EUROPA DESMANTELA LAS CONQUISTAS SOCIALES PARA FINANCIAR LA GUERRA
¿Quién pagará la gigantesca factura del rearme europeo y qué quedará después del Estado social?
Fabian Scheidler advierte de que la militarización no protege a las sociedades europeas: refuerza al poder ejecutivo, alimenta los beneficios privados y desvía hacia el complejo militar-industrial los recursos necesarios para afrontar la crisis social y ecológica.
REDACCIÓN CANARIAS SEMANAL
El ensayista alemán Fabian Scheidler sostiene que Europa está avanzando hacia una profunda transformación del Estado: mientras conserva la austeridad para la mayoría social, elimina los límites presupuestarios cuando se trata de financiar armamento, servicios de inteligencia y preparativos bélicos. El resultado, advierte, puede ser el desmantelamiento del Estado del bienestar para construir en su lugar un auténtico Estado de guerra.
En una entrevista publicada por La Marea, con motivo de la aparición de su libro El estado de guerra, Scheidler identifica un mecanismo que se repite desde los atentados del 11-S hasta la guerra de Ucrania, pasando por la pandemia y la ofensiva israelí contra Gaza. No sostiene que todos estos acontecimientos respondan a un plan previamente diseñado, sino que las élites políticas y económicas aprovechan cada situación traumática para ampliar los poderes excepcionales del Estado y consolidar estructuras de dominación ya existentes.
La emergencia como oportunidad para las élites
Cada crisis permite reforzar al poder ejecutivo, restringir derechos y transferir enormes cantidades de dinero público hacia intereses privados. La llamada “guerra contra el terrorismo” benefició extraordinariamente al complejo militar-industrial, mientras que la pandemia proporcionó enormes ventajas a las grandes farmacéuticas y corporaciones tecnológicas.
Scheidler recuerda, además, que las medidas excepcionales nunca quedan necesariamente limitadas al motivo que sirvió para justificarlas. Disposiciones aprobadas en Francia para combatir el terrorismo terminaron utilizándose contra activistas climáticos durante la cumbre de París de 2015. La emergencia, convertida en forma habitual de gobierno, sirve así para contener conflictos sociales y neutralizar resistencias.
Este proceso debe situarse, según el autor, dentro de la crisis estructural del capitalismo iniciada al menos en 2008. Un número creciente de grandes empresas depende de subvenciones, rescates, contratos públicos y decisiones estatales. Lejos del mito liberal sobre la iniciativa privada, el capitalismo contemporáneo necesita que el Estado socialice sus pérdidas y garantice sus beneficios.
Austeridad social, barra libre militar
Alemania ofrece una expresión especialmente clara de esta deriva. Las restricciones constitucionales al endeudamiento, presentadas durante años como una necesidad económica ineludible, han sido flexibilizadas para financiar la militarización y los servicios de inteligencia. Los límites que parecían infranqueables cuando se reclamaban mayores inversiones en sanidad, educación, vivienda o protección social desaparecen cuando el dinero se destina al rearme.
No se está produciendo, por tanto, una rectificación de las políticas de austeridad, sino una modificación de sus prioridades. Europa continúa restringiendo el gasto destinado a las necesidades de la población mientras concede recursos prácticamente ilimitados al ejército. La militarización amenaza con destruir las bases materiales del Estado social y convertir el miedo a la guerra en una nueva disciplina impuesta a las clases trabajadoras.
Recuperar la lucha por la paz
Frente a esta perspectiva, Scheidler plantea la necesidad de reconstruir una coalición política que vincule la paz con la justicia social, la ampliación de los servicios públicos, la limitación del poder corporativo y la diplomacia internacional. Sin paz, subraya, tampoco será posible afrontar la crisis climática: los recursos necesarios para la transición ecológica serán absorbidos por el rearme.
El ensayista se muestra crítico con un sistema de partidos que tiende a integrar incluso a las fuerzas nacidas para cuestionarlo. Las transformaciones profundas deberán apoyarse también en movimientos construidos desde abajo. Como ejemplos, cita a los trabajadores portuarios de Italia y España que han bloqueado cargamentos destinados a la guerra de Gaza, las acciones contra instalaciones de la industria militar alemana y la resistencia juvenil frente al restablecimiento del servicio militar obligatorio.
Scheidler tampoco idealiza la llamada multipolaridad. El declive de la hegemonía occidental no garantiza por sí mismo un mundo pacífico: las transiciones entre potencias dominantes han provocado históricamente grandes guerras. China - mantiene- no está libre de tendencias nacionalistas y militaristas, aunque su ascenso se haya basado principalmente en el desarrollo económico y no en la construcción de un imperio militar global.
Taiwán constituye, a su juicio, el punto más peligroso. Una declaración formal de independencia respaldada por Estados Unidos podría desencadenar una confrontación de consecuencias imprevisibles. Evitarla exige mantener el marco de una sola China reconocido durante décadas por la ONU y la mayoría de los Estados.
La conclusión resulta difícil de eludir: el rearme europeo no constituye una política neutral de seguridad. Representa una gigantesca redistribución de recursos desde las necesidades colectivas hacia la industria militar y las élites económicas. La disyuntiva no es entre seguridad o desprotección, sino entre financiar la vida o preparar la guerra.
REDACCIÓN CANARIAS SEMANAL
El ensayista alemán Fabian Scheidler sostiene que Europa está avanzando hacia una profunda transformación del Estado: mientras conserva la austeridad para la mayoría social, elimina los límites presupuestarios cuando se trata de financiar armamento, servicios de inteligencia y preparativos bélicos. El resultado, advierte, puede ser el desmantelamiento del Estado del bienestar para construir en su lugar un auténtico Estado de guerra.
En una entrevista publicada por La Marea, con motivo de la aparición de su libro El estado de guerra, Scheidler identifica un mecanismo que se repite desde los atentados del 11-S hasta la guerra de Ucrania, pasando por la pandemia y la ofensiva israelí contra Gaza. No sostiene que todos estos acontecimientos respondan a un plan previamente diseñado, sino que las élites políticas y económicas aprovechan cada situación traumática para ampliar los poderes excepcionales del Estado y consolidar estructuras de dominación ya existentes.
La emergencia como oportunidad para las élites
Cada crisis permite reforzar al poder ejecutivo, restringir derechos y transferir enormes cantidades de dinero público hacia intereses privados. La llamada “guerra contra el terrorismo” benefició extraordinariamente al complejo militar-industrial, mientras que la pandemia proporcionó enormes ventajas a las grandes farmacéuticas y corporaciones tecnológicas.
Scheidler recuerda, además, que las medidas excepcionales nunca quedan necesariamente limitadas al motivo que sirvió para justificarlas. Disposiciones aprobadas en Francia para combatir el terrorismo terminaron utilizándose contra activistas climáticos durante la cumbre de París de 2015. La emergencia, convertida en forma habitual de gobierno, sirve así para contener conflictos sociales y neutralizar resistencias.
Este proceso debe situarse, según el autor, dentro de la crisis estructural del capitalismo iniciada al menos en 2008. Un número creciente de grandes empresas depende de subvenciones, rescates, contratos públicos y decisiones estatales. Lejos del mito liberal sobre la iniciativa privada, el capitalismo contemporáneo necesita que el Estado socialice sus pérdidas y garantice sus beneficios.
Austeridad social, barra libre militar
Alemania ofrece una expresión especialmente clara de esta deriva. Las restricciones constitucionales al endeudamiento, presentadas durante años como una necesidad económica ineludible, han sido flexibilizadas para financiar la militarización y los servicios de inteligencia. Los límites que parecían infranqueables cuando se reclamaban mayores inversiones en sanidad, educación, vivienda o protección social desaparecen cuando el dinero se destina al rearme.
No se está produciendo, por tanto, una rectificación de las políticas de austeridad, sino una modificación de sus prioridades. Europa continúa restringiendo el gasto destinado a las necesidades de la población mientras concede recursos prácticamente ilimitados al ejército. La militarización amenaza con destruir las bases materiales del Estado social y convertir el miedo a la guerra en una nueva disciplina impuesta a las clases trabajadoras.
Recuperar la lucha por la paz
Frente a esta perspectiva, Scheidler plantea la necesidad de reconstruir una coalición política que vincule la paz con la justicia social, la ampliación de los servicios públicos, la limitación del poder corporativo y la diplomacia internacional. Sin paz, subraya, tampoco será posible afrontar la crisis climática: los recursos necesarios para la transición ecológica serán absorbidos por el rearme.
El ensayista se muestra crítico con un sistema de partidos que tiende a integrar incluso a las fuerzas nacidas para cuestionarlo. Las transformaciones profundas deberán apoyarse también en movimientos construidos desde abajo. Como ejemplos, cita a los trabajadores portuarios de Italia y España que han bloqueado cargamentos destinados a la guerra de Gaza, las acciones contra instalaciones de la industria militar alemana y la resistencia juvenil frente al restablecimiento del servicio militar obligatorio.
Scheidler tampoco idealiza la llamada multipolaridad. El declive de la hegemonía occidental no garantiza por sí mismo un mundo pacífico: las transiciones entre potencias dominantes han provocado históricamente grandes guerras. China - mantiene- no está libre de tendencias nacionalistas y militaristas, aunque su ascenso se haya basado principalmente en el desarrollo económico y no en la construcción de un imperio militar global.
Taiwán constituye, a su juicio, el punto más peligroso. Una declaración formal de independencia respaldada por Estados Unidos podría desencadenar una confrontación de consecuencias imprevisibles. Evitarla exige mantener el marco de una sola China reconocido durante décadas por la ONU y la mayoría de los Estados.
La conclusión resulta difícil de eludir: el rearme europeo no constituye una política neutral de seguridad. Representa una gigantesca redistribución de recursos desde las necesidades colectivas hacia la industria militar y las élites económicas. La disyuntiva no es entre seguridad o desprotección, sino entre financiar la vida o preparar la guerra.



























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.30