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CUANDO EL FRANQUISMO CERRÓ LAS PUERTAS DE CANARIAS

Escasez, estraperlo y control estatal en los años más duros de la dictadura

La Guerra Civil no creó la pobreza en Canarias, pero sí cambió radicalmente las reglas de su economía. Sobre una sociedad ya desigual, el franquismo impuso la autarquía: un modelo basado en el intervencionismo, el control estatal y la autosuficiencia que agravó la escasez, impulsó el mercado negro y deterioró el nivel de vida de miles de familias hasta finales de los años cincuenta.

Por ERNESTO GUTIÉRREZ PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-

 

    Cuando se produjo el golpe de Estado de 1936 contra la II República, Canarias llevaba décadas siendo uno de los territorios del Estado español más conectados con el comercio internacional. Gracias al régimen de Puertos Francos, aprobado en 1852, los puertos isleños se habían convertido en una escala habitual de las rutas atlánticas y buena parte de la economía dependía de la exportación de productos agrícolas, especialmente plátanos y tomates, hacia los mercados europeos. 

 

    Ciertamente, esa apertura económica nunca significó prosperidad para la mayoría de la población. La riqueza estaba muy concentrada en manos de grandes propietarios, exportadores y empresas comerciales, mientras miles de jornaleros y pequeños campesinos sobrevivían con salarios de miseria y trabajos estacionales. La pobreza formaba parte del paisaje cotidiano y la emigración se convirtió durante generaciones en la salida de quienes no encontraban oportunidades en las islas. Cuba, Venezuela o Uruguay acogieron a decenas de miles de canarios que buscaban fuera el futuro que su tierra les negaba.

 

   Pese a todo, la Guerra Civil y la dictadura franquista supondrían un auténtico punto de inflexión para Canarias. La autarquía franquista no encontró una sociedad próspera que de pronto cayó en la miseria. Encontró una economía ya frágil y profundamente desigual sobre la que impuso un modelo de fuerte intervención estatal que terminó agravando muchos de sus problemas.

 

     Los historiadores Ricardo A. Guerra Palmero y Aarón León Álvarez explican como  la dictadura sustituyó una economía abierta al exterior por otra sometida al control del Estado, alterando profundamente la producción, el comercio y las condiciones de vida de la población.

 

La economía quedó en manos del Estado

   Aunque en Canarias apenas hubo enfrentamientos militares, el archipiélago desempeñó un papel estratégico para el bando sublevado. Desde las islas salieron miles de soldados, combustible procedente de la refinería de Santa Cruz de Tenerife y una importante cantidad de divisas obtenidas gracias a las exportaciones agrícolas.

 

   Durante la guerra, el régimen mantuvo parte del comercio exterior porque necesitaba esos ingresos. Pero una vez consolidado el poder de Franco, la prioridad pasó a ser otra: construir una economía basada en la autosuficiencia. 

 

    A partir de 1937 comenzaron a multiplicarse los organismos públicos encargados de controlar prácticamente toda la actividad económica. El Estado fijaba precios, regulaba las exportaciones, autorizaba las importaciones, controlaba las divisas y decidía qué podía producirse y en qué cantidades. Incluso cultivos tan importantes como el plátano o el tomate quedaron sometidos a una estricta regulación administrativa.

 

    Para Canarias aquella política suponía una contradicción evidente. Las islas dependían históricamente del comercio exterior tanto para vender sus productos como para importar alimentos, combustibles y materias primas. Limitar esas relaciones significaba alterar el funcionamiento mismo de la economía insular.

 

  El golpe terminó de completarse con la pérdida práctica de las ventajas que había proporcionado el régimen de Puertos Francos. Aunque formalmente siguió existiendo, la acumulación de controles administrativos y la reforma fiscal de 1940 vaciaron de contenido buena parte de aquel sistema comercial que había definido la economía canaria durante casi un siglo.

 

El Mando Económico: una economía dirigida por militares

   La situación empeoró con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. La reducción del tráfico marítimo dificultó todavía más el abastecimiento del archipiélago y aumentó el temor a una posible invasión aliada.

 

  En ese contexto, el régimen creó en 1941 el Mando Económico del Archipiélago, una institución excepcional que no existió en ninguna otra región española. Bajo la dirección del capitán general, el Ejército asumió el control de buena parte de la economía canaria.

 

   Su misión era garantizar el abastecimiento, aumentar la producción agrícola y coordinar todos los recursos disponibles. Se impulsaron obras hidráulicas, carreteras, nuevas zonas de cultivo y distintas infraestructuras destinadas a mejorar la producción de alimentos. Sin embargo, aquellas actuaciones respondían sobre todo a una situación de emergencia. La agricultura insular era incapaz de alimentar por sí sola a toda la población y las dificultades para importar productos seguían creciendo.

 

  El Mando Económico representó la máxima expresión del intervencionismo franquista. Nunca antes la economía canaria había estado sometida a un control tan intenso por parte de las autoridades militares.

 

La escasez marcó la vida cotidiana

  Las consecuencias pronto llegaron a todos los hogares. La reducción de las importaciones y el control estatal provocaron una escasez generalizada de alimentos y productos básicos. Aceite, harina, azúcar, arroz, jabón o café comenzaron a distribuirse mediante cartillas de racionamiento.

 

  Las cantidades asignadas eran insuficientes y las largas colas ante los comercios pasaron a formar parte de la rutina diaria. En muchas ocasiones, las familias debían recorrer varios establecimientos para conseguir unos pocos productos imprescindibles.

 

  La situación resultaba especialmente difícil en las ciudades, donde la población dependía casi por completo del sistema oficial de abastecimiento. En el campo, muchas familias pudieron aliviar parcialmente las dificultades gracias al autoconsumo, cultivando pequeñas parcelas o criando animales para su propio consumo.

 

  Pero incluso allí la escasez era constante. La falta de fertilizantes, semillas, combustible y maquinaria limitaba la producción agrícola y hacía muy difícil aumentar las cosechas.

 

El estraperlo, la otra economía

  Como ocurrió en el resto del Estado español, la escasez dio lugar al crecimiento del mercado negro.

 

  El llamado estraperlo se convirtió en una pieza fundamental de la economía cotidiana. Muchos productos que desaparecían de los comercios podían conseguirse clandestinamente pagando varias veces su precio oficial.

 

  Aquella economía paralela beneficiaba a quienes disponían de dinero suficiente para pagar esos sobreprecios, mientras las familias más pobres quedaban limitadas a unas cartillas de racionamiento claramente insuficientes.

 

  La paradoja era evidente. Un sistema diseñado para garantizar un reparto igualitario terminó generando nuevas desigualdades. Quien tenía recursos encontraba alimentos; quien no los tenía debía conformarse con lo poco que distribuía el Estado.

 

Inflación, salarios bajos y deterioro del nivel de vida

  La escasez vino acompañada por un fuerte aumento de los precios. El coste de la vida creció de manera continuada mientras los salarios permanecían prácticamente congelados por decisión del régimen.

 

  Cada año resultaba más difícil llenar la cesta de la compra. Aunque oficialmente los precios estaban controlados, la realidad era muy distinta. El mercado negro y la falta de mercancías disparaban el coste efectivo de muchos productos.

 

  El resultado fue una pérdida constante del poder adquisitivo de los trabajadores y un notable empeoramiento de las condiciones de vida. La malnutrición, especialmente entre los sectores más humildes, se convirtió en uno de los principales problemas sociales de los años cuarenta.

 

El final de una etapa

   A mediados de los años cincuenta comenzaron a aparecer los primeros síntomas de cambio. El aislamiento internacional del franquismo empezó a reducirse y el comercio exterior recuperó lentamente parte de su actividad.

 

  El verdadero giro llegó con el Plan de Estabilización de 1959, que puso fin al modelo autárquico y abrió la economía española hacia el exterior. Para Canarias significó recuperar su tradicional vocación comercial y sentar las bases del gran crecimiento turístico y de servicios que transformaría el archipiélago durante las décadas siguientes.

 

   Sin embargo, el recuerdo de aquellos años permaneció profundamente grabado en la memoria colectiva. Para toda una generación de canarios, la autarquía fue sinónimo de cartillas de racionamiento, colas, escasez y lucha diaria por conseguir alimentos.

 

 

Fuentes

Fuente principal

  • Guerra Palmero, Ricardo A. y León Álvarez, Aarón. La implantación y las consecuencias de la autarquía en Canarias (1936-1960). Universidad de La Laguna.

Bibliografía complementaria

  • Guerra Palmero, Ricardo A. Autarquía y hecho diferencial canario (1936-1960).

  • Guerra Palmero, Ricardo A. Sobrevivir en Canarias (1939-1959). Racionamiento, miseria y estraperlo.

  • Macías Hernández, Antonio M., diversos estudios sobre la economía contemporánea de Canarias.

  • Rodríguez Martín, José Ángel. Economía (1936-1979).

 
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