HAMBRE, PODER Y RELIGIÓN: MARVIN HARRIS, EL ANTROPÓLOGO QUE PUSO "PATAS ARRIBA" LA HISTORIA HUMANA
¿Qué relación existe entre una vaca sagrada, el nacimiento de los reyes, las guerras y la desigualdad social?
¿Por qué millones de personas veneran a las vacas? ¿Cómo pudo un repartidor generoso transformarse en rey? ¿Y si la agricultura, presentada durante siglos como un gigantesco avance de la humanidad, hubiera condenado a millones de seres humanos a trabajar más y alimentarse peor? Marvin Harris buscó las respuestas debajo de las religiones, las tradiciones y los grandes relatos sobre el progreso. Lo que encontró permite reconstruir la sorprendente historia del poder y la desigualdad
POR MANUEL MEDINA(*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
¿Por qué adoramos unas cosas, prohibimos otras y aceptamos que unos pocos manden sobre todos? El antropólogo Marvin Harris sostuvo que las costumbres más extrañas, las religiones, las guerras y las desigualdades no surgieron de la nada. Para comprenderlas —decía— hay que observar cómo vive realmente una sociedad: qué produce, qué come, cómo trabaja, cuántos recursos posee y quién controla lo que sobra.
¿Por qué en unas sociedades está prohibido comer cerdo, mientras en otras ese animal forma parte de la alimentación cotidiana?
¿Por qué millones de personas consideran sagradas a las vacas?
¿De dónde salieron los reyes, los Ejércitos, los impuestos y las enormes diferencias entre quienes lo tienen todo y quienes apenas consiguen sobrevivir?
Podríamos responder que cada pueblo tiene sus creencias y que las culturas son, sencillamente, diferentes. Y sería cierto, pero no suficiente. Porque la verdadera pregunta comienza justamente ahí: ¿por qué aparecieron unas creencias y no otras? ¿Por qué determinadas costumbres lograron conservarse durante siglos? ¿Qué condiciones permitieron que una norma terminara pareciendo natural, sagrada o indiscutible?
El antropólogo Marvin Harris dedicó buena parte de su vida a investigar este tipo de enigmas. Y lo hizo partiendo de una sospecha tan sencilla como molesta: las sociedades no siempre comprenden las razones profundas de sus propias costumbres.
Eso no significa que las personas sean ignorantes ni que sus creencias carezcan de importancia. Significa algo muy distinto. Significa que una comunidad puede explicar una práctica mediante la religión, la tradición o la voluntad de sus antepasados cuando, por debajo de esas explicaciones, están actuando necesidades relacionadas con los alimentos, el trabajo, el territorio, la población o la distribución de los recursos.
La propuesta de Harris recibió el nombre de materialismo cultural. El término puede parecer algo complicado, pero la idea fundamental resulta bastante accesible: antes de explicar una sociedad por lo que piensa sobre sí misma, debemos estudiar cómo organiza materialmente su existencia.
![[Img #93396]](https://canarias-semanal.org/upload/images/07_2026/2862_librosmh.jpg)
LAS COSTUMBRES NO NACEN POR ARTE DE MAGIA
Imaginemos una comunidad campesina en la que el ganado sirve para arar los campos, proporciona leche, produce estiércol utilizado como fertilizante y suministra combustible. En determinadas circunstancias, sacrificar una vaca durante una época de hambre podría aliviar una necesidad inmediata. Sin embargo, también podría privar a la familia de un animal imprescindible para trabajar la tierra y garantizar la siguiente cosecha.
La prohibición de matar ese ganado puede presentarse como un mandato religioso. Pero Harris nos invita a mirar un poco más abajo. Esa creencia también podría estar protegiendo, sin que sus integrantes tengan necesariamente conciencia de ello, un recurso esencial para la supervivencia de la comunidad.
Ese fue el camino que siguió para explicar, por ejemplo, el carácter sagrado de las vacas en la India. Su interpretación fue discutida y matizada por otros investigadores, pero su pregunta conserva toda su fuerza: ¿qué función material cumple una costumbre aparentemente irracional?
Lo mismo sucede con las prohibiciones alimentarias. Una religión puede declarar impuro a un animal, pero quizá esa prohibición surgió en un entorno donde criarlo resultaba demasiado costoso, competía con los seres humanos por los alimentos o exigía unos recursos difíciles de obtener. Con el paso del tiempo, la necesidad práctica pudo quedar transformada en norma moral y la norma moral, en mandato divino.
Marvin Harris no afirmaba que cada rito escondiera una especie de cálculo económico consciente. Nadie tuvo que sentarse a realizar una lista de gastos y beneficios antes de inventar una prohibición religiosa. Las prácticas que resultaban compatibles con determinadas condiciones de vida podían extenderse y sobrevivir, mientras otras terminaban desapareciendo.
Aquí se encuentra una de las claves de su pensamiento: las ideas importan mucho, por supuesto, pero no suelen caer del cielo. Nacen y actúan dentro de sociedades concretas que necesitan producir alimentos, organizar el trabajo, criar a sus hijos, defender un territorio y afrontar los límites impuestos por la naturaleza.
EL PROGRESO QUE EMPEORÓ LA VIDA DE LA GENTE
Estamos acostumbrados a imaginar la historia como una escalera. Primero vendrían las sociedades consideradas primitivas; después, la agricultura, las ciudades, los reinos y, finalmente, la moderna civilización industrial. Cada peldaño parecería representar una mejora con respecto al anterior. Harris trastocó esa imagen y la puso patas arriba.
La agricultura permitió alimentar a poblaciones mucho más numerosas que la caza y la recolección. Pero eso no significa que mejorara inmediatamente la existencia de la mayoría. Muchas comunidades agrícolas tuvieron que trabajar más horas, padecieron dietas menos variadas y quedaron expuestas a enfermedades favorecidas por la concentración de la población.
El supuesto progreso encerraba, por tanto, una trampa. Se producía una cantidad mayor de alimentos, pero también crecía el número de personas que dependían de esa producción. Cuando el territorio comenzaba a resultar insuficiente, había que cultivar nuevas tierras, trabajar más intensamente las antiguas o introducir otras técnicas. Y cada solución podía generar nuevos problemas: agotamiento de los suelos, desaparición de animales, destrucción de bosques o conflictos por el control de los recursos.
Harris denominó intensificación a ese proceso de producir cada vez más mediante un uso creciente del trabajo, la tierra o la tecnología. Al principio, la intensificación puede ofrecer buenos resultados. Pero llega un momento en que exige esfuerzos cada vez mayores para obtener rendimientos más pequeños.
¿Te suena conocido? Es la misma lógica que hoy permite aumentar la producción mientras se destruyen acuíferos, se empobrecen los terrenos agrícolas o se agotan los bancos de pesca. La tecnología puede aplazar algunos límites, pero no hace desaparecer las consecuencias.
Por eso Harris desconfiaba de la idea de que todo avance técnico represente automáticamente un avance humano. Podemos tener máquinas más poderosas, ciudades más grandes y sistemas productivos más eficientes mientras millones de personas trabajan durante más tiempo, viven peor o pierden el control sobre sus condiciones de existencia.
La cuestión no consiste solamente en saber cuánto produce una sociedad. También hay que preguntar qué sacrifica para hacerlo.
EL DÍA EN QUE APARECIERON LOS JEFES
Durante la mayor parte de su historia, los seres humanos vivieron sin reyes, policías, cárceles, ejércitos permanentes ni funcionarios encargados de cobrar impuestos. Esto no significa que aquellas comunidades fueran paraísos sin conflictos. Significa, simplemente, que la existencia del Estado y de las grandes jerarquías no pertenece a una supuesta naturaleza eterna de nuestra especie.
En muchos grupos pequeños existían personas especialmente respetadas. Podían destacar por su experiencia, su habilidad para cazar, su capacidad para resolver disputas o su generosidad. Pero un dirigente de esa clase no podía dar órdenes como lo haría un monarca. Necesitaba convencer a los demás y conservar su prestigio.
En algunas comunidades, incluso se ridiculizaba al cazador que presumía demasiado de una gran pieza. A primera vista, puede parecer un comportamiento extraño. Sin embargo, tenía una función perfectamente comprensible: impedir que el éxito individual se convirtiera en superioridad permanente.
El jefe comenzó a adquirir un poder diferente cuando pudo controlar el almacenamiento y la distribución de los excedentes. En un primer momento, esa función podía beneficiar a la comunidad. Alguien organizaba el trabajo colectivo, guardaba alimentos para las épocas difíciles y coordinaba su reparto.
Pero había una puerta abierta. Quien administraba los recursos podía comenzar también a decidir quién recibía más, quién recibía menos y qué parte se reservaba para sí mismo y para sus colaboradores.
El gran repartidor terminó convirtiéndose en jefe hereditario. La contribución voluntaria se transformó en tributo obligatorio. El prestigio dejó paso al privilegio, y el privilegio necesitó guerreros, sacerdotes y servidores que lo protegieran.
Harris mostró así que el poder político no apareció porque un buen día la humanidad decidiera obedecer a los más fuertes. Fueron necesarias unas condiciones concretas: producción de excedentes, almacenamiento de bienes, crecimiento de la población, control territorial y reducción de las posibilidades de escapar de quienes pretendían mandar.
La desigualdad tuvo una historia. Y todo lo que tiene historia puede investigarse, explicarse y, llegado el caso, transformarse.
MIRAR LA SOCIEDAD DESDE ABAJO
Para organizar su análisis, Harris distinguió tres grandes niveles. En la base situó la infraestructura: las formas de producir alimentos y objetos, la tecnología, el medio ambiente y la manera en que una sociedad regula la reproducción de su población.
Sobre ella se encontraría la estructura, es decir, la organización del trabajo, las familias, las jerarquías, el reparto de los bienes y las instituciones políticas. Finalmente aparecería la superestructura, formada por las religiones, los valores, los símbolos, el arte y las explicaciones mediante las cuales una sociedad interpreta el mundo.
No se trata de tres pisos completamente separados. Las ideas pueden modificar los comportamientos, las instituciones pueden reorganizar la producción y una innovación técnica puede alterar las relaciones familiares. Pero Harris consideraba que, a largo plazo, las condiciones materiales ejercían una presión decisiva sobre el conjunto.
También distinguió entre lo que una sociedad dice acerca de sí misma y lo que el investigador puede observar desde fuera. Un pueblo puede afirmar que libra una guerra para obedecer a sus dioses. El antropólogo debe escuchar esa explicación, pero también investigar si existe una disputa por tierras, recursos, mano de obra o rutas comerciales.
Este método obliga a desconfiar de los discursos oficiales. Los gobernantes pueden presentar una conquista como una misión civilizadora, una empresa puede llamar modernización a la destrucción de miles de empleos y un gobierno puede denominar sacrificio colectivo a unas medidas que enriquecen a una minoría.
Las palabras explican cómo se intenta justificar una realidad. No necesariamente revelan quién se beneficia de ella.
EL GRAN LÍMITE DE HARRIS: ¿MATERIALMENTE BENEFICIOSO PARA QUIÉN?
Llegamos aquí al principal problema de su pensamiento. Marvin Harris explicó con enorme claridad que las costumbres debían relacionarse con la producción, la población, la tecnología y el medio ambiente. Sin embargo, en ocasiones trató a las sociedades como si respondieran de manera conjunta a esas presiones.
Pero una sociedad dividida entre propietarios y trabajadores, terratenientes y campesinos, acreedores y deudores, no posee un único interés material.
Una actividad puede ser ruinosa para la mayoría y extraordinariamente rentable para quienes la controlan.
Una mina puede contaminar el agua de una comarca, enfermar a sus trabajadores y destruir la agricultura local, pero producir enormes ganancias para sus propietarios.
¿Debemos afirmar entonces que esa explotación resulta beneficiosa para la "sociedad"?
La pregunta correcta, pues, debería ser otra: ¿beneficiosa para quién?
Aquí es donde el materialismo cultural necesita ser completado con un análisis de las relaciones de propiedad y del conflicto entre clases. No basta con averiguar qué tecnología utiliza una comunidad o cómo obtiene sus alimentos. Hay que saber quién posee la tierra, las máquinas y las materias primas; quién realiza el trabajo; quién decide qué se produce y quién se apropia del resultado.
La presión demográfica o el agotamiento ambiental no actúan sobre un terreno neutral. Sus consecuencias dependen de una determinada organización social. Cuando escasea el agua, no todos reducen su consumo por igual. Cuando llega una crisis, no todos pierden el empleo, la vivienda o los ahorros. Y cuando se impone un ajuste económico, quienes lo deciden casi nunca son quienes soportan sus peores consecuencias.
Harris nos enseñó a buscar las causas materiales escondidas detrás de las ideas. Pero el análisis de clase obliga a dar un paso más allá: descubrir qué grupos sociales controlan esas condiciones materiales y utilizan las instituciones para conservar su posición.
UNA BRÚJULA PODEROSA, AUNQUE INCOMPLETA
No hace falta aceptar todas las explicaciones de Marvin Harris para reconocer la importancia de su obra. Su gran mérito consistió en convertir la antropología en una investigación comprensible sobre problemas que afectan a toda la humanidad.
Nos enseñó que una costumbre aparentemente absurda puede contener una lógica histórica; que la religión no puede separarse siempre de la alimentación y del trabajo; que el progreso técnico puede empeorar la vida; y que los reyes, los impuestos y las desigualdades no existieron desde el principio de los tiempos. Sobre todo, nos invitó a mirar detrás del decorado.
Cada vez que alguien nos afirme que una institución existe porque siempre ha sido así, conviene recordar que hubo sociedades que vivieron de otra manera. Cada vez que se presente la desigualdad como consecuencia inevitable del egoísmo humano, habrá que preguntar qué condiciones permiten a unos pocos acumular los recursos que necesitan los demás. Y cada vez que una decisión política se justifique como un sacrificio necesario para todos, será imprescindible averiguar quién cobra los beneficios y a quién le pasan la factura.
Esa es la gran lección que permanece viva en su pensamiento: las culturas no son colecciones de rarezas surgidas de una imaginación incomprensible. Son respuestas humanas construidas dentro de condiciones históricas determinadas.
Pero tampoco son cárceles eternas. Si las instituciones, las jerarquías y las creencias fueron creadas por seres humanos bajo unas circunstancias concretas, también pueden cambiar cuando cambian esas circunstancias y cuando las mayorías actúan conscientemente para transformarlas.
Harris nos entregó una buena brújula para poder iniciar ese recorrido. No dibujó todo el mapa y dejó zonas importantes sin explorar. Pero después de leerlo resulta mucho más difícil creer que las guerras se libran únicamente por honor, que los poderosos gobiernan porque son los más capaces o que la pobreza existe porque siempre tuvo que existir.
Y eso, en una época como la nuestra, saturada de explicaciones destinadas a ocultar lo esencial de las cosas, no es poca cosa.
(*) Manuel Medina es profesor de Historia, divulgador de temas relacionados con esa materia y autor de varios libros, entre ellos el "Gran Reajuste": China, la arrolladora irrupción de la extrema derecha y la reconfiguración del sistema capitalista", de reciente edición.
POR MANUEL MEDINA(*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
¿Por qué adoramos unas cosas, prohibimos otras y aceptamos que unos pocos manden sobre todos? El antropólogo Marvin Harris sostuvo que las costumbres más extrañas, las religiones, las guerras y las desigualdades no surgieron de la nada. Para comprenderlas —decía— hay que observar cómo vive realmente una sociedad: qué produce, qué come, cómo trabaja, cuántos recursos posee y quién controla lo que sobra.
¿Por qué en unas sociedades está prohibido comer cerdo, mientras en otras ese animal forma parte de la alimentación cotidiana?
¿Por qué millones de personas consideran sagradas a las vacas?
¿De dónde salieron los reyes, los Ejércitos, los impuestos y las enormes diferencias entre quienes lo tienen todo y quienes apenas consiguen sobrevivir?
Podríamos responder que cada pueblo tiene sus creencias y que las culturas son, sencillamente, diferentes. Y sería cierto, pero no suficiente. Porque la verdadera pregunta comienza justamente ahí: ¿por qué aparecieron unas creencias y no otras? ¿Por qué determinadas costumbres lograron conservarse durante siglos? ¿Qué condiciones permitieron que una norma terminara pareciendo natural, sagrada o indiscutible?
El antropólogo Marvin Harris dedicó buena parte de su vida a investigar este tipo de enigmas. Y lo hizo partiendo de una sospecha tan sencilla como molesta: las sociedades no siempre comprenden las razones profundas de sus propias costumbres.
Eso no significa que las personas sean ignorantes ni que sus creencias carezcan de importancia. Significa algo muy distinto. Significa que una comunidad puede explicar una práctica mediante la religión, la tradición o la voluntad de sus antepasados cuando, por debajo de esas explicaciones, están actuando necesidades relacionadas con los alimentos, el trabajo, el territorio, la población o la distribución de los recursos.
La propuesta de Harris recibió el nombre de materialismo cultural. El término puede parecer algo complicado, pero la idea fundamental resulta bastante accesible: antes de explicar una sociedad por lo que piensa sobre sí misma, debemos estudiar cómo organiza materialmente su existencia.
![[Img #93396]](https://canarias-semanal.org/upload/images/07_2026/2862_librosmh.jpg)
LAS COSTUMBRES NO NACEN POR ARTE DE MAGIA
Imaginemos una comunidad campesina en la que el ganado sirve para arar los campos, proporciona leche, produce estiércol utilizado como fertilizante y suministra combustible. En determinadas circunstancias, sacrificar una vaca durante una época de hambre podría aliviar una necesidad inmediata. Sin embargo, también podría privar a la familia de un animal imprescindible para trabajar la tierra y garantizar la siguiente cosecha.
La prohibición de matar ese ganado puede presentarse como un mandato religioso. Pero Harris nos invita a mirar un poco más abajo. Esa creencia también podría estar protegiendo, sin que sus integrantes tengan necesariamente conciencia de ello, un recurso esencial para la supervivencia de la comunidad.
Ese fue el camino que siguió para explicar, por ejemplo, el carácter sagrado de las vacas en la India. Su interpretación fue discutida y matizada por otros investigadores, pero su pregunta conserva toda su fuerza: ¿qué función material cumple una costumbre aparentemente irracional?
Lo mismo sucede con las prohibiciones alimentarias. Una religión puede declarar impuro a un animal, pero quizá esa prohibición surgió en un entorno donde criarlo resultaba demasiado costoso, competía con los seres humanos por los alimentos o exigía unos recursos difíciles de obtener. Con el paso del tiempo, la necesidad práctica pudo quedar transformada en norma moral y la norma moral, en mandato divino.
Marvin Harris no afirmaba que cada rito escondiera una especie de cálculo económico consciente. Nadie tuvo que sentarse a realizar una lista de gastos y beneficios antes de inventar una prohibición religiosa. Las prácticas que resultaban compatibles con determinadas condiciones de vida podían extenderse y sobrevivir, mientras otras terminaban desapareciendo.
Aquí se encuentra una de las claves de su pensamiento: las ideas importan mucho, por supuesto, pero no suelen caer del cielo. Nacen y actúan dentro de sociedades concretas que necesitan producir alimentos, organizar el trabajo, criar a sus hijos, defender un territorio y afrontar los límites impuestos por la naturaleza.
EL PROGRESO QUE EMPEORÓ LA VIDA DE LA GENTE
Estamos acostumbrados a imaginar la historia como una escalera. Primero vendrían las sociedades consideradas primitivas; después, la agricultura, las ciudades, los reinos y, finalmente, la moderna civilización industrial. Cada peldaño parecería representar una mejora con respecto al anterior. Harris trastocó esa imagen y la puso patas arriba.
La agricultura permitió alimentar a poblaciones mucho más numerosas que la caza y la recolección. Pero eso no significa que mejorara inmediatamente la existencia de la mayoría. Muchas comunidades agrícolas tuvieron que trabajar más horas, padecieron dietas menos variadas y quedaron expuestas a enfermedades favorecidas por la concentración de la población.
El supuesto progreso encerraba, por tanto, una trampa. Se producía una cantidad mayor de alimentos, pero también crecía el número de personas que dependían de esa producción. Cuando el territorio comenzaba a resultar insuficiente, había que cultivar nuevas tierras, trabajar más intensamente las antiguas o introducir otras técnicas. Y cada solución podía generar nuevos problemas: agotamiento de los suelos, desaparición de animales, destrucción de bosques o conflictos por el control de los recursos.
Harris denominó intensificación a ese proceso de producir cada vez más mediante un uso creciente del trabajo, la tierra o la tecnología. Al principio, la intensificación puede ofrecer buenos resultados. Pero llega un momento en que exige esfuerzos cada vez mayores para obtener rendimientos más pequeños.
¿Te suena conocido? Es la misma lógica que hoy permite aumentar la producción mientras se destruyen acuíferos, se empobrecen los terrenos agrícolas o se agotan los bancos de pesca. La tecnología puede aplazar algunos límites, pero no hace desaparecer las consecuencias.
Por eso Harris desconfiaba de la idea de que todo avance técnico represente automáticamente un avance humano. Podemos tener máquinas más poderosas, ciudades más grandes y sistemas productivos más eficientes mientras millones de personas trabajan durante más tiempo, viven peor o pierden el control sobre sus condiciones de existencia.
La cuestión no consiste solamente en saber cuánto produce una sociedad. También hay que preguntar qué sacrifica para hacerlo.
EL DÍA EN QUE APARECIERON LOS JEFES
Durante la mayor parte de su historia, los seres humanos vivieron sin reyes, policías, cárceles, ejércitos permanentes ni funcionarios encargados de cobrar impuestos. Esto no significa que aquellas comunidades fueran paraísos sin conflictos. Significa, simplemente, que la existencia del Estado y de las grandes jerarquías no pertenece a una supuesta naturaleza eterna de nuestra especie.
En muchos grupos pequeños existían personas especialmente respetadas. Podían destacar por su experiencia, su habilidad para cazar, su capacidad para resolver disputas o su generosidad. Pero un dirigente de esa clase no podía dar órdenes como lo haría un monarca. Necesitaba convencer a los demás y conservar su prestigio.
En algunas comunidades, incluso se ridiculizaba al cazador que presumía demasiado de una gran pieza. A primera vista, puede parecer un comportamiento extraño. Sin embargo, tenía una función perfectamente comprensible: impedir que el éxito individual se convirtiera en superioridad permanente.
El jefe comenzó a adquirir un poder diferente cuando pudo controlar el almacenamiento y la distribución de los excedentes. En un primer momento, esa función podía beneficiar a la comunidad. Alguien organizaba el trabajo colectivo, guardaba alimentos para las épocas difíciles y coordinaba su reparto.
Pero había una puerta abierta. Quien administraba los recursos podía comenzar también a decidir quién recibía más, quién recibía menos y qué parte se reservaba para sí mismo y para sus colaboradores.
El gran repartidor terminó convirtiéndose en jefe hereditario. La contribución voluntaria se transformó en tributo obligatorio. El prestigio dejó paso al privilegio, y el privilegio necesitó guerreros, sacerdotes y servidores que lo protegieran.
Harris mostró así que el poder político no apareció porque un buen día la humanidad decidiera obedecer a los más fuertes. Fueron necesarias unas condiciones concretas: producción de excedentes, almacenamiento de bienes, crecimiento de la población, control territorial y reducción de las posibilidades de escapar de quienes pretendían mandar.
La desigualdad tuvo una historia. Y todo lo que tiene historia puede investigarse, explicarse y, llegado el caso, transformarse.
MIRAR LA SOCIEDAD DESDE ABAJO
Para organizar su análisis, Harris distinguió tres grandes niveles. En la base situó la infraestructura: las formas de producir alimentos y objetos, la tecnología, el medio ambiente y la manera en que una sociedad regula la reproducción de su población.
Sobre ella se encontraría la estructura, es decir, la organización del trabajo, las familias, las jerarquías, el reparto de los bienes y las instituciones políticas. Finalmente aparecería la superestructura, formada por las religiones, los valores, los símbolos, el arte y las explicaciones mediante las cuales una sociedad interpreta el mundo.
No se trata de tres pisos completamente separados. Las ideas pueden modificar los comportamientos, las instituciones pueden reorganizar la producción y una innovación técnica puede alterar las relaciones familiares. Pero Harris consideraba que, a largo plazo, las condiciones materiales ejercían una presión decisiva sobre el conjunto.
También distinguió entre lo que una sociedad dice acerca de sí misma y lo que el investigador puede observar desde fuera. Un pueblo puede afirmar que libra una guerra para obedecer a sus dioses. El antropólogo debe escuchar esa explicación, pero también investigar si existe una disputa por tierras, recursos, mano de obra o rutas comerciales.
Este método obliga a desconfiar de los discursos oficiales. Los gobernantes pueden presentar una conquista como una misión civilizadora, una empresa puede llamar modernización a la destrucción de miles de empleos y un gobierno puede denominar sacrificio colectivo a unas medidas que enriquecen a una minoría.
Las palabras explican cómo se intenta justificar una realidad. No necesariamente revelan quién se beneficia de ella.
EL GRAN LÍMITE DE HARRIS: ¿MATERIALMENTE BENEFICIOSO PARA QUIÉN?
Llegamos aquí al principal problema de su pensamiento. Marvin Harris explicó con enorme claridad que las costumbres debían relacionarse con la producción, la población, la tecnología y el medio ambiente. Sin embargo, en ocasiones trató a las sociedades como si respondieran de manera conjunta a esas presiones.
Pero una sociedad dividida entre propietarios y trabajadores, terratenientes y campesinos, acreedores y deudores, no posee un único interés material.
Una actividad puede ser ruinosa para la mayoría y extraordinariamente rentable para quienes la controlan.
Una mina puede contaminar el agua de una comarca, enfermar a sus trabajadores y destruir la agricultura local, pero producir enormes ganancias para sus propietarios.
¿Debemos afirmar entonces que esa explotación resulta beneficiosa para la "sociedad"?
La pregunta correcta, pues, debería ser otra: ¿beneficiosa para quién?
Aquí es donde el materialismo cultural necesita ser completado con un análisis de las relaciones de propiedad y del conflicto entre clases. No basta con averiguar qué tecnología utiliza una comunidad o cómo obtiene sus alimentos. Hay que saber quién posee la tierra, las máquinas y las materias primas; quién realiza el trabajo; quién decide qué se produce y quién se apropia del resultado.
La presión demográfica o el agotamiento ambiental no actúan sobre un terreno neutral. Sus consecuencias dependen de una determinada organización social. Cuando escasea el agua, no todos reducen su consumo por igual. Cuando llega una crisis, no todos pierden el empleo, la vivienda o los ahorros. Y cuando se impone un ajuste económico, quienes lo deciden casi nunca son quienes soportan sus peores consecuencias.
Harris nos enseñó a buscar las causas materiales escondidas detrás de las ideas. Pero el análisis de clase obliga a dar un paso más allá: descubrir qué grupos sociales controlan esas condiciones materiales y utilizan las instituciones para conservar su posición.
UNA BRÚJULA PODEROSA, AUNQUE INCOMPLETA
No hace falta aceptar todas las explicaciones de Marvin Harris para reconocer la importancia de su obra. Su gran mérito consistió en convertir la antropología en una investigación comprensible sobre problemas que afectan a toda la humanidad.
Nos enseñó que una costumbre aparentemente absurda puede contener una lógica histórica; que la religión no puede separarse siempre de la alimentación y del trabajo; que el progreso técnico puede empeorar la vida; y que los reyes, los impuestos y las desigualdades no existieron desde el principio de los tiempos. Sobre todo, nos invitó a mirar detrás del decorado.
Cada vez que alguien nos afirme que una institución existe porque siempre ha sido así, conviene recordar que hubo sociedades que vivieron de otra manera. Cada vez que se presente la desigualdad como consecuencia inevitable del egoísmo humano, habrá que preguntar qué condiciones permiten a unos pocos acumular los recursos que necesitan los demás. Y cada vez que una decisión política se justifique como un sacrificio necesario para todos, será imprescindible averiguar quién cobra los beneficios y a quién le pasan la factura.
Esa es la gran lección que permanece viva en su pensamiento: las culturas no son colecciones de rarezas surgidas de una imaginación incomprensible. Son respuestas humanas construidas dentro de condiciones históricas determinadas.
Pero tampoco son cárceles eternas. Si las instituciones, las jerarquías y las creencias fueron creadas por seres humanos bajo unas circunstancias concretas, también pueden cambiar cuando cambian esas circunstancias y cuando las mayorías actúan conscientemente para transformarlas.
Harris nos entregó una buena brújula para poder iniciar ese recorrido. No dibujó todo el mapa y dejó zonas importantes sin explorar. Pero después de leerlo resulta mucho más difícil creer que las guerras se libran únicamente por honor, que los poderosos gobiernan porque son los más capaces o que la pobreza existe porque siempre tuvo que existir.
Y eso, en una época como la nuestra, saturada de explicaciones destinadas a ocultar lo esencial de las cosas, no es poca cosa.
(*) Manuel Medina es profesor de Historia, divulgador de temas relacionados con esa materia y autor de varios libros, entre ellos el "Gran Reajuste": China, la arrolladora irrupción de la extrema derecha y la reconfiguración del sistema capitalista", de reciente edición.





























En defensa del marxismo | Lunes, 27 de Julio de 2026 a las 20:23:53 horas
La antropología surgió durante el siglo XIX, junto con otras ciencias sociales. Es cierto que aquella antropología estuvo vinculada al colonialismo, al evolucionismo unilineal y al racismo científico. Pero reconocer ese origen no permite atribuir a toda la disciplina una esencia burguesa inmutable. Esa es una lectura tan sectaria como ignorante.
La antropología estudia las sociedades humanas, sus formas de producción, parentesco, poder y cultura. El materialismo histórico ofrece un método para analizar su desarrollo. No son realidades incompatibles: existe una antropología marxista, del mismo modo que existen una historia, una sociología o una economía marxistas.
La propia trayectoria de Marx y Engels desmiente la tesis del «caballo de Troya». Marx dedicó sus últimos años a estudiar las investigaciones etnológicas de Lewis Henry Morgan, John Budd Phear, Henry Sumner Maine y otros autores. Engels empleó esos materiales para escribir El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. No rechazaron aquellas investigaciones por haberse producido dentro de la sociedad burguesa: examinaron sus aportaciones, criticaron sus limitaciones y las incorporaron a una explicación histórica más amplia.
Tampoco ha existido una única antropología. Como todas las ciencias sociales, esta disciplina también ha sido un terreno de confrontación teórica.
Al materialismo cultural de Marvin Harris se le puede criticar su tendencia al determinismo tecnológico y ecológico, su falta de atención a la lucha de clases o su reducción de algunas relaciones sociales a mecanismos de adaptación, entre todos aspectos. Pero esas limitaciones no anulan automáticamente todas sus aportaciones. Harris contribuyó a combatir las explicaciones puramente idealistas de la cultura y mostró que muchas costumbres aparentemente irracionales solo podían comprenderse relacionándolas con las condiciones materiales de existencia.
Reconocer una aportación parcial no supone aceptar un sistema teórico completo. Marx reconoció los descubrimientos de Smith, Ricardo y Morgan sin asumir sus concepciones generales. La actitud marxista no consiste en juzgar una idea exclusivamente por su procedencia, sino en comprobar qué explica, qué oculta, qué intereses puede favorecer y hasta dónde alcanza su capacidad explicativa.
Convertir toda teoría distinta en una infiltración enemiga no fortalece el pensamiento revolucionario: lo convierte en una doctrina cerrada. El marxismo demuestra su gran potencia como paradigma teórico entre otras cosas por su capacidad para apropiarse críticamente de los conocimientos producidos por otras disciplinas o corrientes teóricas, conservar lo que resulta válido y superar sus limitaciones mediante una explicación más completa de la realidad. Eso fue, precisamente, lo que hicieron Marx y Engels, porque estaban en las antípodas de algunos pretendidos “marxistas” que parecer ser más bien religiosos.
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