WILLIAN RANDOLF HEARST Y EL IMPERIO DE LA MENTIRA: CÓMO NACIERON LAS FAKE NEWS MODERNAS
Del sensacionalismo impreso a la manipulación de masas: la historia del hombre que entendió antes que nadie el poder de la información
William Randolph Hearst no fue solo uno de los hombres más ricos y poderosos de su tiempo. Fue también el gran arquitecto de una nueva forma de dominación: utilizar la prensa como maquinaria de propaganda , negocio y presión política. Desde la guerra de Cuba hasta sus campañas anticomunistas y sus simpatías autoritarias, Hearst convirtió el periodismo en espectáculo y el miedo en mercancía. Su legado sigue vivo, aunque hoy vista traje digital.
POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Hubo un tiempo en que los periódicos no solo informaban. También declaraban guerras, nombraban villanos internacionales, fabricaban patriotas exprés y distribuían miedo en cómodas entregas matinales. La tinta servía para imprimir noticias, sí, pero también para modelar conciencias, alterar percepciones y, llegado el caso, decorar intereses privados con un barniz de noble preocupación nacional.
Fue en ese escenario donde apareció William Randolph Hearst, un magnate estadounidense, emperador mediático, millonario por herencia y genio empresarial por insistencia. Fue uno de los primeros hombres en comprender que en la comunicación la verdad tiene prestigio, pero la exageración tiene tiradas millonarias.
Hearst, ciertamente, no inventó la mentira. Eso habría sido demasiado trabajo para él. Lo que Hearst hizo fue algo mucho más moderno: industrializarla.
NACER EN CUNA DE ORO Y CONVERTIRLA EN REDACCIÓN
Hearst nació un 26 de abril de 1863, fecha de la que pronto se cumplirán 163 años. Era hijo de George Hearst, magnate de la minería, senador y propietario de periódicos. Algunos niños heredan una bicicleta. Él heredó minas, influencia y la nada desdeñable posibilidad de arruinar el debate público a escala de todos los EEUU.
En 1885, su padre lo puso al frente del San Francisco Daily Examiner. Aquello equivalía a entregar un juguete caro a un joven con energía ilimitada y escaso apego por los límites tradicionales del periodismo.
El muchacho aprendió deprisa una lección esencial: la información rigurosa produce lectores fieles, pero propalar el escándalo produce lectores ansiosos. Y el lector ansioso compra cada mañana, con igual ansia, el periódico de gruesos titulares
EL DESCUBRIMIENTO DE LA PRENSA AMARILLA
Hearst compró más tarde el New York Morning Journal y lo transformó en una suerte de laboratorio de exageración rentable. El método era simple:
- Si había crimen, se engrandecía.
- Si había conflicto, se dramatizaba.
- Si había rumor, se convertía en portada.
- Y si no había nada, siempre quedaba la imaginación.
Así fue como prosperó la llamada prensa amarilla, un género periodístico donde los hechos entraban en las redacciones como materia prima y salían convertidos en espectáculo, listo para ser consumido por millones de lectores.
Hearst pagaba bien por exclusivas, fotografías, testimonios y cualquier material que hiciera jadear al lector. La precisión era deseable. La conmoción, imprescindible. Pronto comprendió algo todavía más importante: no bastaba con informar sobre lo que ocurría. Resultaba mucho más eficaz decidir de antemano qué debía ocurrir en la mente del público.
EL HOMBRE QUE HACÍA DESAYUNAR A UN PAÍS ENTERO
El imperio creció con velocidad admirable. Diarios, revistas, suplementos, radios, productoras cinematográficas, agencias de noticias y, más tarde, televisión. A mediados del siglo XX, millones de personas consumían diariamente contenidos procedentes de sus empresas.
![[Img #91202]](https://canarias-semanal.org/upload/images/04_2026/3948_hearst.jpg)
En algunos momentos, cerca de un tercio de la población adulta estadounidense leía prensa vinculada a Hearst. Dicho de otra manera: si Hearst amanecía indignado, media nación desayunaba indignación. Si amanecía patriota, el café iba a saber a bandera. Si por desventura Hearst amanecía preocupado por la amenaza extranjera, las ventas subían exponencialmente y bajaba la serenidad de una parte nada despreciable del pueblo norteamericano.
IDEOLOGÍA: EL MUNDO SEGÚN HEARST
El pensamiento político de Randolph Hearst no era ideológicamente nada complejo. Mas bien bastante simple. Prefería posiciones claras: conservadurismo duro, nacionalismo sonoro, hostilidad furibunda contra el sindicalismo combativo y una alergia crónica hacia cualquier cosa que sonara u oliera a socialismo.
El matiz nunca fue su fuerte. Entre un análisis económico complejo y un enemigo fácilmente reconocible, él elegía siempre al enemigo. La izquierda, para Hearst, no era una corriente política plural ni una respuesta histórica a desigualdades sociales de la sociedad capitalista. Era una plaga con claro tufo extranjero. Y como todo magnate práctico, supo convertir sus convicciones en línea editorial.
CUANDO HITLER LE ABRIÓ LA PUERTA
En 1934 viajó a Alemania y fue recibido cordialmente por Adolf Hitler in person. No todos los visitantes extranjeros obtenían semejante hospitalidad del caudillo de la nueva Alemania. El régimen nazi entendía a la perfección el valor de los altavoces útiles, y Hearst, por su parte, se apercibía del valor de las relaciones armoniosas cuando el anfitrión es el que controla un Estado entero.
Tras aquel viaje, la orientación de sus medios se endureció aún más contra la Unión Soviética y contra todo lo relacionado con el comunismo. No es que antes hubiera sido indulgente con esa corriente ideológica. Pero podemos decir que, a partir de aquel cordial y nazificante encuentro, pasó de la hostilidad profesional al entusiasmo aplicado.
Ese entusiasmo hitleriano alcanzó tal punto que William Randolph se ofreció a publicar artículos rubricados por Hermann Göring, quien, años después, no solo se convertiría en mariscal del Reich sino también en sucesor oficial del mismísimo Führer.
Pero el experimento propagandístico habia resultado tan descarado que muchos de sus lectores expresaron públicamente sus protestas. En cualquier caso, necesario es precisar que escandalizar a una audiencia acostumbrada a las técnicas periodísticas de Hearst exigía un esfuerzo extraordinario. Pero, hay que reconocer que él lo consiguió.
CÓMO FABRICAR UN MONSTRUO A DISTANCIA
Desde entonces, los periódicos del gran magnate mediático comenzaron a llenarse de relatos sobre la "barbarie soviética": hambre permanente, ejecuciones masivas, esclavitud generalizada, lujo obsceno de los dirigentes y un pueblo entero intentando sobrevivir en medio de penumbras infernales. En versión radiofónica, cualquiera de sus periódicos-soflamas podríamos compararlos hoy con algo parecido a una emisión matutina del programa de Federico Jiménez Losantos.
Naturalmente, la Unión Soviética de aquellos años seguía inmersa en enconadas convulsiones sociales, atravesadas por un choque despiadado entre clases con intereses irreconciliables.
De un lado se encontraban quienes trataban de que no se malograra una experiencia histórica inédita como aquella, levantada sobre los residuos feudales de una Monarquía de secular, ruinas, hambre y asedios. Del otro, terratenientes desafiantes que apostaban por frenarla, desviarla o verla naufragar, antes de que lograra echar raíces.
Aquella tormenta ofrecía, por sí sola, un abundante material para cualquier observador crítico. Pero, incluso ese escenario dramático, a Hearst le parecía insuficiente. Para el magnate mediático, la realidad nunca le bastaba: siempre necesitaba maquillaje, focos y una buena dosis extra de aparatosas truculencias.
De forma que desde la crítica ideológica pasó al manejo de cifras falsificadas, fotografías trucadas y fuera de contexto, testimonios sospechosos y titulares expresamente diseñados para provocar horror y espanto inmediato en millones de sus lectores. Los periódicos de emporio no trataban de entender lo que estaba sucediendo en la URSS. Lo que sin ningún disimulo pretendían era vender la imagen de que aquel país era una angustiosa pesadilla.
UCRANIA: CUANDO LA TRAGEDIA SE CONVIERTE EN NEGOCIO EDITORIAL
Uno de los episodios más célebres fue su campaña sobre la hambruna ucraniana de comienzos de los años treinta. La tragedia existió, efectivamente. El reparto de tierras y la colectivización de la propiedad de las mismas, provocaron una dura contienda social, a la que vino a sumarse una profunda crisis agrícola de origen meteorológico. Pero donde se había producido una tragedia real, Hearst vio además una extraordinaria oportunidad periodística e ideológica.
En febrero de 1935, uno de sus diarios abrió con un titular demoledor:
“6 millones muertos por hambre en la Unión Soviética”.
Aquella cifra estuvo circulando a lo largo de décadas, y fue creciendo exponencialmente según la conveniencia política de cada momento, llegando a convertirse en un arma propagandística recurrente hasta nuestros días. En el universo Hearst, los números no se comprobaban: se movilizaban.
EL CORRESPONSAL QUE NARRABA DESDE UCRANIA… SIN IR A UCRANIA
Y fue en esta circunstancia en la que apareció una auténtica joya histórica del periodismo creativo. Los periódicos de Hearst publicaron dramáticos reportajes firmados por un supuesto aventurero llamado Thomas Walker. Walker, que en sus reportajes describía pueblos vacíos, montañas de cadáveres en las cunetas, niños famélicos, madres desesperadas, canibalismo y campos convertidos en cementerios agrícolas.
Escribía con tal detalle que uno podía imaginar a aquel hombre, redactando sin parar, entre lágrimas, congeladas ventiscas y música de violonchelo. Solo que había un pequeño problema que terminaría descubriéndose. Investigaciones posteriores revelaron que el tal Thomas Walker nunca había estado en Ucrania. Ni siquiera había recorrido seriamente la Unión Soviética. Pasó unos pocos días en Moscú y salió del país. Nada de travesías heroicas por aldeas devastadas. Nada de expediciones clandestinas. Nada de botas cubiertas de hielo y barro.
Pero aún quedaba el mejor giro argumental. El tal Walker se llamaba realmente Robert Green, fugitivo de una prisión estatal de Colorado. Hearst había elevado a un preso escapado a la categoría de experto internacional en catástrofes agrarias soviéticas. No todos los medios eran capaces de conseguir un logro de tamaña envergadura. Para ello, sin duda, hacía falta talento, mucho talento.
FOTOGRAFÍAS EXCLUSIVAS… DE OTRA ÉPOCA
Para reforzar aquellas crónicas del supuesto reportero, la prensa de Hearst publicó imágenes espeluznantes del hambre extrema. Las fotografías impactaban realmente. Pero también se les descubrió otro pequeño defecto: muchas de aquellas instantáneas no correspondían ni momento ni al lugar descritos. Procedían de hambrunas anteriores y de contextos geográficos kilométricamente distintos.
Traducido al lenguaje contemporáneo: vendría a ser algo así como ilustrar una crisis actual con imágenes de hace treinta años y confiar, de paso, que el público no osara ampliar la pantalla. En cualquier caso, hay que decir que durante cierto tiempo el fraude funcionó. Y funcionó bastante bien. La emoción viaja siempre mucho más rápido que la verificación.
Y LOS REPORTAJES INCÓMODOS, ¿DÓNDE FUERON?
Mientras el falso Walker enviaba sus epopeyas imaginarias, otros corresponsales reales informaban de mejoras agrícolas parciales y recuperación en algunas zonas. ¿Qué hizo el imperio Hearst con esos materiales? Lo mismo que suelen hacer muchos aparatos de propaganda con las noticias inoportunas: las depositó en el elegante cementerio del silencio editorial. Porque una cosa es informar y otra muy distinta es arruinar una campaña cuidadosamente diseñada.
EL ANTICOMUNISMO COMO MODELO DE NEGOCIO
Hearst comprendió algo esencial antes que muchos competidores: el miedo vende.
- Vende más que la calma.
- Más que la complejidad.
- Más que los matices.
Y muchísimo más que admitir incertidumbres. El comunismo fue para él un producto narrativo perfecto: lejano, amenazante, difícil de comprender para el lector medio y lo bastante abstracto como para rellenarlo con cualquier pesadilla. Si una huelga estallaba, había mano roja. Si subían impuestos, conspiración roja. Si un profesor enseñaba sociología, probablemente era también rojo. Con un enemigo de este talante, nunca faltaban los espectaculares titulares.
NO SOLO INFORMABA: PRESIONABA
El poder de Hearst no residía únicamente en vender periódicos. También influía en campañas políticas, debates públicos y climas de opinión. Sus medios podían elevar reputaciones, arruinar carreras o instalar temas durante semanas. Muchos políticos le temían, ciertamente. Pero otros lo cortejaban y algunos hasta llegaban a practicar ambas cosas a la vez. Porque el magnate de las rotativas no era realmente un editor con opiniones. Era un sistema de presión con imprenta.
LA EXTRAÑA MAGIA DE LA "OBJETIVIDAD MILITANTE"
Como todo gran propagandista moderno, Hearst no presentaba su línea como propaganda. La ofrecía como si se tratara de mero sentido común, patriotismo y defensa de la civilización. Y justo es reconocer que pese al tiempo transcurrido desde entonces, ese truco ha envejecido extraordinariamente bien. El sesgo propio siempre se anuncia como equilibrio. La agenda propia siempre se la llama interés nacional. La campaña propia siempre es presentada como preocupación ciudadana.
Y de esa forma se logra que millones de lectores crean estar leyendo hechos desnudos, cuando en realidad se encuentran consumiendo hechos vestidos por un eficaz sastre ideológico.
MUERE EL HOMBRE, QUEDA EL MÉTODO
Hearst murió en 1951 en Beverly Hills, rodeado de lujo, propiedades y probablemente varias personas entrenadas para asentir con solemnidad. Se fue el personaje. Pero permaneció su estructura mental. Su receta continuó vigente y disponible: concentrar medios, simplificar enemigos, dramatizar conflictos, convertir intereses privados en moral pública. Eso sí, envolviéndolo todo en una bella estética informativa, presuntamente flemática e imparcial.
El verdadero logro de William Randolph no fue empresarial, sino sobre todo industrial: transformó la manipulación en una bien engrasada cadena de montaje. Donde antes había panfletos dispersos, él levantó una fábrica continua de percepciones. Desde entonces empezó a quedar claro que, cuando fortunas gigantescas controlan canales masivos de información, la frontera entre noticia y campaña puede evaporarse con admirable rapidez.
Entonces ocurre el prodigio habitual: el interés económico aparece vestido de neutralidad, la consigna entra maquillada de análisis y el lector cree estar convencido de pensar libremente mientras que son otros los que le están organizando el mobiliario mental.
A nadie le debería sorprender que décadas después de su muerte, hayan surgido figuras como Donald Trump, adaptando su mismo instinto a otra tecnología.
En efecto, Hearst poseía periódicos; pero Trump logró algo más barato y eficaz: convertirse él mismo en medio de comunicación permanente.
Uno, Hearst, necesitaba editoriales inflamados. Al otro, Trump, le bastaba una frase provocadora para monopolizar durante días televisiones, portadas y redes sociales. Que así está sucediendo lo constatamos cada día
Hearst agitó el miedo al comunismo; Trump explotó la inmigración, los enemigos internos y la nostalgia nacional. Cambiaron los fantasmas, pero no el mecanismo, que sigue casi intacto.
DEL PAPEL AL ALGORITMO
Hearst trabajaba con rotativas, quioscos y repartidores con frío matinal. Sus descendientes espirituales cuentan hoy con grandes y poderosos conglomerados digitales, plataformas globales, inteligencia artificial y algoritmos capaces de detectar inseguridades antes de que el usuario las formule.
Hearst necesitaba una portada. Hoy basta con una notificación. Él lanzaba un mismo mensaje a millones. Hoy puede enviarse una mentira distinta para cada segmento social: una para el nostálgico, otra para el indignado, otra para el conspirativo y, si me apuran, hasta una versión premium para quien desee sentirse rebelde repitiendo consignas diseñadas por una consultora.
En tiempos de Hearst, la manipulación llegaba una vez al día y manchaba los dedos de tinta. Ahora llega cada minuto, vibra en el bolsillo próximo a nuestras partes pudendas y requiere, además, ser compartida urgentemente “antes de que la censuren”. Es cierto: la tecnología cambió. Pero el mecanismo emocional sigue siendo el mismo.
LA GRAN LECCIÓN
La historia de William Randolph Hearst no trata, pues, solo de un magnate extravagante, ni de los excesos pintorescos de otra época. Trata también de algo mucho más actual: qué ocurre cuando la información se convierte en mercancía pura, cuando la audiencia vale más que la verdad y cuando el miedo resulta un negocio demasiado rentable como para abandonarlo. Justo es en ese momento cuando aparecen personajes nuevos, con herramientas nuevas y modales nuevos… pero que siguen aplicando los viejos manuales.
(*) Manuel Medina es profesor de Historia, divulgador de temas relacionados con esa materia y coautor del libro de reciente aparicion "El Gran Reajuste".
POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Hubo un tiempo en que los periódicos no solo informaban. También declaraban guerras, nombraban villanos internacionales, fabricaban patriotas exprés y distribuían miedo en cómodas entregas matinales. La tinta servía para imprimir noticias, sí, pero también para modelar conciencias, alterar percepciones y, llegado el caso, decorar intereses privados con un barniz de noble preocupación nacional.
Fue en ese escenario donde apareció William Randolph Hearst, un magnate estadounidense, emperador mediático, millonario por herencia y genio empresarial por insistencia. Fue uno de los primeros hombres en comprender que en la comunicación la verdad tiene prestigio, pero la exageración tiene tiradas millonarias.
Hearst, ciertamente, no inventó la mentira. Eso habría sido demasiado trabajo para él. Lo que Hearst hizo fue algo mucho más moderno: industrializarla.
NACER EN CUNA DE ORO Y CONVERTIRLA EN REDACCIÓN
Hearst nació un 26 de abril de 1863, fecha de la que pronto se cumplirán 163 años. Era hijo de George Hearst, magnate de la minería, senador y propietario de periódicos. Algunos niños heredan una bicicleta. Él heredó minas, influencia y la nada desdeñable posibilidad de arruinar el debate público a escala de todos los EEUU.
En 1885, su padre lo puso al frente del San Francisco Daily Examiner. Aquello equivalía a entregar un juguete caro a un joven con energía ilimitada y escaso apego por los límites tradicionales del periodismo.
El muchacho aprendió deprisa una lección esencial: la información rigurosa produce lectores fieles, pero propalar el escándalo produce lectores ansiosos. Y el lector ansioso compra cada mañana, con igual ansia, el periódico de gruesos titulares
EL DESCUBRIMIENTO DE LA PRENSA AMARILLA
Hearst compró más tarde el New York Morning Journal y lo transformó en una suerte de laboratorio de exageración rentable. El método era simple:
- Si había crimen, se engrandecía.
- Si había conflicto, se dramatizaba.
- Si había rumor, se convertía en portada.
- Y si no había nada, siempre quedaba la imaginación.
Así fue como prosperó la llamada prensa amarilla, un género periodístico donde los hechos entraban en las redacciones como materia prima y salían convertidos en espectáculo, listo para ser consumido por millones de lectores.
Hearst pagaba bien por exclusivas, fotografías, testimonios y cualquier material que hiciera jadear al lector. La precisión era deseable. La conmoción, imprescindible. Pronto comprendió algo todavía más importante: no bastaba con informar sobre lo que ocurría. Resultaba mucho más eficaz decidir de antemano qué debía ocurrir en la mente del público.
EL HOMBRE QUE HACÍA DESAYUNAR A UN PAÍS ENTERO
El imperio creció con velocidad admirable. Diarios, revistas, suplementos, radios, productoras cinematográficas, agencias de noticias y, más tarde, televisión. A mediados del siglo XX, millones de personas consumían diariamente contenidos procedentes de sus empresas.
![[Img #91202]](https://canarias-semanal.org/upload/images/04_2026/3948_hearst.jpg)
En algunos momentos, cerca de un tercio de la población adulta estadounidense leía prensa vinculada a Hearst. Dicho de otra manera: si Hearst amanecía indignado, media nación desayunaba indignación. Si amanecía patriota, el café iba a saber a bandera. Si por desventura Hearst amanecía preocupado por la amenaza extranjera, las ventas subían exponencialmente y bajaba la serenidad de una parte nada despreciable del pueblo norteamericano.
IDEOLOGÍA: EL MUNDO SEGÚN HEARST
El pensamiento político de Randolph Hearst no era ideológicamente nada complejo. Mas bien bastante simple. Prefería posiciones claras: conservadurismo duro, nacionalismo sonoro, hostilidad furibunda contra el sindicalismo combativo y una alergia crónica hacia cualquier cosa que sonara u oliera a socialismo.
El matiz nunca fue su fuerte. Entre un análisis económico complejo y un enemigo fácilmente reconocible, él elegía siempre al enemigo. La izquierda, para Hearst, no era una corriente política plural ni una respuesta histórica a desigualdades sociales de la sociedad capitalista. Era una plaga con claro tufo extranjero. Y como todo magnate práctico, supo convertir sus convicciones en línea editorial.
CUANDO HITLER LE ABRIÓ LA PUERTA
En 1934 viajó a Alemania y fue recibido cordialmente por Adolf Hitler in person. No todos los visitantes extranjeros obtenían semejante hospitalidad del caudillo de la nueva Alemania. El régimen nazi entendía a la perfección el valor de los altavoces útiles, y Hearst, por su parte, se apercibía del valor de las relaciones armoniosas cuando el anfitrión es el que controla un Estado entero.
Tras aquel viaje, la orientación de sus medios se endureció aún más contra la Unión Soviética y contra todo lo relacionado con el comunismo. No es que antes hubiera sido indulgente con esa corriente ideológica. Pero podemos decir que, a partir de aquel cordial y nazificante encuentro, pasó de la hostilidad profesional al entusiasmo aplicado.
Ese entusiasmo hitleriano alcanzó tal punto que William Randolph se ofreció a publicar artículos rubricados por Hermann Göring, quien, años después, no solo se convertiría en mariscal del Reich sino también en sucesor oficial del mismísimo Führer.
Pero el experimento propagandístico habia resultado tan descarado que muchos de sus lectores expresaron públicamente sus protestas. En cualquier caso, necesario es precisar que escandalizar a una audiencia acostumbrada a las técnicas periodísticas de Hearst exigía un esfuerzo extraordinario. Pero, hay que reconocer que él lo consiguió.
CÓMO FABRICAR UN MONSTRUO A DISTANCIA
Desde entonces, los periódicos del gran magnate mediático comenzaron a llenarse de relatos sobre la "barbarie soviética": hambre permanente, ejecuciones masivas, esclavitud generalizada, lujo obsceno de los dirigentes y un pueblo entero intentando sobrevivir en medio de penumbras infernales. En versión radiofónica, cualquiera de sus periódicos-soflamas podríamos compararlos hoy con algo parecido a una emisión matutina del programa de Federico Jiménez Losantos.
Naturalmente, la Unión Soviética de aquellos años seguía inmersa en enconadas convulsiones sociales, atravesadas por un choque despiadado entre clases con intereses irreconciliables.
De un lado se encontraban quienes trataban de que no se malograra una experiencia histórica inédita como aquella, levantada sobre los residuos feudales de una Monarquía de secular, ruinas, hambre y asedios. Del otro, terratenientes desafiantes que apostaban por frenarla, desviarla o verla naufragar, antes de que lograra echar raíces.
Aquella tormenta ofrecía, por sí sola, un abundante material para cualquier observador crítico. Pero, incluso ese escenario dramático, a Hearst le parecía insuficiente. Para el magnate mediático, la realidad nunca le bastaba: siempre necesitaba maquillaje, focos y una buena dosis extra de aparatosas truculencias.
De forma que desde la crítica ideológica pasó al manejo de cifras falsificadas, fotografías trucadas y fuera de contexto, testimonios sospechosos y titulares expresamente diseñados para provocar horror y espanto inmediato en millones de sus lectores. Los periódicos de emporio no trataban de entender lo que estaba sucediendo en la URSS. Lo que sin ningún disimulo pretendían era vender la imagen de que aquel país era una angustiosa pesadilla.
UCRANIA: CUANDO LA TRAGEDIA SE CONVIERTE EN NEGOCIO EDITORIAL
Uno de los episodios más célebres fue su campaña sobre la hambruna ucraniana de comienzos de los años treinta. La tragedia existió, efectivamente. El reparto de tierras y la colectivización de la propiedad de las mismas, provocaron una dura contienda social, a la que vino a sumarse una profunda crisis agrícola de origen meteorológico. Pero donde se había producido una tragedia real, Hearst vio además una extraordinaria oportunidad periodística e ideológica.
En febrero de 1935, uno de sus diarios abrió con un titular demoledor:
“6 millones muertos por hambre en la Unión Soviética”.
Aquella cifra estuvo circulando a lo largo de décadas, y fue creciendo exponencialmente según la conveniencia política de cada momento, llegando a convertirse en un arma propagandística recurrente hasta nuestros días. En el universo Hearst, los números no se comprobaban: se movilizaban.
EL CORRESPONSAL QUE NARRABA DESDE UCRANIA… SIN IR A UCRANIA
Y fue en esta circunstancia en la que apareció una auténtica joya histórica del periodismo creativo. Los periódicos de Hearst publicaron dramáticos reportajes firmados por un supuesto aventurero llamado Thomas Walker. Walker, que en sus reportajes describía pueblos vacíos, montañas de cadáveres en las cunetas, niños famélicos, madres desesperadas, canibalismo y campos convertidos en cementerios agrícolas.
Escribía con tal detalle que uno podía imaginar a aquel hombre, redactando sin parar, entre lágrimas, congeladas ventiscas y música de violonchelo. Solo que había un pequeño problema que terminaría descubriéndose. Investigaciones posteriores revelaron que el tal Thomas Walker nunca había estado en Ucrania. Ni siquiera había recorrido seriamente la Unión Soviética. Pasó unos pocos días en Moscú y salió del país. Nada de travesías heroicas por aldeas devastadas. Nada de expediciones clandestinas. Nada de botas cubiertas de hielo y barro.
Pero aún quedaba el mejor giro argumental. El tal Walker se llamaba realmente Robert Green, fugitivo de una prisión estatal de Colorado. Hearst había elevado a un preso escapado a la categoría de experto internacional en catástrofes agrarias soviéticas. No todos los medios eran capaces de conseguir un logro de tamaña envergadura. Para ello, sin duda, hacía falta talento, mucho talento.
FOTOGRAFÍAS EXCLUSIVAS… DE OTRA ÉPOCA
Para reforzar aquellas crónicas del supuesto reportero, la prensa de Hearst publicó imágenes espeluznantes del hambre extrema. Las fotografías impactaban realmente. Pero también se les descubrió otro pequeño defecto: muchas de aquellas instantáneas no correspondían ni momento ni al lugar descritos. Procedían de hambrunas anteriores y de contextos geográficos kilométricamente distintos.
Traducido al lenguaje contemporáneo: vendría a ser algo así como ilustrar una crisis actual con imágenes de hace treinta años y confiar, de paso, que el público no osara ampliar la pantalla. En cualquier caso, hay que decir que durante cierto tiempo el fraude funcionó. Y funcionó bastante bien. La emoción viaja siempre mucho más rápido que la verificación.
Y LOS REPORTAJES INCÓMODOS, ¿DÓNDE FUERON?
Mientras el falso Walker enviaba sus epopeyas imaginarias, otros corresponsales reales informaban de mejoras agrícolas parciales y recuperación en algunas zonas. ¿Qué hizo el imperio Hearst con esos materiales? Lo mismo que suelen hacer muchos aparatos de propaganda con las noticias inoportunas: las depositó en el elegante cementerio del silencio editorial. Porque una cosa es informar y otra muy distinta es arruinar una campaña cuidadosamente diseñada.
EL ANTICOMUNISMO COMO MODELO DE NEGOCIO
Hearst comprendió algo esencial antes que muchos competidores: el miedo vende.
- Vende más que la calma.
- Más que la complejidad.
- Más que los matices.
Y muchísimo más que admitir incertidumbres. El comunismo fue para él un producto narrativo perfecto: lejano, amenazante, difícil de comprender para el lector medio y lo bastante abstracto como para rellenarlo con cualquier pesadilla. Si una huelga estallaba, había mano roja. Si subían impuestos, conspiración roja. Si un profesor enseñaba sociología, probablemente era también rojo. Con un enemigo de este talante, nunca faltaban los espectaculares titulares.
NO SOLO INFORMABA: PRESIONABA
El poder de Hearst no residía únicamente en vender periódicos. También influía en campañas políticas, debates públicos y climas de opinión. Sus medios podían elevar reputaciones, arruinar carreras o instalar temas durante semanas. Muchos políticos le temían, ciertamente. Pero otros lo cortejaban y algunos hasta llegaban a practicar ambas cosas a la vez. Porque el magnate de las rotativas no era realmente un editor con opiniones. Era un sistema de presión con imprenta.
LA EXTRAÑA MAGIA DE LA "OBJETIVIDAD MILITANTE"
Como todo gran propagandista moderno, Hearst no presentaba su línea como propaganda. La ofrecía como si se tratara de mero sentido común, patriotismo y defensa de la civilización. Y justo es reconocer que pese al tiempo transcurrido desde entonces, ese truco ha envejecido extraordinariamente bien. El sesgo propio siempre se anuncia como equilibrio. La agenda propia siempre se la llama interés nacional. La campaña propia siempre es presentada como preocupación ciudadana.
Y de esa forma se logra que millones de lectores crean estar leyendo hechos desnudos, cuando en realidad se encuentran consumiendo hechos vestidos por un eficaz sastre ideológico.
MUERE EL HOMBRE, QUEDA EL MÉTODO
Hearst murió en 1951 en Beverly Hills, rodeado de lujo, propiedades y probablemente varias personas entrenadas para asentir con solemnidad. Se fue el personaje. Pero permaneció su estructura mental. Su receta continuó vigente y disponible: concentrar medios, simplificar enemigos, dramatizar conflictos, convertir intereses privados en moral pública. Eso sí, envolviéndolo todo en una bella estética informativa, presuntamente flemática e imparcial.
El verdadero logro de William Randolph no fue empresarial, sino sobre todo industrial: transformó la manipulación en una bien engrasada cadena de montaje. Donde antes había panfletos dispersos, él levantó una fábrica continua de percepciones. Desde entonces empezó a quedar claro que, cuando fortunas gigantescas controlan canales masivos de información, la frontera entre noticia y campaña puede evaporarse con admirable rapidez.
Entonces ocurre el prodigio habitual: el interés económico aparece vestido de neutralidad, la consigna entra maquillada de análisis y el lector cree estar convencido de pensar libremente mientras que son otros los que le están organizando el mobiliario mental.
A nadie le debería sorprender que décadas después de su muerte, hayan surgido figuras como Donald Trump, adaptando su mismo instinto a otra tecnología.
En efecto, Hearst poseía periódicos; pero Trump logró algo más barato y eficaz: convertirse él mismo en medio de comunicación permanente.
Uno, Hearst, necesitaba editoriales inflamados. Al otro, Trump, le bastaba una frase provocadora para monopolizar durante días televisiones, portadas y redes sociales. Que así está sucediendo lo constatamos cada día
Hearst agitó el miedo al comunismo; Trump explotó la inmigración, los enemigos internos y la nostalgia nacional. Cambiaron los fantasmas, pero no el mecanismo, que sigue casi intacto.
DEL PAPEL AL ALGORITMO
Hearst trabajaba con rotativas, quioscos y repartidores con frío matinal. Sus descendientes espirituales cuentan hoy con grandes y poderosos conglomerados digitales, plataformas globales, inteligencia artificial y algoritmos capaces de detectar inseguridades antes de que el usuario las formule.
Hearst necesitaba una portada. Hoy basta con una notificación. Él lanzaba un mismo mensaje a millones. Hoy puede enviarse una mentira distinta para cada segmento social: una para el nostálgico, otra para el indignado, otra para el conspirativo y, si me apuran, hasta una versión premium para quien desee sentirse rebelde repitiendo consignas diseñadas por una consultora.
En tiempos de Hearst, la manipulación llegaba una vez al día y manchaba los dedos de tinta. Ahora llega cada minuto, vibra en el bolsillo próximo a nuestras partes pudendas y requiere, además, ser compartida urgentemente “antes de que la censuren”. Es cierto: la tecnología cambió. Pero el mecanismo emocional sigue siendo el mismo.
LA GRAN LECCIÓN
La historia de William Randolph Hearst no trata, pues, solo de un magnate extravagante, ni de los excesos pintorescos de otra época. Trata también de algo mucho más actual: qué ocurre cuando la información se convierte en mercancía pura, cuando la audiencia vale más que la verdad y cuando el miedo resulta un negocio demasiado rentable como para abandonarlo. Justo es en ese momento cuando aparecen personajes nuevos, con herramientas nuevas y modales nuevos… pero que siguen aplicando los viejos manuales.
(*) Manuel Medina es profesor de Historia, divulgador de temas relacionados con esa materia y coautor del libro de reciente aparicion "El Gran Reajuste".




































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