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CLAUDIO KATZ: EL DECLIVE DE ESTADOS UNIDOS (II)

"El declive estadounidense constituye un proceso estructural y prolongado, no un derrumbe inmediato"

Claudio Katz analiza el declive de Estados Unidos como potencia mundial y confronta las diferentes interpretaciones sobre sus causas, profundidad y posibles consecuencias. Su punto de partida es que buena parte de las élites estadounidenses continúa negando o relativizando una decadencia que, a su juicio, tiene raíces estructurales (...).

REDACCIÓN C-S.-

 

   Por su extensión y por la amplitud de los debates que aborda, ofrecemos a nuestros lectores un resumen del artículo del ecnomias argentuno Claudio Katz «El declive de Estados Unidos II», recogiendo sus principales argumentos y conclusiones. Quienes deseen profundizar en el análisis pueden leer íntegramente el trabajo original pinchando en el siguiente enlace.

 

[Img #93879]  Claudio Katz analiza el declive de Estados Unidos como potencia mundial y confronta las diferentes interpretaciones sobre sus causas, profundidad y posibles consecuencias. Su punto de partida es que buena parte de las élites estadounidenses continúa negando o relativizando una decadencia que, a su juicio, tiene raíces estructurales y no puede explicarse simplemente por los errores de determinados presidentes.

 

EL NEGACIONISMO LIBERAL

 

  Los teóricos liberales son los principales representantes de ese negacionismo. Siguen apelando al excepcionalismo estadounidense y presentan al país como garante de la democracia, el progreso y un supuesto orden internacional basado en la cooperación. Katz cuestiona esa imagen recordando que la supremacía norteamericana se ha sostenido también mediante intervenciones militares y una extensa red de bases desplegadas por todo el planeta.

 

  El autor cuestiona igualmente la idea de que el malestar existente dentro de Estados Unidos sea una mera percepción subjetiva de sus ciudadanos. El deterioro del denominado «sueño americano» tendría manifestaciones concretas en los ingresos, la salud, la educación, la esperanza de vida y la movilidad social, junto a fenómenos como el encarcelamiento masivo, las muertes por armas de fuego o el endeudamiento de las familias.

 

  Para Katz, el liberalismo convierte además los intereses de la potencia norteamericana en supuestos valores universales. Las intervenciones exteriores son justificadas invocando los derechos humanos y la democracia, cuando detrás de esas actuaciones se encuentran los intereses económicos y geopolíticos de las clases dominantes estadounidenses.

 

EL MITO DEL PODER BLANDO

   Una de las principales razones utilizadas para negar el declive es la conservación del llamado «poder blando»: la capacidad de Estados Unidos para influir sobre otras sociedades mediante su cultura, sus universidades, los medios de comunicación, la tecnología o los valores políticos asociados al modelo norteamericano.

 

  Katz no niega la importancia histórica de esa influencia, pero considera que su extraordinaria fuerza estuvo asentada en la pujanza económica y productiva alcanzada por el capitalismo estadounidense. Durante décadas, el americanismo presentó la empresa privada, el individualismo, el mercado y el enriquecimiento personal como modelos universales de progreso.

 

  Ese poder de atracción, sin embargo, se debilita al deteriorarse sus bases materiales. Estados Unidos mantiene una enorme influencia cultural, tecnológica y académica, pero ya no aparece ante amplios sectores del mundo como el indiscutible modelo de prosperidad que fue durante la posguerra. Para Katz, no basta con el predominio del inglés, Hollywood, las universidades o las grandes plataformas digitales para reconstruir una hegemonía cuyo fundamento productivo se encuentra erosionado.

 

  El autor rechaza además la explicación que atribuye esa pérdida de influencia únicamente a Donald Trump. El deterioro precede al magnate y comenzó durante administraciones liberales y globalistas. Trump sería, en buena medida, una consecuencia de esa crisis y no su causa fundamental.

 

LA CRUDEZA DEL PODER FUERTE

  Los neoconservadores comparten con los liberales la defensa de la excepcionalidad estadounidense, pero sitúan el fundamento de su supremacía en otro terreno: el poder militar. Consideran que Washington debe demostrar permanentemente su fuerza para conservar el liderazgo mundial.

 

  Katz identifica en esta concepción una expresión especialmente agresiva del americanismo. Estados Unidos se atribuye una misión civilizadora que permite presentar las guerras como operaciones destinadas a proteger la democracia y la libertad. El autor recuerda que esa visión legitimó las intervenciones de las últimas décadas, desde Afganistán e Irak hasta otros escenarios de conflicto.

 

  El trumpismo habría recuperado parte de ese imaginario mediante la promesa de «restaurar la grandeza» de Estados Unidos. Sus políticas proteccionistas, exigencias económicas a los aliados y reivindicaciones geopolíticas parten de la idea de que el resto del mundo se habría aprovechado durante décadas de la generosidad estadounidense y debería compensar ahora a Washington.

 

DIAGNÓSTICOS REALISTAS

  Frente a liberales y neoconservadores aparecen los teóricos realistas de las relaciones internacionales, que sí reconocen la pérdida de poder norteamericano. Consideran que Estados Unidos desperdició el momento unipolar surgido tras la desaparición de la Unión Soviética embarcándose en guerras contraproducentes en Irak, Afganistán, Libia, Siria y otros escenarios.

 

  Desde esta perspectiva, Washington debería reconocer el mundo multipolar y acomodarse al creciente peso de China y Rusia. Katz considera acertado ese reconocimiento del cambio en las relaciones de fuerza internacionales, pero insuficiente para explicar sus causas.

 

  El problema del realismo, sostiene, es que analiza fundamentalmente las rivalidades entre potencias y no relaciona el declive estadounidense con las contradicciones estructurales del capitalismo y del imperialismo. Puede describir correctamente el cambio geopolítico, pero no explicar las fuerzas históricas que lo producen.

 

SOBRE EXPANSIÓN MILITAR

  Una interpretación más profunda aparece en las teorías de la sobreexpansión militar. Estados Unidos habría roto progresivamente el equilibrio entre su capacidad económica y los enormes recursos necesarios para sostener su aparato militar y su presencia mundial.

 

  Katz recupera aquí las tesis de Paul Kennedy sobre el auge y caída de las grandes potencias. En las etapas ascendentes, el poder económico permite financiar la expansión militar y esta puede incluso favorecer el desarrollo tecnológico e industrial. Durante las etapas de decadencia sucede lo contrario: el aparato militar comienza a absorber recursos y termina perjudicando al conjunto de la economía.

 

  Irak, Afganistán, Libia, Siria o Ucrania ilustrarían esa tendencia. Operaciones inicialmente presentadas como demostraciones de poder terminan consumiendo enormes cantidades de recursos sin proporcionar los resultados esperados. El contraste con China resulta significativo: mientras Estados Unidos intenta compensar mediante su superioridad militar las dificultades económicas y productivas, su principal competidor continúa incrementando su capacidad industrial.

 

 Pero Katz considera que tampoco basta con atribuir la decadencia exclusivamente al exceso de gasto militar. Para comprender el fenómeno es necesario analizar conjuntamente capitalismo e imperialismo. La desindustrialización, la baja productividad y el crecimiento del complejo militar forman parte de una transformación estructural más amplia.

 

¿DECLIVE RELATIVO?

  El autor cuestiona también las interpretaciones que aceptan la existencia del declive pero lo consideran únicamente relativo, limitado o reversible. Estados Unidos conserva, indudablemente, enormes instrumentos de poder: el dólar continúa ocupando una posición central en la economía mundial, Wall Street sigue siendo un centro financiero decisivo, las grandes compañías digitales estadounidenses mantienen un enorme peso tecnológico y el Pentágono encabeza el mayor dispositivo militar global.

 

  Pero, para Katz, la cuestión fundamental no consiste en determinar si Estados Unidos continúa siendo la primera potencia, sino en observar la dirección en que evoluciona esa supremacía.

 

  La desdolarización avanza lentamente, aparecen importantes fragilidades financieras, China disputa cada vez más terrenos tecnológicos y productivos y la superioridad militar estadounidense no consigue transformarse automáticamente en victorias políticas. Esos elementos apuntan hacia un proceso de pérdida estructural de poder, aunque ese proceso pueda ser prolongado y contradictorio.

 

¿AUSENCIA DE SUSTITUTOS?

  Finalmente, Katz aborda una objeción fundamental: ¿puede realmente declinar Estados Unidos si no existe otra potencia preparada para sustituirlo?

 

  Su respuesta es afirmativa. La ausencia de un sucesor no elimina el declive. Puede producirse una pérdida progresiva de hegemonía sin que aparezca inmediatamente una nueva potencia capaz de ocupar exactamente el mismo lugar. El sistema internacional podría evolucionar hacia una estructura multipolar caracterizada por varios centros de poder.

 

  China constituye además un desafío diferente al de anteriores aspirantes a la hegemonía. Según Katz, Beijing privilegia la expansión económica y comercial y evita reproducir el gigantesco despliegue militar internacional construido por Estados Unidos. Al mismo tiempo, el fortalecimiento de los BRICS, la multipolaridad y las propias fracturas dentro del bloque occidental configuran una situación distinta de la existente después de la desaparición de la URSS.

 

  La conclusión central del artículo es, por tanto, que el declive estadounidense constituye un proceso estructural y prolongado, no un derrumbe inmediato. Estados Unidos continúa siendo la primera potencia mundial y conserva extraordinarios recursos económicos, financieros, tecnológicos y militares. Pero su capacidad para imponer las reglas del sistema internacional se encuentra sometida a una creciente erosión.

 

  Para Katz, comprender esta transformación exige ir más allá de los errores de Biden, Trump o cualquier otro presidente. El problema de fondo reside en las contradicciones del capitalismo estadounidense y en las crecientes dificultades del sistema imperial construido por Washington para conservar su primacía. La incógnita ya no sería simplemente si Estados Unidos mantiene todavía un enorme poder —algo evidente—, sino hasta qué punto puede detener una tendencia histórica que está modificando aceleradamente el orden mundial.

 
 
 
 
 
 
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