LA VENEZUELA DE DELCY RODRÍGUEZ: ¿CAPITULACIÓN O REVOLUCIÓN?
A propósito de debate abierto entre José Manuel Rivero y Cristóbal García
Gustavo Burgos, abogado y militante marxista chileno, interviene en el debate abierto en Canarias-semanal en torno a la coyuntura venezolana. "Me limitaré a polemizar - apunta Burgos - con Rivero para contribuir a este formato de discusión blanco sobre negro en un debate impostergable
Por GUSTAVO BURGOS (*) DESDE CHILE PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
Escribo esta nota motivado por el debate político abierto en la revista marxista española, Canarias Semanal, sobre Venezuela. La publicación, que hace un notable esfuerzo por estructurarse como una trinchera política de los trabajadores, planteó hace unos días un debate antiimperialista entre el analista José Manuel Rivero, que sustenta una concepción chavista del proceso político venezolano y Cristóbal García, miembro de la redacción de la revista, quien plantea en lo central un enfoque crítico a la política alentada por el gobierno de Delcy Rodríguez desde una óptica marxista. Mientras Rivero califica la política de Rodríguez como maniobras tácticas de sobrevivencia, García la caracteriza como claudicación al imperialismo. Me parece oportuno destacar el tono militante y persuasivo del debate, en un entorno en que la vanguardia política mundial prácticamente no discute sobre nada o si lo hace dirige sus esfuerzos a la mofa o la calumnia. El resultado es impedir que estas cuestiones lleguen a la clase trabajadora.
Hechas estas prevenciones, debo señalar que me limitaré a polemizar con Rivero, por una cuestión meramente expositiva y para contribuir a este formato de discusión blanco sobre negro. Rivero define su posición —una postura que tiene muchos seguidores en la izquierda chilena y quizá es la mayoritaria— en dos notas:
1.- Brest Litovslk en el Caribe: la audacia leninista frente a la aniquilación y
2.- Venezuela 2026: la dialéctica bajo el terror del imperialismo.
Su análisis sobre la coyuntura venezolana parte de una premisa que todo marxista serio debe compartir: el imperialismo actúa como sistema de dominación mundial y no vacila en recurrir a la guerra, el sabotaje y el chantaje para someter a los pueblos. Nadie que se reclame antiimperialista puede minimizar una agresión militar, un bombardeo o el secuestro de autoridades. Sin embargo, precisamente porque el marxismo es un método materialista y no una teología política, no basta con invocar la agresión externa para suspender el análisis de clase del Estado que la enfrenta.
Rivero construye su tesis sobre una analogía central: la comparación entre la política del Gobierno Bolivariano y el Tratado de Brest-Litovsk impulsado por Lenin en 1918. Según esta lectura, ceder “espacio” —recursos energéticos, concesiones políticas, amnistías amplias— sería una maniobra táctica destinada a preservar lo esencial: la existencia del proyecto bolivariano. El problema es que esta analogía, presentada como “transposición dialéctica”, borra una diferencia decisiva: la naturaleza de clase del poder que negocia.
"La alternativa no es la “guerra revolucionaria heroica” abstracta ni la inmolación colectiva. Es la movilización independiente de la clase trabajadora"
Cuando Lenin y Trotsky firman Brest-Litovsk, lo hace al frente de un Estado obrero surgido de una insurrección que había expropiado a la burguesía, disuelto el aparato zarista y comenzado una reorganización socialista de la economía bajo control obrero. Las concesiones territoriales no implicaban una integración subordinada al capital alemán ni una asociación productiva con él, sino una retirada temporal en medio de una guerra interimperialista, para consolidar un poder que había roto con la propiedad capitalista. La cesión era territorial, no programática.
En cambio, el Estado venezolano contemporáneo no ha expropiado estructuralmente a la burguesía nacional ni ha instaurado un régimen de poder obrero. Se trata de un régimen con base popular, sí, enfrentado al imperialismo, también, pero cuyo Estado conserva la estructura fundamental de la economía capitalista: propiedad privada de los grandes medios de producción, peso decisivo de la renta petrolera, coexistencia y negociación constante con fracciones del capital nacional e internacional. En este marco, hablar de “ceder espacio” en forma de asociaciones estratégicas con el capital estadounidense no es un sacrificio accesorio para salvar un poder socialista, sino una profundización de la dependencia estructural de la burguesía venezolana al imperialismo, como ocurre en toda América Latina a excepción relativa de Cuba.
La apelación a “privilegiar la existencia misma del proyecto” por sobre cualquier debate doctrinario es, desde una óptica marxista, profundamente problemática. No porque la doctrina deba imponerse mecánicamente a la realidad, sino porque todo proyecto político está determinado por su contenido de clase. ¿Qué se está preservando exactamente? ¿Un Estado obrero en transición socialista, o un régimen nacional-popular que administra el capitalismo rentista bajo presión externa?
Rivero sostiene que la interlocución directa con Washington vacía de contenido a la extrema derecha local, dejando a la “quinta columna” sin utilidad. Puede ser tácticamente cierto en el plano inmediato. Pero el marxismo enseña que el imperialismo no es simplemente una voluntad subjetiva de agresión, sino una relación estructural de dominación económica y financiera. Si el eje de la negociación es el petróleo como “palanca material”, lo que está en juego no es solo la neutralización de peones políticos internos, sino la reinserción subordinada de Venezuela en la cadena imperialista de valorización.
"Si el eje de la negociación es el petróleo como “palanca material”, lo que está en juego es la reinserción subordinada de Venezuela en la cadena imperialista de valorización"
Desde esta perspectiva, la llamada “audacia defensiva” puede transformarse en un mecanismo de disciplinamiento interno de la clase trabajadora. En nombre de la supervivencia nacional, se justifican concesiones, amnistías amplias, reordenamientos productivos y acuerdos energéticos que pueden consolidar una nueva correlación de fuerzas favorable al capital, ahora mediada por el propio Estado bolivariano. La historia latinoamericana está llena de ejemplos donde la defensa frente al imperialismo terminó cristalizando en pactos de estabilización que desmovilizaron a las masas.
El recurso retórico a Gaza como “laboratorio del exterminio” cumple una función política clara: instalar la idea de que cualquier crítica interna equivale a favorecer la masacre. Pero el marxismo distingue entre defensa incondicional frente a la agresión imperialista y apoyo político acrítico al gobierno existente. La clase trabajadora puede —y debe— oponerse al bombardeo y al secuestro de autoridades, sin por ello renunciar a su independencia política.
El núcleo del problema en el texto de Rivero es que identifica la supervivencia del Estado burgués venezolano con la supervivencia de la revolución. Son dos cosas distintas. Un Estado puede sobrevivir mediante acuerdos con el imperialismo que modifiquen profundamente el horizonte estratégico del proceso. La pregunta marxista no es si hay que evitar la aniquilación —eso es evidente—, sino bajo qué programa y con qué sujeto social se organiza la resistencia.
Si la defensa frente al imperialismo se articula sobre la base de acuerdos entre cúpulas estatales y corporaciones energéticas, mientras la clase trabajadora es convocada únicamente a cerrar filas en torno al Ejecutivo, lo que se fortalece no es el poder popular, sino el bonapartismo de crisis: un Estado que, presionado desde fuera, concentra decisiones estratégicas y administra concesiones en nombre de la nación. Tal cuestión solo terminará por postergar la inevitable derrota por una cuestión de clase.
La alternativa no es la “guerra revolucionaria heroica” abstracta ni la inmolación colectiva. Es la movilización independiente de la clase trabajadora, la profundización de medidas anticapitalistas reales —control obrero, nacionalización bajo gestión directa de los trabajadores, ruptura efectiva con el capital financiero— y la extensión internacional de la lucha. Sin esa dimensión de clase, toda negociación se desplaza hacia el terreno definido por el enemigo.
En última instancia, el problema del análisis de Rivero no es su defensa del derecho de un país a sobrevivir ante la agresión, sino la conversión de esa defensa en un cheque en blanco político. El marxismo no absolutiza la supervivencia del aparato estatal; absolutiza la lucha de clases como motor de la historia. Si el “proyecto bolivariano” se preserva al precio de reforzar su integración en el mercado mundial capitalista y de subordinar la iniciativa popular a una diplomacia petrolera de emergencia, la dialéctica de la supervivencia puede devenir dialéctica de la adaptación.
Los ejemplos concretos del PRI mexicano, el APRA peruano y el peronismo argentino, son manifestaciones materiales de este aserto: movimientos nacionalistas burgueses —todos agitaron con mayor o menor énfasis las banderas socialistas— que se postularon como caudillo político de la nación oprimida, para terminar desintegrados como simples correas de transmisión de la dominación imperialista. Este fenómeno de alcance mundial es el resultado de la incapacidad genética de las burguesías criollas de protagonizar una revolución democrático burguesa. Desde la célebre Tesis de Abril, para el marxismo la revolución —especialmente su dimensión democrático nacional— solo podrá ser liderada por la clase trabajadora en tanto caudillo de la de la nación oprimida.
La historia no absolverá a la dirección chavista en Venezuela ni la condenará en abstracto, por más que apelen a la memoria de Fidel. La juzgará según un criterio implacable: si estas maniobras fortalecieron la organización y la conciencia independiente de la clase trabajadora latinoamericana o si, por el contrario, consolidaron una nueva forma de compromiso con el imperialismo bajo la bandera estética de de la resistencia bolivariana. Tal disyuntiva pone a las claras que la tarea de la clase obrera venezolana sigue siendo la construcción de su propio partido revolucionario, aquel capaz de desplegar la lucha antiimperialista en un plano insurreccional y con una clara estrategia de poder obrero.
(*) Gustavo Burgos, abogado, militante marxista chileno, director de el Porteño y conductor del canal deYoutube «Mate al Rey».
Por GUSTAVO BURGOS (*) DESDE CHILE PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
Escribo esta nota motivado por el debate político abierto en la revista marxista española, Canarias Semanal, sobre Venezuela. La publicación, que hace un notable esfuerzo por estructurarse como una trinchera política de los trabajadores, planteó hace unos días un debate antiimperialista entre el analista José Manuel Rivero, que sustenta una concepción chavista del proceso político venezolano y Cristóbal García, miembro de la redacción de la revista, quien plantea en lo central un enfoque crítico a la política alentada por el gobierno de Delcy Rodríguez desde una óptica marxista. Mientras Rivero califica la política de Rodríguez como maniobras tácticas de sobrevivencia, García la caracteriza como claudicación al imperialismo. Me parece oportuno destacar el tono militante y persuasivo del debate, en un entorno en que la vanguardia política mundial prácticamente no discute sobre nada o si lo hace dirige sus esfuerzos a la mofa o la calumnia. El resultado es impedir que estas cuestiones lleguen a la clase trabajadora.
Hechas estas prevenciones, debo señalar que me limitaré a polemizar con Rivero, por una cuestión meramente expositiva y para contribuir a este formato de discusión blanco sobre negro. Rivero define su posición —una postura que tiene muchos seguidores en la izquierda chilena y quizá es la mayoritaria— en dos notas:
1.- Brest Litovslk en el Caribe: la audacia leninista frente a la aniquilación y
2.- Venezuela 2026: la dialéctica bajo el terror del imperialismo.
Su análisis sobre la coyuntura venezolana parte de una premisa que todo marxista serio debe compartir: el imperialismo actúa como sistema de dominación mundial y no vacila en recurrir a la guerra, el sabotaje y el chantaje para someter a los pueblos. Nadie que se reclame antiimperialista puede minimizar una agresión militar, un bombardeo o el secuestro de autoridades. Sin embargo, precisamente porque el marxismo es un método materialista y no una teología política, no basta con invocar la agresión externa para suspender el análisis de clase del Estado que la enfrenta.
Rivero construye su tesis sobre una analogía central: la comparación entre la política del Gobierno Bolivariano y el Tratado de Brest-Litovsk impulsado por Lenin en 1918. Según esta lectura, ceder “espacio” —recursos energéticos, concesiones políticas, amnistías amplias— sería una maniobra táctica destinada a preservar lo esencial: la existencia del proyecto bolivariano. El problema es que esta analogía, presentada como “transposición dialéctica”, borra una diferencia decisiva: la naturaleza de clase del poder que negocia.
"La alternativa no es la “guerra revolucionaria heroica” abstracta ni la inmolación colectiva. Es la movilización independiente de la clase trabajadora"
Cuando Lenin y Trotsky firman Brest-Litovsk, lo hace al frente de un Estado obrero surgido de una insurrección que había expropiado a la burguesía, disuelto el aparato zarista y comenzado una reorganización socialista de la economía bajo control obrero. Las concesiones territoriales no implicaban una integración subordinada al capital alemán ni una asociación productiva con él, sino una retirada temporal en medio de una guerra interimperialista, para consolidar un poder que había roto con la propiedad capitalista. La cesión era territorial, no programática.
En cambio, el Estado venezolano contemporáneo no ha expropiado estructuralmente a la burguesía nacional ni ha instaurado un régimen de poder obrero. Se trata de un régimen con base popular, sí, enfrentado al imperialismo, también, pero cuyo Estado conserva la estructura fundamental de la economía capitalista: propiedad privada de los grandes medios de producción, peso decisivo de la renta petrolera, coexistencia y negociación constante con fracciones del capital nacional e internacional. En este marco, hablar de “ceder espacio” en forma de asociaciones estratégicas con el capital estadounidense no es un sacrificio accesorio para salvar un poder socialista, sino una profundización de la dependencia estructural de la burguesía venezolana al imperialismo, como ocurre en toda América Latina a excepción relativa de Cuba.
La apelación a “privilegiar la existencia misma del proyecto” por sobre cualquier debate doctrinario es, desde una óptica marxista, profundamente problemática. No porque la doctrina deba imponerse mecánicamente a la realidad, sino porque todo proyecto político está determinado por su contenido de clase. ¿Qué se está preservando exactamente? ¿Un Estado obrero en transición socialista, o un régimen nacional-popular que administra el capitalismo rentista bajo presión externa?
Rivero sostiene que la interlocución directa con Washington vacía de contenido a la extrema derecha local, dejando a la “quinta columna” sin utilidad. Puede ser tácticamente cierto en el plano inmediato. Pero el marxismo enseña que el imperialismo no es simplemente una voluntad subjetiva de agresión, sino una relación estructural de dominación económica y financiera. Si el eje de la negociación es el petróleo como “palanca material”, lo que está en juego no es solo la neutralización de peones políticos internos, sino la reinserción subordinada de Venezuela en la cadena imperialista de valorización.
"Si el eje de la negociación es el petróleo como “palanca material”, lo que está en juego es la reinserción subordinada de Venezuela en la cadena imperialista de valorización"
Desde esta perspectiva, la llamada “audacia defensiva” puede transformarse en un mecanismo de disciplinamiento interno de la clase trabajadora. En nombre de la supervivencia nacional, se justifican concesiones, amnistías amplias, reordenamientos productivos y acuerdos energéticos que pueden consolidar una nueva correlación de fuerzas favorable al capital, ahora mediada por el propio Estado bolivariano. La historia latinoamericana está llena de ejemplos donde la defensa frente al imperialismo terminó cristalizando en pactos de estabilización que desmovilizaron a las masas.
El recurso retórico a Gaza como “laboratorio del exterminio” cumple una función política clara: instalar la idea de que cualquier crítica interna equivale a favorecer la masacre. Pero el marxismo distingue entre defensa incondicional frente a la agresión imperialista y apoyo político acrítico al gobierno existente. La clase trabajadora puede —y debe— oponerse al bombardeo y al secuestro de autoridades, sin por ello renunciar a su independencia política.
El núcleo del problema en el texto de Rivero es que identifica la supervivencia del Estado burgués venezolano con la supervivencia de la revolución. Son dos cosas distintas. Un Estado puede sobrevivir mediante acuerdos con el imperialismo que modifiquen profundamente el horizonte estratégico del proceso. La pregunta marxista no es si hay que evitar la aniquilación —eso es evidente—, sino bajo qué programa y con qué sujeto social se organiza la resistencia.
Si la defensa frente al imperialismo se articula sobre la base de acuerdos entre cúpulas estatales y corporaciones energéticas, mientras la clase trabajadora es convocada únicamente a cerrar filas en torno al Ejecutivo, lo que se fortalece no es el poder popular, sino el bonapartismo de crisis: un Estado que, presionado desde fuera, concentra decisiones estratégicas y administra concesiones en nombre de la nación. Tal cuestión solo terminará por postergar la inevitable derrota por una cuestión de clase.
La alternativa no es la “guerra revolucionaria heroica” abstracta ni la inmolación colectiva. Es la movilización independiente de la clase trabajadora, la profundización de medidas anticapitalistas reales —control obrero, nacionalización bajo gestión directa de los trabajadores, ruptura efectiva con el capital financiero— y la extensión internacional de la lucha. Sin esa dimensión de clase, toda negociación se desplaza hacia el terreno definido por el enemigo.
En última instancia, el problema del análisis de Rivero no es su defensa del derecho de un país a sobrevivir ante la agresión, sino la conversión de esa defensa en un cheque en blanco político. El marxismo no absolutiza la supervivencia del aparato estatal; absolutiza la lucha de clases como motor de la historia. Si el “proyecto bolivariano” se preserva al precio de reforzar su integración en el mercado mundial capitalista y de subordinar la iniciativa popular a una diplomacia petrolera de emergencia, la dialéctica de la supervivencia puede devenir dialéctica de la adaptación.
Los ejemplos concretos del PRI mexicano, el APRA peruano y el peronismo argentino, son manifestaciones materiales de este aserto: movimientos nacionalistas burgueses —todos agitaron con mayor o menor énfasis las banderas socialistas— que se postularon como caudillo político de la nación oprimida, para terminar desintegrados como simples correas de transmisión de la dominación imperialista. Este fenómeno de alcance mundial es el resultado de la incapacidad genética de las burguesías criollas de protagonizar una revolución democrático burguesa. Desde la célebre Tesis de Abril, para el marxismo la revolución —especialmente su dimensión democrático nacional— solo podrá ser liderada por la clase trabajadora en tanto caudillo de la de la nación oprimida.
La historia no absolverá a la dirección chavista en Venezuela ni la condenará en abstracto, por más que apelen a la memoria de Fidel. La juzgará según un criterio implacable: si estas maniobras fortalecieron la organización y la conciencia independiente de la clase trabajadora latinoamericana o si, por el contrario, consolidaron una nueva forma de compromiso con el imperialismo bajo la bandera estética de de la resistencia bolivariana. Tal disyuntiva pone a las claras que la tarea de la clase obrera venezolana sigue siendo la construcción de su propio partido revolucionario, aquel capaz de desplegar la lucha antiimperialista en un plano insurreccional y con una clara estrategia de poder obrero.
(*) Gustavo Burgos, abogado, militante marxista chileno, director de el Porteño y conductor del canal deYoutube «Mate al Rey».





























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