A TREINTA AÑOS DE LA MUERTE DE TONY GALLARDO: EL ESCULTOR QUE SACÓ LA POLÍTICA A LA CALLE
¿Qué legado queda hoy del hombre que unió arte, cultura y compromiso en la Canarias de la década de los sesenta?
Treinta años después de su muerte -el 28 de julio de 1996-, la figura de Tony Gallardo continúa siendo mucho más compleja que la del escultor reconocido por su obra pública. Su trayectoria política, su papel en la renovación de la oposición antifranquista y su empeño por convertir la cultura en una práctica orientada a la emancipación social forman parte de una historia que merece ser recuperada.
POR MÁXIMO RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Hay personas cuya obra permanece a la vista de todos mientras su historia se va borrando lentamente de la memoria colectiva. Es el caso de Tony Gallardo. Miles de canarios han contemplado alguna vez sus esculturas sin saber que detrás de aquellas formas de hierro y piedra existió un hombre que vivió intensamente uno de los periodos más difíciles de la historia reciente del Archipiélago canario.
Artista por vocación, activista por convicción y dirigente comunista durante los años de la dictadura franquista, Gallardo fue una de esas figuras que entendieron que el arte y el compromiso con la sociedad no eran caminos distintos, sino dos formas de expresar una misma manera de estar en el mundo.
Treinta años después de su fallecimiento, su nombre suele aparecer asociado a su producción artística. Sin embargo, quienes compartimos con él la clandestinidad recordamos a otra persona: un hombre inquieto, imaginativo y capaz de romper viejas formas de hacer política cuando casi todo parecía condenado a permanecer inmóvil.
"Tony Gallardo entendió que existían nuevas posibilidades para conectar con personas que jamás acudirían a una reunión política, pero sí participarían en una actividad cultural o una excursión"
Su historia no puede entenderse únicamente desde el estudio de su obra escultórica. También pertenece a la memoria de quienes protagonizaron la lenta construcción de la oposición democrática durante el Régimen de Franco.
Quienes lo conocimos de cerca coincidimos en que la apreciación de que aquella capacidad para abrir caminos no nació de la casualidad. Se fue forjando mucho antes de su regreso a Canarias desde Venezuela convertido en uno de los principales impulsores de una nueva forma de organizarse políticamente.
![[Img #92856]](https://canarias-semanal.org/upload/images/07_2026/660_escultor.jpg)
EL VIAJE QUE CAMBIÓ SU VIDA
Como tantos jóvenes canarios de su generación, Tony Gallardo -nacido en Las Palmas de G.C. en 1929- comprendió muy pronto que el horizonte que ofrecía la España de la posguerra era extraordinariamente limitado para quienes aspiraban a vivir del arte. La actividad artística apenas encontraba espacios donde desarrollarse y las posibilidades de subsistencia eran muy escasas. Aquella realidad terminó empujándolo hacia Venezuela, un país que por entonces acogía a numerosos emigrantes canarios y donde esperaba encontrar oportunidades que en las Islas no se podían alcanzar.
Sin embargo, aquel viaje terminó cambiando mucho más que su futuro profesional.
En Venezuela desarrolló su trabajo artístico y entró en contacto con los ambientes políticos y universitarios que le permitirían conocer una realidad política completamente distinta de la que había dejado atrás. Procedente de una familia perteneciente a la pequeña burguesía canaria, e incluso vinculada en parte al ambiente ideológico dominante durante los primeros años del franquismo, Gallardo comenzó allí una profunda transformación personal.
La Venezuela que encontró vivía bajo la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez. Aquella experiencia marcaría definitivamente su manera de entender la política. Entró en contacto con militantes comunistas, conoció formas de organización clandestina mucho más dinámicas que las que existían en la España franquista y participó en un ambiente intelectual donde el compromiso formaba parte de la vida cotidiana.
Quienes años después trabajamos políticamente junto a él escuchamos una y otra vez aquellos largos relatos sobre la resistencia antifascista venezolana. No eran simples anécdotas. Eran auténticas lecciones políticas. Tony había aprendido que una organización no podía limitarse a reunirse en secreto esperando tiempos mejores sobrevenidos. Debía mezclarse con la sociedad, crear vínculos, participar en la vida laboral y cultural, y convertirse en una presencia reconocible para la ciudadanía.
Aquella idea aparentemente sencilla acabaría convirtiéndose en el eje de toda su actividad cuando regresó a Canarias a finales de los años cincuenta.
UNA ISLA QUE EMPEZABA A CAMBIAR
El Archipiélago que encontró ya no era exactamente el mismo que había dejado años atrás.
La dictadura seguía siendo la misma, pero la sociedad comenzaba lentamente a mutar. El desarrollo turístico introducía nuevas costumbres, nuevas formas de pensar y un contacto con el exterior desconocido hasta entonces. La cultura empezaba a abrir pequeñas grietas en una sociedad profundamente petrificada y conservadora, acostumbrada durante décadas tanto al aislamiento geográfico como al político.
Tony Gallardo supo interpretar aquel cambio antes que muchos otros. Mientras buena parte de la organización del Partido en la Isla seguía reproduciendo los rígidos métodos de la clandestinidad heredados de la dura década de plomo de los cuarenta, él comprendió que existían nuevas posibilidades para conectar con personas que jamás acudirían a una reunión política, pero sí participarían en una actividad cultural o una excursión.
No se trataba de abandonar la clandestinidad, sino de dejar de vivir exclusivamente dentro de ella. Aquella diferencia marcó tanto su trayectoria como la de todos aquellos jóvenes que la compartimos.
"Proponía que estuviéramos presentes donde la gente desarrollaba su vida cotidiana. En los barrios, en las fábricas e institutos, en cualquier espacio donde pudiera surgir la conexión social"
"SACAR EL PARTIDO A LA CALLE"
Entre quienes militaron con él sobrevive aún una expresión que resume perfectamente su manera de entender la política: "había que sacar el partido a la calle, sacarlo de las catacumbas" .
La frase encerraba mucho más que una simple consigna. Representaba una forma completamente distinta de actuar. Hasta entonces la clandestinidad había impuesto una lógica casi inevitable. Los militantes se relacionaban principalmente entre ellos mismos, compartían las reuniones en reducidas células y desarrollaban una actividad muy condicionada por la vigilancia policial. Ese aislamiento terminaba creando una organización eficaz para la resistencia de unos pocos, pero con enormes dificultades para influir y conectar con una sociedad enormemente más amplia.
Tony Gallardo proponía exactamente lo contrario. Salvo con el enemigo, había que establecer relación con cualquiera, pensara como pensara. Había que estar presente allí donde la gente desarrollaba su vida cotidiana. Había que participar en la cultura, en los barrios, en las fábricas e institutos, en cualquier espacio donde pudiera surgir la conexión social. Ese debía ser nuestro oxígeno.
La pretensión no era disfrazar la actividad política con la actividad cultural. Lo que se pretendía era demostrar, en la práctica, que la cultura también podía convertirse en un espacio donde la sociedad aprendiera a pensar por sí misma. Esa fue probablemente una de sus mayores aportaciones.
"Su trayectoria forma parte de una experiencia colectiva mucho más amplia, la de miles de hombres y mujeres que, desde la clandestinidad fueron erosionando lentamente los cimientos de la dictadura franquista"
"LATITUD 28"
De aquella idea nació "Latitud 28". Formalmente era un movimiento cultural. En la práctica, terminó convirtiéndose en un extraordinario espacio de encuentro para decenas y decenas de personas que comenzaban a interesarse por la realidad política del momento.
Aparentemente todo parecía desarrollarse con absoluta normalidad. Se organizaban actividades culturales, recitales de poesía, encuentros, excursiones y debates. Pero, casi de manera inevitable, las conversaciones terminaban girando hacia la situación del país, la ausencia de libertades o las dificultades que vivían los trabajadores.
No existía un discurso impuesto. La gente llegaba por interés cultural, por relación personal con alguno de nosotros o por mera curiosidad. Pero en una elevada proporción acababan descubriendo una realidad que la dictadura trataba de ocultar cuidadosamente.
![[Img #92857]](https://canarias-semanal.org/upload/images/07_2026/1355_latitud.jpg)
Tony Gallardo, con la máquina de escribir, junto a su hermanos José Luis y otros jóvenes miembros del colectivo Latitud 28. (Foto del libro: "Latitud 28 y la lucha cultural antifranquista", de Davide Paiser Ayala)
Quienes participamos en la experiencia recordamos aquella naturalidad como una de sus mayores virtudes. Nadie preguntaba primero por las ideas políticas de quienes asistían a aquellos eventos. Lo realmente importante era establecer relaciones humanas. Después, poco a poco, cada uno construía sus propias conclusiones.
Aquella manera de actuar contrastaba profundamente con la rigidez que todavía predominaba en algunos sectores de la organización comunista. Tony Gallardo había comprendido que una idea solo puede extenderse cuando consigue formar parte de la vida cotidiana de las personas.
LA PRIMERA GRAN PRUEBA
Durante casi toda la década de los sesenta aquella actividad fue creciendo silenciosa pero regularmente. Lo hizo hasta desembocar en uno de los episodios más recordados por quienes participaron en él.
Con motivo del Primero de Mayo de 1965 se organizó una manifestación que se ha considerado la primera celebrada durante la dictadura en la que aparecieron públicamente banderas rojas en las calles del Estado español.
La convocatoria había circulado a través de miles de octavillas repartidas discretamente a lo largo de toda la capital grancanaria por parte de la joven militancia del PCE. El recorrido elegido atravesaba la Avenida Marítima de Las Palmas. Los participantes sabían perfectamente que la policía iba a intervenir. Nadie se hacía ilusiones al respecto. Incluso se había preparado una explicación común para el momento en que comenzaran las detenciones.
Pero la realidad fue mucho más veloz que nuestros planes. La policía cerró rapidamente el paso a la manifestación y trató de cercar a los participantes, mezclados entre la multitud que asistía aquel día a una regata de vela latina. Algunos consiguieron escapar aprovechando la confusión. Otros fueron detenidos.
Aquella manifestación apenas duró unos minutos. Sin embargo, su importancia fue enorme. No tanto por el nutrido número de asistentes como por el mensaje que transmitía: la oposición comenzaba a abandonar definitivamente el silencio impuesto durante los primeros años de la dictadura.
Para Tony Gallardo aquello confirmaba que la estrategia emprendida años antes empezaba a dar resultados. La sociedad podía movilizarse si encontraba nuevas formas de participación.
Pero también provocaba otra cosa. Su manera de entender la política empezaba a suscitar recelos dentro de algunos sectores de la propia organización comunista, todavía muy enquistados en los métodos tradicionales de la clandestinidad de la posguerra.
Aquellas diferencias, inicialmente discretas, terminarían aflorando con toda su intensidad pocos años después, a raíz de unos acontecimientos que marcarían para siempre tanto la vida de Tony Gallardo como la de muchos de sus compañeros.
SARDINA DEL NORTE: EL PUNTO DE NO RETORNO
![[Img #92860]](https://canarias-semanal.org/upload/images/07_2026/5562_sardina.jpg)
La estrategia impulsada por Tony Gallardo alcanzó su momento más delicado con los históricos sucesos de Sardina del Norte. Aquel episodio, convertido con el tiempo en uno de los eventos más significativos de la oposición democrática canaria durante la dictadura, condensó las esperanzas, los riesgos y también las diferencias que comenzaban a aflorar dentro del propio Partido Comunista.
La convocatoria tenía inicialmente un carácter muy distinto al que después le atribuiría la propaganda oficial. Se organizó una excursión a la playa de Sardina del Norte en la que participarían familias enteras, jóvenes, mujeres y niños. Entre los asistentes se encontraban simpatizantes de los trabajadores de la empresa SATRA, inmersos entonces en un conflicto laboral por el impago de sus salarios. Aquella jornada pretendía ser, al mismo tiempo, un espacio de convivencia y una oportunidad para hablar públicamente de un problema que preocupaba a muchos trabajadores de la isla. Nada hacía prever el desenlace que tuvo después.
Cuando la excursión transcurría con normalidad, una formación de guardias civiles apareció en las crestas de laderas que dominaban la playa. Los agentes exigieron la entrega de varios dirigentes, entre ellos del abogado Manuel Morales, de Tony Gallardo y de su hermano José Luis .
Parte de los asistentes abandonó el lugar, pero una buena parte, la mayoría, permaneció allí y respondió con una actitud que resumía perfectamente el espíritu de aquella nueva forma de hacer política: si había detenciones, tendrían que detenerlos a todos.
La tensión fue creciendo rápidamente. En medio de la confusión, un mando de la Guardia Civil arrebató el arma reglamentaria a uno de sus subalternos y abrió fuego contra el grupo que marchaba desde la playa. Entre las personas que allí se encontraban había familias completas. Uno de los disparos alcanzó a un militante comunista gallego, Jesús Redondo Abuin, que años atrás había sido minero en Asturias y cuya vida había quedado marcada por la enfermedad contraída en la mina.
Aquellos disparos cambiaron por completo el sentido de la jornada. Las detenciones fueron numerosas y las condenas especialmente severas. Tony Gallardo, junto a otros dirigentes y militantes, ingresó en prisión tras un Consejo de Guerra sumarísimo que dejó una profunda secuela en la oposición democrática canaria. Él y otros procesados fueron condenados a largas penas de prisión.
Con el paso del tiempo surgieron interpretaciones muy diferentes sobre lo que había ocurrido. Algunos sectores del propio Partido Comunista calificaron aquella estrategia de excesivamente arriesgada y aventurera. Quienes habían compartido la experiencia con Gallardo sostenían exactamente lo contrario. A su juicio, el conflicto no fue provocado por los participantes en la excursión, sino por la decisión de las fuerzas de la Guardia Civil de responder con una violencia tan inusitada como desproporcionada ante una reunión donde, pacíficamente, convivían trabajadores, estudiantes, mujeres y niños.
Aquella discrepancia nunca llegó a desaparecer. Formó parte de un debate mucho más amplio sobre las formas de combatir la dictadura y acompañaría a Tony Gallardo durante los años siguientes.
EL REGRESO A UN PARTIDO DIFERENTE
La prisión marcó un antes y un después en su trayectoria. Cuando después de algunos años recuperó la libertad y regresó a Canarias encontró una organización profundamente distinta de la que había dejado atrás. Durante su ausencia, bajo la influencia de una nueva dirección, se habían modificado las prioridades políticas del Partido Comunista en Las Palmas. La organización continuaba actuando en la clandestinidad, pero paulatinamente se le fue dando un carácter prioritario a sectores intelectuales, profesionales y periodísticos que le otorgaban un perfil muy diferente al de los años anteriores.
Para quienes habían conocido al Tony Gallardo de la década de los sesenta el contraste era evidente. El activista que había impulsado el contacto permanente con los barrios, las fábricas, la juventud y el movimiento cultural se encontró con un Partido donde otras sensibilidades habían pasado a ocupar el primer plano.
Su regreso, sin embargo, despertó una enorme expectación. Poco después de salir de prisión fue invitado a intervenir en una conferencia organizada en la Universidad de La Laguna. El salón donde se celebró quedó rápidamente abarrotado. Centenares de estudiantes universitarios acudieron a escuchar a quien representaba una parte importante de la resistencia antifranquista en Canarias. Aquella acogida demostraba que, pese a los años de cárcel, Gallardo conservaba intacto su prestigio entre buena parte de un sector de la juventud.
Pero la relación con la dirección del Partido era ya muy distinta. Las diferencias tácticas y de estilo de trabajo, comenzaron a hacerse muy visibles y terminaron aflorando de manera definitiva cuando Santiago Carrillo, todavía en la clandestinidad respaldó la línea defendida por la nueva dirección encabezada por José Carlos Mauricio en un viaje subrepticio a las Islas. Aquella decisión cerró de un portazo toda una etapa.
No se trataba únicamente de un enfrentamiento entre personas. Eran dos maneras diferentes de entender la evolución del Partido Comunista en los últimos años de la dictadura y durante el inicio de la transición.
ENTRE EL ARTE Y LA POLÍTICA
A partir de entonces Tony Gallardo orientó buena parte de sus esfuerzos hacia la creación artística, aunque no abandonara su compromiso político.
Quienes trataron con él durante aquellos años percibieron cambios evidentes en sus propias posiciones políticas. La llegada de la transición abrió un escenario completamente nuevo para toda una generación de militantes que habían dedicado su vida a combatir la dictadura. También Gallardo fue modificando algunos de sus planteamientos y aproximándose a posiciones claramente identificadas con el eurocomunismo.
No todos compartieron esa evolución. Algunos de quienes habíamos aprendido política a su lado observamos con sorpresa cómo se ampliaba la distancia entre las ideas que defendíamos. Esos cambios ideológicos llegaron a reflejarse incluso en su propia obra escultórica. De haber podido contemplar la trayectoria de alguno de los personajes que representó en sus obras, se habría sentido, sin duda, profundamente avergonzado.
Sin embargo, incluso quienes discrepamos de sus nuevas posiciones continuamos reconociendo el gigantesco papel que desempeñó durante los años más difíciles de la dictadura franquista. Porque el verdadero Tony Gallardo no puede reducirse a una fotografía fija. Fue un hombre que cambió, que dudó, que incurrió en contradicciones, que rectificó en algunos aspectos y que mantuvo otros hasta el final de su vida. Precisamente esa complejidad lo convierte en una figura mucho más interesante que cualquier retrato que solo pretenda idealizarlo.
UNA MEMORIA QUE NO DEBERÍA PERDERSE
Treinta años después de su muerte, el recuerdo de Tony Gallardo nos continúa planteando una pregunta inquietante: ¿cómo es posible que una parte tan importante de la historia de la oposición democrática en Canarias permanezca todavía tan poco conocida?
Su trayectoria forma parte de una experiencia colectiva mucho más amplia, la de miles de hombres y mujeres que, desde la clandestinidad, el movimiento obrero, la universidad, la cultura o los barrios, fueron erosionando lentamente los cimientos de la dictadura franquista. Sin aquella labor cotidiana, la mayoría de las veces anónima, difícilmente podría entenderse la transformación política que experimentó España durante las décadas posteriores.
Pero la memoria no se conserva sola. Necesita ser contada, discutida y transmitida a las nuevas generaciones. De lo contrario termina desdibujándose hasta desaparecer.
En el caso de Tony Gallardo, esa memoria adquiere además un significado especial. Su principal aportación no consistió únicamente en ocupar responsabilidades dentro del Partido Comunista, ni en sufrir prisión por la defensa de sus ideas. Su mayor contribución fue demostrar que la política podía construirse desde las relaciones sociales básicas, en el barrio, en el aula, en la fábrica, en la cultura, desde la conversación y desde la relación cotidiana con personas a las que nunca se les habría ocurrido militar en ninguna organización.
Aquella elemental intuición, nacida de su estancia en Venezuela y desarrollada después en Canarias mediante iniciativas como Latitud 28, permitió abrir espacios de participación allí donde parecía imposible hacerlo. En una sociedad sometida a la censura y al miedo, comprendió que algo tan simple como una excursión, un recital de poesía o una actividad teatral podían convertirse en el primer paso para despertar una conciencia crítica.
Quizá esa sea la enseñanza más duradera de su vida. Las esculturas de Tony Gallardo, sin duda, seguirán formando parte del paisaje canario durante mucho tiempo. Pero detrás de cada una de ellas permanece también la historia de un hombre que entendió que el arte podía dialogar con la libertad y que la cultura, cuando se pone al servicio de la sociedad, posee una fuerza capaz de sobrevivir incluso a las épocas más oscuras.
Treinta años después de su prematura desaparición, recuperar esa memoria no significa mirar con nostalgia al pasado, sino reconocer a quienes, desde caminos muy distintos, con múltiples fallos y tropiezos, contribuyeron a acabar con una dictadura, ampliando unos espacios de libertad hasta ahora notoriamente insuficientes.
POR MÁXIMO RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Hay personas cuya obra permanece a la vista de todos mientras su historia se va borrando lentamente de la memoria colectiva. Es el caso de Tony Gallardo. Miles de canarios han contemplado alguna vez sus esculturas sin saber que detrás de aquellas formas de hierro y piedra existió un hombre que vivió intensamente uno de los periodos más difíciles de la historia reciente del Archipiélago canario.
Artista por vocación, activista por convicción y dirigente comunista durante los años de la dictadura franquista, Gallardo fue una de esas figuras que entendieron que el arte y el compromiso con la sociedad no eran caminos distintos, sino dos formas de expresar una misma manera de estar en el mundo.
Treinta años después de su fallecimiento, su nombre suele aparecer asociado a su producción artística. Sin embargo, quienes compartimos con él la clandestinidad recordamos a otra persona: un hombre inquieto, imaginativo y capaz de romper viejas formas de hacer política cuando casi todo parecía condenado a permanecer inmóvil.
"Tony Gallardo entendió que existían nuevas posibilidades para conectar con personas que jamás acudirían a una reunión política, pero sí participarían en una actividad cultural o una excursión"
Su historia no puede entenderse únicamente desde el estudio de su obra escultórica. También pertenece a la memoria de quienes protagonizaron la lenta construcción de la oposición democrática durante el Régimen de Franco.
Quienes lo conocimos de cerca coincidimos en que la apreciación de que aquella capacidad para abrir caminos no nació de la casualidad. Se fue forjando mucho antes de su regreso a Canarias desde Venezuela convertido en uno de los principales impulsores de una nueva forma de organizarse políticamente.
![[Img #92856]](https://canarias-semanal.org/upload/images/07_2026/660_escultor.jpg)
EL VIAJE QUE CAMBIÓ SU VIDA
Como tantos jóvenes canarios de su generación, Tony Gallardo -nacido en Las Palmas de G.C. en 1929- comprendió muy pronto que el horizonte que ofrecía la España de la posguerra era extraordinariamente limitado para quienes aspiraban a vivir del arte. La actividad artística apenas encontraba espacios donde desarrollarse y las posibilidades de subsistencia eran muy escasas. Aquella realidad terminó empujándolo hacia Venezuela, un país que por entonces acogía a numerosos emigrantes canarios y donde esperaba encontrar oportunidades que en las Islas no se podían alcanzar.
Sin embargo, aquel viaje terminó cambiando mucho más que su futuro profesional.
En Venezuela desarrolló su trabajo artístico y entró en contacto con los ambientes políticos y universitarios que le permitirían conocer una realidad política completamente distinta de la que había dejado atrás. Procedente de una familia perteneciente a la pequeña burguesía canaria, e incluso vinculada en parte al ambiente ideológico dominante durante los primeros años del franquismo, Gallardo comenzó allí una profunda transformación personal.
La Venezuela que encontró vivía bajo la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez. Aquella experiencia marcaría definitivamente su manera de entender la política. Entró en contacto con militantes comunistas, conoció formas de organización clandestina mucho más dinámicas que las que existían en la España franquista y participó en un ambiente intelectual donde el compromiso formaba parte de la vida cotidiana.
Quienes años después trabajamos políticamente junto a él escuchamos una y otra vez aquellos largos relatos sobre la resistencia antifascista venezolana. No eran simples anécdotas. Eran auténticas lecciones políticas. Tony había aprendido que una organización no podía limitarse a reunirse en secreto esperando tiempos mejores sobrevenidos. Debía mezclarse con la sociedad, crear vínculos, participar en la vida laboral y cultural, y convertirse en una presencia reconocible para la ciudadanía.
Aquella idea aparentemente sencilla acabaría convirtiéndose en el eje de toda su actividad cuando regresó a Canarias a finales de los años cincuenta.
UNA ISLA QUE EMPEZABA A CAMBIAR
El Archipiélago que encontró ya no era exactamente el mismo que había dejado años atrás.
La dictadura seguía siendo la misma, pero la sociedad comenzaba lentamente a mutar. El desarrollo turístico introducía nuevas costumbres, nuevas formas de pensar y un contacto con el exterior desconocido hasta entonces. La cultura empezaba a abrir pequeñas grietas en una sociedad profundamente petrificada y conservadora, acostumbrada durante décadas tanto al aislamiento geográfico como al político.
Tony Gallardo supo interpretar aquel cambio antes que muchos otros. Mientras buena parte de la organización del Partido en la Isla seguía reproduciendo los rígidos métodos de la clandestinidad heredados de la dura década de plomo de los cuarenta, él comprendió que existían nuevas posibilidades para conectar con personas que jamás acudirían a una reunión política, pero sí participarían en una actividad cultural o una excursión.
No se trataba de abandonar la clandestinidad, sino de dejar de vivir exclusivamente dentro de ella. Aquella diferencia marcó tanto su trayectoria como la de todos aquellos jóvenes que la compartimos.
"Proponía que estuviéramos presentes donde la gente desarrollaba su vida cotidiana. En los barrios, en las fábricas e institutos, en cualquier espacio donde pudiera surgir la conexión social"
"SACAR EL PARTIDO A LA CALLE"
Entre quienes militaron con él sobrevive aún una expresión que resume perfectamente su manera de entender la política: "había que sacar el partido a la calle, sacarlo de las catacumbas" .
La frase encerraba mucho más que una simple consigna. Representaba una forma completamente distinta de actuar. Hasta entonces la clandestinidad había impuesto una lógica casi inevitable. Los militantes se relacionaban principalmente entre ellos mismos, compartían las reuniones en reducidas células y desarrollaban una actividad muy condicionada por la vigilancia policial. Ese aislamiento terminaba creando una organización eficaz para la resistencia de unos pocos, pero con enormes dificultades para influir y conectar con una sociedad enormemente más amplia.
Tony Gallardo proponía exactamente lo contrario. Salvo con el enemigo, había que establecer relación con cualquiera, pensara como pensara. Había que estar presente allí donde la gente desarrollaba su vida cotidiana. Había que participar en la cultura, en los barrios, en las fábricas e institutos, en cualquier espacio donde pudiera surgir la conexión social. Ese debía ser nuestro oxígeno.
La pretensión no era disfrazar la actividad política con la actividad cultural. Lo que se pretendía era demostrar, en la práctica, que la cultura también podía convertirse en un espacio donde la sociedad aprendiera a pensar por sí misma. Esa fue probablemente una de sus mayores aportaciones.
"Su trayectoria forma parte de una experiencia colectiva mucho más amplia, la de miles de hombres y mujeres que, desde la clandestinidad fueron erosionando lentamente los cimientos de la dictadura franquista"
"LATITUD 28"
De aquella idea nació "Latitud 28". Formalmente era un movimiento cultural. En la práctica, terminó convirtiéndose en un extraordinario espacio de encuentro para decenas y decenas de personas que comenzaban a interesarse por la realidad política del momento.
Aparentemente todo parecía desarrollarse con absoluta normalidad. Se organizaban actividades culturales, recitales de poesía, encuentros, excursiones y debates. Pero, casi de manera inevitable, las conversaciones terminaban girando hacia la situación del país, la ausencia de libertades o las dificultades que vivían los trabajadores.
No existía un discurso impuesto. La gente llegaba por interés cultural, por relación personal con alguno de nosotros o por mera curiosidad. Pero en una elevada proporción acababan descubriendo una realidad que la dictadura trataba de ocultar cuidadosamente.
![[Img #92857]](https://canarias-semanal.org/upload/images/07_2026/1355_latitud.jpg)
Tony Gallardo, con la máquina de escribir, junto a su hermanos José Luis y otros jóvenes miembros del colectivo Latitud 28. (Foto del libro: "Latitud 28 y la lucha cultural antifranquista", de Davide Paiser Ayala)
Quienes participamos en la experiencia recordamos aquella naturalidad como una de sus mayores virtudes. Nadie preguntaba primero por las ideas políticas de quienes asistían a aquellos eventos. Lo realmente importante era establecer relaciones humanas. Después, poco a poco, cada uno construía sus propias conclusiones.
Aquella manera de actuar contrastaba profundamente con la rigidez que todavía predominaba en algunos sectores de la organización comunista. Tony Gallardo había comprendido que una idea solo puede extenderse cuando consigue formar parte de la vida cotidiana de las personas.
LA PRIMERA GRAN PRUEBA
Durante casi toda la década de los sesenta aquella actividad fue creciendo silenciosa pero regularmente. Lo hizo hasta desembocar en uno de los episodios más recordados por quienes participaron en él.
Con motivo del Primero de Mayo de 1965 se organizó una manifestación que se ha considerado la primera celebrada durante la dictadura en la que aparecieron públicamente banderas rojas en las calles del Estado español.
La convocatoria había circulado a través de miles de octavillas repartidas discretamente a lo largo de toda la capital grancanaria por parte de la joven militancia del PCE. El recorrido elegido atravesaba la Avenida Marítima de Las Palmas. Los participantes sabían perfectamente que la policía iba a intervenir. Nadie se hacía ilusiones al respecto. Incluso se había preparado una explicación común para el momento en que comenzaran las detenciones.
Pero la realidad fue mucho más veloz que nuestros planes. La policía cerró rapidamente el paso a la manifestación y trató de cercar a los participantes, mezclados entre la multitud que asistía aquel día a una regata de vela latina. Algunos consiguieron escapar aprovechando la confusión. Otros fueron detenidos.
Aquella manifestación apenas duró unos minutos. Sin embargo, su importancia fue enorme. No tanto por el nutrido número de asistentes como por el mensaje que transmitía: la oposición comenzaba a abandonar definitivamente el silencio impuesto durante los primeros años de la dictadura.
Para Tony Gallardo aquello confirmaba que la estrategia emprendida años antes empezaba a dar resultados. La sociedad podía movilizarse si encontraba nuevas formas de participación.
Pero también provocaba otra cosa. Su manera de entender la política empezaba a suscitar recelos dentro de algunos sectores de la propia organización comunista, todavía muy enquistados en los métodos tradicionales de la clandestinidad de la posguerra.
Aquellas diferencias, inicialmente discretas, terminarían aflorando con toda su intensidad pocos años después, a raíz de unos acontecimientos que marcarían para siempre tanto la vida de Tony Gallardo como la de muchos de sus compañeros.
SARDINA DEL NORTE: EL PUNTO DE NO RETORNO
![[Img #92860]](https://canarias-semanal.org/upload/images/07_2026/5562_sardina.jpg)
La estrategia impulsada por Tony Gallardo alcanzó su momento más delicado con los históricos sucesos de Sardina del Norte. Aquel episodio, convertido con el tiempo en uno de los eventos más significativos de la oposición democrática canaria durante la dictadura, condensó las esperanzas, los riesgos y también las diferencias que comenzaban a aflorar dentro del propio Partido Comunista.
La convocatoria tenía inicialmente un carácter muy distinto al que después le atribuiría la propaganda oficial. Se organizó una excursión a la playa de Sardina del Norte en la que participarían familias enteras, jóvenes, mujeres y niños. Entre los asistentes se encontraban simpatizantes de los trabajadores de la empresa SATRA, inmersos entonces en un conflicto laboral por el impago de sus salarios. Aquella jornada pretendía ser, al mismo tiempo, un espacio de convivencia y una oportunidad para hablar públicamente de un problema que preocupaba a muchos trabajadores de la isla. Nada hacía prever el desenlace que tuvo después.
Cuando la excursión transcurría con normalidad, una formación de guardias civiles apareció en las crestas de laderas que dominaban la playa. Los agentes exigieron la entrega de varios dirigentes, entre ellos del abogado Manuel Morales, de Tony Gallardo y de su hermano José Luis .
Parte de los asistentes abandonó el lugar, pero una buena parte, la mayoría, permaneció allí y respondió con una actitud que resumía perfectamente el espíritu de aquella nueva forma de hacer política: si había detenciones, tendrían que detenerlos a todos.
La tensión fue creciendo rápidamente. En medio de la confusión, un mando de la Guardia Civil arrebató el arma reglamentaria a uno de sus subalternos y abrió fuego contra el grupo que marchaba desde la playa. Entre las personas que allí se encontraban había familias completas. Uno de los disparos alcanzó a un militante comunista gallego, Jesús Redondo Abuin, que años atrás había sido minero en Asturias y cuya vida había quedado marcada por la enfermedad contraída en la mina.
Aquellos disparos cambiaron por completo el sentido de la jornada. Las detenciones fueron numerosas y las condenas especialmente severas. Tony Gallardo, junto a otros dirigentes y militantes, ingresó en prisión tras un Consejo de Guerra sumarísimo que dejó una profunda secuela en la oposición democrática canaria. Él y otros procesados fueron condenados a largas penas de prisión.
Con el paso del tiempo surgieron interpretaciones muy diferentes sobre lo que había ocurrido. Algunos sectores del propio Partido Comunista calificaron aquella estrategia de excesivamente arriesgada y aventurera. Quienes habían compartido la experiencia con Gallardo sostenían exactamente lo contrario. A su juicio, el conflicto no fue provocado por los participantes en la excursión, sino por la decisión de las fuerzas de la Guardia Civil de responder con una violencia tan inusitada como desproporcionada ante una reunión donde, pacíficamente, convivían trabajadores, estudiantes, mujeres y niños.
Aquella discrepancia nunca llegó a desaparecer. Formó parte de un debate mucho más amplio sobre las formas de combatir la dictadura y acompañaría a Tony Gallardo durante los años siguientes.
EL REGRESO A UN PARTIDO DIFERENTE
La prisión marcó un antes y un después en su trayectoria. Cuando después de algunos años recuperó la libertad y regresó a Canarias encontró una organización profundamente distinta de la que había dejado atrás. Durante su ausencia, bajo la influencia de una nueva dirección, se habían modificado las prioridades políticas del Partido Comunista en Las Palmas. La organización continuaba actuando en la clandestinidad, pero paulatinamente se le fue dando un carácter prioritario a sectores intelectuales, profesionales y periodísticos que le otorgaban un perfil muy diferente al de los años anteriores.
Para quienes habían conocido al Tony Gallardo de la década de los sesenta el contraste era evidente. El activista que había impulsado el contacto permanente con los barrios, las fábricas, la juventud y el movimiento cultural se encontró con un Partido donde otras sensibilidades habían pasado a ocupar el primer plano.
Su regreso, sin embargo, despertó una enorme expectación. Poco después de salir de prisión fue invitado a intervenir en una conferencia organizada en la Universidad de La Laguna. El salón donde se celebró quedó rápidamente abarrotado. Centenares de estudiantes universitarios acudieron a escuchar a quien representaba una parte importante de la resistencia antifranquista en Canarias. Aquella acogida demostraba que, pese a los años de cárcel, Gallardo conservaba intacto su prestigio entre buena parte de un sector de la juventud.
Pero la relación con la dirección del Partido era ya muy distinta. Las diferencias tácticas y de estilo de trabajo, comenzaron a hacerse muy visibles y terminaron aflorando de manera definitiva cuando Santiago Carrillo, todavía en la clandestinidad respaldó la línea defendida por la nueva dirección encabezada por José Carlos Mauricio en un viaje subrepticio a las Islas. Aquella decisión cerró de un portazo toda una etapa.
No se trataba únicamente de un enfrentamiento entre personas. Eran dos maneras diferentes de entender la evolución del Partido Comunista en los últimos años de la dictadura y durante el inicio de la transición.
ENTRE EL ARTE Y LA POLÍTICA
A partir de entonces Tony Gallardo orientó buena parte de sus esfuerzos hacia la creación artística, aunque no abandonara su compromiso político.
Quienes trataron con él durante aquellos años percibieron cambios evidentes en sus propias posiciones políticas. La llegada de la transición abrió un escenario completamente nuevo para toda una generación de militantes que habían dedicado su vida a combatir la dictadura. También Gallardo fue modificando algunos de sus planteamientos y aproximándose a posiciones claramente identificadas con el eurocomunismo.
No todos compartieron esa evolución. Algunos de quienes habíamos aprendido política a su lado observamos con sorpresa cómo se ampliaba la distancia entre las ideas que defendíamos. Esos cambios ideológicos llegaron a reflejarse incluso en su propia obra escultórica. De haber podido contemplar la trayectoria de alguno de los personajes que representó en sus obras, se habría sentido, sin duda, profundamente avergonzado.
Sin embargo, incluso quienes discrepamos de sus nuevas posiciones continuamos reconociendo el gigantesco papel que desempeñó durante los años más difíciles de la dictadura franquista. Porque el verdadero Tony Gallardo no puede reducirse a una fotografía fija. Fue un hombre que cambió, que dudó, que incurrió en contradicciones, que rectificó en algunos aspectos y que mantuvo otros hasta el final de su vida. Precisamente esa complejidad lo convierte en una figura mucho más interesante que cualquier retrato que solo pretenda idealizarlo.
UNA MEMORIA QUE NO DEBERÍA PERDERSE
Treinta años después de su muerte, el recuerdo de Tony Gallardo nos continúa planteando una pregunta inquietante: ¿cómo es posible que una parte tan importante de la historia de la oposición democrática en Canarias permanezca todavía tan poco conocida?
Su trayectoria forma parte de una experiencia colectiva mucho más amplia, la de miles de hombres y mujeres que, desde la clandestinidad, el movimiento obrero, la universidad, la cultura o los barrios, fueron erosionando lentamente los cimientos de la dictadura franquista. Sin aquella labor cotidiana, la mayoría de las veces anónima, difícilmente podría entenderse la transformación política que experimentó España durante las décadas posteriores.
Pero la memoria no se conserva sola. Necesita ser contada, discutida y transmitida a las nuevas generaciones. De lo contrario termina desdibujándose hasta desaparecer.
En el caso de Tony Gallardo, esa memoria adquiere además un significado especial. Su principal aportación no consistió únicamente en ocupar responsabilidades dentro del Partido Comunista, ni en sufrir prisión por la defensa de sus ideas. Su mayor contribución fue demostrar que la política podía construirse desde las relaciones sociales básicas, en el barrio, en el aula, en la fábrica, en la cultura, desde la conversación y desde la relación cotidiana con personas a las que nunca se les habría ocurrido militar en ninguna organización.
Aquella elemental intuición, nacida de su estancia en Venezuela y desarrollada después en Canarias mediante iniciativas como Latitud 28, permitió abrir espacios de participación allí donde parecía imposible hacerlo. En una sociedad sometida a la censura y al miedo, comprendió que algo tan simple como una excursión, un recital de poesía o una actividad teatral podían convertirse en el primer paso para despertar una conciencia crítica.
Quizá esa sea la enseñanza más duradera de su vida. Las esculturas de Tony Gallardo, sin duda, seguirán formando parte del paisaje canario durante mucho tiempo. Pero detrás de cada una de ellas permanece también la historia de un hombre que entendió que el arte podía dialogar con la libertad y que la cultura, cuando se pone al servicio de la sociedad, posee una fuerza capaz de sobrevivir incluso a las épocas más oscuras.
Treinta años después de su prematura desaparición, recuperar esa memoria no significa mirar con nostalgia al pasado, sino reconocer a quienes, desde caminos muy distintos, con múltiples fallos y tropiezos, contribuyeron a acabar con una dictadura, ampliando unos espacios de libertad hasta ahora notoriamente insuficientes.


























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