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LA RUTA MIGRATORIA HACIA CANARIAS: LOS MUERTOS NO EMPIEZAN A MORIR EN EL MAR

A propósito de los 80 fallecidos en el último cayuco procedente de Gambia

Más de 80 personas murieron intentando llegar a Canarias. Pero para entender por qué subieron a aquel cayuco hay que mirar mucho más allá del océano: hacia las guerras, las minas, los caladeros esquilmados y una riqueza africana que demasiadas veces acaba en otras manos.

Por ARTURO INGLOTT PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-

 

   El cayuco había partido de Gambia con 128 personas. Cuando un avión de Salvamento Marítimo lo localizó, el pasado miércoles 2 de septiembre,  a unos 120 kilómetros de Gran Canaria, llevaba 26 días a la deriva. En su interior quedaban 44 supervivientes y cinco cadáveres. El estado del mar impidió recuperar los cuerpos. Según la información recogida por Caminando Fronteras y los testimonios de quienes sobrevivieron, más de 80 personas —entre ellas varias mujeres y una bebé— habían muerto durante la travesía. Algunas fueron arrojadas al océano. Otras desaparecieron entre las olas.

 

  Los rescatados llegaron a Arguineguín deshidratados, desorientados y apenas capaces de mantenerse en pie. Habían agotado el agua y los alimentos. Algunos bebieron agua de mar. La embarcación que debía conducirlos hasta Canarias se había convertido en una prisión flotante.

 

   Pero cuando un cayuco aparece frente a las costas del Archipiélago, la historia está casi terminada. Los últimos capítulos transcurren en el mar, pero los primeros comenzaron mucho antes: en una aldea de Gambia, en un barrio de Dakar, en una región minera de Guinea, en una ciudad asediada de Mali o en una casa marroquí donde un joven lleva meses buscando trabajo.

 

  La pregunta decisiva no es solamente quién organizó la travesía o por qué falló el motor. Es otra: ¿qué tiene que ocurrir en un país para que alguien considere menos peligroso cruzar el Atlántico en un cayuco que quedarse?

 

NO HUYEN TODOS DE LO MISMO

  El término «migrante» reúne experiencias muy diferentes y, al hacerlo, puede ocultar más de lo que explica. No huye de lo mismo un maliense desplazado por la guerra que un pescador senegalés arruinado, un trabajador guineano que sobrevive alrededor de una mina o un joven marroquí condenado a enlazar empleos precarios.

 

   En Mali, la emigración está atravesada por un conflicto que dura desde 2012. La expansión de grupos armados, las operaciones militares, las disputas entre comunidades y la debilidad de las administraciones públicas han provocado desplazamientos masivos. A la inseguridad se suman la pobreza, el deterioro de los servicios y la dificultad para trabajar en grandes zonas del país. Muchos malienses no abandonan simplemente una economía sin empleo: escapan de lugares donde cultivar, desplazarse o enviar a los hijos a la escuela puede convertirse en una actividad peligrosa.

 

  La contradicción resulta especialmente visible porque Mali es uno de los principales productores africanos de oro y posee importantes yacimientos de litio. Bajo un territorio empobrecido existe una riqueza mineral por la que compiten Estados y empresas extranjeras.

 

  En Senegal y Gambia predominan otras razones. No existe una guerra generalizada, pero sí economías incapaces de proporcionar trabajo estable a una población extraordinariamente joven. Buena parte del empleo es informal, inseguro y mal pagado. Gambia depende mucho del turismo, la agricultura y las remesas enviadas por quienes emigraron antes. En Senegal, al desempleo y la precariedad se añade la crisis de actividades tradicionales como la pesca.

 

  Guinea ofrece un caso todavía más llamativo. Es una potencia mundial de la bauxita, materia prima indispensable para producir aluminio, pero la minería mecanizada crea pocos puestos de trabajo en relación con el volumen de riqueza extraída. Los trenes trasladan el mineral hasta los puertos; los barcos lo llevan al exterior; la mayoría de los guineanos contempla pasar la riqueza sin participar sustancialmente en ella.

 

  Marruecos constituye el contrapunto. No es uno de los países más pobres del continente y posee una economía más industrializada, pero el desempleo juvenil alcanzó el 36,7% en 2024, según su agencia estadística. Esto recuerda algo elemental: no siempre se emigra para escapar del hambre. También se emigra cuando se ha perdido la esperanza de construir una vida independiente.

 

PAÍSES RICOS EN RECURSOS, POBLACIONES POBRES

   La frase «África es un continente pobre» se repite tanto que ha terminado pareciendo una evidencia geográfica. No lo es. Muchos países africanos poseen enormes riquezas naturales. El verdadero problema consiste en quién controla esos recursos, dónde se transforman y quién se apropia del valor producido.

 

  La pesca senegalesa permite observar el mecanismo a escala humana. Durante generaciones, miles de familias han vivido de pequeñas embarcaciones, mercados locales, talleres, conserveras y redes de distribución. El pescado no constituye solamente una fuente de ingresos: ocupa un lugar central en la alimentación popular.

 

  Pero los caladeros sufren la presión combinada de una flota artesanal sobredimensionada, barcos industriales nacionales y buques controlados por capital extranjero. Empresas europeas y chinas figuran entre las beneficiarias, aunque algunas operen mediante sociedades formalmente senegalesas. A ello se suman la pesca ilegal, la falta de vigilancia, la opacidad de las licencias y métodos destructivos como el arrastre de fondo. Un informe de la Environmental Justice Foundation estimó que el 43,7% de los barcos con licencia industrial tenía propietarios extranjeros y que el 57% de las poblaciones de peces evaluadas se encontraba en situación de colapso.

 

  El resultado se mide en capturas menguantes, jornadas más largas, combustible desperdiciado y familias sin ingresos. La imagen del pescador que termina empleando el mismo tipo de embarcación con el que trabajaba para intentar llegar a Canarias no es una metáfora inventada. Ha ocurrido. Pero sería engañoso atribuir toda la crisis pesquera a Europa: las autoridades senegalesas concedieron licencias, toleraron prácticas irregulares y mantuvieron durante años un sistema de control insuficiente.

 

  La bauxita guineana muestra otra pieza del engranaje. Guinea alberga aproximadamente una cuarta parte de las reservas mundiales conocidas. Según la Iniciativa para la Transparencia de las Industrias Extractivas, el sector extractivo representaba en 2022 alrededor del 20% del producto interior bruto y el 92% de las exportaciones del país.

 

   Sin embargo, Guinea exporta principalmente mineral sin transformar. Las fases industriales de mayor valor —refinado de alúmina, fabricación de aluminio y producción de bienes terminados— se realizan sobre todo fuera. El país soporta desplazamientos de población, daños ambientales y costes de infraestructura, pero una parte decisiva de los beneficios aparece mucho más adelante en la cadena. África aporta la materia prima; otros territorios concentran la tecnología, la transformación, las patentes, la financiación y los márgenes comerciales.

 

  En Mali sucede algo semejante con el oro. En 2021, la minería extractiva aportó aproximadamente el 23% de los ingresos públicos, pero solo alrededor del 9% del producto interior bruto. Durante años, compañías extranjeras explotaron grandes yacimientos mediante contratos que les permitían repatriar una porción considerable de sus ganancias. El Estado obtuvo impuestos, regalías y participaciones; aun así, la riqueza extraída no transformó las condiciones de vida de la mayoría

 

LOS RESPONSABLES NO ESTÁN SOLO FUERA DE ÁFRICA

  Sería cómodo describir a los gobiernos africanos como víctimas pasivas de fuerzas todopoderosas pero también sería falso. Las relaciones económicas desiguales necesitan socios internos capaces de administrarlas.

 

  Son los gobiernos africanos quienes firman contratos mineros, conceden licencias pesqueras, determinan la fiscalidad y aceptan determinadas condiciones de endeudamiento. Son funcionarios, empresarios y dirigentes locales quienes pueden ocultar información, favorecer a una compañía, desviar recursos públicos o convertir el control de un ministerio en una fuente privada de enriquecimiento.

 

  Senegal proporciona un ejemplo reciente. Una auditoría publicada por su Tribunal de Cuentas en febrero de 2025 confirmó que la administración anterior había presentado datos incorrectos sobre el déficit y la deuda. La deuda correspondiente a finales de 2023 se situó en el 99,7% del producto interior bruto, muy por encima del 74,4% comunicado anteriormente. Una deuda mayor significa más recursos destinados a pagar intereses y menos posibilidades de financiar empleo, sanidad, educación o infraestructuras.

 

  Guinea lleva décadas exportando minerales sin convertir los ingresos resultantes en un desarrollo social comparable. El país ha conocido autoritarismo, corrupción, golpes de Estado y una estrecha relación entre poder político y concesiones extractivas. La intervención extranjera explica una parte de la dependencia; la conducta de sus clases dirigentes explica por qué esa dependencia logra reproducirse.

 

EL MECANISMO NEOCOLONIAL

   El neocolonialismo no significa que África continúe jurídicamente colonizada ni que nada haya cambiado desde las independencias. Significa que la soberanía política puede convivir con una profunda subordinación económica.

 

  Muchos países exportan materias primas con escasa elaboración e importan maquinaria, medicamentos, combustibles, tecnología y productos industriales de mayor precio. Necesitan capital extranjero para explotar sus propios recursos; dependen de mercados exteriores sobre los que apenas influyen; se endeudan en monedas que no controlan y compiten entre sí para ofrecer condiciones ventajosas a los inversores.

 

   El intercambio parece libre porque existe un contrato y cada Estado coloca su firma. Pero las partes no negocian desde posiciones equivalentes. Una compañía con acceso a financiación, tecnología, abogados especializados y mercados mundiales dispone de una fuerza que un país endeudado y necesitado de divisas difícilmente puede igualar.

 

  La independencia cambió las banderas, pero no deshizo automáticamente la división internacional del trabajo construida durante el colonialismo: unas economías siguieron especializadas en extraer y otras en transformar, financiar y vender.

 

  Ya no intervienen únicamente Francia, España o las antiguas metrópolis. Empresas de Estados Unidos, Canadá, China, Rusia, Turquía y los países del Golfo compiten hoy por minerales, tierras agrícolas, infraestructuras, puertos y contratos energéticos. Los actores han aumentado, pero la lógica permanece: asegurar suministros baratos y espacios rentables para la acumulación de capital.

 

 No existe, por tanto, una abstracta «culpa de Occidente» capaz de explicarlo todo. Existe una estructura internacional dentro del sistema capitalista en la que Estados, bancos y capitales de distintas procedencias luchan por apropiarse de recursos, apoyándose con frecuencia en grupos dirigentes locales.

 

EUROPA CONTROLA LA FRONTERA, PERO NO LAS CAUSAS

  Cuando estas contradicciones desembocan en emigración, Europa comienza el relato en el momento más conveniente: la llegada a la frontera. Entonces aparecen las mafias, el «efecto llamada», las patrulleras, los centros de internamiento y las estadísticas de devoluciones.

 

  La Unión Europea ha convertido a Mauritania, Senegal y Marruecos en barreras adelantadas de su frontera. En 2024 lanzó con Mauritania una asociación dotada con 210 millones de euros que incluía seguridad, gestión migratoria, ayuda humanitaria y creación de oportunidades. Frontex mantiene además un oficial de enlace en Senegal con competencias sobre Mauritania y Gambia. España coopera con estos países mediante patrullas conjuntas, formación, equipos y acuerdos de readmisión.

 

  No todo ese dinero se dedica a perseguir migrantes y algunos programas financian protección humanitaria o empleo. Pero la prioridad política resulta evidente: impedir las salidas y acelerar los retornos. Se paga a los países de tránsito para contener a personas procedentes de economías cuya posición dependiente apenas se intenta modificar.

 

  Las redes que organizan las travesías existen y obtienen beneficios. También existen decisiones individuales, vínculos familiares y expectativas creadas por quienes lograron emigrar. Pero reducir toda la Ruta Canaria a las mafias se convierte en una forma de ocultar las causas estructurales que posibilitan su nacimiento. 

 

  Si mañana desaparecieran todos los traficantes, seguirían existiendo la guerra en Mali, el desempleo en Gambia, el saqueo de los caladeros, la desigualdad marroquí y las minas que exportan riqueza sin crear suficiente trabajo. Antes o después surgirían nuevas rutas y nuevos intermediarios.

 

  Europa dedica enormes recursos a detener a quienes emigran. La pregunta incómoda es cuánto está dispuesta a cambiar las relaciones económicas que contribuyen a expulsarlos. Porque controlar una frontera resulta mucho más compatible con los intereses dominantes que revisar contratos, cadenas de valor, deudas, flotas industriales y beneficios empresariales.

 

EL LUGAR DONDE COMIENZA EL VIAJE

   En aquel cayuco no murieron simplemente «más de 80 migrantes». Murieron personas procedentes de sociedades concretas, atravesadas por conflictos igualmente concretos. Algunas huyeron de las armas. Otras escaparon del desempleo, la precariedad o la imposibilidad de imaginar una vida distinta a la de sus padres.

 

  Ninguna explicación única basta. Las potencias extranjeras y las multinacionales se benefician de relaciones profundamente desiguales. Los gobiernos y las clases dominantes africanas firman contratos, administran esa dependencia y se apropian con frecuencia de parte de sus frutos. Y una economía mundial organizada alrededor del beneficio convierte la abundancia de recursos en pobreza para quienes no controlan ni las minas, ni los barcos, ni los bancos, ni los mercados.

 

  La Ruta Canaria no comienza cuando un cayuco abandona la costa africana. Empieza mucho antes: en una mina cuyo mineral sale sin industrializar, en un caladero del que desaparece el pescado, en un presupuesto saqueado, en una deuda impagable, en una guerra y en un joven que concluye que quedarse ofrece menos futuro que cruzar el océano.

 

Fuentes consultadas

 
 
 
 
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