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PIO XII: EL PAPA QUE NEGOCIÓ CON HITLER, MUSSOLINI Y FRANCO, Y CUYO CADÁVER ESTALLÓ EN SU ATAÚD (VÍDEO)

La historia de Eugenio Pacelli recorre las grandes dictaduras europeas, la Segunda Guerra Mundial y uno de los funerales más surrealistas que ha conocido la Iglesia católica

Durante décadas, Pío XII fue uno de los hombres más poderosos e influyentes del planeta. Negoció con Hitler, convivió diplomáticamente con Mussolini, respaldó al régimen de Franco y gobernó la Iglesia durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, el episodio que terminó convirtiéndolo en leyenda fue un funeral tan desastroso que el Vaticano aún preferiría olvidar.

 

POR ANDRÉS DÍAZ BERLANGA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

    La historia de Eugenio Pacelli —el hombre que pasaría a la posteridad con el nombre de Pío XII— constituye uno de los capítulos más complejos, polémicos y fascinantes del siglo XX. Su vida atravesó dos guerras mundiales, el ascenso de los fascismos europeos, la Guerra Civil española, el Holocausto y el comienzo de la Guerra Fría. Fue testigo privilegiado de algunos de los acontecimientos más dramáticos de la historia contemporánea y, al mismo tiempo, protagonista silencioso de muchos de ellos.

 

     Paradójicamente, después de haber gobernado la Iglesia católica durante casi veinte años y de haberse convertido en uno de los personajes más influyentes del planeta, una parte importante de la opinión pública terminó recordándolo por un episodio tan grotesco como insólito: el desastre de su propio funeral. El cadáver del Papa se descompuso de manera tan rápida que acabó reventando dentro del ataúd, obligando al Vaticano a improvisar una solución de emergencia para evitar que el espectáculo alcanzara proporciones aún más escandalosas.

 

   Pero aquel final casi surrealista no podria comprenderse sin recorrer antes el largo camino que condujo a Eugenio Pacelli hasta el trono de San Pedro.

 

    Nacido en Roma en 1876, pertenecía a una familia estrechamente vinculada desde hacía generaciones a la Administración pontificia. Su padre había sido abogado de la Santa Sede y varios de sus familiares ocupaban importantes responsabilidades jurídicas dentro del Vaticano. Desde muy joven respiró el ambiente de una institución que todavía trataba de adaptarse al nuevo mapa político surgido tras la unificación italiana.

 

    La pérdida de los antiguos Estados Pontificios había reducido enormemente el poder territorial del papado. Sin embargo, la Santa Sede conservaba algo que resultaría todavía más valioso durante el siglo XX: una inmensa red diplomática extendida por prácticamente todo el mundo.

 

   Pacelli comprendió muy pronto que el futuro de la Iglesia dependería menos de los ejércitos que de la capacidad para negociar con los gobiernos. Aquella convicción marcaría toda su vida.

 

ALEMANIA CAMBIA PARA SIEMPRE SU VISIÓN DEL MUNDO

    En 1917 Benedicto XV lo nombró nuncio apostólico en Baviera, cargo que poco después ampliaría a toda Alemania. El nombramiento parecía una brillante oportunidad diplomática, pero terminaría convirtiéndose en una experiencia decisiva para su formación política.

 

    Pacelli llegó a un país que se encontraba inmerso en los últimos meses de la Primera Guerra Mundial. Apenas un año después, presenció el derrumbe del Imperio alemán, el nacimiento de la República de Weimar y la oleada revolucionaria inspirada por el triunfo bolchevique en Rusia.

 

   En enero de 1919 fue testigo directo del levantamiento espartaquista de Berlín, protagonizado por organizaciones revolucionarias que aspiraban a extender la revolución socialista por Alemania. Aquellos acontecimientos impresionaron profundamente al futuro Papa.

 

   Desde entonces desarrolló un temor permanente hacia el comunismo, al que identificaba no solo como un adversario político, sino como una amenaza existencial para la Iglesia. Esa percepción era compartida por buena parte de la jerarquía católica europea, que contemplaba con enorme preocupación la expansión del ateísmo militante promovido por la Revolución rusa.

 

   Durante los años siguientes, Pacelli recorrió Alemania manteniendo contacto permanente con dirigentes políticos de muy distinta orientación. Aprendió a desenvolverse entre gobiernos inestables, crisis económicas y violentos enfrentamientos ideológicos. Muchos historiadores consideran que fue precisamente allí donde comenzó a formarse el extraordinario diplomático que más tarde llegaría al Vaticano.

 

LA DIPLOMACIA POR ENCIMA DE TODO

    En 1930, el papa Pío XI lo nombró secretario de Estado, convirtiéndolo en el principal responsable de la política exterior de la Santa Sede. Europa vivía entonces una época convulsa.

 

  La Gran Depresión devastaba las economías occidentales. El desempleo alimentaba el crecimiento de los movimientos extremistas. El fascismo consolidaba su poder en Italia mientras Alemania iniciaba el camino que conduciría al ascenso de Adolf Hitler.

 

   Frente a ese panorama, Pacelli desarrolló una estrategia basada en un principio muy sencillo: negociar con cualquier gobierno que garantizara la supervivencia institucional de la IglesiaNo era una política nueva. Desde hacía siglos el Vaticano había firmado acuerdos con monarquías absolutas, repúblicas liberales, imperios e incluso gobiernos anticlericales cuando las circunstancias así lo exigían. Pacelli simplemente llevó esa tradición diplomática hasta sus últimas consecuencias.

 

MUSSOLINI Y EL FIN DE LA "CUESTIÓN ROMANA"

    La primera gran demostración de esa política había llegado un año antes con los Pactos de Letrán de 1929. Aunque el principal negociador fue el cardenal Pietro Gasparri, Pacelli participó muy activamente en la consolidación posterior de aquellos acuerdos, que pusieron fin al conflicto abierto desde la unificación italiana entre el Estado italiano y el papado.

 

    Benito Mussolini obtenía un enorme triunfo político al reconciliarse con la Iglesia. El Vaticano, por su parte, recuperaba la plena soberanía sobre un territorio propio: el Estado de la Ciudad del Vaticano. Ambas instituciones salían beneficiadas.

 

 Aquello no significaba exactamente que la Iglesia compartiera toda la ideología fascista. De hecho, durante los años siguientes surgirían conflictos no de primera magnitud entre el régimen de Mussolini y diversas organizaciones católicas. Pero existía un objetivo común que facilitaba el entendimiento.

 

   Tanto el fascismo italiano como buena parte de la jerarquía eclesiástica contemplaban el avance del comunismo como la principal amenaza para el orden social europeo. Ese interés compartido permitió mantener una relación razonablemente estable durante buena parte de la década de los treinta.

 

 EL CONCORDATO CON HITLER

   En enero de 1933 Adolf Hitler fue nombrado canciller de AlemaniaApenas seis meses después, Eugenio Pacelli firmaba con el nuevo régimen el Reichskonkordat, uno de los acuerdos diplomáticos más discutidos de toda la historia contemporánea.

 

  Sobre el papel, el tratado garantizaba la libertad de culto, protegía las organizaciones católicas y regulaba las relaciones entre el Estado alemán y la Iglesia. Para el Vaticano constituía un instrumento jurídico destinado a preservar los derechos de millones de católicos alemanes.  Sin embargo, la firma tuvo también un enorme impacto político. Con ello el nuevo régimen nazi, todavía inmerso en su proceso de consolidación, obtenía así un importante reconocimiento internacional procedente de una de las instituciones con mayor prestigio diplomático del mundo.

 

  Los defensores de Pacelli alegan que nadie podía prever entonces hasta dónde llegaría la barbarie nazi y recuerdan que Hitler incumplió buena parte del acuerdo apenas unos meses después, persiguiendo asociaciones católicas, encarcelando sacerdotes y limitando progresivamente la actividad de la Iglesia.

 

   Sus críticos, por el contrario, consideran que aquel Concordato contribuyó a reforzar internacionalmente al régimen nazi justo cuando más necesitaba legitimidad exterior. Sea cual sea la interpretación, aquel tratado marcaría para siempre la figura de Eugenio Pacelli.

 

 LA GUERRA, EL HOLOCAUSTO Y EL SILENCIO QUE TODAVÍA DIVIDE A LOS HISTORIADORES

    Cuando Pío XI murió en febrero de 1939, Europa caminaba ya hacia la guerra. Apenas unos meses después, Eugenio Pacelli era elegido Papa con el nombre de Pío XII.

 

   Nunca un pontífice había llegado al trono de San Pedro en un momento tan dramático. En cuestión de semanas, Hitler invadiría Polonia y comenzaría la Segunda Guerra Mundial, el conflicto más devastador que había conocido la humanidad.

 

   Desde el primer momento, Pío XII decidió mantener una estricta política de ambigua neutralidad. Aquella decisión respondía a una larga tradición diplomática de la Santa Sede, que aspiraba a conservar una posición de mediadora entre los Estados enfrentados. Sin embargo, la naturaleza del conflicto terminaría convirtiendo esa neutralidad en uno de los aspectos más discutidos de todo su pontificado.

 

   La gran cuestión continúa siendo la misma más de ochenta años después: ¿por qué el Papa nunca condenó públicamente a Adolf Hitler ni denunció de manera expresa el exterminio sistemático de millones de judíos?

 

   Según sus panegiristas, la respuesta dista mucho de ser sencilla. Los defensores de Pío XII mantienen que cualquier condena abierta habría desencadenado una persecución más feroz contra los católicos europeos . Según esta interpretación, el Vaticano optó por actuar silenciosamente, convencido de que una diplomacia discreta salvaría muchas más vidas que una condena pública de enorme valor moral, pero escasa eficacia práctica.

 

   Sus críticos llegan a una conclusión radicalmente distinta. Consideran que el máximo representante espiritual de cientos de millones de católicos tenía la obligación moral de denunciar el mayor crimen de la historia contemporánea, aunque esa denuncia no hubiera logrado detener la maquinaria genocida nazi. A su juicio, el silencio terminó convirtiéndose en una forma de fracaso ético cuya sombra continúa proyectándose sobre la memoria de la Iglesia.

 

   La apertura de los archivos vaticanos ordenada por el papa Francisco en 2020 ha permitido reconstruir con mucho mayor detalle aquellos años. Han aparecido miles de cartas, informes diplomáticos y peticiones desesperadas de ayuda enviadas desde toda Europa. Esa documentación demuestra que el Vaticano conocía con bastante precisión la persecución que sufrían las comunidades judías . Al mismo tiempo, también confirma que Pío XII jamás abandonó su decisión de evitar una condena pública directa del régimen nazi. Lejos de zanjar la discusión, los nuevos documentos han enriquecido un debate historiográfico que probablemente continuará durante décadas.

 

FRANCO ENCONTRÓ EN EL VATICANO UN RESPALDO DECISIVO

     Mucho menos controvertida resulta la relación mantenida entre Pío XII y el régimen de Francisco Franco. En este terreno no existen discrepancias entre los historiadores. La afinidad entre ambos fue evidente y se manifestó tanto en el plano político como en el simbólico.

 

   Cuando Franco proclamó su victoria en abril de 1939, Pío XII envió un mensaje de felicitación en el que interpretaba el desenlace de la guerra como el triunfo de la España católica sobre quienes habían intentado destruir sus fundamentos religiosos. Aquellas palabras fueron recibidas por el nuevo régimen como una extraordinaria legitimación moral. A partir de entonces comenzó una estrecha colaboración entre ambas instituciones.

 

   El franquismo hizo del catolicismo uno de los pilares ideológicos del nuevo Estado. La religión volvió a ocupar un lugar central en la enseñanza, en la legislación civil, en la vida pública y hasta en las ceremonias oficiales del régimen. Obispos y cardenales participaron activamente, brazo en alto a la romana,  en numerosos actos institucionales , mientras Franco cultivaba cuidadosamente su imagen de gobernante profundamente católico.

 

   La relación alcanzó su culminación en 1953 con la firma del Concordato entre España y la Santa Sede. Aquel acuerdo otorgó a la Iglesia privilegios extraordinarios en materia educativa, económica y jurídica, al tiempo que reforzaba considerablemente el prestigio internacional del régimen franquista, todavía parcialmente aislado tras la Segunda Guerra Mundial por su proximidad ideológica a las potencias fascistas derrotadas.

 

    No era extraño que durante aquellos años las fotografías oficiales de Pío XII ocuparan un lugar destacado en ministerios, cuarteles, colegios religiosos e incluso en numerosos hogares españoles, junto a los retratos del propio Franco. La imagen simbolizaba la estrecha alianza entre el poder político y el poder religioso que caracterizó buena parte del nacionalcatolicismo.

 

 
 LAS SOMBRAS DE LA POSGUERRA Y UN LEGADO CADA VEZ MÁS DISCUTIDO

    Terminada la Segunda Guerra Mundial, Europa intentaba reconstruirse sobre las ruinas materiales y morales que había dejado el conflicto. El nazismo había sido derrotado, Mussolini había muerto fusilado y los principales dirigentes del Tercer Reich comparecían ante el Tribunal de Núremberg. Sin embargo, para el Vaticano comenzaba una nueva preocupación. La influencia soviética avanzaba rápidamente sobre Europa oriental y el comunismo, que durante décadas había constituido la principal inquietud de Pío XII, emergía ahora como una de las grandes potencias vencedoras de la guerra.

 

    El pontífice adoptó entonces una posición inequívocamente anticomunista. Condenó reiteradamente el marxismo, apoyó a los partidos democristianos europeos y alentó la reorganización política de una Europa occidental que sirviera de dique frente a la expansión  de las ideas comunistas. Aquella actitud consolidó definitivamente la alianza entre el Vaticano y el bloque occidental durante los primeros años de la Guerra Fría.

 

     En ese mismo contexto comenzaron a aparecer algunas de las controversias que todavía hoy acompañan la memoria de Pío XII. Diversas investigaciones históricas documentaron que numerosos eclesiásticos habían participado  en las denominadas ratlines, las redes clandestinas que facilitaron la huida de antiguos criminales nazis hacia Sudamérica mediante documentación falsa y rutas de escape que atravesaban Italia, y que tenian como puntos de apoyo conventos, parroquias y seminarios católicos. Figuras como Adolf Eichmann, Josef Mengele o Klaus Barbie lograron abandonar Europa utilizando ese tipo de  itinerarios.

    

   Mientras tanto, el propio proceso de beatificación de Pío XII tampoco consiguió escapar de la abundante documentación que ratifica su claro compromiso con los regímenes autoritarios de la época. Para sus partidarios, sin embargo,  fue un pastor prudente, un hombre profundamente espiritual que actuó en conciencia para evitar males mayores. Para sus detractores, el reconocimiento de su santidad resulta difícilmente compatible con unas posiciones políticas que marcaron todo su pontificado. Pocos papas del siglo XX han suscitado interpretaciones tan contrapuestas.

 

EL MÉDICO QUE DESAFIÓ LA VOLUNTAD DEL PAPA

    El 9 de octubre de 1958, Pío XII fallecía en la residencia papal de Castel Gandolfo después de una larga enfermedad. Antes de morir había dejado una instrucción expresa: no deseaba que su cuerpo fuera embalsamado. Quería que su cadáver siguiera el curso natural de la descomposición, una decisión inspirada tanto por convicciones personales como por una concepción austera de la muerte.

 

    Fue entonces cuando entró en escena Riccardo Galeazzi-Lisi, médico personal del Pontífice y personaje tan extravagante [Img #93417]como ambicioso. Convenció al entorno papal de que había desarrollado un revolucionario procedimiento capaz de conservar el cadáver sin recurrir al embalsamamiento tradicional. Según afirmaba, había recuperado antiguos métodos utilizados por los primeros cristianos e incluso por los embalsamadores del Egipto faraónico. Su técnica, a la que denominó «ósmosis aromática», consistía en envolver completamente el cuerpo con celofán después de aplicarle una mezcla de aceites esenciales, hierbas y resinas aromáticas.

 

EL EXPERIMENTO FUE UN DESASTRE DESDE LAS PRIMERAS HORAS.

    Lejos de ralentizar el proceso de putrefacción, el sellado hermético aceleró el proceso de descomposición. Bajo las temperaturas relativamente elevadas del otoño italiano comenzaron a acumularse enormes cantidades de gases en el interior del cadáver. La piel adquirió un inquietante color verdoso, el rostro empezó a deformarse y el olor se volvió tan insoportable que varios guardias suizos encargados de custodiar el féretro sufrieron náuseas e incluso desmayos.

 

LA SITUACIÓN EMPEORÓ RÁPIDAMENTE.

    Mientras miles de fieles acudían al Vaticano para despedirse del Pontífice, la presión interna acumulada terminó provocando la rotura del tórax del cadáver. Aunque técnicamente no se trató de una explosión, la escena resultó tan impactante que el acceso a la capilla ardiente tuvo que interrumpirse inmediatamente. Para ocultar el deterioro del cuerpo, los responsables del ceremonial cubrieron el rostro del Papa con una máscara de cera, elevaron el féretro para mantener alejados a los visitantes y aceleraron el entierro en las grutas vaticanas.

 

   Como si el desastre sanitario no fuera suficiente, pocos días después estalló un segundo escándalo aún más bochornoso. Se descubrió que Galeazzi-Lisi había escondido una cámara fotográfica bajo la ropa durante la agonía del Pontífice para obtener imágenes exclusivas destinadas a la prensa sensacionalista. Diversos periódicos internacionales estaban dispuestos a pagar importantes sumas por aquellas fotografías. Cuando el Vaticano tuvo conocimiento de los hechos reaccionó con extraordinaria dureza: el médico fue expulsado inmediatamente de la Santa Sede y suspendido por el Colegio Médico de Roma.

 

   El episodio conmocionó profundamente al Vaticano. Desde entonces se modificaron por completo los protocolos relativos a la muerte de los papas. Los procedimientos médicos pasaron a estar estrictamente regulados, el acceso a los cadáveres quedó sometido a un control mucho más severo y jamás volvió a permitirse que una decisión individual pudiera comprometer la solemnidad del funeral de un pontífice.

 

     A veces la historia posee un extraño sentido de la ironía. Eugenio Pacelli dedicó toda su vida a proteger el prestigio institucional del papado y el suyo propio mediante una diplomacia prudente, calculada y extraordinariamente discreta.

 

  Sin embargo, fue precisamente después de su muerte cuando ese prestigio sufrió una de las humillaciones más insólitas de toda su historia. El hombre que había sobrevivido políticamente a Hitler,  Mussolini, la Segunda Guerra Mundial y al comienzo de la Guerra Fría terminó protagonizando, sin poder evitarlo, el funeral que el Vaticano habría preferido borrar para siempre de su memoria. 

 

FUENTES:

- Pontificia Academia de las Ciencias (Vaticano). Confirma que Galeazzi-Lisi fue médico personal de Pío XII (Archiatra Pontificio) y miembro honorario de la Academia Pontificia de las Ciencias.

- TIME Magazine, The Press: Pope, Press & Archiater (20 de octubre de 1958). Publicado apenas unos días después de la muerte de Pío XII, relata cómo Galeazzi-Lisi filtró información médica, tomó fotografías del pontífice agonizante y trató de venderlas a la prensa internacional.

- Peter Hebblethwaite, John XXIII: Pope of the Council (HarperCollins, 1994). Una de las biografías de referencia sobre Juan XXIII, que dedica varias páginas al escándalo protagonizado por Galeazzi-Lisi. Está citada por numerosos estudios posteriores.

- Alexander Chancellor, The Guardian (15 de abril de 2005). Recuerda el enorme impacto que causó en Roma la actuación del médico de Pío XII y explica cómo vendió fotografías y boletines sobre la agonía del Papa.

- Los Angeles Times, An Alternative to Embalming for the Pontiff (7 de abril de 2005). Analiza el fallido método de conservación empleado con Pío XII y cómo ese episodio modificó posteriormente los protocolos funerarios del Vaticano. Está recogido entre las referencias bibliográficas sobre Galeazzi-Lisi.

- Corrado Pallenberg, Inside the Vatican (Hawthorn Books, 1960). Es una de las primeras obras periodísticas que reconstruyó con detalle el episodio del embalsamamiento y sus consecuencias.
- Riccardo Galeazzi-Lisi, Dans l'Ombre et la Lumière de Pie XII (Flammarion, 1960). Es la versión del propio protagonista. Debe utilizarse con cautela, pero resulta imprescindible para conocer cómo intentó justificar su actuación.

VIDEO: EL PAPA DE HITLER

 

 

 
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