EL GRAN TRUCO EMPRESARIAL: CÓMO HACER DESAPARECER SALARIOS SIN QUE SALTEN LAS ALARMAS
"Ya te las compensaremos": la gran mentira que esconde millones de horas sin pagar. ¿Cuántos empleos podrían crearse si las horas extraordinarias dejaran de ser trabajo gratuito?
España presume de muchas tradiciones, pero hay una que crece silenciosamente al margen de cualquier celebración oficial: el trabajo no remunerado. Mientras miles de empresas baten récords de beneficios, millones de horas extraordinarias desaparecen cada semana sin compensación económica para quienes las realizan. Lo que algunos presentan como "compromiso", "espíritu de equipo" o "cultura del esfuerzo" esconde una realidad mucho menos épica: cientos de miles de trabajadores que regalan tiempo, energía y calidad de vida sin recibir a cambio el salario que les corresponde.
CARLOS SERNA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
España puede presumir de muchas tradiciones. La siesta, la
tortilla de patatas, las discusiones sobre fútbol y, cada vez con mayor éxito, el noble arte de trabajar gratis.
Porque mientras algunos países invierten en inteligencia artificial o en energías renovables, España ha perfeccionado una innovación empresarial revolucionaria: conseguir que cientos de miles de personas trabajen más horas sin cobrarlas.
Según datos de la Encuesta de Población Activa, en España se realizan alrededor de 2,6 millones de horas extraordinarias no remuneradas cada semana.
O dicho de otra forma: cada siete días desaparece el equivalente a decenas de miles de empleos a tiempo completo. Pero sería injusto calificar esto de explotación. Explotación es una palabra fea. Mucho mejor sería llamarlo "compromiso con los objetivos corporativos".
![[Img #92464]](https://canarias-semanal.org/upload/images/06_2026/1018_gasti-horas.jpg)
Resulta realmente conmovedor contemplar la generosidad de tantos trabajadores españoles. En una sociedad donde todo parece mercantilizado, aún quedan miles y miles personas dispuestas a regalar su tiempo, su energía y parte de su vida para que las cuentas de resultados de sus respectivas empresas luzcan más saludables. Hay quien dona sangre; otros donan tardes enteras de su existencia.
![[Img #92467]](https://canarias-semanal.org/upload/images/06_2026/3492_horas-no-pagadas-ok.jpg)
Y lo hacen sin esperar reconocimiento alguno. Porque la recompensa es mucho más elevada: frases motivadoras como "todos debemos arrimar el hombro", "la empresa es una familia" o el inolvidable "ya compensaremos esas horas más adelante", expresión que comparte categoría científica con el monstruo del lago Ness y los unicornios.
Lo más admirable es que este fenómeno ocurre mientras la productividad continúa aumentando y muchos grandes grupos empresariales presentan beneficios multimillonarios. Pero sería muy simplista establecer alguna relación entre ambas circunstancias. Después de todo, ¿quién no ha pensado alguna vez que el verdadero obstáculo para incrementar los beneficios empresariales era que los trabajadores cobraran por todas las horas que trabajaban?
Las autoridades, por su parte, mantienen una actitud de exquisita prudencia. Porque perseguir de forma contundente las horas extraordinarias no remuneradas podría provocar efectos devastadores. Algunas empresas quizá tendrían que contratar más personal. O reorganizar turnos. O ,incluso, pagar conforme establece la legislación laboral. Un escenario claramente apocalíptico para la estabilidad económica del país.
Sin embargo, el fenómeno tiene consecuencias bastante menos cómicas para quienes lo sufren. Cada hora extra no pagada es tiempo robado al descanso, a la familia, a la formación o, simplemente, al derecho elemental de poder tocarme los cataplines cuando me plazca.
Cuando millones de horas desaparecen sin remuneración, no estamos ante casos aislados ni ante trabajadores especialmente vocacionales. Estamos ante un problema social de grandes dimensiones.
Además, estas prácticas generan un efecto perverso sobre el conjunto del mercado laboral. Si una empresa obtiene gratuitamente el equivalente a miles de jornadas laborales, ¿qué incentivo tiene para contratar nuevos trabajadores? Cada hora extra no pagada no solo perjudica a quien la realiza; también reduce oportunidades de empleo y contribuye a normalizar la precariedad como si fuera una característica inevitable del mundo moderno.
La paradoja alcanza niveles de auténtico virtuosismo cuando quienes reclaman el pago de esas horas son acusados de falta de implicación o escasa cultura del esfuerzo. Es fascinante comprobar cómo exigir el cumplimiento de la ley puede convertirse, en determinados entornos, en una prueba de egoísmo. Al parecer, trabajar gratis es espíritu de equipo; querer cobrar por el trabajo realizado es radicalismo económico.
Nos han repetido durante décadas que el trabajo dignifica. Y probablemente sea cierto. Lo que resulta más difícil de entender es por qué la dignidad parece aumentar proporcionalmente a medida que disminuye la remuneración. Bajo esa lógica, el ideal del trabajador perfecto sería alguien que acudiera feliz a su puesto, produjera beneficios extraordinarios y regresara a casa alimentándose exclusivamente de satisfacción moral.
Pero existe un pequeño inconveniente: la satisfacción moral no paga el alquiler. Tampoco llena la nevera ni cubre la factura de la electricidad. Los aplausos empresariales no sustituyen al salario, igual que el reconocimiento verbal no reemplaza los derechos laborales.
Quizá haya llegado el momento de abandonar esta peculiar tradición nacional según la cual "trabajar de gratis" constituye una muestra admirable de nuestra profesionalidad. Tal vez la verdadera modernidad no consista en encontrar maneras cada vez más sofisticadas de obtener trabajo sin pagarlo, sino en construir una sociedad donde el tiempo y el esfuerzo de las personas sean respetados.
Porque una economía saludable no debería depender de que cientos de miles de trabajadores regalen silenciosamente parte de sus vidas. Y porque, por mucho que algunos intenten convencernos de lo contrario, cobrar por el trabajo realizado no es una extravagancia revolucionaria. Es, simplemente, justicia.
CARLOS SERNA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
España puede presumir de muchas tradiciones. La siesta, la
tortilla de patatas, las discusiones sobre fútbol y, cada vez con mayor éxito, el noble arte de trabajar gratis.
Porque mientras algunos países invierten en inteligencia artificial o en energías renovables, España ha perfeccionado una innovación empresarial revolucionaria: conseguir que cientos de miles de personas trabajen más horas sin cobrarlas.
Según datos de la Encuesta de Población Activa, en España se realizan alrededor de 2,6 millones de horas extraordinarias no remuneradas cada semana.
O dicho de otra forma: cada siete días desaparece el equivalente a decenas de miles de empleos a tiempo completo. Pero sería injusto calificar esto de explotación. Explotación es una palabra fea. Mucho mejor sería llamarlo "compromiso con los objetivos corporativos".
![[Img #92464]](https://canarias-semanal.org/upload/images/06_2026/1018_gasti-horas.jpg)
Resulta realmente conmovedor contemplar la generosidad de tantos trabajadores españoles. En una sociedad donde todo parece mercantilizado, aún quedan miles y miles personas dispuestas a regalar su tiempo, su energía y parte de su vida para que las cuentas de resultados de sus respectivas empresas luzcan más saludables. Hay quien dona sangre; otros donan tardes enteras de su existencia.
![[Img #92467]](https://canarias-semanal.org/upload/images/06_2026/3492_horas-no-pagadas-ok.jpg)
Y lo hacen sin esperar reconocimiento alguno. Porque la recompensa es mucho más elevada: frases motivadoras como "todos debemos arrimar el hombro", "la empresa es una familia" o el inolvidable "ya compensaremos esas horas más adelante", expresión que comparte categoría científica con el monstruo del lago Ness y los unicornios.
Lo más admirable es que este fenómeno ocurre mientras la productividad continúa aumentando y muchos grandes grupos empresariales presentan beneficios multimillonarios. Pero sería muy simplista establecer alguna relación entre ambas circunstancias. Después de todo, ¿quién no ha pensado alguna vez que el verdadero obstáculo para incrementar los beneficios empresariales era que los trabajadores cobraran por todas las horas que trabajaban?
Las autoridades, por su parte, mantienen una actitud de exquisita prudencia. Porque perseguir de forma contundente las horas extraordinarias no remuneradas podría provocar efectos devastadores. Algunas empresas quizá tendrían que contratar más personal. O reorganizar turnos. O ,incluso, pagar conforme establece la legislación laboral. Un escenario claramente apocalíptico para la estabilidad económica del país.
Sin embargo, el fenómeno tiene consecuencias bastante menos cómicas para quienes lo sufren. Cada hora extra no pagada es tiempo robado al descanso, a la familia, a la formación o, simplemente, al derecho elemental de poder tocarme los cataplines cuando me plazca.
Cuando millones de horas desaparecen sin remuneración, no estamos ante casos aislados ni ante trabajadores especialmente vocacionales. Estamos ante un problema social de grandes dimensiones.
Además, estas prácticas generan un efecto perverso sobre el conjunto del mercado laboral. Si una empresa obtiene gratuitamente el equivalente a miles de jornadas laborales, ¿qué incentivo tiene para contratar nuevos trabajadores? Cada hora extra no pagada no solo perjudica a quien la realiza; también reduce oportunidades de empleo y contribuye a normalizar la precariedad como si fuera una característica inevitable del mundo moderno.
La paradoja alcanza niveles de auténtico virtuosismo cuando quienes reclaman el pago de esas horas son acusados de falta de implicación o escasa cultura del esfuerzo. Es fascinante comprobar cómo exigir el cumplimiento de la ley puede convertirse, en determinados entornos, en una prueba de egoísmo. Al parecer, trabajar gratis es espíritu de equipo; querer cobrar por el trabajo realizado es radicalismo económico.
Nos han repetido durante décadas que el trabajo dignifica. Y probablemente sea cierto. Lo que resulta más difícil de entender es por qué la dignidad parece aumentar proporcionalmente a medida que disminuye la remuneración. Bajo esa lógica, el ideal del trabajador perfecto sería alguien que acudiera feliz a su puesto, produjera beneficios extraordinarios y regresara a casa alimentándose exclusivamente de satisfacción moral.
Pero existe un pequeño inconveniente: la satisfacción moral no paga el alquiler. Tampoco llena la nevera ni cubre la factura de la electricidad. Los aplausos empresariales no sustituyen al salario, igual que el reconocimiento verbal no reemplaza los derechos laborales.
Quizá haya llegado el momento de abandonar esta peculiar tradición nacional según la cual "trabajar de gratis" constituye una muestra admirable de nuestra profesionalidad. Tal vez la verdadera modernidad no consista en encontrar maneras cada vez más sofisticadas de obtener trabajo sin pagarlo, sino en construir una sociedad donde el tiempo y el esfuerzo de las personas sean respetados.
Porque una economía saludable no debería depender de que cientos de miles de trabajadores regalen silenciosamente parte de sus vidas. Y porque, por mucho que algunos intenten convencernos de lo contrario, cobrar por el trabajo realizado no es una extravagancia revolucionaria. Es, simplemente, justicia.






























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