica transporte aéreo masivo, climatización, infraestructuras hoteleras y servicios que elevan el consumo energético y las emisiones. Todo ello en un territorio que aún depende en gran medida de los combustibles fósiles.

 

  A esto se suma la generación de residuos. Las islas, por su propia condición geográfica, tienen limitaciones evidentes para gestionar grandes volúmenes de basura. Sin embargo, la producción de residuos crece al ritmo del turismo, desbordando en ocasiones las capacidades de tratamiento.

 

La otra cara: precariedad y expulsión

  El discurso oficial ha presentado el turismo como una fuente de riqueza y empleo. Pero esa riqueza no se distribuye de forma homogénea.

 

  El empleo en el sector turístico se caracteriza por la temporalidad, los bajos salarios y la dependencia de grandes cadenas hoteleras. Mientras tanto, el encarecimiento de la vivienda, impulsado en parte por el auge del alquiler vacacional, dificulta el acceso a un derecho básico para la población local.

 

  Así, se produce una paradoja: quienes sostienen el funcionamiento diario del sector tienen cada vez más dificultades para vivir en el territorio que lo hace posible.

 

  Este fenómeno no es accidental. Responde a una lógica en la que los beneficios se concentran en determinados actores económicos - muchas veces foráneos -  mientras los costes —ambientales, sociales y de infraestructuras— se distribuyen entre el conjunto de la población.

 

El conflicto emerge: “Canarias tiene un límite”

  En los últimos años, esta tensión ha dejado de ser silenciosa. Las movilizaciones bajo lemas como “Canarias tiene un límite” reflejan un cambio significativo: el problema ya no se percibe como algo técnico o ambiental, sino como una cuestión política y social.

 

  Las demandas son claras: limitar el crecimiento turístico, regular el alquiler vacacional, proteger el territorio y replantear el modelo económico. No se trata de rechazar el turismo en sí, sino de cuestionar un modelo basado en el crecimiento ilimitado.

 

¿Reformar o transformar?

  Las propuestas institucionales suelen centrarse en hacer el turismo “más sostenible”: ecoturismo, eficiencia energética, protección de espacios naturales. Son medidas necesarias, pero insuficientes si no se aborda el problema de fondo.

 

  La cuestión central es si es posible compatibilizar un modelo basado en la expansión continua con los límites físicos del territorio. O, dicho de otro modo, si se puede mantener la lógica actual sin seguir deteriorando las condiciones de vida y el entorno.

 

  Canarias se encuentra en una encrucijada. El modelo que ha generado crecimiento durante décadas muestra signos claros de agotamiento. La reducción de la capacidad de carga, el deterioro ambiental y el aumento del malestar social no son fenómenos aislados, sino expresiones de una misma dinámica.

 

   La pregunta ya no es si el modelo actual es sostenible, sino cuánto tiempo puede sostenerse antes de que sus propias contradicciones lo desborden. En ese sentido, el verdadero límite no lo marca solo la naturaleza, sino la capacidad de la sociedad canaria para replantear su futuro.

 
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