PÁNICO EN LA OIT: ¿PODRÁ SOBREVIVIR ESA INSTITUCIÓN AL DESEMBARCO DE YOLANDA DÍAZ EN ELLA?
Del discurso transformador a la gestión global: una mirada crítica, documentada y satírica sobre una de las trayectorias más singulares de la política española reciente
La posible aspiración de Yolanda Díaz a dirigir la Organización Internacional del Trabajo ha reavivado un viejo debate sobre la evolución de la izquierda europea durante las últimas décadas. Desde sus raíces en el eurocomunismo gallego hasta su ascenso a la vicepresidencia del Gobierno, la dirigente de Sumar ha protagonizado una trayectoria marcada por una extraordinaria capacidad de adaptación política.
POR NICOLÁS RETINTÍN PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Hay noticias que suscitan ilusiones. Otras despiertan esperanzas. Y luego están esas noticias que obligan a los funcionarios de la OIT a comprobar discretamente el lugar donde se guardaron los extintores.
Y es que la posibilidad de que Yolanda Díaz aspire a dirigir la Organización Internacional del Trabajo (OIT), tal y como parece figurar en su agenda, está provocando auténtico pánico en la plantilla laboral de esa institución con sede en Ginebra.
La pregunta que se están formulando algunos funcionarios de
la OIT que están más o menos al corriente de los avatares de la política española, los ha puesto a todos en estado de alerta máxima.
"Si atendemos al estado en que ha quedado Sumar tras el liderazgo de Díaz, ¿qué podría ocurrirle a una institución centenaria como es la OIT si cayera bajo su dirección?", se preguntan con ojos de plato algunos de ellos
Es una cuestión, ciertamente, incómoda, pero hay que reconocer que también perfectamente legítima.
Y es que SUMAR nació presentado como el gran proyecto de "reunificación de la izquierda española". Era la "gran esperanza". La "casa común". El "espacio del diálogo". La "síntesis definitiva". Un proyecto destinado a superar - decían- las divisiones que habían desgastado durante años a la izquierda ubicada supuestamente a la izquierda del PSOE.
La realidad, sin embargo, tuvo el mal gusto de no colaborar. En apenas unos años aparecieron múltiples conflictos internos, enfrentamientos con Podemos, fugas de dirigentes, pésimos resultados electorales y una creciente sensación de descomposición. Y algo empezó a oler muy mal en Dinamarca.
El desenlace terminó siendo tan brillante que la propia Yolanda Díaz abandonó la dirección orgánica del proyecto que había creado, antes de que aquella tumultuosa vorágine se la tragara a ella misma.
La verdad es que no resulta fácil encontrar muchos precedentes semejantes a los de Yolanda en la historia política. Construir una organización para abandonarla antes de que termine de derrumbarse, requiere una mezcla muy particular de talento político y sentido de la oportunidad. Y Yolanda no tiene nada de lo primero, pero le sobran kilos de lo segundo.
DE DÓNDE VIENE LA HABILIDAD
Toda realidad posee raíces que la alimentan y detonantes que aceleran su manifestación. La trayectoria de Yolanda Díaz no surgió de la nada. Procede de una tradición política muy concreta: de la izquierda eurocomunista amamantada por Santiago Carrillo.
Esa corriente ideológica descubrió hace décadas, que la mejor forma de aproximarse al poder no siempre consistía en enfrentarse a él. Llegaron a tener la convicción de que resultaba más eficaz administrarlo, compartirlo o integrarse gradualmente en sus instituciones.
Aquel proceso concluyó convirtiéndose en una involución histórica fascinante. La revolución fue sustituyéndose poco a poco por la gestión. La transformación social fue cediendo terreno a la negociación permanente. Y la confrontación dio felizmente paso franco al consenso institucional. Y justo en ese punto es en el que hoy nos encontramos
En ese ecosistema político fue donde se formó Yolanda Díaz. Su carrera constituye un magnífico ejemplo de adaptación camaleónica. Ha sobrevivido a la crisis de Izquierda Unida, al ascenso y declive de Podemos, a las guerras internas de la izquierda alternativa y al hundimiento catastrófico de su propio invento: Sumar. Mientras proyectos enteros desaparecían a su alrededor, ella continuaba avanzando, alegre y vivaracha, hacia posiciones cada vez más elevadas.
Vista desde cierta distancia, su trayectoria recuerda, como si de un calco se tratara, a esos personajes cinematográficos que atraviesan explosiones gigantescas sin despeinarse, mientras que los demás corren despavoridos y "hechos polvo" en todas direcciones.
EL EXTRAÑO FENÓMENO DE ASCENDER ENTRE RUINAS
Hay algo especialmente llamativo en la evolución de Yolanda Díaz. Cada vez que el espacio político que la rodea entra en crisis, ella se acerca un poco más a un cargo superior.
Por ejemplo, cuando Izquierda Unida se debilitó, ella avanzó. Cuando Podemos comenzó a hacerse trizas, dio un sprint hacia adelante. Cuando Sumar inició su cuarteamiento y deterioro, Díaz dio un salto, rompió las reglas y se salió del campo de juego. Y ahora aparece con una nueva meta en el infinito horizonte de sus ambiciones: la posibilidad de templar sus posaderas en la OIT.
Se trata de una curiosa ley de la física de la política española. Los proyectos disminuyen de tamaño mientras aumenta la proyección institucional de sus dirigentes. Es un fenómeno digno de un sesudo estudio académico. Quizá dentro de algunas décadas, los politólogos elaboren complejas teorías para explicar cómo una organización como SUMAR pudo perder influencia, mientras su máxima líder y creadora gana relevancia internacional.
LA MAGIA DE LA IMAGEN
Conviene precisar que parte de ese éxito tiene relación con una imagen pública cuidadosamente construida durante años. Yolanda Díaz ha sido presentada como una dirigente dialogante, almibaradamente amable, moderada hasta la extenuación y capaz de alcanzar acuerdos hasta con su mismísima suegra.
Su perfil contrasta con la imagen mucho más combativa que caracterizó a otros dirigentes de la izquierda reciente. La estrategia le resultó eficaz. Mientras otros aparecían asociados al conflicto interno permanente, ella fue identificada, limpia de polvo y paja, con la negociación, el buen rollito y la sonrisa melosa. Mientras otros protagonizaban enfrentamientos públicos, ella cultivaba una estética de cordialidad versallesca, que la exhibía los mismos con la Patronal derechosa que con el sindicalismo domesticado.
Y mientras las organizaciones en las que estuvo y utilizó como trampolín se deterioraban, su imagen personal permanecía relativamente intacta. Es esa una habilidad notable. Es algo parecido a si alguien logra abandonar un edificio en llamas, y lo que los medios destacan es la elegancia y parsimonia con la que ha utilizado la escalera de emergencia.
SUMAR: EL LABORATORIO
Pero el "Caso de Sumar" merece atención muy especial. Fue reiteradamente presentado como la gran herramienta destinada a superar los errores del pasado. Como la organización que pondría fin a las divisiones históricas de la "izquierda alternativa".
Sin embargo, lo que realmente ocurrió fue exactamente lo contrario. Las tensiones con Podemos se transformaron en una guerra abierta y fratricida. Los desacuerdos internos se multiplicaron. La cohesión desapareció. Los resultados electorales empeoraron. Y el proyecto comenzó a encogerse como un jersey barato sometido al programa intensivo de una secadora.
Pero lo verdaderamente extraordinario es que incluso en medio de ese cainita zipizape, la figura de Yolanda Díaz consiguió mantenerse relativamente protegida del desgaste. Era como contemplar a un capitán que abandona su barco escorado, mientras gran parte de los comentaristas elogian la calidad de su impoluto uniforme.
EL "SUEÑO GINEBRINO"
Y es justo entonces cuando aparece el "Proyecto OIT". Una institución histórica. Muy prestigiosa entre patrones y socialdemócratas. Internacional. Influyente. Situada además en Ginebra, una ciudad distinguida que parece especialmente diseñada para seducir a cualquier político/política que haya pasado demasiados años sobreviviendo a conflictos internos.
La posible candidatura encierra una ironía difícil de ignorar. Durante décadas una parte importante de la izquierda denunció las élites internacionales, las burocracias alejadas de los ciudadanos y las estructuras de poder supranacionales. Sin embargo, ahora algunos de sus dirigentes terminan aspirando, precisamente, a ocupar puestos relevantes dentro de esas justamente denostadas instituciones.
No deja de resultar llamativo. Es algo así como si un activista contra los Cruceros de lujo terminara presentándose para dirigir una compañía naviera.
LA PREGUNTA INCÓMODA
Naturalmente, nadie puede saber - aunque sí intuir- qué es lo que sucederá en la OIT si Yolanda Díaz lograra llegar como se propone a la dirección de esa institución. Pero un observador despistado podría convenir que hasta tal vez podría desarrollar allí una gestión brillante. Tal vez reforzaría la institución. Tal vez podría abrir una etapa de estabilidad y consenso en su seno, podrían pensar los despistadillos.
Todo eso es perfectamente posible. Pero existe una interrogante que resulta difícil evitar. Si el principal proyecto político construido bajo su liderazgo terminó en un tiempo record convertido en una colección de conflictos internos, decepciones electorales y fracturas organizativas, ¿por qué deberían sentirse completamente tranquilos los funcionarios ginebrinos de una institución internacional infinitamente más compleja?
Conste que esta pregunta no nace desde ninguna hostilidad hacia el personaje, Dios nos libre. Nace de la experiencia. Y la experiencia recientísima ofrece material mas que abundante para que nos formulemos este tipo de reflexiones.
EL TRIUNFO DE LA ADAPTACIÓN
Quizá la principal enseñanza de toda esta historia sea otra. Más allá de ideologías, partidos o programas, Yolanda Díaz ha demostrado una capacidad extraordinaria para adaptarse camaleónicamente a cada nueva etapa política.
Ha sobrevivido a todo el sin fin de mutaciones de la izquierda española contemporánea. Ha cambiado de escenario sin desaparecer. Ha sorteado crisis que hundieron a otros dirigentes. Y ha mantenido intacta una notable capacidad para proyectarse hacia posiciones superiores.
En términos evolutivos, su historia ha sido una historia de éxito. En términos políticos, es verdad, las opiniones pueden variar drásticamente. Pero reconózcase que resulta difícil negar que encontramos ante una de las carreras más singulares de la política española reciente.
Y por eso, mientras en algunos despachos de Ginebra observan con inquietud alarmada los rumores sobre su posible desembarco en Ginebra, probablemente haya quien formule una sencilla petición preventiva. Nada dramático. Nada alarmista. Simplemente, una previsora recomendación basada en la prudencia. Que alguien haga copia de seguridad de todos los archivos. No es por nada, créanme.
Es tan solo por si acaso.
POR NICOLÁS RETINTÍN PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Hay noticias que suscitan ilusiones. Otras despiertan esperanzas. Y luego están esas noticias que obligan a los funcionarios de la OIT a comprobar discretamente el lugar donde se guardaron los extintores.
Y es que la posibilidad de que Yolanda Díaz aspire a dirigir la Organización Internacional del Trabajo (OIT), tal y como parece figurar en su agenda, está provocando auténtico pánico en la plantilla laboral de esa institución con sede en Ginebra.
La pregunta que se están formulando algunos funcionarios de
la OIT que están más o menos al corriente de los avatares de la política española, los ha puesto a todos en estado de alerta máxima.
"Si atendemos al estado en que ha quedado Sumar tras el liderazgo de Díaz, ¿qué podría ocurrirle a una institución centenaria como es la OIT si cayera bajo su dirección?", se preguntan con ojos de plato algunos de ellos
Es una cuestión, ciertamente, incómoda, pero hay que reconocer que también perfectamente legítima.
Y es que SUMAR nació presentado como el gran proyecto de "reunificación de la izquierda española". Era la "gran esperanza". La "casa común". El "espacio del diálogo". La "síntesis definitiva". Un proyecto destinado a superar - decían- las divisiones que habían desgastado durante años a la izquierda ubicada supuestamente a la izquierda del PSOE.
La realidad, sin embargo, tuvo el mal gusto de no colaborar. En apenas unos años aparecieron múltiples conflictos internos, enfrentamientos con Podemos, fugas de dirigentes, pésimos resultados electorales y una creciente sensación de descomposición. Y algo empezó a oler muy mal en Dinamarca.
El desenlace terminó siendo tan brillante que la propia Yolanda Díaz abandonó la dirección orgánica del proyecto que había creado, antes de que aquella tumultuosa vorágine se la tragara a ella misma.
La verdad es que no resulta fácil encontrar muchos precedentes semejantes a los de Yolanda en la historia política. Construir una organización para abandonarla antes de que termine de derrumbarse, requiere una mezcla muy particular de talento político y sentido de la oportunidad. Y Yolanda no tiene nada de lo primero, pero le sobran kilos de lo segundo.
DE DÓNDE VIENE LA HABILIDAD
Toda realidad posee raíces que la alimentan y detonantes que aceleran su manifestación. La trayectoria de Yolanda Díaz no surgió de la nada. Procede de una tradición política muy concreta: de la izquierda eurocomunista amamantada por Santiago Carrillo.
Esa corriente ideológica descubrió hace décadas, que la mejor forma de aproximarse al poder no siempre consistía en enfrentarse a él. Llegaron a tener la convicción de que resultaba más eficaz administrarlo, compartirlo o integrarse gradualmente en sus instituciones.
Aquel proceso concluyó convirtiéndose en una involución histórica fascinante. La revolución fue sustituyéndose poco a poco por la gestión. La transformación social fue cediendo terreno a la negociación permanente. Y la confrontación dio felizmente paso franco al consenso institucional. Y justo en ese punto es en el que hoy nos encontramos
En ese ecosistema político fue donde se formó Yolanda Díaz. Su carrera constituye un magnífico ejemplo de adaptación camaleónica. Ha sobrevivido a la crisis de Izquierda Unida, al ascenso y declive de Podemos, a las guerras internas de la izquierda alternativa y al hundimiento catastrófico de su propio invento: Sumar. Mientras proyectos enteros desaparecían a su alrededor, ella continuaba avanzando, alegre y vivaracha, hacia posiciones cada vez más elevadas.
Vista desde cierta distancia, su trayectoria recuerda, como si de un calco se tratara, a esos personajes cinematográficos que atraviesan explosiones gigantescas sin despeinarse, mientras que los demás corren despavoridos y "hechos polvo" en todas direcciones.
EL EXTRAÑO FENÓMENO DE ASCENDER ENTRE RUINAS
Hay algo especialmente llamativo en la evolución de Yolanda Díaz. Cada vez que el espacio político que la rodea entra en crisis, ella se acerca un poco más a un cargo superior.
Por ejemplo, cuando Izquierda Unida se debilitó, ella avanzó. Cuando Podemos comenzó a hacerse trizas, dio un sprint hacia adelante. Cuando Sumar inició su cuarteamiento y deterioro, Díaz dio un salto, rompió las reglas y se salió del campo de juego. Y ahora aparece con una nueva meta en el infinito horizonte de sus ambiciones: la posibilidad de templar sus posaderas en la OIT.
Se trata de una curiosa ley de la física de la política española. Los proyectos disminuyen de tamaño mientras aumenta la proyección institucional de sus dirigentes. Es un fenómeno digno de un sesudo estudio académico. Quizá dentro de algunas décadas, los politólogos elaboren complejas teorías para explicar cómo una organización como SUMAR pudo perder influencia, mientras su máxima líder y creadora gana relevancia internacional.
LA MAGIA DE LA IMAGEN
Conviene precisar que parte de ese éxito tiene relación con una imagen pública cuidadosamente construida durante años. Yolanda Díaz ha sido presentada como una dirigente dialogante, almibaradamente amable, moderada hasta la extenuación y capaz de alcanzar acuerdos hasta con su mismísima suegra.
Su perfil contrasta con la imagen mucho más combativa que caracterizó a otros dirigentes de la izquierda reciente. La estrategia le resultó eficaz. Mientras otros aparecían asociados al conflicto interno permanente, ella fue identificada, limpia de polvo y paja, con la negociación, el buen rollito y la sonrisa melosa. Mientras otros protagonizaban enfrentamientos públicos, ella cultivaba una estética de cordialidad versallesca, que la exhibía los mismos con la Patronal derechosa que con el sindicalismo domesticado.
Y mientras las organizaciones en las que estuvo y utilizó como trampolín se deterioraban, su imagen personal permanecía relativamente intacta. Es esa una habilidad notable. Es algo parecido a si alguien logra abandonar un edificio en llamas, y lo que los medios destacan es la elegancia y parsimonia con la que ha utilizado la escalera de emergencia.
SUMAR: EL LABORATORIO
Pero el "Caso de Sumar" merece atención muy especial. Fue reiteradamente presentado como la gran herramienta destinada a superar los errores del pasado. Como la organización que pondría fin a las divisiones históricas de la "izquierda alternativa".
Sin embargo, lo que realmente ocurrió fue exactamente lo contrario. Las tensiones con Podemos se transformaron en una guerra abierta y fratricida. Los desacuerdos internos se multiplicaron. La cohesión desapareció. Los resultados electorales empeoraron. Y el proyecto comenzó a encogerse como un jersey barato sometido al programa intensivo de una secadora.
Pero lo verdaderamente extraordinario es que incluso en medio de ese cainita zipizape, la figura de Yolanda Díaz consiguió mantenerse relativamente protegida del desgaste. Era como contemplar a un capitán que abandona su barco escorado, mientras gran parte de los comentaristas elogian la calidad de su impoluto uniforme.
EL "SUEÑO GINEBRINO"
Y es justo entonces cuando aparece el "Proyecto OIT". Una institución histórica. Muy prestigiosa entre patrones y socialdemócratas. Internacional. Influyente. Situada además en Ginebra, una ciudad distinguida que parece especialmente diseñada para seducir a cualquier político/política que haya pasado demasiados años sobreviviendo a conflictos internos.
La posible candidatura encierra una ironía difícil de ignorar. Durante décadas una parte importante de la izquierda denunció las élites internacionales, las burocracias alejadas de los ciudadanos y las estructuras de poder supranacionales. Sin embargo, ahora algunos de sus dirigentes terminan aspirando, precisamente, a ocupar puestos relevantes dentro de esas justamente denostadas instituciones.
No deja de resultar llamativo. Es algo así como si un activista contra los Cruceros de lujo terminara presentándose para dirigir una compañía naviera.
LA PREGUNTA INCÓMODA
Naturalmente, nadie puede saber - aunque sí intuir- qué es lo que sucederá en la OIT si Yolanda Díaz lograra llegar como se propone a la dirección de esa institución. Pero un observador despistado podría convenir que hasta tal vez podría desarrollar allí una gestión brillante. Tal vez reforzaría la institución. Tal vez podría abrir una etapa de estabilidad y consenso en su seno, podrían pensar los despistadillos.
Todo eso es perfectamente posible. Pero existe una interrogante que resulta difícil evitar. Si el principal proyecto político construido bajo su liderazgo terminó en un tiempo record convertido en una colección de conflictos internos, decepciones electorales y fracturas organizativas, ¿por qué deberían sentirse completamente tranquilos los funcionarios ginebrinos de una institución internacional infinitamente más compleja?
Conste que esta pregunta no nace desde ninguna hostilidad hacia el personaje, Dios nos libre. Nace de la experiencia. Y la experiencia recientísima ofrece material mas que abundante para que nos formulemos este tipo de reflexiones.
EL TRIUNFO DE LA ADAPTACIÓN
Quizá la principal enseñanza de toda esta historia sea otra. Más allá de ideologías, partidos o programas, Yolanda Díaz ha demostrado una capacidad extraordinaria para adaptarse camaleónicamente a cada nueva etapa política.
Ha sobrevivido a todo el sin fin de mutaciones de la izquierda española contemporánea. Ha cambiado de escenario sin desaparecer. Ha sorteado crisis que hundieron a otros dirigentes. Y ha mantenido intacta una notable capacidad para proyectarse hacia posiciones superiores.
En términos evolutivos, su historia ha sido una historia de éxito. En términos políticos, es verdad, las opiniones pueden variar drásticamente. Pero reconózcase que resulta difícil negar que encontramos ante una de las carreras más singulares de la política española reciente.
Y por eso, mientras en algunos despachos de Ginebra observan con inquietud alarmada los rumores sobre su posible desembarco en Ginebra, probablemente haya quien formule una sencilla petición preventiva. Nada dramático. Nada alarmista. Simplemente, una previsora recomendación basada en la prudencia. Que alguien haga copia de seguridad de todos los archivos. No es por nada, créanme.
Es tan solo por si acaso.





























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