¿POR QUÉ NADIE VOLVIÓ A SALUDAR A CLARA?
Todos lo creían uno de los suyos. Cuando descubrieron la verdad, ya era demasiado tarde
En aquella Universidad, como en todas las de España, los comunistas se ocultaban tras nombres falsos, reuniones secretas y habitaciones prestadas. Cuando comenzaron las detenciones, comprendieron que la policía conocía cada uno de sus movimientos. Pero el verdadero objetivo no era encarcelarlos a todos: el objetivo era lograr que ninguno de ellos volviera a confiar en el otro.
POR MÁXIMO RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
La primera vez que detuvieron a un camarada, todos pensaron que había cometido un error. La segunda, comenzaron a repasar las citas. Cuando cayó el tercero, dejaron de mirarse a los ojos.
Debía de ser invierno del 1973 o, quizás, del 74. Sobre la ciudad de La Laguna caía una lluvia fina, casi imperceptible, que no parecía mojar hasta que uno se descubría empapado. La humedad se pegaba a las paredes de las facultades, ondulaba los pasquines y hacía que las octavillas recién impresas desprendieran un olor agrio a tinta y papel mojado.
La Organización Universitaria del Partido sobrepasaba largamente el centenar de militantes. Nadie conocía la cifra exacta, ni habría podido confeccionar tampoco un listado preciso. La contabilidad era una asignatura expresamente prohibida en aquellos duros años de clandestinidad.
Los militantes estaban distribuidos en células de cuatro o cinco estudiantes, relacionados mediante enlaces que utilizaban nombres clandestinos y cambiaban frecuentemente los lugares de reunión. Las organizaciones de las facultades de Filosofía y Letras, Derecho, Medicina y Ciencias tenían sus propios responsables. Por debajo se extendía un territorio mucho más amplio de colaboradores, lectores de Mundo Obrero o del Garoé, asistentes a asambleas y estudiantes dispuestos a esconder un paquete, recaudar unas pesetas o prestar una habitación.
Uno de los centros de aquella vida clandestina era el Colegio Mayor San Fernando, situado dentro del propio campus universitario. Era masculino, pero las estudiantes podían entrar sin ningún tipo de impedimentos, visitar a los colegiales, participar en tertulias, escuchar música o encerrarse con ellos en alguna habitación bajo el pretexto de preparar un examen.
Aquella libertad hacía de aquel Colegio un lugar especialmente útil para celebrar encuentros, reuniones de célula, concertar citas que, vistos desde fuera, parecían simples reuniones de amigos.
Una buena parte de los colegiales daban la impresión de simpatizar con el PCE, aunque solo una minoría fuera la que militara en la organización. En el comedor y en el hall se discutía sobre Vietnam, la revolución cubana y las diferencias entre reforma, ruptura o ruptura pactada, tan de moda durante aquellos años. Se escuchaba a Paco Ibáñez con el volumen bajo, circulaban libros forrados con papel canelo de envolver para ocultar sus delatadoras cubiertas y, cuando aparecía una persona poco conocida, las discusiones políticas se transformaban mágicamente en conversaciones sobre exámenes o futbol .
Los militantes sabían que aquella efervescencia era, al mismo tiempo, una protección y un peligro. Entre tantos simpatizantes, resultaba fácil disimular una reunión. Pero también era difícil distinguir al camarada del curioso, al fanfarrón del confidente y al estudiante que callaba por prudencia del que escuchaba para informar.
En la habitación 37 vivía Gabriel Acosta, conocido clandestinamente por «Mauricio», estudiante de Derecho y natural de Las Palmas. Era llamativamente alto, delgado y tenía una forma de inclinar la cabeza que hacía creer a quien le hablaba que nada en el mundo le interesaba más que sus palabras. Había llegado a La Laguna dos años antes y en pocos meses se convirtió en imprescindible. Conocía a los colegiales que podían ayudar sin preguntar, conseguía llaves, trasladaba propaganda entre facultades y sabía cuándo Don Nicanor, el conserje de guardia, abandonaba su puesto para fumarse un pitillo.
En su armario guardaba una vietnamita, un nada sofisticado artilugio, compuesto por un marco de madera y una tela de seda tensa que al aplicarle encima tinta con un rodillo, servía para reproducir sobre papeles, octavillas y panfletos. Su nombre obedecía al hecho de que el primitivo instrumento era utilizado durante la guerra de Vietnam por los guerrilleros para difundir su propaganda .
—Si registran mi habitación, encontrarán antes los calcetines —solía decir Gabriel—. Y después de olerlos, dejarán de seguir buscando.
Elena Morales se reía incluso cuando había oído la broma demasiadas veces. Se la conocía con el nombre de «Clara» dentro del Partido, estudiaba Historia y vivía con una tía viuda cerca del Camino Largo. Su padre, empleado de Correos en La Palma, estaba convencidísimo de que su hija pertenecía a un grupo de teatro universitario. Elena engordaba su mentira enviándole fotografías de representaciones en las que nunca había participado.
Había conocido a Gabriel en el curso de una asamblea. Después comenzaron a coincidir en reuniones, repartos y caminatas interminables destinadas a despistar cualquier seguimiento. La clandestinidad les había negado el cortejo, pero, a cambio, les dio algo mucho más intenso: una intimidad hecha de secretos.
Elena sabía que Gabriel temía quedarse encerrado en lugares sin ventanas. Él conocía la historia del hermano de Elena, que había muerto de niño y cuyo nombre estaba prohibido en casa porque su madre comenzaba a llorar en cuanto alguien lo pronunciaba. No eran novios. O al menos eso decían.
Una madrugada, mientras imprimían un llamamiento en la habitación 37 del Colegio Mayor, Gabriel retiró con el pulgar una mancha de tinta de la mejilla de Elena. Después dejó la mano allí, rozándole el rostro. Permanecieron inmóviles, oyendo el golpeteo de la lluvia contra el cristal y las voces de unos colegiales que regresaban por el pasillo.
—Cuando esto termine —susurró él—, tendremos que aprender a vivir sin mentir.
Elena lo besó antes de que pudiera arrepentirse.
La primera detención se produjo diez días después. Ernesto, un estudiante de Químicas, cayó cuando salía de una pensión próxima a la plaza del Adelantado. Llevaba ochenta octavillas escondidas entre la entrepierna y los calzoncillos. Regresó a su casa después de tres días, con un tímpano seriamente dañado y la orden de presentarse semanalmente en comisaría. Aseguró que lo habían identificado por casualidad.
La organización aceptó la explicación, aunque durante varios días algunos camaradas evitaron encontrarse a solas con él. En la clandestinidad, una rápida puesta en libertad siempre dejaba una mancha, una tenue sombra de sospecha. La acusación de ser un chivato podía resultar más destructiva que una condena o que el propio paso por una comisaría.
Al preso se le ayudaba, se visitaba a su familia y se recogía dinero para el abogado. Al supuesto confidente se le retiraba la palabra. Nadie se sentaba a su mesa, ninguna puerta volvía a abrirse para él y hasta los amigos de la infancia cruzaban de acera. Parecía injusto, pero los tics de autodefensa resultaban inevitables en los rigores impuestos por la vida clandestina.
Ernesto conocía aquellas reglas no escritas. Cuando acudió a la Universidad después de ser puesto en libertad, avanzó por los pasillos con la desesperación de quien necesita demostrar que continúa siendo él mismo. Hablaba demasiado, daba explicaciones excesivas que nadie le había pedido y enseñaba las heridas de los golpes que le habían propinado los agentes de la social. Cuanto más trataba de convencer a los demás, más sospechoso parecía.
La segunda detenida fue Alicia, responsable de una de las células de Filosofía. La policía entró en la vivienda de sus padres y se dirigió directamente, sin detenerse, a una caja de costura donde guardaba el dinero de las cuotas de los militantes. No registraron los armarios ni levantaron los colchones. Fueron directos a la caja, apartaron los carretes de hilo y encontraron el dinero bajo un acerico.
El tercer golpe se produjo en el Colegio Mayor. A las cuatro de la madrugada, seis policías irrumpieron en el San Fernando y detuvieron a Mateo, un estudiante de diecinueve años llegado de El Hierro. Era su primer curso en la Universidad y llevaba apenas tres meses en el Partido. Los agentes encontraron en su habitación un paquete de propaganda que Gabriel le había entregado aquella tarde para que lo conservara hasta el día siguiente.
La dirección del Comité Universitario suspendió rapidamente todas las reuniones. Se ordenó deshacer los contactos horizontales y cambiar los nombres clandestinos. La multicopista desapareció de la habitación 37. Gabriel y otros dos colegiales la envolvieron en mantas, la sacaron durante la hora de la cena y la llevaron a un cuarto abandonado de la planta baja que antiguamente había servido para guardar mobiliario.
Durante los días siguientes, el miedo alteró la vida del Colegio Mayor. Los libros cambiaron de escondite. Algunas conversaciones cesaban cuando entraba alguien. Los simpatizantes dejaron de acercarse a los militantes y los militantes comenzaron a sospechar de los simpatizantes. En el comedor, los cubiertos parecían hacer más ruido que antes.
Tomás Herrera, «Andrés», era el responsable político de la Organización universitaria. Tenía veintiséis años, estudiaba Filosofía y llevaba casi una década militando. Su padre había pasado por varios penales después de la guerra. La familia conservaba una fotografía tomada antes de su detención y otra hecha al salir de la cárcel. Parecían dos hombres diferentes.
Tomás reunió a Elena y Gabriel en un pequeño bar próximo a la Universidad.
—No están golpeando a ciegas —dijo—. Conocían la pensión, la caja de costura y el paquete de Mateo. Hay alguien dentro.
Gabriel apretó las manos alrededor de la taza.
—Ernesto sabía lo de Alicia.
—Y Alicia sabía que Mateo colaboraba —respondió Tomás—. Si seguimos así, dentro de una semana todos pareceremos culpables.
Había más de cien militantes. La Brigada Político-Social no necesitaba detenerlos a todos. Bastaba con romper los enlaces, sembrar unas cuantas sospechas y tratar de conseguir que la organización se devorara a sí misma.
Tomás ideó una comprobación. Comunicaría tres domicilios distintos para una supuesta reunión del comité universitario. Solo él conocería los tres. Elena recibiría uno; Gabriel, otro, y un tercer militante, el último. Si la policía aparecía en alguno de aquellos lugares, sabrían por dónde se filtraba la información.
—¿Y si detienen a quienes estén allí? —preguntó Elena.
—No habrá nadie. Solo observaremos desde lejos.
A Elena le correspondió una vivienda de La Cuesta. La tarde señalada tomó una guagua, bajó dos paradas antes y recorrió el resto del camino a pie. Tomás vigilaba la casa desde un portal. Esperaron hasta la noche. No apareció nadie.
El domicilio comunicado a Gabriel estaba en Santa Cruz. Dos agentes de paisano permanecieron frente al edificio durante más de tres horas. Uno fingía leer un periódico. El otro entró varias veces en un bar para telefonear.
Tomás se presentó en casa de Elena aquella misma noche. Estaba pálido.
—Ha sido la dirección de Gabriel.
—Puede haber otra explicación.
—Siempre puede haber otra explicación. Por eso siguen cayendo compañeros.
Elena le contó lo ocurrido entre Gabriel y ella. No sabía por qué lo hizo. Tal vez esperaba que el amor constituyera una prueba de inocencia.
—Precisamente por eso te ha escogido —dijo Tomás.
—No lo conoces.
—En el Partido nadie conoce completamente a nadie.
Tomás le ordenó cortar toda relación con Gabriel. Si este intentaba verla, debía aceptar la cita y comunicarla. La organización decidiría qué hacer.
Gabriel la esperaba al día siguiente en un banco del Campus. Tenía ojeras y llevaba dos cigarrillos consumiéndose entre los dedos.
—Sé que me han puesto a prueba.
Elena se sentó a su lado. No se atrevió a preguntarle cómo lo sabía.
—La policía apareció en Santa Cruz —continuó— porque yo se lo dije.
Las voces de unos estudiantes llegaron desde la entrada del edificio. Elena observó la lluvia acumulándose sobre los hombros de Gabriel.
—¿Desde cuándo?
—Desde noviembre.
Gabriel le contó que dos agentes lo habían abordado una noche al regresar al Colegio Mayor. Conocían su militancia, sus viajes y los nombres de varios camaradas. También sabían que su padre trabajaba en una empresa consignataria del puerto y que años atrás había participado en una pequeña red de contrabando. Amenazaron con detenerlo y dejar sin sustento a la familia.
—Al principio solo les contaba cosas que ya habían ocurrido. Asambleas públicas, protestas, nombres conocidos. Creí que podría engañarlos.
—Pero detuvieron a Mateo.
Gabriel cerró los ojos.
—Yo no sabía que irían a buscarlo.
—Fuiste tú quien le dio el paquete.
—Precisamente por eso. Si hubiese querido entregarlo, no habría dejado una huella tan clara.
Elena pensó en el destino de los chivatos. Comprendió que Gabriel no temía únicamente la cárcel. Si el Partido confirmaba su colaboración, no podría regresar a las aulas ni al Colegio Mayor. Nadie le vendería un periódico, le prestaría unos apuntes o compartiría mesa con él. Su nombre circularía por todas las facultades. En una universidad de una isla, donde todos terminaban conociendo a todos, no existía un lugar donde comenzar de nuevo.
—¿Qué quieren ahora? —preguntó.
—La estructura completa. Los responsables de las facultades, los enlaces con el Partido fuera de la Universidad y el lugar donde se imprime la propaganda.
Gabriel aseguró que todavía no conocían el escondite de la vietnamita. Tampoco sabían que aquella noche Tomás se reuniría con dos miembros del Comité insular en el cuarto de la planta baja.
—Podemos sacarlos antes de que vengan.
Elena lo miró por primera vez.
—¿Antes de que venga quién?
Gabriel tardó en responder.
—La policía.
Corrieron bajo la lluvia. Al llegar al Colegio Mayor, Gabriel entró por la puerta principal. Elena lo hizo unos minutos después. Como cualquier otra estudiante, cruzó la entrada sin que nadie le preguntara adónde iba. En la sala común, varios colegiales jugaban a las cartas mientras sonaba una canción de Serrat. Dos muchachas discutían con ellos sobre una convocatoria de huelga. Nadie prestó atención a Elena.
Bajaron por separado hacia el antiguo almacén.
Elena llegó primero. Golpeó tres veces y luego dos. Tomás abrió. Dentro estaba la vietnamita, varios paquetes de papel y dos hombres a los que ella no conocía.
—Nos han localizado —dijo—. Hay que salir.
Tomás miró detrás de ella.
—¿Quién te lo ha dicho?
Gabriel apareció en el pasillo.
Durante unos segundos nadie se movió. Después se oyó el golpe de una puerta y varias carreras en la escalera.
Tomás apagó la luz.
—Por el patio —ordenó.
Uno de los hombres abrió una pequeña ventana situada junto al techo. Era demasiado estrecha. El otro intentó forzar una puerta interior que conducía a las cocinas.
Los policías entraron sin esgrimir sus pistolas. Sabían que no era necesario. Golpearon a Tomás contra la pared, derribaron a uno de los visitantes y obligaron a Elena a arrodillarse. Un agente joven levantó la mano para pegarle.
—¡A ella no! —dijo Gabriel.
El policía se detuvo de forma automática. No lo miró como se mira a un detenido, sino como a un subordinado que atiende una orden. Aquella mínima obediencia reveló más que una confesión.
Gabriel no bajó los ojos. Tampoco pidió perdón. Se limitó a contemplar a Elena con una tristeza serena, casi profesional.
—¡Te dije que salieras, coño! - murmuró con irritación.
Ya en comisaría, Elena perdió la noción de las horas. Le preguntaron por la organización universitaria, por el Comité insular y por personas cuyos nombres nunca había oído. Querían que dibujara la estructura del Partido. Cuando respondía que no sabía, le mostraban fotografías. Cuando callaba, hablaban de su familia.
Al tercer día entró un hombre de cabello engominado y ademanes suaves. Llevaba un crucifijo diminuto en la solapa. Ordenó que le quitaran las esposas a Elena y colocó ante ella una taza de café.
— La verdad es que no disfruto viendo sufrir a los jóvenes —dijo—. A vuestra edad todo parece definitivo. Solo después se comprende que la vida está llena de arreglos.
Le habló como un sacerdote que hubiese sustituido el confesionario por un despacho policial. No levantó la voz. Incluso se disculpó por la conducta brutal de sus subordinados.
—Gabriel nos ha ayudado a evitar una tragedia.
—Gabriel es uno de ustedes... ¿No?, le espetó Elena afirmando más que preguntando.
El hombre sonrió.
—Gabriel es muchas cosas. Como tú. Como yo.
Sacó una fotografía. En ella aparecía Julián, el hermano menor de Elena, sentado en una habitación desconocida. Tenía diecisiete años y aún vivía con sus padres en La Palma.
Elena sintió como si algo se quebrara dentro de ella.
—¿Qué hace aquí?
—Vino esta mañana en el avión. Tu madre cree que está en una excursión.
El policía explicó que podían acusarlo de colaborar con la organización. Bastaría con incluir su nombre en una declaración, colocar unas octavillas en su equipaje y presentar el testimonio de un funcionario. Nadie preguntaría demasiado.
—Dame una dirección donde vaya a celebrarse una reunión y tu hermano regresará mañana a casa.
—No conozco ninguna.
—Entonces... ¡Invéntala, joder!
Elena pensó en un piso de la calle Herradores que la organización había utilizado meses atrás. Tomás había ordenado abandonarlo porque la propietaria sospechaba. Debía de estar vacío.
Pronunció la dirección. El hombre escribió lentamente, sin apresurarse. Después hizo entrar a otro agente.
—Que suelten al muchacho.
La devolvieron al calabozo. A través de la pared escuchó gritos, golpes y una voz que creyó reconocer. Más tarde oyó cómo arrastraban un cuerpo por el pasillo.
A la mañana siguiente, el policía regresó.
—Había tres personas en el piso —dijo—. Una está muy grave.
Elena se quedó sin respiración.
—No debía haber nadie.
—Nunca debe haber nadie. Y, sin embargo, siempre hay alguien.
La pusieron en libertad aquella misma tarde.
Su hermano había regresado a La Palma, le aseguraron. Cuando Elena logró hablar con su casa por teléfono, Julián le dijo que no había viajado a Tenerife. Aquel día había asistido a clase y después había jugado al fútbol. La fotografía, comprendió ella, se había tomado durante una visita familiar meses atrás. Habían recortado el fondo y fabricado el resto de la historia.
Elena corrió hasta la calle Herradores. No encontró señales de registro. La propietaria negó que hubiera entrado la policía. Desde hacía semanas no se alojaba nadie en el piso.
Comprendió entonces que tampoco había entregado a tres camaradas. Los gritos, el cuerpo arrastrado y el herido solo habían existido para ella.
Pero ya era demasiado tarde.
Dos días después circuló por las facultades una hoja mecanografiada, que no firmaba nadie. Comunicaba que «Clara», tras colaborar con la Brigada Político-Social, había facilitado la caída del aparato de propaganda de la organización y que su colaboración con la dictadura la hacía merecedora del aislamiento total. El comunicado incluía la dirección de Herradores, una información que únicamente conocían Tomás, el policía y ella.
El cerco comenzó esa misma mañana.
Cuando Elena entró en la cafetería, los estudiantes de una mesa se levantaron serios sin terminar sus cafés. En la biblioteca, una compañera recogió con prontitud sus libros y cambió de sitio. Nadie le prestó los apuntes de las clases que había perdido durante su detención. Al cruzar el campus escuchó una voz a su espalda:
—¡Chivata!.
No se volvió.
Acudió al Colegio Mayor para tratar explicar lo ocurrido. Entró como lo había hecho tantas veces, pero aquella tarde las conversaciones se apagaron a medida que avanzaba por los pasillos. Llamó a tres habitaciones. Nadie abrió. Desde el interior de una de ellas oyó respirar a alguien.
En la puerta de la habitación 37 habían escrito con pintura negra:
AQUÍ VIVIÓ UN TRAIDOR.
Debajo, con otra letra, alguien había añadido:
CLARA TAMBIÉN.
Elena persistió e intentó asistir a una Asamblea a explicar sus razones. Cuando se levantó para hablar, comenzaron a sonar golpes sobre las mesas. Primero fueron unos pocos. Después, toda el aula retumbó bajo los puños. Nadie la insultó. Nadie necesitó hacerlo. Los golpes continuaron hasta que tuvo que abandonar el aula.
Tomás seguía detenido. Gabriel había desaparecido. Los únicos que podían confirmar una parte de su historia no estaban allí para escucharla.
Elena dejó de acudir a clase. Durante semanas apenas salió de casa. Su tía comenzó a recibir llamadas en las que nadie hablaba. Una mañana encontraron la palabra CHIVATA escrita en el portal. La mujer trató de limpiarla con agua y jabón, pero la pintura había penetrado profundamente en la piedra.
No se produjeron las detenciones masivas que todos temían. No hicieron falta. Las células rompieron sus contactos; algunos militantes abandonaron el Partido; otros acusaron a sus responsables de imprudencia. Cada puesta en libertad se convirtió en una sospecha. Cada camarada que sabía demasiado comenzó a parecer un policía.
En pocos meses, la organización universitaria, que había reunido a más de un centenar largo de militantes, quedó desgarrada por las escisiones, el miedo y la desconfianza.
Elena abandonó la Universidad sin terminar la carrera.
Treinta y dos años después consultó su expediente en un archivo. Entre informes, fotografías y declaraciones encontró una nota de la Brigada Político-Social fechada en Mayo de 1973:
«La estudiante conocida como “Clara” no proporcionó información operativa de utilidad. Se simuló la detención de su hermano y la posterior captura de varios elementos en un domicilio señalado por ella. La difusión de su supuesta colaboración permitió neutralizarla y acentuar las disensiones internas de la organización subversiva».
Al pie aparecía el nombre del agente encargado de la operación. Gabriel Acosta no aparecía en ninguna parte. El hombre al que Elena había amado con pasión contenida se llamaba, realmente, Carlos Sánchez Suárez. Según constaba, había ingresado en la Brigada Politico-Social cuatro años antes de matricularse en Derecho. Su misión no había consistido en descubrir a todos los comunistas de la Universidad, sino en inducirles a desconfiar unos de otros, y así lograr desintegrarlos.
Elena permaneció largo rato ensimismada frente al viejo documento. Durante más de tres décadas se había sentido mentalmente torturada,, creyendo que, aunque fuera bajo engaño, había traicionado a sus camaradas. Ahora sabía la verdad. Ni siquiera aquella culpa había sido suya, pero logró, sin embargo, convertir su biografía personal en un auténtico calvario.

POR MÁXIMO RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
La primera vez que detuvieron a un camarada, todos pensaron que había cometido un error. La segunda, comenzaron a repasar las citas. Cuando cayó el tercero, dejaron de mirarse a los ojos.
Debía de ser invierno del 1973 o, quizás, del 74. Sobre la ciudad de La Laguna caía una lluvia fina, casi imperceptible, que no parecía mojar hasta que uno se descubría empapado. La humedad se pegaba a las paredes de las facultades, ondulaba los pasquines y hacía que las octavillas recién impresas desprendieran un olor agrio a tinta y papel mojado.
La Organización Universitaria del Partido sobrepasaba largamente el centenar de militantes. Nadie conocía la cifra exacta, ni habría podido confeccionar tampoco un listado preciso. La contabilidad era una asignatura expresamente prohibida en aquellos duros años de clandestinidad.
Los militantes estaban distribuidos en células de cuatro o cinco estudiantes, relacionados mediante enlaces que utilizaban nombres clandestinos y cambiaban frecuentemente los lugares de reunión. Las organizaciones de las facultades de Filosofía y Letras, Derecho, Medicina y Ciencias tenían sus propios responsables. Por debajo se extendía un territorio mucho más amplio de colaboradores, lectores de Mundo Obrero o del Garoé, asistentes a asambleas y estudiantes dispuestos a esconder un paquete, recaudar unas pesetas o prestar una habitación.
Uno de los centros de aquella vida clandestina era el Colegio Mayor San Fernando, situado dentro del propio campus universitario. Era masculino, pero las estudiantes podían entrar sin ningún tipo de impedimentos, visitar a los colegiales, participar en tertulias, escuchar música o encerrarse con ellos en alguna habitación bajo el pretexto de preparar un examen.
Aquella libertad hacía de aquel Colegio un lugar especialmente útil para celebrar encuentros, reuniones de célula, concertar citas que, vistos desde fuera, parecían simples reuniones de amigos.
Una buena parte de los colegiales daban la impresión de simpatizar con el PCE, aunque solo una minoría fuera la que militara en la organización. En el comedor y en el hall se discutía sobre Vietnam, la revolución cubana y las diferencias entre reforma, ruptura o ruptura pactada, tan de moda durante aquellos años. Se escuchaba a Paco Ibáñez con el volumen bajo, circulaban libros forrados con papel canelo de envolver para ocultar sus delatadoras cubiertas y, cuando aparecía una persona poco conocida, las discusiones políticas se transformaban mágicamente en conversaciones sobre exámenes o futbol .
Los militantes sabían que aquella efervescencia era, al mismo tiempo, una protección y un peligro. Entre tantos simpatizantes, resultaba fácil disimular una reunión. Pero también era difícil distinguir al camarada del curioso, al fanfarrón del confidente y al estudiante que callaba por prudencia del que escuchaba para informar.
En la habitación 37 vivía Gabriel Acosta, conocido clandestinamente por «Mauricio», estudiante de Derecho y natural de Las Palmas. Era llamativamente alto, delgado y tenía una forma de inclinar la cabeza que hacía creer a quien le hablaba que nada en el mundo le interesaba más que sus palabras. Había llegado a La Laguna dos años antes y en pocos meses se convirtió en imprescindible. Conocía a los colegiales que podían ayudar sin preguntar, conseguía llaves, trasladaba propaganda entre facultades y sabía cuándo Don Nicanor, el conserje de guardia, abandonaba su puesto para fumarse un pitillo.
En su armario guardaba una vietnamita, un nada sofisticado artilugio, compuesto por un marco de madera y una tela de seda tensa que al aplicarle encima tinta con un rodillo, servía para reproducir sobre papeles, octavillas y panfletos. Su nombre obedecía al hecho de que el primitivo instrumento era utilizado durante la guerra de Vietnam por los guerrilleros para difundir su propaganda .
—Si registran mi habitación, encontrarán antes los calcetines —solía decir Gabriel—. Y después de olerlos, dejarán de seguir buscando.
Elena Morales se reía incluso cuando había oído la broma demasiadas veces. Se la conocía con el nombre de «Clara» dentro del Partido, estudiaba Historia y vivía con una tía viuda cerca del Camino Largo. Su padre, empleado de Correos en La Palma, estaba convencidísimo de que su hija pertenecía a un grupo de teatro universitario. Elena engordaba su mentira enviándole fotografías de representaciones en las que nunca había participado.
Había conocido a Gabriel en el curso de una asamblea. Después comenzaron a coincidir en reuniones, repartos y caminatas interminables destinadas a despistar cualquier seguimiento. La clandestinidad les había negado el cortejo, pero, a cambio, les dio algo mucho más intenso: una intimidad hecha de secretos.
Elena sabía que Gabriel temía quedarse encerrado en lugares sin ventanas. Él conocía la historia del hermano de Elena, que había muerto de niño y cuyo nombre estaba prohibido en casa porque su madre comenzaba a llorar en cuanto alguien lo pronunciaba. No eran novios. O al menos eso decían.
Una madrugada, mientras imprimían un llamamiento en la habitación 37 del Colegio Mayor, Gabriel retiró con el pulgar una mancha de tinta de la mejilla de Elena. Después dejó la mano allí, rozándole el rostro. Permanecieron inmóviles, oyendo el golpeteo de la lluvia contra el cristal y las voces de unos colegiales que regresaban por el pasillo.
—Cuando esto termine —susurró él—, tendremos que aprender a vivir sin mentir.
Elena lo besó antes de que pudiera arrepentirse.
La primera detención se produjo diez días después. Ernesto, un estudiante de Químicas, cayó cuando salía de una pensión próxima a la plaza del Adelantado. Llevaba ochenta octavillas escondidas entre la entrepierna y los calzoncillos. Regresó a su casa después de tres días, con un tímpano seriamente dañado y la orden de presentarse semanalmente en comisaría. Aseguró que lo habían identificado por casualidad.
La organización aceptó la explicación, aunque durante varios días algunos camaradas evitaron encontrarse a solas con él. En la clandestinidad, una rápida puesta en libertad siempre dejaba una mancha, una tenue sombra de sospecha. La acusación de ser un chivato podía resultar más destructiva que una condena o que el propio paso por una comisaría.
Al preso se le ayudaba, se visitaba a su familia y se recogía dinero para el abogado. Al supuesto confidente se le retiraba la palabra. Nadie se sentaba a su mesa, ninguna puerta volvía a abrirse para él y hasta los amigos de la infancia cruzaban de acera. Parecía injusto, pero los tics de autodefensa resultaban inevitables en los rigores impuestos por la vida clandestina.
Ernesto conocía aquellas reglas no escritas. Cuando acudió a la Universidad después de ser puesto en libertad, avanzó por los pasillos con la desesperación de quien necesita demostrar que continúa siendo él mismo. Hablaba demasiado, daba explicaciones excesivas que nadie le había pedido y enseñaba las heridas de los golpes que le habían propinado los agentes de la social. Cuanto más trataba de convencer a los demás, más sospechoso parecía.
La segunda detenida fue Alicia, responsable de una de las células de Filosofía. La policía entró en la vivienda de sus padres y se dirigió directamente, sin detenerse, a una caja de costura donde guardaba el dinero de las cuotas de los militantes. No registraron los armarios ni levantaron los colchones. Fueron directos a la caja, apartaron los carretes de hilo y encontraron el dinero bajo un acerico.
El tercer golpe se produjo en el Colegio Mayor. A las cuatro de la madrugada, seis policías irrumpieron en el San Fernando y detuvieron a Mateo, un estudiante de diecinueve años llegado de El Hierro. Era su primer curso en la Universidad y llevaba apenas tres meses en el Partido. Los agentes encontraron en su habitación un paquete de propaganda que Gabriel le había entregado aquella tarde para que lo conservara hasta el día siguiente.
La dirección del Comité Universitario suspendió rapidamente todas las reuniones. Se ordenó deshacer los contactos horizontales y cambiar los nombres clandestinos. La multicopista desapareció de la habitación 37. Gabriel y otros dos colegiales la envolvieron en mantas, la sacaron durante la hora de la cena y la llevaron a un cuarto abandonado de la planta baja que antiguamente había servido para guardar mobiliario.
Durante los días siguientes, el miedo alteró la vida del Colegio Mayor. Los libros cambiaron de escondite. Algunas conversaciones cesaban cuando entraba alguien. Los simpatizantes dejaron de acercarse a los militantes y los militantes comenzaron a sospechar de los simpatizantes. En el comedor, los cubiertos parecían hacer más ruido que antes.
Tomás Herrera, «Andrés», era el responsable político de la Organización universitaria. Tenía veintiséis años, estudiaba Filosofía y llevaba casi una década militando. Su padre había pasado por varios penales después de la guerra. La familia conservaba una fotografía tomada antes de su detención y otra hecha al salir de la cárcel. Parecían dos hombres diferentes.
Tomás reunió a Elena y Gabriel en un pequeño bar próximo a la Universidad.
—No están golpeando a ciegas —dijo—. Conocían la pensión, la caja de costura y el paquete de Mateo. Hay alguien dentro.
Gabriel apretó las manos alrededor de la taza.
—Ernesto sabía lo de Alicia.
—Y Alicia sabía que Mateo colaboraba —respondió Tomás—. Si seguimos así, dentro de una semana todos pareceremos culpables.
Había más de cien militantes. La Brigada Político-Social no necesitaba detenerlos a todos. Bastaba con romper los enlaces, sembrar unas cuantas sospechas y tratar de conseguir que la organización se devorara a sí misma.
Tomás ideó una comprobación. Comunicaría tres domicilios distintos para una supuesta reunión del comité universitario. Solo él conocería los tres. Elena recibiría uno; Gabriel, otro, y un tercer militante, el último. Si la policía aparecía en alguno de aquellos lugares, sabrían por dónde se filtraba la información.
—¿Y si detienen a quienes estén allí? —preguntó Elena.
—No habrá nadie. Solo observaremos desde lejos.
A Elena le correspondió una vivienda de La Cuesta. La tarde señalada tomó una guagua, bajó dos paradas antes y recorrió el resto del camino a pie. Tomás vigilaba la casa desde un portal. Esperaron hasta la noche. No apareció nadie.
El domicilio comunicado a Gabriel estaba en Santa Cruz. Dos agentes de paisano permanecieron frente al edificio durante más de tres horas. Uno fingía leer un periódico. El otro entró varias veces en un bar para telefonear.
Tomás se presentó en casa de Elena aquella misma noche. Estaba pálido.
—Ha sido la dirección de Gabriel.
—Puede haber otra explicación.
—Siempre puede haber otra explicación. Por eso siguen cayendo compañeros.
Elena le contó lo ocurrido entre Gabriel y ella. No sabía por qué lo hizo. Tal vez esperaba que el amor constituyera una prueba de inocencia.
—Precisamente por eso te ha escogido —dijo Tomás.
—No lo conoces.
—En el Partido nadie conoce completamente a nadie.
Tomás le ordenó cortar toda relación con Gabriel. Si este intentaba verla, debía aceptar la cita y comunicarla. La organización decidiría qué hacer.
Gabriel la esperaba al día siguiente en un banco del Campus. Tenía ojeras y llevaba dos cigarrillos consumiéndose entre los dedos.
—Sé que me han puesto a prueba.
Elena se sentó a su lado. No se atrevió a preguntarle cómo lo sabía.
—La policía apareció en Santa Cruz —continuó— porque yo se lo dije.
Las voces de unos estudiantes llegaron desde la entrada del edificio. Elena observó la lluvia acumulándose sobre los hombros de Gabriel.
—¿Desde cuándo?
—Desde noviembre.
Gabriel le contó que dos agentes lo habían abordado una noche al regresar al Colegio Mayor. Conocían su militancia, sus viajes y los nombres de varios camaradas. También sabían que su padre trabajaba en una empresa consignataria del puerto y que años atrás había participado en una pequeña red de contrabando. Amenazaron con detenerlo y dejar sin sustento a la familia.
—Al principio solo les contaba cosas que ya habían ocurrido. Asambleas públicas, protestas, nombres conocidos. Creí que podría engañarlos.
—Pero detuvieron a Mateo.
Gabriel cerró los ojos.
—Yo no sabía que irían a buscarlo.
—Fuiste tú quien le dio el paquete.
—Precisamente por eso. Si hubiese querido entregarlo, no habría dejado una huella tan clara.
Elena pensó en el destino de los chivatos. Comprendió que Gabriel no temía únicamente la cárcel. Si el Partido confirmaba su colaboración, no podría regresar a las aulas ni al Colegio Mayor. Nadie le vendería un periódico, le prestaría unos apuntes o compartiría mesa con él. Su nombre circularía por todas las facultades. En una universidad de una isla, donde todos terminaban conociendo a todos, no existía un lugar donde comenzar de nuevo.
—¿Qué quieren ahora? —preguntó.
—La estructura completa. Los responsables de las facultades, los enlaces con el Partido fuera de la Universidad y el lugar donde se imprime la propaganda.
Gabriel aseguró que todavía no conocían el escondite de la vietnamita. Tampoco sabían que aquella noche Tomás se reuniría con dos miembros del Comité insular en el cuarto de la planta baja.
—Podemos sacarlos antes de que vengan.
Elena lo miró por primera vez.
—¿Antes de que venga quién?
Gabriel tardó en responder.
—La policía.
Corrieron bajo la lluvia. Al llegar al Colegio Mayor, Gabriel entró por la puerta principal. Elena lo hizo unos minutos después. Como cualquier otra estudiante, cruzó la entrada sin que nadie le preguntara adónde iba. En la sala común, varios colegiales jugaban a las cartas mientras sonaba una canción de Serrat. Dos muchachas discutían con ellos sobre una convocatoria de huelga. Nadie prestó atención a Elena.
Bajaron por separado hacia el antiguo almacén.
Elena llegó primero. Golpeó tres veces y luego dos. Tomás abrió. Dentro estaba la vietnamita, varios paquetes de papel y dos hombres a los que ella no conocía.
—Nos han localizado —dijo—. Hay que salir.
Tomás miró detrás de ella.
—¿Quién te lo ha dicho?
Gabriel apareció en el pasillo.
Durante unos segundos nadie se movió. Después se oyó el golpe de una puerta y varias carreras en la escalera.
Tomás apagó la luz.
—Por el patio —ordenó.
Uno de los hombres abrió una pequeña ventana situada junto al techo. Era demasiado estrecha. El otro intentó forzar una puerta interior que conducía a las cocinas.
Los policías entraron sin esgrimir sus pistolas. Sabían que no era necesario. Golpearon a Tomás contra la pared, derribaron a uno de los visitantes y obligaron a Elena a arrodillarse. Un agente joven levantó la mano para pegarle.
—¡A ella no! —dijo Gabriel.
El policía se detuvo de forma automática. No lo miró como se mira a un detenido, sino como a un subordinado que atiende una orden. Aquella mínima obediencia reveló más que una confesión.
Gabriel no bajó los ojos. Tampoco pidió perdón. Se limitó a contemplar a Elena con una tristeza serena, casi profesional.
—¡Te dije que salieras, coño! - murmuró con irritación.
Ya en comisaría, Elena perdió la noción de las horas. Le preguntaron por la organización universitaria, por el Comité insular y por personas cuyos nombres nunca había oído. Querían que dibujara la estructura del Partido. Cuando respondía que no sabía, le mostraban fotografías. Cuando callaba, hablaban de su familia.
Al tercer día entró un hombre de cabello engominado y ademanes suaves. Llevaba un crucifijo diminuto en la solapa. Ordenó que le quitaran las esposas a Elena y colocó ante ella una taza de café.
— La verdad es que no disfruto viendo sufrir a los jóvenes —dijo—. A vuestra edad todo parece definitivo. Solo después se comprende que la vida está llena de arreglos.
Le habló como un sacerdote que hubiese sustituido el confesionario por un despacho policial. No levantó la voz. Incluso se disculpó por la conducta brutal de sus subordinados.
—Gabriel nos ha ayudado a evitar una tragedia.
—Gabriel es uno de ustedes... ¿No?, le espetó Elena afirmando más que preguntando.
El hombre sonrió.
—Gabriel es muchas cosas. Como tú. Como yo.
Sacó una fotografía. En ella aparecía Julián, el hermano menor de Elena, sentado en una habitación desconocida. Tenía diecisiete años y aún vivía con sus padres en La Palma.
Elena sintió como si algo se quebrara dentro de ella.
—¿Qué hace aquí?
—Vino esta mañana en el avión. Tu madre cree que está en una excursión.
El policía explicó que podían acusarlo de colaborar con la organización. Bastaría con incluir su nombre en una declaración, colocar unas octavillas en su equipaje y presentar el testimonio de un funcionario. Nadie preguntaría demasiado.
—Dame una dirección donde vaya a celebrarse una reunión y tu hermano regresará mañana a casa.
—No conozco ninguna.
—Entonces... ¡Invéntala, joder!
Elena pensó en un piso de la calle Herradores que la organización había utilizado meses atrás. Tomás había ordenado abandonarlo porque la propietaria sospechaba. Debía de estar vacío.
Pronunció la dirección. El hombre escribió lentamente, sin apresurarse. Después hizo entrar a otro agente.
—Que suelten al muchacho.
La devolvieron al calabozo. A través de la pared escuchó gritos, golpes y una voz que creyó reconocer. Más tarde oyó cómo arrastraban un cuerpo por el pasillo.
A la mañana siguiente, el policía regresó.
—Había tres personas en el piso —dijo—. Una está muy grave.
Elena se quedó sin respiración.
—No debía haber nadie.
—Nunca debe haber nadie. Y, sin embargo, siempre hay alguien.
La pusieron en libertad aquella misma tarde.
Su hermano había regresado a La Palma, le aseguraron. Cuando Elena logró hablar con su casa por teléfono, Julián le dijo que no había viajado a Tenerife. Aquel día había asistido a clase y después había jugado al fútbol. La fotografía, comprendió ella, se había tomado durante una visita familiar meses atrás. Habían recortado el fondo y fabricado el resto de la historia.
Elena corrió hasta la calle Herradores. No encontró señales de registro. La propietaria negó que hubiera entrado la policía. Desde hacía semanas no se alojaba nadie en el piso.
Comprendió entonces que tampoco había entregado a tres camaradas. Los gritos, el cuerpo arrastrado y el herido solo habían existido para ella.
Pero ya era demasiado tarde.
Dos días después circuló por las facultades una hoja mecanografiada, que no firmaba nadie. Comunicaba que «Clara», tras colaborar con la Brigada Político-Social, había facilitado la caída del aparato de propaganda de la organización y que su colaboración con la dictadura la hacía merecedora del aislamiento total. El comunicado incluía la dirección de Herradores, una información que únicamente conocían Tomás, el policía y ella.
El cerco comenzó esa misma mañana.
Cuando Elena entró en la cafetería, los estudiantes de una mesa se levantaron serios sin terminar sus cafés. En la biblioteca, una compañera recogió con prontitud sus libros y cambió de sitio. Nadie le prestó los apuntes de las clases que había perdido durante su detención. Al cruzar el campus escuchó una voz a su espalda:
—¡Chivata!.
No se volvió.
Acudió al Colegio Mayor para tratar explicar lo ocurrido. Entró como lo había hecho tantas veces, pero aquella tarde las conversaciones se apagaron a medida que avanzaba por los pasillos. Llamó a tres habitaciones. Nadie abrió. Desde el interior de una de ellas oyó respirar a alguien.
En la puerta de la habitación 37 habían escrito con pintura negra:
AQUÍ VIVIÓ UN TRAIDOR.
Debajo, con otra letra, alguien había añadido:
CLARA TAMBIÉN.
Elena persistió e intentó asistir a una Asamblea a explicar sus razones. Cuando se levantó para hablar, comenzaron a sonar golpes sobre las mesas. Primero fueron unos pocos. Después, toda el aula retumbó bajo los puños. Nadie la insultó. Nadie necesitó hacerlo. Los golpes continuaron hasta que tuvo que abandonar el aula.
Tomás seguía detenido. Gabriel había desaparecido. Los únicos que podían confirmar una parte de su historia no estaban allí para escucharla.
Elena dejó de acudir a clase. Durante semanas apenas salió de casa. Su tía comenzó a recibir llamadas en las que nadie hablaba. Una mañana encontraron la palabra CHIVATA escrita en el portal. La mujer trató de limpiarla con agua y jabón, pero la pintura había penetrado profundamente en la piedra.
No se produjeron las detenciones masivas que todos temían. No hicieron falta. Las células rompieron sus contactos; algunos militantes abandonaron el Partido; otros acusaron a sus responsables de imprudencia. Cada puesta en libertad se convirtió en una sospecha. Cada camarada que sabía demasiado comenzó a parecer un policía.
En pocos meses, la organización universitaria, que había reunido a más de un centenar largo de militantes, quedó desgarrada por las escisiones, el miedo y la desconfianza.
Elena abandonó la Universidad sin terminar la carrera.
Treinta y dos años después consultó su expediente en un archivo. Entre informes, fotografías y declaraciones encontró una nota de la Brigada Político-Social fechada en Mayo de 1973:
«La estudiante conocida como “Clara” no proporcionó información operativa de utilidad. Se simuló la detención de su hermano y la posterior captura de varios elementos en un domicilio señalado por ella. La difusión de su supuesta colaboración permitió neutralizarla y acentuar las disensiones internas de la organización subversiva».
Al pie aparecía el nombre del agente encargado de la operación. Gabriel Acosta no aparecía en ninguna parte. El hombre al que Elena había amado con pasión contenida se llamaba, realmente, Carlos Sánchez Suárez. Según constaba, había ingresado en la Brigada Politico-Social cuatro años antes de matricularse en Derecho. Su misión no había consistido en descubrir a todos los comunistas de la Universidad, sino en inducirles a desconfiar unos de otros, y así lograr desintegrarlos.
Elena permaneció largo rato ensimismada frente al viejo documento. Durante más de tres décadas se había sentido mentalmente torturada,, creyendo que, aunque fuera bajo engaño, había traicionado a sus camaradas. Ahora sabía la verdad. Ni siquiera aquella culpa había sido suya, pero logró, sin embargo, convertir su biografía personal en un auténtico calvario.




























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.19