"TANTEO INTERIMPERIAL": EL VICEPRESIDENTE DEL CONSEJO DE SEGURIDAD RECUERDA QUE EL BOTÓN NUCLEAR EXISTE
Medvédev recuerda que el botón nuclear existe y explica que «Rusia tiene derecho a responder ante una amenaza vital contra su soberanía»
Dmitri Medvédev ha advertido que el empleo de armas nucleares por Rusia no es una simple amenaza retórica, sino una posibilidad contemplada por su doctrina militar. Sus declaraciones pretenden establecer una línea roja frente a la creciente implicación occidental en Ucrania y recuerdan hasta dónde podría conducir la actual escalada.
POR MÁXIMO RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
La guerra de Ucrania lleva años siendo mucho más que un enfrentamiento entre dos países. Rusia combate directamente contra el Estado ucraniano, mientras Estados Unidos y las principales potencias europeas proporcionan a Kiev armas, financiación, inteligencia y respaldo político.
Esa situación ha creado una contradicción interimperial extremadamente peligrosa: las grandes potencias nucleares procuran evitar un enfrentamiento militar directo, pero al mismo tiempo amplían progresivamente los límites de su participación en el conflicto. Es en ese contexto donde deben entenderse las nuevas declaraciones de Dmitri Medvédev.
El vicepresidente del Consejo de Seguridad ruso quiso dejar claro que las reiteradas referencias de Moscú al arsenal atómico no deben interpretarse simplemente como propaganda.
«Todos deben entender que las armas nucleares pueden utilizarse en casos concretos», afirmó, añadiendo que «esto no se trata de una amenaza aterradora, sino de una realidad».
La entrevista original de Vedomosti confirma el sentido esencial de esas palabras. Ante una pregunta sobre si sus frecuentes referencias a las armas nucleares podían terminar devaluando esa amenaza, Medvédev respondió tajantemente que no estaba haciendo simples insinuaciones: remitió directamente a la doctrina nuclear oficial rusa. Ese detalle es importante.
Medvédev no dijo que Rusia fuera a utilizar mañana una bomba atómica en Ucrania. Pero recordó que el empleo del arsenal nuclear forma parte de las opciones previstas por la política de seguridad del Estado ruso cuando determinadas amenazas alcanzan un nivel considerado existencial.
La doctrina aprobada por Vladímir Putin en noviembre de 2024 amplió precisamente las circunstancias contempladas por Moscú. Entre ellas figura una agresión realizada por un Estado sin armas nucleares, pero respaldado por una potencia nuclear. También extendió expresamente determinadas garantías de seguridad a Bielorrusia. El documento establece, además, que la decisión última corresponde al presidente ruso.
En cualquier caso, Medvédev lo expresó de forma todavía más directa:
«Rusia tiene derecho a responder ante una amenaza vital contra su soberanía», aunque señala que la decisión final corresponde al presidente.
El dirigente ruso insistió igualmente en que la utilización de armamento nuclear sería un último recurso, cuando los demás instrumentos hubieran dejado de resultar efectivos.
Pero sus palabras más graves aparecen cuando relaciona esta doctrina con acontecimientos concretos de la guerra. Medvédev mencionó, por ejemplo, la incursión ucraniana en Kursk, los ataques relacionados con la central nuclear de Zaporiyia y los bombardeos sobre territorio ruso.
Según él, esos acontecimientos pueden terminar provocando una Tercera Guerra Mundial. Y lleva después el razonamiento hasta sus últimas consecuencias:
Rusia posee capacidad militar suficiente para destruir Kiev y objetivos fundamentales de la OTAN, pero semejante acción representaría un «punto de no retorno» para todo el planeta.
La importancia de estas declaraciones está precisamente en esa contradicción.
Las armas nucleares sirven fundamentalmente mientras no se utilizan. Su principal función consiste en convencer al adversario de que determinados límites no pueden atravesarse sin exponerse a consecuencias insoportables. En este "tanteo interimperial" Moscú intenta, por tanto, establecer claramente esos límites mientras Washington y las potencias europeas tratan de comprobar hasta dónde pueden incrementar su apoyo militar a Ucrania sin provocar una respuesta directa y fulminante rusa. se trata de una partida extraordinariamente peligrosa entre países que, regidos por el mismo sistema socioeconómico, se están disputando espacios geopolíticos para blindar sus respectivas hegemonías.
Cada escalón parece pequeño considerado aisladamente: primero determinados tipos de armas, después sistemas de mayor alcance, posteriormente autorización para atacar objetivos más alejados y finalmente una implicación cada vez mayor de los sistemas de inteligencia, comunicaciones y planificación militar occidentales. Pero la acumulación de pequeños pasos puede acabar modificando cualitativamente el conflicto.
En este caso, el destinatario principal del mensaje de Medvedev no parece haber sido la población rusa ni tampoco Ucrania. Son las élites políticas y militares de las potencias de la OTAN. Moscú les está diciendo que existe una frontera a partir de la cual dejaría de considerar la guerra como un conflicto limitado y comenzaría a interpretarla como una amenaza directa contra la supervivencia del Estado ruso.
Obviamente, esto forma también parte de la guerra psicológica. Rusia pretende aumentar para sus adversarios el coste político de cada nueva decisión militar. Pero sería un error concluir por ello que todo ha sido un farol. La disuasión nuclear funciona precisamente mezclando capacidad militar real, incertidumbre y voluntad política.
Existe además una dimensión más profunda. Las grandes potencias capitalistas, y en el mundo de nuestros días todas ellas obedecen a esa naturaleza, no actúan movidas por las características personales de sus gobernantes. Compiten por territorios estratégicos, mercados, recursos naturales, rutas comerciales, áreas de influencia, tecnología y capacidad para determinar las reglas internacionales. Cuando esas rivalidades dejan de poder resolverse mediante acuerdos diplomáticos, presión económica o sanciones, aparece nuevamente la fuerza militar como instrumento de política.
Por eso el peligro nuclear no procede simplemente de que determinados dirigentes empleen un lenguaje agresivo. Surge de una estructura internacional en la que potencias dotadas de enormes arsenales militares defienden intereses enfrentados y disponen de medios suficientes para destruirse mutuamente.
Medvédev ha puesto palabras brutales a esa realidad. La intervención de Medvédev puede considerarse como una advertencia, una maniobra de presión o ambas cosas simultáneamente. Pero el significado esencial permanece: Moscú quiere que sus competidores geopolíticos de Occidente crean que existe un límite que Rusia no permitirá cruzar.
El problema es que nadie puede saber con absoluta precisión dónde está esa línea roja hasta que alguien la cruza. Y cuando quienes se enfrentan disponen de arsenales nucleares capaces de provocar una catástrofe irreversible, poner a prueba esos límites mediante una sucesión de provocaciones, respuestas y nuevas escaladas constituye una de las formas más temerarias de hacer política.
No resulta exagerado pensar que nos encontramos ante uno de los momentos más peligrosos desde el final de la Segunda Guerra Mundial, quizá incluso más inquietante que algunos de los episodios más tensos de la Guerra Fría. Sin embargo, existe una diferencia especialmente alarmante: entonces, frente al riesgo de una destrucción nuclear, surgieron poderosos movimientos por la paz que fueron capaces de movilizar a muchos millones de personas y de convertir el rechazo a la guerra en una fuerza política y social de primer orden.
Hoy, cuando vuelve a hablarse con inquietante normalidad de armas nucleares y de confrontación directa entre grandes potencias, ese movimiento aparece extraordinariamente debilitado, fragmentado y desasistido, precisamente cuando más necesario sería.
Preguntarnos y respondernos por los factores que están determinando esa desmovilización generalizada no es una cuestión secundaria, sino una tarea política de primer orden. Porque si la amenaza de una guerra de consecuencias incalculables vuelve a instalarse en el horizonte, también debería volver a ocupar un lugar central la capacidad de las sociedades para organizarse, movilizarse, exigir e imponer que la paz deje de ser una consigna vacía y se convierta de nuevo en una fuerza material capaz de frenar la escalada.
POR MÁXIMO RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
La guerra de Ucrania lleva años siendo mucho más que un enfrentamiento entre dos países. Rusia combate directamente contra el Estado ucraniano, mientras Estados Unidos y las principales potencias europeas proporcionan a Kiev armas, financiación, inteligencia y respaldo político.
Esa situación ha creado una contradicción interimperial extremadamente peligrosa: las grandes potencias nucleares procuran evitar un enfrentamiento militar directo, pero al mismo tiempo amplían progresivamente los límites de su participación en el conflicto. Es en ese contexto donde deben entenderse las nuevas declaraciones de Dmitri Medvédev.
El vicepresidente del Consejo de Seguridad ruso quiso dejar claro que las reiteradas referencias de Moscú al arsenal atómico no deben interpretarse simplemente como propaganda.
«Todos deben entender que las armas nucleares pueden utilizarse en casos concretos», afirmó, añadiendo que «esto no se trata de una amenaza aterradora, sino de una realidad».
La entrevista original de Vedomosti confirma el sentido esencial de esas palabras. Ante una pregunta sobre si sus frecuentes referencias a las armas nucleares podían terminar devaluando esa amenaza, Medvédev respondió tajantemente que no estaba haciendo simples insinuaciones: remitió directamente a la doctrina nuclear oficial rusa. Ese detalle es importante.
Medvédev no dijo que Rusia fuera a utilizar mañana una bomba atómica en Ucrania. Pero recordó que el empleo del arsenal nuclear forma parte de las opciones previstas por la política de seguridad del Estado ruso cuando determinadas amenazas alcanzan un nivel considerado existencial.
La doctrina aprobada por Vladímir Putin en noviembre de 2024 amplió precisamente las circunstancias contempladas por Moscú. Entre ellas figura una agresión realizada por un Estado sin armas nucleares, pero respaldado por una potencia nuclear. También extendió expresamente determinadas garantías de seguridad a Bielorrusia. El documento establece, además, que la decisión última corresponde al presidente ruso.
En cualquier caso, Medvédev lo expresó de forma todavía más directa:
«Rusia tiene derecho a responder ante una amenaza vital contra su soberanía», aunque señala que la decisión final corresponde al presidente.
El dirigente ruso insistió igualmente en que la utilización de armamento nuclear sería un último recurso, cuando los demás instrumentos hubieran dejado de resultar efectivos.
Pero sus palabras más graves aparecen cuando relaciona esta doctrina con acontecimientos concretos de la guerra. Medvédev mencionó, por ejemplo, la incursión ucraniana en Kursk, los ataques relacionados con la central nuclear de Zaporiyia y los bombardeos sobre territorio ruso.
Según él, esos acontecimientos pueden terminar provocando una Tercera Guerra Mundial. Y lleva después el razonamiento hasta sus últimas consecuencias:
Rusia posee capacidad militar suficiente para destruir Kiev y objetivos fundamentales de la OTAN, pero semejante acción representaría un «punto de no retorno» para todo el planeta.
La importancia de estas declaraciones está precisamente en esa contradicción.
Las armas nucleares sirven fundamentalmente mientras no se utilizan. Su principal función consiste en convencer al adversario de que determinados límites no pueden atravesarse sin exponerse a consecuencias insoportables. En este "tanteo interimperial" Moscú intenta, por tanto, establecer claramente esos límites mientras Washington y las potencias europeas tratan de comprobar hasta dónde pueden incrementar su apoyo militar a Ucrania sin provocar una respuesta directa y fulminante rusa. se trata de una partida extraordinariamente peligrosa entre países que, regidos por el mismo sistema socioeconómico, se están disputando espacios geopolíticos para blindar sus respectivas hegemonías.
Cada escalón parece pequeño considerado aisladamente: primero determinados tipos de armas, después sistemas de mayor alcance, posteriormente autorización para atacar objetivos más alejados y finalmente una implicación cada vez mayor de los sistemas de inteligencia, comunicaciones y planificación militar occidentales. Pero la acumulación de pequeños pasos puede acabar modificando cualitativamente el conflicto.
En este caso, el destinatario principal del mensaje de Medvedev no parece haber sido la población rusa ni tampoco Ucrania. Son las élites políticas y militares de las potencias de la OTAN. Moscú les está diciendo que existe una frontera a partir de la cual dejaría de considerar la guerra como un conflicto limitado y comenzaría a interpretarla como una amenaza directa contra la supervivencia del Estado ruso.
Obviamente, esto forma también parte de la guerra psicológica. Rusia pretende aumentar para sus adversarios el coste político de cada nueva decisión militar. Pero sería un error concluir por ello que todo ha sido un farol. La disuasión nuclear funciona precisamente mezclando capacidad militar real, incertidumbre y voluntad política.
Existe además una dimensión más profunda. Las grandes potencias capitalistas, y en el mundo de nuestros días todas ellas obedecen a esa naturaleza, no actúan movidas por las características personales de sus gobernantes. Compiten por territorios estratégicos, mercados, recursos naturales, rutas comerciales, áreas de influencia, tecnología y capacidad para determinar las reglas internacionales. Cuando esas rivalidades dejan de poder resolverse mediante acuerdos diplomáticos, presión económica o sanciones, aparece nuevamente la fuerza militar como instrumento de política.
Por eso el peligro nuclear no procede simplemente de que determinados dirigentes empleen un lenguaje agresivo. Surge de una estructura internacional en la que potencias dotadas de enormes arsenales militares defienden intereses enfrentados y disponen de medios suficientes para destruirse mutuamente.
Medvédev ha puesto palabras brutales a esa realidad. La intervención de Medvédev puede considerarse como una advertencia, una maniobra de presión o ambas cosas simultáneamente. Pero el significado esencial permanece: Moscú quiere que sus competidores geopolíticos de Occidente crean que existe un límite que Rusia no permitirá cruzar.
El problema es que nadie puede saber con absoluta precisión dónde está esa línea roja hasta que alguien la cruza. Y cuando quienes se enfrentan disponen de arsenales nucleares capaces de provocar una catástrofe irreversible, poner a prueba esos límites mediante una sucesión de provocaciones, respuestas y nuevas escaladas constituye una de las formas más temerarias de hacer política.
No resulta exagerado pensar que nos encontramos ante uno de los momentos más peligrosos desde el final de la Segunda Guerra Mundial, quizá incluso más inquietante que algunos de los episodios más tensos de la Guerra Fría. Sin embargo, existe una diferencia especialmente alarmante: entonces, frente al riesgo de una destrucción nuclear, surgieron poderosos movimientos por la paz que fueron capaces de movilizar a muchos millones de personas y de convertir el rechazo a la guerra en una fuerza política y social de primer orden.
Hoy, cuando vuelve a hablarse con inquietante normalidad de armas nucleares y de confrontación directa entre grandes potencias, ese movimiento aparece extraordinariamente debilitado, fragmentado y desasistido, precisamente cuando más necesario sería.
Preguntarnos y respondernos por los factores que están determinando esa desmovilización generalizada no es una cuestión secundaria, sino una tarea política de primer orden. Porque si la amenaza de una guerra de consecuencias incalculables vuelve a instalarse en el horizonte, también debería volver a ocupar un lugar central la capacidad de las sociedades para organizarse, movilizarse, exigir e imponer que la paz deje de ser una consigna vacía y se convierta de nuevo en una fuerza material capaz de frenar la escalada.




























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