EL 23F "DESCLASIFICADO": MUCHO RUIDO Y POCAS VERDADES
¿Qué se oculta tras una desclasificación que no dice nada?
La esperada desclasificación de documentos sobre el 23F, que prometía arrojar luz sobre uno de los episodios más oscuros de la historia reciente de España, ha terminado siendo como anunciábamos ayer, UN TONGO. Sin embargo, lo publicado hasta ahora, propios de revistas rosas de papel cuché, nos abre un nuevo interrogante: ¿A qué ha venido todo esto?
POR MÁXIMO RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Hay momentos en los que un país cree estar a punto de enfrentarse, por fin, a su propia sombra.
El anuncio de la desclasificación de documentos secretos sobre el 23 de febrero de 1981 generó precisamente esa sensación. Durante semanas se habló de papeles ocultos, de informes silenciados, de conversaciones nunca reveladas. Parecía que, más de cuarenta años después, íbamos a entender qué ocurrió realmente aquella noche en la que un grupo de guardias civiles, encabezados por Antonio Tejero, irrumpió en el Congreso al grito de “¡Quieto todo el mundo!”.
Sin embargo, lo que hoy hemos podido leer dista mucho de esa promesa. En lugar de documentos capaces de iluminar los engranajes profundos del golpe, lo que se ha difundido parece una crónica doméstica, casi sentimental. Conversaciones privadas, lamentos familiares, detalles irrelevantes. Como si el mayor sobresalto político de aquella balbuceante democracia española que ni siquiera se había atrevido a preguntarle a su pueblo si deseaba una República o una Monarquía se redujera a una escena de salón.
La sensación que queda es clara: la expectación era enorme; el resultado, decepcionante. Y eso obliga a hacerse una pregunta incómoda: ¿qué era lo que se pretendía realmente con la anunciada "desclasificación"?
EL 23F MÁS ALLÁ DEL MITO
La operación militar del 23F no fue un simple episodio de una locura aislada. Numerosos estudios históricos han demostrado que se trató de una operación compleja, con varias líneas
de actuación y distintos protagonistas. Un de los libros del coronel Amadeo Martínez Inglés mantiene que España estuvo al borde de una nueva guerra civil. En su libro "La conjura de mayo", describe un entramado de conspiraciones militares, contactos políticos y proyectos alternativos de poder que iban mucho más allá de la imagen de un teniente coronel exaltado que actuó por su cuenta.
Según esa investigación, el 23F fue solo una pieza dentro de un proceso más amplio de presión e involución, donde sectores del aparato militar no aceptaban el rumbo político abierto tras la muerte de Franco. No se trataba únicamente de frenar una investidura parlamentaria, sino de actuar como contenedor de las reivindicaciones sociales que se planteaban en la calle y reconducir el sistema hacia un modelo más autoritario.
En ese contexto, reducir el golpe a una anécdota familiar o a un arrebato personal, como se ha tratado de presentar con la documentación dada a conocer ahora, no es inocente. Es una burla a la inteligencia y el trabajo de los numerosos investigadores e historiadores que a lo largo de las últimas décadas contra el viento y marea de los silencios burocráticos ha abierto importantes brechas en los muros del secretismo oficial. Es una forma de simplificar la historia hasta vaciarla de contenido político.
FERNÁNDEZ CAMPO: UN TESTIMONIO INCÓMODO
Entre los documentos más reveladores que circulan desde hace años destaca el testimonio del teniente general Sabino
Fernández Campo, ex jefe de la Casa del Rey en 1981. Aquel que de manera clarividente aseguró que la mejor manera de hacerse republicano era trabajar con la Casa Real. Su relato sobre lo ocurrido aquella noche en el Palacio de la Zarzuela ofrece una visión mucho más compleja.
Fernández Campo describe las conversaciones con el rey Juan Carlos, las dudas, los movimientos, las llamadas. No es una narración épica ni mitológica. Es un testimonio humano, lleno de matices, que muestra que la situación estuvo lejos de ser una escena clara donde un monarca salva, sin fisuras, la democracia.
“La transparencia que no revela nada termina generando más sospechas”
Su famoso “ni está ni se le espera”, pronunciado en referencia al general Armada, ha sido repetido como prueba de la lealtad institucional del entorno real. Pero cuando se leen los detalles, se percibe un ambiente de tensiones, maniobras y ambigüedades que no encajan en absoluto con el relato oficial construido durante décadas.
Ese documento, por su densidad política, debería haber sido el eje de cualquier desclasificación seria. Sin embargo, lo que se ha difundido ahora parece ir en la dirección contraria: tratar de banalizarlo todo.
DE LA HISTORIA A LA ANÉCDOTA
La publicación de "documentos clasificados" con conversaciones triviales, comentarios privados sin relevancia, convierte un episodio decisivo en una suerte de relato costumbrista. Es como si, en lugar de analizar las causas profundas de aquella peligrosa crisis, se nos invitara a compadecernos de la soledad de los golpistas o de las angustias de sus familias.
Cuando la historia se convierte en anécdota, pierde su filo crítico. Y eso tiene consecuencias. Porque el 23F no fue solo un susto pasajero; fue el síntoma de una transición marcada por equilibrios frágiles entre viejas estructuras de poder y nuevas formas políticas que no intentaban cambiaban lo esencial del aparato del Estado heredado de la dictadura.
Diversos análisis críticos, o en estudios sobre la transición española disponibles en una gran cantidad de libros y revistas sólidamente acreditados, han insistido machaconamente en que aquella transición no fue una ruptura, sino un proceso de pactos y continuidades. Que lejos de haber sido una transición fue una simple transacción entre quienes se pretendían repartir en el futuro la bicoca de la administración del aparato del Estado.
LA PREGUNTA DE FONDO: OBJETIVO: ¿LAVAR LA FIGURA DEL REY?, ¿ECHARLE UNA MANO A LA MONARQUÍA?
Aquí surge el enigma. Si los documentos realmente comprometedores nos han sido hurtados y continúan clasificados, si lo que se publica es intrascendente, ¿qué objetivo es el que se persigue?
Una hipótesis plausible es que la desclasificación haya servido, más que para aclarar, para reafirmar un relato: el del rey salvador. En un momento histórico donde la Monarquía atraviesa una profunda crisis de legitimidad, rescatar la imagen de Juan Carlos como garante de la democracia podría resultar políticamente útil.
Pero si esa fuera realmente la intención, el efecto puede ser el contrario. Porque cuando una operación de transparencia termina ofreciendo papeles irrelevantes, la sospecha no hace más que aumentar. El ciudadano se pregunta cuál es la razón por la que esa documentación continúa bajo el cerrojazo clasificatorio.
En toda sociedad, las instituciones buscan preservar su continuidad. La gestión del pasado forma parte de esa estrategia. Controlar qué documentos se publican, cómo se interpretan y en qué contexto se presentan es una forma de moldear la memoria colectiva.
EL 23F COMO ESPEJO DEL PRESENTE
La decepción actual no es solo historiográfica. Es política. El modo en que se administra el pasado revela cómo se está
concibiendo el presente.
Si un acontecimiento tan decisivo como el 23F se reduce a un relato superficial, se está enviando un mensaje: las estructuras profundas del poder no están en discusión. Se puede hablar de emociones, de anécdotas, de detalles secundarios, pero no de responsabilidades políticas más amplias.
El 23F sigue siendo un espejo incómodo. Se trata de recordarnos que la democracia española nació rodeada de presiones militares, de pactos silenciosos y de equilibrios precarios. Y quizá por eso continúa siendo un tema delicado.
LA HISTORIA QUE NO QUIERE SER CONTADA
Lo que se esperaba era claridad. Lo que se ha recibido es humo. Y cuando la transparencia promete revelar y termina ocultando, la desconfianza no hace más que crecer.
El 23F no necesita dramatizaciones sentimentales. Necesita análisis serio, acceso completo a los archivos y debate público honesto. Solo así podrá dejar de ser un mito útil para convertirse en una lección histórica.
Porque, al final, la pregunta sigue flotando en el aire: ¿a qué ha venido ahora todo esto?
POR MÁXIMO RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Hay momentos en los que un país cree estar a punto de enfrentarse, por fin, a su propia sombra.
El anuncio de la desclasificación de documentos secretos sobre el 23 de febrero de 1981 generó precisamente esa sensación. Durante semanas se habló de papeles ocultos, de informes silenciados, de conversaciones nunca reveladas. Parecía que, más de cuarenta años después, íbamos a entender qué ocurrió realmente aquella noche en la que un grupo de guardias civiles, encabezados por Antonio Tejero, irrumpió en el Congreso al grito de “¡Quieto todo el mundo!”.
Sin embargo, lo que hoy hemos podido leer dista mucho de esa promesa. En lugar de documentos capaces de iluminar los engranajes profundos del golpe, lo que se ha difundido parece una crónica doméstica, casi sentimental. Conversaciones privadas, lamentos familiares, detalles irrelevantes. Como si el mayor sobresalto político de aquella balbuceante democracia española que ni siquiera se había atrevido a preguntarle a su pueblo si deseaba una República o una Monarquía se redujera a una escena de salón.
La sensación que queda es clara: la expectación era enorme; el resultado, decepcionante. Y eso obliga a hacerse una pregunta incómoda: ¿qué era lo que se pretendía realmente con la anunciada "desclasificación"?
EL 23F MÁS ALLÁ DEL MITO
La operación militar del 23F no fue un simple episodio de una locura aislada. Numerosos estudios históricos han demostrado que se trató de una operación compleja, con varias líneas
de actuación y distintos protagonistas. Un de los libros del coronel Amadeo Martínez Inglés mantiene que España estuvo al borde de una nueva guerra civil. En su libro "La conjura de mayo", describe un entramado de conspiraciones militares, contactos políticos y proyectos alternativos de poder que iban mucho más allá de la imagen de un teniente coronel exaltado que actuó por su cuenta.
Según esa investigación, el 23F fue solo una pieza dentro de un proceso más amplio de presión e involución, donde sectores del aparato militar no aceptaban el rumbo político abierto tras la muerte de Franco. No se trataba únicamente de frenar una investidura parlamentaria, sino de actuar como contenedor de las reivindicaciones sociales que se planteaban en la calle y reconducir el sistema hacia un modelo más autoritario.
En ese contexto, reducir el golpe a una anécdota familiar o a un arrebato personal, como se ha tratado de presentar con la documentación dada a conocer ahora, no es inocente. Es una burla a la inteligencia y el trabajo de los numerosos investigadores e historiadores que a lo largo de las últimas décadas contra el viento y marea de los silencios burocráticos ha abierto importantes brechas en los muros del secretismo oficial. Es una forma de simplificar la historia hasta vaciarla de contenido político.
FERNÁNDEZ CAMPO: UN TESTIMONIO INCÓMODO
Entre los documentos más reveladores que circulan desde hace años destaca el testimonio del teniente general Sabino
Fernández Campo, ex jefe de la Casa del Rey en 1981. Aquel que de manera clarividente aseguró que la mejor manera de hacerse republicano era trabajar con la Casa Real. Su relato sobre lo ocurrido aquella noche en el Palacio de la Zarzuela ofrece una visión mucho más compleja.
Fernández Campo describe las conversaciones con el rey Juan Carlos, las dudas, los movimientos, las llamadas. No es una narración épica ni mitológica. Es un testimonio humano, lleno de matices, que muestra que la situación estuvo lejos de ser una escena clara donde un monarca salva, sin fisuras, la democracia.
“La transparencia que no revela nada termina generando más sospechas”
Su famoso “ni está ni se le espera”, pronunciado en referencia al general Armada, ha sido repetido como prueba de la lealtad institucional del entorno real. Pero cuando se leen los detalles, se percibe un ambiente de tensiones, maniobras y ambigüedades que no encajan en absoluto con el relato oficial construido durante décadas.
Ese documento, por su densidad política, debería haber sido el eje de cualquier desclasificación seria. Sin embargo, lo que se ha difundido ahora parece ir en la dirección contraria: tratar de banalizarlo todo.
DE LA HISTORIA A LA ANÉCDOTA
La publicación de "documentos clasificados" con conversaciones triviales, comentarios privados sin relevancia, convierte un episodio decisivo en una suerte de relato costumbrista. Es como si, en lugar de analizar las causas profundas de aquella peligrosa crisis, se nos invitara a compadecernos de la soledad de los golpistas o de las angustias de sus familias.
Cuando la historia se convierte en anécdota, pierde su filo crítico. Y eso tiene consecuencias. Porque el 23F no fue solo un susto pasajero; fue el síntoma de una transición marcada por equilibrios frágiles entre viejas estructuras de poder y nuevas formas políticas que no intentaban cambiaban lo esencial del aparato del Estado heredado de la dictadura.
Diversos análisis críticos, o en estudios sobre la transición española disponibles en una gran cantidad de libros y revistas sólidamente acreditados, han insistido machaconamente en que aquella transición no fue una ruptura, sino un proceso de pactos y continuidades. Que lejos de haber sido una transición fue una simple transacción entre quienes se pretendían repartir en el futuro la bicoca de la administración del aparato del Estado.
LA PREGUNTA DE FONDO: OBJETIVO: ¿LAVAR LA FIGURA DEL REY?, ¿ECHARLE UNA MANO A LA MONARQUÍA?
Aquí surge el enigma. Si los documentos realmente comprometedores nos han sido hurtados y continúan clasificados, si lo que se publica es intrascendente, ¿qué objetivo es el que se persigue?
Una hipótesis plausible es que la desclasificación haya servido, más que para aclarar, para reafirmar un relato: el del rey salvador. En un momento histórico donde la Monarquía atraviesa una profunda crisis de legitimidad, rescatar la imagen de Juan Carlos como garante de la democracia podría resultar políticamente útil.
Pero si esa fuera realmente la intención, el efecto puede ser el contrario. Porque cuando una operación de transparencia termina ofreciendo papeles irrelevantes, la sospecha no hace más que aumentar. El ciudadano se pregunta cuál es la razón por la que esa documentación continúa bajo el cerrojazo clasificatorio.
En toda sociedad, las instituciones buscan preservar su continuidad. La gestión del pasado forma parte de esa estrategia. Controlar qué documentos se publican, cómo se interpretan y en qué contexto se presentan es una forma de moldear la memoria colectiva.
EL 23F COMO ESPEJO DEL PRESENTE
La decepción actual no es solo historiográfica. Es política. El modo en que se administra el pasado revela cómo se está
concibiendo el presente.
Si un acontecimiento tan decisivo como el 23F se reduce a un relato superficial, se está enviando un mensaje: las estructuras profundas del poder no están en discusión. Se puede hablar de emociones, de anécdotas, de detalles secundarios, pero no de responsabilidades políticas más amplias.
El 23F sigue siendo un espejo incómodo. Se trata de recordarnos que la democracia española nació rodeada de presiones militares, de pactos silenciosos y de equilibrios precarios. Y quizá por eso continúa siendo un tema delicado.
LA HISTORIA QUE NO QUIERE SER CONTADA
Lo que se esperaba era claridad. Lo que se ha recibido es humo. Y cuando la transparencia promete revelar y termina ocultando, la desconfianza no hace más que crecer.
El 23F no necesita dramatizaciones sentimentales. Necesita análisis serio, acceso completo a los archivos y debate público honesto. Solo así podrá dejar de ser un mito útil para convertirse en una lección histórica.
Porque, al final, la pregunta sigue flotando en el aire: ¿a qué ha venido ahora todo esto?































Ramiro | Jueves, 26 de Febrero de 2026 a las 09:29:38 horas
Esto viene a que seguramente el llamado Emérito se estará muriendo, o próximo a morir, y no lo quieren traer de vuelta a España para hacerle unas honras fúnebres acordes con su heroísmo de salvador de la Democracia... Amen.
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