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ENTREVISTA AL "EQUIPO NIXOR": «LOS PROBLEMAS QUE ALIMENTAN A AFD SON REALES; LOS ENEMIGOS QUE SEÑALA, NO»

Entrevista al "Equipo de Investigación Nixor", autores del libro "AFD: la rebelión reaccionaria que sacude Alemania"

AfD ya no es una fuerza marginal en Alemania: su avance electoral, especialmente entre sectores populares golpeados por la crisis y la inseguridad social, está alterando todo el panorama político. En esta entrevista, los autores de AfD: la rebelión reaccionaria que sacude Alemania explican por qué ese descontento real está siendo canalizado hacia una salida que cuestiona a los gobernantes, pero no al poder económico que está detrás de muchos de esos problemas.

 

REDACCIÓN CS

 

     Alternativa para Alemania (AfD) ya no puede ser tratada como una anomalía pasajera. Tras convertirse en la segunda fuerza federal en 2025, AfD acaba de obtener el 43,8 % de los votos en Sajonia-Anhalt. Su avance plantea una pregunta decisiva: ¿por qué millones de trabajadores apoyan a un partido cuyo programa protege la propiedad privada y favorece especialmente a las rentas más altas?

 

   En  el libro  "AfD: la rebelión reaccionaria que sacude Alemania", el Equipo Nixor de Investigación ha intentado  responder a esas dos interrogantes sin recurrir a dos explicaciones tranquilizadoras: ni todos los votantes de AfD son nazis, ni AfD es una fuerza popular y antisistema.

 

  Con objeto de aclarar estos extremos, hemos conversado con sus autores sobre la crisis industrial alemana, las heridas de la reunificación, la inmigración, Rusia y el peligro de una reorganización autoritaria del capitalismo.

 

—El título define el fenómeno como una «rebelión reaccionaria». ¿No es una contradicción hablar de rebelión y reacción al mismo tiempo?

   —Esa contradicción constituye precisamente la clave del libro que acabamos de editar.

  AfD se ha rebelado contra el bloque político que ha administrado Alemania durante las últimas décadas, contra Bruselas, contra la política energética, contra las sanciones a Rusia y contra determinados consensos culturales. Pero no se rebela contra el poder económico que condiciona la vida de la mayoría. Cuestiona a los administradores del capitalismo alemán, no la propiedad privada de las grandes empresas, los bancos o los fondos de inversión.

        El tema migratorio permite observar con especial claridad esta operación política. AfD explota preocupaciones y conflictos que tienen una base real: la escasez de vivienda, el deterioro de los servicios públicos, la precariedad laboral o el temor a perder posiciones sociales. Sin embargo, presenta al inmigrante como causante de problemas producidos por décadas de privatizaciones, inversión pública insuficiente, bajos salarios y subordinación de las necesidades sociales al beneficio empresarial. De esta manera, transforma un conflicto entre quienes poseen los recursos y quienes dependen de ellos en un enfrentamiento entre trabajadores nacionales y extranjero

       La inmigración se convierte así en una explicación sencilla y emocionalmente poderosa para contradicciones mucho más profundas. AfD no pregunta por qué faltan viviendas, quién se beneficia de la precariedad o por qué se debilitaron los servicios públicos. Señala, en cambio, a quienes llegan como competidores por recursos escasos. El inmigrante ocupa el lugar del empresario que paga salarios insuficientes, del fondo que especula con la vivienda o del Gobierno que recorta prestaciones.

      Hay que reconocer el fenómeno como una  rebelión porque ha logrado movilizar un malestar real y ha roto con  lealtades electorales muy arraigadas en el votante germano. Y es a la vez reaccionaria porque desvía ese malestar hacia la nación, la inmigración y los llamados enemigos internos. El trabajador vota para castigar al sistema político, pero el sistema económico sigue quedando protegido por Afd.

 

—¿Por qué en el "Equipo de Investigación" estiman insuficiente explicar su crecimiento diciendo que Alemania se ha vuelto de extrema derecha?

  —Porque se trata de una etiqueta que describe, pero no explica. Si resulta que más de diez millones de alemanes  han votado a una formación, no podemos meterlas a todas en una misma categoría moral y dar por terminado el análisis. Hay votantes nacionalistas convencidos, racistas, conservadores, trabajadores industriales asustados por el futuro, pequeños empresarios, habitantes del este que se sienten ciudadanos de segunda y antiguos electores de la CDU, el SPD o Die Linke.

 

     Comprender toda esa diversidad no significa disculpar su voto, sino tomarse en serio el problema. Si uno se limita a llamar ignorantes o nazis a todos esos electores, AfD puede presentarse como la única organización que los escucha. La condena moral, cuando sustituye a la explicación, termina favoreciendo aquello que pretende combatir.

 

    —La gran interrogante que a nuestro parecer abre el libro es por qué tantos trabajadores han votado  a un partido favorable a los propietarios. ¿Cuál es  la respuesta del Equipo Nixor?

   —Los intereses de clase no se convierten automáticamente en conciencia política. Un trabajador sabe que peligra su empleo, que el salario pierde poder adquisitivo o que sus hijos vivirán peor que él, pero necesita una explicación que conecte esas experiencias. Durante mucho tiempo, esa función la han venido cumpliendo los sindicatos, partidos obreros y organizaciones populares. Pero cuando estas desaparecen o pierden credibilidad, el malestar queda disponible para otros relatos.

 

«EL MIEDO AL DESCENSO SOCIAL PUEDE SER MUCHO MÁS EXPLOSIVO QUE LA POBREZA»

 

 AfD reconoce cosas que los partidos tradicionales niegan o minimizan: por ejemplo, que existe una crisis industrial,  que la energía se ha encarecido, que la reunificación alemana fue un gran latrocinio que dejó millones de perdedores, que la política exterior alemana está condicionada por Estados Unidos y numerosos trabajadores sienten que nadie decide pensando en ellos.  Pero lo que AFD hace es cambiar a los responsables de todas estas catastrofes. En lugar de señalar que han sido la propiedad y el poder empresarial  los grandes protagonistas de estos desaguisados, acusa al inmigrante, al ecologista, a Bruselas o a una élite cultural. Parte de una herida verdadera y pero ofrece una causa falsa.

 

—¿Hasta qué punto la crisis industrial explica este vuelco?

    —A nuestro juicio ha sido fundamental. El llamado milagro alemán descansó sobre una combinación histórica: una industria exportadora muy competitiva, energía relativamente barata, acceso a grandes mercados exteriores y una red de empresas medianas vinculada a los grandes grupos. A cambio de aceptar la disciplina empresarial y la moderación salarial, una parte de la clase trabajadora recibía estabilidad, formación y expectativas de progreso.

 

    Ese compromiso se está rompiendo ahora. La energía es más cara, China ha pasado de ser un gran mercado a convertirse también en competidor, la transición hacia el vehículo eléctrico amenaza cadenas enteras de proveedores y Estados Unidos atrae inversiones con energía más barata y subvenciones. Incluso aquellos trabajadores que todavía conservan su puesto de trabajo temen que la fábrica cierre dentro de cinco años. El miedo al descenso social puede ser políticamente mucho más explosivo que la pobreza ya consolidada.

 

—¿Y por qué AfD es especialmente fuerte en los territorios de la antigua República Democrática Alemana?

   —Por un hecho muy somple. La reunificación alemana no fue un encuentro entre iguales. Consistió en la absorción pantacruélica de la economía oriental por capitales y administraciones occidentales. S produjeron privatizaciones canibalescas, cierres de fábricas, emigración juvenil, pérdida de patrimonio y desvalorización de experiencias profesionales.  Décadas después de que se produjera aquella operación, siguen persistiendo  desgarradoras diferencias en salarios, en riqueza acumulada, en presencia empresarial y en reconocimiento cultural.

 

  AfD no fue,  ciertamente, la creó esa herida. La encontró abierta y le dio una interpretación nacionalista. Y le dice al ciudadano oriental: "Usted fue abandonado mientras el Estado protege a quienes acaban de llegar".  Y así logró transformar una desigualdad producida por la forma en la que se realizó la reunificación, en un conflicto entre alemanes y extranjeros. El perjuicio económico se convierte en una demanda de privilegio nacional.

 

   —Sin embargo, la inmigración preocupa realmente a una parte de la población. ¿No existe el riesgo de negar problemas evidentes?

   —Negarlos sería un error. La llegada de población aumenta las necesidades de vivienda, sanidad, escuelas y transporte. También puede intensificar la competencia laboral allí donde existen salarios bajos, inseguridad jurídica y sindicatos débiles. Pero reconocer esa presión no nos obliga a aceptar la explicación de AfD.

 

«AFD OFRECE SUPERIORIDAD NACIONAL EN LUGAR DE PODER SOCIAL»

 

 La escasez de vivienda no la creó el refugiado, sino décadas de privatización, especulación e inversión pública insuficiente. Y si un empresario utiliza a un trabajador extranjero para pagar menos, el problema se combate igualando derechos, salarios y capacidad de organización, no debilitando todavía más al recién llegado. AfD enfrenta a unos trabajadores con otros porque no desea tocar ni un soloc apice del poder de quienes se benefician de esa división.

 

—El libro dedica mucha atención al programa económico. ¿Qué descubrieron al examinarlo?

   —Que la imagen social de AfD y su política económica apuntan en direcciones distintas. El partido habla de proteger al trabajador alemán, las pensiones y la industria, pero a la vez defiende amplias rebajas fiscales para las grandes fortunas, se opone a gravar grandes patrimonios y las herencias y conserva intacto el derecho de los grandes propietarios a decidir qué se produce, dónde se invierte o cuándo se cierra una fábrica.

 

   Su fórmula podría resumirse así: libertad económica para el propietario, protección condicionada para el trabajador nacional y disciplina para el inmigrante y el desempleado. Quiere menos Estado para impuestos, regulación empresarial o políticas ambientales, y más Estado para controlar fronteras, retirar prestaciones, reforzar la policía y librar la batalla cultural. Menos Estado social no significa menos Estado; puede significar más autoridad con menos derechos.

 

   —Ustedes utilizan el concepto de «chovinismo del bienestar» de AFD. ¿Qué es lo que significa esa expresion?

     —Consiste en no eliminar necesariamente el Estado social, sino reservarlo de forma prioritaria para quienes son definidos como miembros legítimos de la nación. La pensión, la sanidad o las ayudas dejan de concebirse como derechos universales y se convierten en recompensas para el nacional considerado productivo, integrado y merecedor de los mismos.

   Se trata, como podrá observarse, de  operación política muy eficaz: un millonario alemán y un obrero alemán pasan a formar parte del mismo «nosotros», mientras que un asalariado sirio que trabaja en la misma fábrica queda fuera. Se ofrece al trabajador alemán un pequeño privilegio frente a quien tiene menos para impedir que dirija la mirada hacia quien está arriba. AfD le promete prioridad en la cola, pero no control sobre los recursos que escasean.

 

   —AfD rechaza las sanciones contra Rusia y el envío de armas a Ucrania. ¿Eso la convierte en una fuerza pacifista o antiimperialista?

  —Noooo, ni de coña. Su posición responde en parte a una realidad material: la ruptura con Rusia y la pérdida del gas barato perjudicaron especialmente a la industria alemana, mientras Estados Unidos pudo vender energía y atraer inversiones. También existe en el Este una memoria de las relaciones con Rusia diferente de la occidental. AfD conecta con esas experiencias y denuncia la subordinación estratégica de Alemania a Washington.

 

«AFD LE PROMETE A LOS TRABAJADORES ALEMANES PRIORIDAD EN LA COLA, PERO NO CONTROL SOBRE LOS RECURSOS QUE ESCASEAN»

 

   Pero AFD no rechaza el militarismo ni el sistema de grandes potencias. Defiende unas Fuerzas Armadas alemanas fuertes y una política exterior guiada por el interés nacional. No quiere sustituir la competencia imperialista por la cooperación entre pueblos; quiere que Alemania compita con mayor autonomía. Oponerse a Washington para acercarse a Moscú no equivale a ser antiimperialista.

 

—Entonces, ¿es correcto llamar fascista a AfD?

—Esta pregunta hay que responderla con mucha precisión. AfD no es una reproducción completa del partido nazi: no posee unas milicias comparables a las SA, no se está  enfrentando  a una revolución obrera inminente, no cuenta, por ahora,  con el apoyo unificado del gran capital y participa en el sistema electoral. Ignorar esas diferencias convierte la historia en caricatura.

      Pero tampoco es una derecha conservadora convencional. Contiene corrientes nacional-étnicas y fascistizantes, cuestiona los límites políticos construidos después de 1945 y normaliza propuestas que establecen jerarquías entre ciudadanos según su origen. El peligro actual no exige repetir 1933. Puede adoptar la forma de un autoritarismo electoral que conserve parlamentos y votaciones mientras, simultáneamente, debilita medios públicos, tribunales, organizaciones sociales y derechos de las minorías.

 

—¿Puede vaciarse la democracia desde dentro sin necesidad de un golpe de Estado?

    —Sí, absolutamente. Un Gobierno puede llegar mediante elecciones y utilizar después la legalidad para concentrar poder. Puede colonizar la Administración, presionar a los jueces, controlar los medios públicos, dificultar la actividad de organizaciones críticas y presentar cada contrapeso como una conspiración contra la voluntad popular. Las elecciones continúan, pero la oposición dispone de menos medios reales para expresarse y organizarse.

 

«AFD NO QUIERE SUSTITUIR LA COMPETENCIA ENTRE GRANDES POTENCIAS: QUIERE QUE ALEMANIA COMPITA CON MAYOR AUTONOMÍA»

 

    Además, AfD ya transforma la política sin gobernar. Cuando los partidos tradicionales adoptan su lenguaje sobre inmigración y seguridad para recuperar votos, legitiman tu diagnóstico. La derecha radical obtiene así una primera victoria: consigue que todo el sistema discuta dentro del marco que ella ha impuesto.

 

—¿Qué responsabilidad tienen la socialdemocracia y la izquierda alemana en este proceso?

   —Una responsabilidad enorme, aunque no exclusiva. El SPD extendió la precariedad y disciplinó a los desempleados con las reformas de la etapa de Schröder. Los verdes abandonaron su antiguo pacifismo y gestionaron una transición ecológica cuyos costes soportan en gran medida quienes menos deciden. Die Linke no consiguió consolidar una alternativa independiente y sufrió divisiones, retrocesos organizativos e integración institucional.

 

     AfD ocupó parte de ese vacío. Habló de industria cuando otros administraban su reconversión; de soberanía cuando casi todo el Parlamento aceptaba la estrategia atlántica; y de reconocimiento a trabajadores que sentían recibir lecciones morales mientras perdían seguridad. El problema no es simplemente que la izquierda se comunicara mal, como se está diciendo ahora, cogiendo una vez más, "los rábanos por las hojas". La realidad fue que dejó de representar una ruptura real con las relaciones que provocaban ese malestar.

 

—¿Qué puede suceder ahora después de la victoria de Sajonia-Anhalt?

   AfD ha demostrado que puede convertirse en primera fuerza y aspirar a gobernar un estado federado. Eso le permitiría dirigir ministerios, formar cuadros, intervenir en políticas educativas y utilizar la gestión regional como escaparate nacional. Pero una victoria electoral no equivale automáticamente a controlar el Gobierno: necesita apoyos parlamentarios y capacidad para resolver sus propias contradicciones.

    La cuestión decisiva será también qué haga la CDU. Puede mantener el aislamiento, desplazarse todavía más hacia el programa de AfD o aceptar alguna forma de colaboración. Incluso sin entrar en un Ejecutivo, AfD puede seguir empujando todo el sistema político hacia la derecha.

 

—¿Cuál es, finalmente, la principal advertencia que contiene el libro?

    —Que los problemas que alimentan a AfD son reales, pero los enemigos que señala no son sus responsables. El partido ha comprendido antes que otros que el antiguo modelo alemán pierde capacidad para ofrecer estabilidad, prosperidad y soberanía. Su fuerza nace de ese reconocimiento. Su límite consiste en que ofrece superioridad nacional en lugar de poder social.

 

     Los trabajadores que hoy votan a AfD no están condenados a permanecer en ese bloque. Muchos buscan empleo, dignidad, paz y capacidad de decidir. Pero mientras no controlen las fábricas, los bancos, la energía y la vivienda, continuarán dependiendo de quienes sí los poseen. AfD promete devolverles Alemania; pero su programa deja Alemania en manos de los grandes propietarios de siempre.

 

 

 
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