IRÁN GOLPEA LAS BASES DE ESTADOS UNIDOS Y CONVIERTE ORIENTE MEDIO EN UN POLVORÍN
Teherán responde a los ataques estadounidenses golpeando instalaciones militares en varios países de la región
La guerra entre Estados Unidos e Irán ha dejado de ser un choque limitado entre dos países. Los ataques iraníes contra bases estadounidenses en distintos puntos de Oriente Medio muestran que el conflicto se extiende y que cada nueva ofensiva aumenta el riesgo de una guerra regional de consecuencias imprevisibles.
POR MARTÍN ÁLVAREZ PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Hay conflictos bélicos que comienzan con un objetivo
aparentemente muy preciso, y concluyen convirtiéndose en algo completamente distinto.
La actual confrontación entre Estados Unidos e Irán parece estar caminando en esa dirección. Lo que empezó el pasado 28 de febrero con brutales ataques estadounidenses e israelíes contra territorio iraní ha entrado ya en su séptimo mes sin que Washington haya conseguido doblegar a Teherán, sin que Irán pueda expulsar militarmente a Estados Unidos de la región y, sobre todo, sin que aparezca una salida política capaz de detener la escalada.
Los ataques estadounidenses de comienzos de septiembre y la respuesta iraní contra instalaciones vinculadas a Washington en Jordania, Bahréin, Irak y Kuwait están mostrando hasta qué punto el conflicto ha dejado de ser bilateral. Estamos ante una guerra que atraviesa fronteras, afecta a las rutas energéticas mundiales, convierte las bases estadounidenses del Golfo en objetivos militares y amenaza con implicar cada vez más directamente a los Estados árabes que albergan tropas de Estados Unidos.
DE UNA GUERRA CONTRA IRÁN A UNA GUERRA REGIONAL
Para comprender lo que está ocurriendo, conviene empezar por un hecho elemental: Estados Unidos no combate a Irán desde una posición exterior a Oriente Medio. Posee decenas de instalaciones militares y más de 50.000 efectivos desplegados en la región.
Durante décadas, esa red constituyó una extraordinaria ventaja estratégica. Permitía a Washington proyectar fuerza desde Jordania, Bahréin, Kuwait, Catar, Irak o Arabia Saudí. Pero toda ventaja contiene también su contrario: cuando el adversario adquiere misiles y drones capaces de alcanzar esas instalaciones, las bases dejan de ser únicamente plataformas ofensivas y se convierten igualmente en blancos. La presencia militar estadounidense alrededor de Irán ha aumentado la vulnerabilidad de Washington y de sus aliados regionales y destaca la continuidad durante meses de los ataques iraníes con drones y misiles.
La ofensiva iraní de estos días confirma al menos parcialmente esa realidad. Teherán ha atacado instalaciones estadounidenses o territorios que las albergan en Jordania, Bahréin, Irak y Kuwait. Pero hay que distinguir entre las afirmaciones de las partes y los datos comprobados: Irán asegura haber causado fuertes daños y bajas, mientras fuentes estadounidenses y jordanas negaron inicialmente víctimas en algunos de los ataques y aseguraron haber interceptado numerosos proyectiles.
EL ESTRECHO DE HORMUZ: EL PUNTO DONDE LA GUERRA SE VUELVE MUNDIAL
El elemento que convierte este conflicto en algo mucho mayor que una confrontación regional es un corredor marítimo de apenas unas decenas de kilómetros: el estrecho de Ormuz.
Antes de la guerra transitaba por allí aproximadamente una quinta parte del petróleo consumido mundialmente. La posibilidad de interrumpir ese flujo proporciona a Irán una capacidad de presión que no depende de derrotar militarmente a Estados Unidos. Puede intentar elevar el coste económico de la guerra para Washington y para el conjunto de la economía mundial.
El efecto ya es visible. La circulación de buques ha disminuido y los precios energéticos reaccionan inmediatamente cada vez que aumenta la tensión. El Brent rondaba el 3 de septiembre los 95 dólares por barril, mientras los mercados seguían pendientes de posibles interrupciones del suministro.
Aquí aparece una de las claves estratégicas del conflicto. Washington posee una superioridad militar abrumadora. Irán, sin embargo, no necesita destruir esa superioridad para causar problemas extraordinariamente graves. Le basta con convertir el Golfo en un espacio inseguro, dificultar la navegación y obligar a Estados Unidos a proteger simultáneamente barcos, bases, aliados, aeropuertos e infraestructuras dispersas por miles de kilómetros.
EL FRACASO DE LA TREGUA
La guerra ya tuvo una oportunidad de detenerse. Estados Unidos e Irán alcanzaron en junio un acuerdo provisional que permitió reducir temporalmente las hostilidades. Teherán reclama ahora que Washington respete aquel compromiso y sostiene que estaría dispuesto a cumplir inmediatamente su parte si Estados Unidos hiciera lo mismo. Las discrepancias sobre el control y la navegación en Ormuz terminaron deteriorando aquel entendimiento.
El problema fundamental es que las posiciones siguen siendo difícilmente compatibles. Washington pretende garantizar la libre circulación marítima, mantener su capacidad militar regional y ejercer suficiente presión económica y militar como para obligar a Irán a aceptar sus condiciones. Teherán intenta demostrar justamente lo contrario: que Estados Unidos no puede bombardear territorio iraní sin pagar un precio regional.
De esa contradicción nace una peligrosa dinámica. Cada ataque destinado a aumentar la capacidad negociadora de una parte reduce los incentivos de la otra para aparecer como quien retrocede.
LOS CIVILES VUELVEN A PAGAR LA GUERRA
La última ofensiva estadounidense ha mostrado además la dimensión más brutal del conflicto. Una vivienda donde se celebraba una boda en Kuhestak, en el condado iraní de Sirik, fue alcanzada durante los ataques estadounidenses. Las autoridades iraníes informaron inicialmente de cuatro muertos; posteriormente, la cifra ascendió a cinco, entre ellos un niño de cuatro años, y cerca de setenta heridos. Estados Unidos afirma que no ataca deliberadamente a civiles y ha anunciado que investiga lo ocurrido.
El archivo aportado denuncia igualmente otros ataques contra población civil y presenta la campaña estadounidense como una guerra que está provocando importantes víctimas entre la población iraní.
Algunas de sus afirmaciones sobre bajas militares estadounidenses y daños concretos en bases proceden, sin embargo, de fuentes iraníes como Press TV y no han podido ser verificadas independientemente. Esa distinción es relevante porque la guerra informativa acompaña inseparablemente a la guerra militar.
LA GUERRA TAMBIÉN SE LIBRA EN LA ECONOMÍA
Irán está pagando un precio enorme. Las sanciones, el bloqueo de sus exportaciones y la guerra han hundido sus ingresos petroleros. Fuentes consultadas por Reuters sitúan las exportaciones iraníes recientes en torno a 260.000 barriles diarios, frente a alrededor de 1,7 millones anteriormente, mientras la inflación se aproxima al 70%.
Pero Estados Unidos tampoco combate gratuitamente. El cierre parcial de Ormuz presiona los precios del petróleo y la gasolina, obliga a movilizar enormes recursos militares y comienza a tener consecuencias políticas internas. Reuters señala que el conflicto está pesando sobre la popularidad de Trump y que una mayoría de estadounidenses se opone a la prolongación de la guerra.
Es precisamente aquí donde puede encontrarse la lógica iraní. Teherán difícilmente puede ganar una guerra convencional contra Estados Unidos. Puede, en cambio, intentar convertirla en una guerra demasiado larga, demasiado cara y políticamente demasiado incómoda para Washington.
UNA SUPERPOTENCIA PUEDE DESTRUIR MUCHO SIN CONSEGUIR VENCER
Ese es probablemente el aspecto más revelador de esta guerra. Estados Unidos puede bombardear instalaciones iraníes, destruir radares, sistemas antiaéreos, puertos o centros militares. Puede asfixiar económicamente al país mediante sanciones y bloquear buena parte de sus exportaciones. Pero destruir capacidad material no equivale necesariamente a alcanzar objetivos políticos.
Después de siete meses de enfrentamiento, el gobierno iraní continúa funcionando. Sus fuerzas siguen lanzando misiles y drones. Ormuz continúa siendo una fuente permanente de incertidumbre. Y Washington sigue sin poder explicar con claridad qué significaría exactamente una “victoria”.
La historia contemporánea está llena de guerras en las que una potencia infinitamente superior descubrió demasiado tarde esa diferencia. Irán no necesita derrotar militarmente a Estados Unidos para impedirle ganar. Estados Unidos puede destruir una parte considerable de Irán sin conseguir que Teherán capitule. Y mientras ambos continúen intentando demostrar al contrario que el coste de resistir será insoportable, cada nueva ofensiva aumenta la probabilidad de que otros países terminen arrastrados hacia el conflicto.
Ese es el verdadero peligro. La cuestión ya no es únicamente quién está ganando esta guerra. La cuestión es hasta dónde puede extenderse antes de que nadie sea capaz de detenerla.
FUENTES
Global Research / Abayomi Azikiwe, 3-9-2026.
Reuters, 1-3 de septiembre de 2026.
Press TV, 2-9-2026.
Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán.
Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán.
Pentágono / Casa Blanca.
POR MARTÍN ÁLVAREZ PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Hay conflictos bélicos que comienzan con un objetivo
aparentemente muy preciso, y concluyen convirtiéndose en algo completamente distinto.
La actual confrontación entre Estados Unidos e Irán parece estar caminando en esa dirección. Lo que empezó el pasado 28 de febrero con brutales ataques estadounidenses e israelíes contra territorio iraní ha entrado ya en su séptimo mes sin que Washington haya conseguido doblegar a Teherán, sin que Irán pueda expulsar militarmente a Estados Unidos de la región y, sobre todo, sin que aparezca una salida política capaz de detener la escalada.
Los ataques estadounidenses de comienzos de septiembre y la respuesta iraní contra instalaciones vinculadas a Washington en Jordania, Bahréin, Irak y Kuwait están mostrando hasta qué punto el conflicto ha dejado de ser bilateral. Estamos ante una guerra que atraviesa fronteras, afecta a las rutas energéticas mundiales, convierte las bases estadounidenses del Golfo en objetivos militares y amenaza con implicar cada vez más directamente a los Estados árabes que albergan tropas de Estados Unidos.
DE UNA GUERRA CONTRA IRÁN A UNA GUERRA REGIONAL
Para comprender lo que está ocurriendo, conviene empezar por un hecho elemental: Estados Unidos no combate a Irán desde una posición exterior a Oriente Medio. Posee decenas de instalaciones militares y más de 50.000 efectivos desplegados en la región.
Durante décadas, esa red constituyó una extraordinaria ventaja estratégica. Permitía a Washington proyectar fuerza desde Jordania, Bahréin, Kuwait, Catar, Irak o Arabia Saudí. Pero toda ventaja contiene también su contrario: cuando el adversario adquiere misiles y drones capaces de alcanzar esas instalaciones, las bases dejan de ser únicamente plataformas ofensivas y se convierten igualmente en blancos. La presencia militar estadounidense alrededor de Irán ha aumentado la vulnerabilidad de Washington y de sus aliados regionales y destaca la continuidad durante meses de los ataques iraníes con drones y misiles.
La ofensiva iraní de estos días confirma al menos parcialmente esa realidad. Teherán ha atacado instalaciones estadounidenses o territorios que las albergan en Jordania, Bahréin, Irak y Kuwait. Pero hay que distinguir entre las afirmaciones de las partes y los datos comprobados: Irán asegura haber causado fuertes daños y bajas, mientras fuentes estadounidenses y jordanas negaron inicialmente víctimas en algunos de los ataques y aseguraron haber interceptado numerosos proyectiles.
EL ESTRECHO DE HORMUZ: EL PUNTO DONDE LA GUERRA SE VUELVE MUNDIAL
El elemento que convierte este conflicto en algo mucho mayor que una confrontación regional es un corredor marítimo de apenas unas decenas de kilómetros: el estrecho de Ormuz.
Antes de la guerra transitaba por allí aproximadamente una quinta parte del petróleo consumido mundialmente. La posibilidad de interrumpir ese flujo proporciona a Irán una capacidad de presión que no depende de derrotar militarmente a Estados Unidos. Puede intentar elevar el coste económico de la guerra para Washington y para el conjunto de la economía mundial.
El efecto ya es visible. La circulación de buques ha disminuido y los precios energéticos reaccionan inmediatamente cada vez que aumenta la tensión. El Brent rondaba el 3 de septiembre los 95 dólares por barril, mientras los mercados seguían pendientes de posibles interrupciones del suministro.
Aquí aparece una de las claves estratégicas del conflicto. Washington posee una superioridad militar abrumadora. Irán, sin embargo, no necesita destruir esa superioridad para causar problemas extraordinariamente graves. Le basta con convertir el Golfo en un espacio inseguro, dificultar la navegación y obligar a Estados Unidos a proteger simultáneamente barcos, bases, aliados, aeropuertos e infraestructuras dispersas por miles de kilómetros.
EL FRACASO DE LA TREGUA
La guerra ya tuvo una oportunidad de detenerse. Estados Unidos e Irán alcanzaron en junio un acuerdo provisional que permitió reducir temporalmente las hostilidades. Teherán reclama ahora que Washington respete aquel compromiso y sostiene que estaría dispuesto a cumplir inmediatamente su parte si Estados Unidos hiciera lo mismo. Las discrepancias sobre el control y la navegación en Ormuz terminaron deteriorando aquel entendimiento.
El problema fundamental es que las posiciones siguen siendo difícilmente compatibles. Washington pretende garantizar la libre circulación marítima, mantener su capacidad militar regional y ejercer suficiente presión económica y militar como para obligar a Irán a aceptar sus condiciones. Teherán intenta demostrar justamente lo contrario: que Estados Unidos no puede bombardear territorio iraní sin pagar un precio regional.
De esa contradicción nace una peligrosa dinámica. Cada ataque destinado a aumentar la capacidad negociadora de una parte reduce los incentivos de la otra para aparecer como quien retrocede.
LOS CIVILES VUELVEN A PAGAR LA GUERRA
La última ofensiva estadounidense ha mostrado además la dimensión más brutal del conflicto. Una vivienda donde se celebraba una boda en Kuhestak, en el condado iraní de Sirik, fue alcanzada durante los ataques estadounidenses. Las autoridades iraníes informaron inicialmente de cuatro muertos; posteriormente, la cifra ascendió a cinco, entre ellos un niño de cuatro años, y cerca de setenta heridos. Estados Unidos afirma que no ataca deliberadamente a civiles y ha anunciado que investiga lo ocurrido.
El archivo aportado denuncia igualmente otros ataques contra población civil y presenta la campaña estadounidense como una guerra que está provocando importantes víctimas entre la población iraní.
Algunas de sus afirmaciones sobre bajas militares estadounidenses y daños concretos en bases proceden, sin embargo, de fuentes iraníes como Press TV y no han podido ser verificadas independientemente. Esa distinción es relevante porque la guerra informativa acompaña inseparablemente a la guerra militar.
LA GUERRA TAMBIÉN SE LIBRA EN LA ECONOMÍA
Irán está pagando un precio enorme. Las sanciones, el bloqueo de sus exportaciones y la guerra han hundido sus ingresos petroleros. Fuentes consultadas por Reuters sitúan las exportaciones iraníes recientes en torno a 260.000 barriles diarios, frente a alrededor de 1,7 millones anteriormente, mientras la inflación se aproxima al 70%.
Pero Estados Unidos tampoco combate gratuitamente. El cierre parcial de Ormuz presiona los precios del petróleo y la gasolina, obliga a movilizar enormes recursos militares y comienza a tener consecuencias políticas internas. Reuters señala que el conflicto está pesando sobre la popularidad de Trump y que una mayoría de estadounidenses se opone a la prolongación de la guerra.
Es precisamente aquí donde puede encontrarse la lógica iraní. Teherán difícilmente puede ganar una guerra convencional contra Estados Unidos. Puede, en cambio, intentar convertirla en una guerra demasiado larga, demasiado cara y políticamente demasiado incómoda para Washington.
UNA SUPERPOTENCIA PUEDE DESTRUIR MUCHO SIN CONSEGUIR VENCER
Ese es probablemente el aspecto más revelador de esta guerra. Estados Unidos puede bombardear instalaciones iraníes, destruir radares, sistemas antiaéreos, puertos o centros militares. Puede asfixiar económicamente al país mediante sanciones y bloquear buena parte de sus exportaciones. Pero destruir capacidad material no equivale necesariamente a alcanzar objetivos políticos.
Después de siete meses de enfrentamiento, el gobierno iraní continúa funcionando. Sus fuerzas siguen lanzando misiles y drones. Ormuz continúa siendo una fuente permanente de incertidumbre. Y Washington sigue sin poder explicar con claridad qué significaría exactamente una “victoria”.
La historia contemporánea está llena de guerras en las que una potencia infinitamente superior descubrió demasiado tarde esa diferencia. Irán no necesita derrotar militarmente a Estados Unidos para impedirle ganar. Estados Unidos puede destruir una parte considerable de Irán sin conseguir que Teherán capitule. Y mientras ambos continúen intentando demostrar al contrario que el coste de resistir será insoportable, cada nueva ofensiva aumenta la probabilidad de que otros países terminen arrastrados hacia el conflicto.
Ese es el verdadero peligro. La cuestión ya no es únicamente quién está ganando esta guerra. La cuestión es hasta dónde puede extenderse antes de que nadie sea capaz de detenerla.
FUENTES
Global Research / Abayomi Azikiwe, 3-9-2026.
Reuters, 1-3 de septiembre de 2026.
Press TV, 2-9-2026.
Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán.
Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán.
Pentágono / Casa Blanca.




























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