¿POR QUÉ ARDE MADRID?: LO QUE NO MUCHOS SE ATREVEN A RECORDAR
Los científicos lo llevaban décadas advertiendo... y nadie les hizo caso: el fuego ya está aquí
Lo que está ocurriendo en España y Francia no constituye una catástrofe imprevisible. Durante décadas, los científicos anunciaron que el cambio climático convertiría el sur de Europa en un escenario propicio para incendios cada vez más devastadores. Al mismo tiempo, los bomberos advertían de que los dispositivos de extinción necesitaban más recursos para afrontar esa nueva realidad. Hoy, con miles de hectáreas reducidas a cenizas, aquellas advertencias adquieren un significado inquietante.
POR ADAY QUESADA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Durante décadas, cada gran incendio forestal fue
presentado como una tragedia excepcional, como el resultado de una concatenación de circunstancias desafortunadas o de la imprudencia de algún ciudadano.
Las imágenes de montañas convertidas en cenizas, pueblos evacuados y miles de hectáreas arrasadas ocupaban durante unos días las portadas de los periódicos para desaparecer poco después de la conversación pública. Hasta el siguiente verano. Sin embargo, algo ha cambiado profundamente.
"Ni los bomberos ni los científicos se equivocaron: quienes se equivocaron fueron quienes decidieron ignorarlos."
España y Francia acaban de sufrir incendios de dimensiones gigantescamente históricas. Pero lo inquietante no es únicamente su magnitud, sino el hecho de que estos episodios llevaban décadas siendo anunciados por la comunidad científica.
![[Img #93368]](https://canarias-semanal.org/upload/images/07_2026/2168_b-dos-mundos.jpg)
En España, el incendio originado entre Ávila y la Comunidad de Madrid ha sido descrito por las autoridades como el mayor incendio forestal de la historia reciente del país, en una campaña que el propio Ministerio para la Transición Ecológica ha calificado de «extraordinariamente complicada», con una superficie quemada varias veces superior a la registrada en el mismo periodo del año anterior. Al mismo tiempo, Francia combate otro incendio de dimensiones históricas que ha obligado a movilizar miles de efectivos y ha vuelto a demostrar que la Europa meridional ha entrado en una nueva era de incendios extremos.
"Mientras unos/as ridiculizaban el cambio climático, los bomberos reclamaban más medios para combatir exactamente los incendios que hoy arrasan media España."
La coincidencia temporal de ambos acontecimientos no constituye una casualidad. Tampoco puede entenderse como una simple anomalía meteorológica. Representa la confirmación de un escenario cuya llegada fue anticipada durante años por el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, la Organización Meteorológica Mundial, Copernicus, la Agencia Europea de Medio Ambiente, la AEMET y numerosos centros de investigación especializados.
Estos organismos no se limitaron a advertir de un aumento de las temperaturas. Explicaron con todo tipo de detalles que el calentamiento global prolongaría los veranos, reduciría la humedad de los suelos y de la vegetación, incrementaría la frecuencia e intensidad de las olas de calor y crearía las condiciones ideales para incendios mucho más violentos, rápidos e impredecibles.
UNA NUEVA GENERACIÓN DE INCENDIOS
La ciencia no anunció únicamente que habría más incendios. Advirtió, además, que aparecería una nueva generación de fuegos cualitativamente distinta: incendios capaces de desarrollar un comportamiento propio, generar enormes columnas convectivas, lanzar brasas a kilómetros de distancia, atravesar cortafuegos e incluso originar fenómenos atmosféricos que alimentan todavía más las llamas.
Los especialistas comenzaron hace años a hablar de megaincendios, una categoría que ya no hace referencia únicamente a la extensión quemada, sino a fuegos cuyo comportamiento supera la capacidad tradicional de extinción y obliga, en determinadas circunstancias, a priorizar el salvamento de vidas humanas sobre el control directo de las llamas.
La península Ibérica aparece desde hace años en prácticamente todos los informes científicos como una de las regiones europeas más vulnerables al calentamiento global. El incremento continuado de las temperaturas, la disminución de la humedad del suelo, las sequías prolongadas y la acumulación de vegetación seca constituyen una combinación extraordinariamente peligrosa.
Cuando a ello se suman episodios de viento intenso, el resultado puede ser devastador. Precisamente por ello, numerosos investigadores han insistido reiteradamente en que la principal batalla contra los incendios no comienza cuando aparece la primera columna de humo, sino muchos meses antes, mediante políticas de prevención, gestión forestal, vigilancia e inversión permanente en los servicios de emergencia.
EL FUEGO COMIENZA MUCHO ANTES DE LA PRIMERA CHISPA
Un gran incendio no empieza el día en que arde el primer árbol. Empieza cuando disminuyen los trabajos forestales, cuando se acumula combustible vegetal, cuando se debilitan los dispositivos de vigilancia, cuando faltan vehículos, cuando no se renuevan los equipos y cuando la prevención pierde prioridad presupuestaria. Esta idea resulta esencial porque permite comprender que el cambio climático no actúa en solitario. El calentamiento crea condiciones más peligrosas, pero el impacto final depende también de la preparación de las instituciones, de la ordenación del territorio, de la situación de los montes y de la fortaleza de los servicios públicos encargados de prevenir y combatir el fuego.
"Los incendios no distinguen entre derechas e izquierdas. Pero las decisiones políticas sí pueden marcar la diferencia entre estar preparados... o afrontar la catástrofe con menos recursos."
Es precisamente en ese punto donde el discurso científico comienza a cruzarse con otro mucho menos visible: el de quienes llevan años luchando contra los incendios sobre el terreno. Los bomberos de la Comunidad de Madrid venían denunciando desde hace tiempo el deterioro progresivo de los medios materiales, la insuficiencia de determinadas plantillas y la necesidad de reforzar un servicio que debía enfrentarse a incendios cada vez más complejos. Sus advertencias no quedaron únicamente en declaraciones sindicales.
LOS BOMBEROS TAMBIÉN HABÍAN ADVERTIDO DEL PELIGRO
El Tribunal Superior de Justicia de Madrid terminó dando la razón al colectivo al reconocer que alrededor de cuarenta millones de euros procedentes del recargo de las pólizas de seguros, destinados legalmente a mejorar el Servicio de Prevención y Extinción de Incendios, habían sido desviados hacia otras partidas presupuestarias. La resolución judicial obligó a destinar dichos recursos exclusivamente a inversiones reales para el cuerpo de bomberos.
La documentación incorporada a ese procedimiento resulta especialmente significativa. Los representantes sindicales denunciaban que la falta de inversión se traducía en jornadas con decenas de vehículos fuera de servicio, escasez de equipos especializados, retrasos en la llegada de recursos y carencias materiales que podían comprometer la capacidad de respuesta ante emergencias de gran magnitud.
A ello añadían problemas en infraestructuras, falta de determinados equipos de protección individual y el incumplimiento de compromisos para construir nuevos parques de bomberos. Evidentemente, de estos hechos no puede concluirse que tales deficiencias expliquen por sí solas incendios de la magnitud de los actuales. La propagación de un gran fuego depende de múltiples factores meteorológicos, ambientales y territoriales. Pero tampoco puede ignorarse que los propios profesionales venían reclamando desde hacía años una adaptación del sistema precisamente porque el escenario al que debían enfrentarse estaba cambiando.
CIENTÍFICOS Y BOMBEROS DESCRIBÍAN EL MISMO PROBLEMA
Resulta difícil no advertir la coincidencia entre ambos diagnósticos. Mientras los científicos explicaban que el calentamiento global incrementaría el riesgo de incendios extremos, los bomberos reclamaban más medios para hacer frente a ese riesgo creciente. Ambos hablaban, en realidad, del mismo problema desde perspectivas diferentes. Los primeros describían el fenómeno físico; los segundos alertaban sobre la necesidad de adaptar los servicios públicos a esa nueva realidad.
Este punto resulta decisivo porque demuestra que la catástrofe no puede analizarse únicamente después de que se produzca. Cuando un territorio entra en una etapa de incendios más violentos, la prevención deja de ser un gasto secundario y se convierte en una inversión estratégica. No basta con movilizar medios cuando las llamas ya han alcanzado dimensiones incontrolables. Es necesario disponer de plantillas suficientes, vehículos operativos, parques bien situados, sistemas de vigilancia, trabajos forestales continuados y una planificación basada en los escenarios climáticos que la ciencia considera más probables.
EL NEGACIONISMO COMO CULTURA POLÍTICA
Es aquí donde el debate adquiere inevitablemente una dimensión política. Durante los últimos años, diversos dirigentes del Partido Popular han venido realizando declaraciones públicas relativizando la gravedad del cambio climático o cuestionando determinadas políticas dirigidas a combatirlo.
Mariano Rajoy protagonizó una de las más conocidas al ironizar sobre la capacidad de los expertos para predecir el clima a largo plazo. Esperanza Aguirre expresó reiteradamente dudas acerca de numerosas políticas climáticas, defendiendo que muchas respondían más a planteamientos ideológicos que a necesidades objetivas. Isabel Díaz Ayuso ha mantenido un discurso descalificador hacia determinadas estrategias de transición ecológica y ha cuestionado hasta la saciedad la orientación de algunas políticas climáticas impulsadas desde determinadas instituciones.
Alberto Núñez Feijóo ha adoptado una posición más prudente, reconociendo formalmente la existencia del cambio climático, pero evitando durante la actual crisis comprometerse con la propuesta de un pacto de Estado sobre esta cuestión. Esta diferencia de matices no elimina, sin embargo, la existencia de una tradición política que durante años ha tendido a presentar la alarma climática como una exageración, una imposición burocrática o una coartada ideológica para justificar regulaciones públicas.
CUANDO LAS IDEAS TERMINAN INFLUYENDO EN LOS PRESUPUESTOS
Las administraciones no elaboran sus presupuestos en el vacío. Deciden qué servicios refuerzan, qué infraestructuras construyen, qué riesgos consideran prioritarios y qué advertencias atienden. Si un determinado fenómeno como el cambio climático es reiteradamente presentado durante años como una exageración ideológica, resulta razonable pensar que su prevención pueda recibir menos atención que otros objetivos considerados más urgentes. La ideología no aparece entonces como una consigna escrita en una partida presupuestaria, sino como el criterio general que decide qué problemas merecen recursos y cuáles pueden posponerse.
LA FACTURA DE DESPRECIAR LAS ADVERTENCIAS
Quizá ésta sea la principal enseñanza que dejan los incendios
de España y Francia. Durante décadas, la ciencia describió un escenario que muchos consideraron exagerado. Ese escenario ha comenzado a hacerse realidad. A partir de ese momento, el debate deja de consistir en decidir quién tenía razón y pasa a centrarse en otra cuestión mucho más relevante: si las instituciones adaptaron realmente sus políticas a un riesgo cuya existencia llevaba mucho tiempo siendo conocida.
Todas las posiciones políticas pueden debatirse, también las discrepancias sobre las mejores estrategias para afrontar el cambio climático. Pero lo que resulta difícil de sostener es que la evidencia científica pueda ocupar un lugar secundario cuando lo que está en juego la seguridad colectiva. Porque los incendios no distinguen entre ideologías, programas electorales o creencias personales. Obedecen únicamente a las leyes de la física. Y precisamente por ello constituyen uno de los recordatorios más contundentes de que la naturaleza nunca negocia con nuestras convicciones particulares.
Cuando la realidad termina pareciéndose extraordinariamente a lo que los científicos llevaban décadas anunciando, la cuestión ya no consiste en decidir si queremos creerles o no. La verdadera pregunta es cuánto tiempo puede permitirse una sociedad ignorar las advertencias del conocimiento antes de que el precio de hacerlo termine pagándose en bosques calcinados, pueblos evacuados, recursos públicos desbordados y vidas humanas puestas en peligro.
POR ADAY QUESADA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Durante décadas, cada gran incendio forestal fue
presentado como una tragedia excepcional, como el resultado de una concatenación de circunstancias desafortunadas o de la imprudencia de algún ciudadano.
Las imágenes de montañas convertidas en cenizas, pueblos evacuados y miles de hectáreas arrasadas ocupaban durante unos días las portadas de los periódicos para desaparecer poco después de la conversación pública. Hasta el siguiente verano. Sin embargo, algo ha cambiado profundamente.
"Ni los bomberos ni los científicos se equivocaron: quienes se equivocaron fueron quienes decidieron ignorarlos."
España y Francia acaban de sufrir incendios de dimensiones gigantescamente históricas. Pero lo inquietante no es únicamente su magnitud, sino el hecho de que estos episodios llevaban décadas siendo anunciados por la comunidad científica.
![[Img #93368]](https://canarias-semanal.org/upload/images/07_2026/2168_b-dos-mundos.jpg)
En España, el incendio originado entre Ávila y la Comunidad de Madrid ha sido descrito por las autoridades como el mayor incendio forestal de la historia reciente del país, en una campaña que el propio Ministerio para la Transición Ecológica ha calificado de «extraordinariamente complicada», con una superficie quemada varias veces superior a la registrada en el mismo periodo del año anterior. Al mismo tiempo, Francia combate otro incendio de dimensiones históricas que ha obligado a movilizar miles de efectivos y ha vuelto a demostrar que la Europa meridional ha entrado en una nueva era de incendios extremos.
"Mientras unos/as ridiculizaban el cambio climático, los bomberos reclamaban más medios para combatir exactamente los incendios que hoy arrasan media España."
La coincidencia temporal de ambos acontecimientos no constituye una casualidad. Tampoco puede entenderse como una simple anomalía meteorológica. Representa la confirmación de un escenario cuya llegada fue anticipada durante años por el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, la Organización Meteorológica Mundial, Copernicus, la Agencia Europea de Medio Ambiente, la AEMET y numerosos centros de investigación especializados.
Estos organismos no se limitaron a advertir de un aumento de las temperaturas. Explicaron con todo tipo de detalles que el calentamiento global prolongaría los veranos, reduciría la humedad de los suelos y de la vegetación, incrementaría la frecuencia e intensidad de las olas de calor y crearía las condiciones ideales para incendios mucho más violentos, rápidos e impredecibles.
UNA NUEVA GENERACIÓN DE INCENDIOS
La ciencia no anunció únicamente que habría más incendios. Advirtió, además, que aparecería una nueva generación de fuegos cualitativamente distinta: incendios capaces de desarrollar un comportamiento propio, generar enormes columnas convectivas, lanzar brasas a kilómetros de distancia, atravesar cortafuegos e incluso originar fenómenos atmosféricos que alimentan todavía más las llamas.
Los especialistas comenzaron hace años a hablar de megaincendios, una categoría que ya no hace referencia únicamente a la extensión quemada, sino a fuegos cuyo comportamiento supera la capacidad tradicional de extinción y obliga, en determinadas circunstancias, a priorizar el salvamento de vidas humanas sobre el control directo de las llamas.
La península Ibérica aparece desde hace años en prácticamente todos los informes científicos como una de las regiones europeas más vulnerables al calentamiento global. El incremento continuado de las temperaturas, la disminución de la humedad del suelo, las sequías prolongadas y la acumulación de vegetación seca constituyen una combinación extraordinariamente peligrosa.
Cuando a ello se suman episodios de viento intenso, el resultado puede ser devastador. Precisamente por ello, numerosos investigadores han insistido reiteradamente en que la principal batalla contra los incendios no comienza cuando aparece la primera columna de humo, sino muchos meses antes, mediante políticas de prevención, gestión forestal, vigilancia e inversión permanente en los servicios de emergencia.
EL FUEGO COMIENZA MUCHO ANTES DE LA PRIMERA CHISPA
Un gran incendio no empieza el día en que arde el primer árbol. Empieza cuando disminuyen los trabajos forestales, cuando se acumula combustible vegetal, cuando se debilitan los dispositivos de vigilancia, cuando faltan vehículos, cuando no se renuevan los equipos y cuando la prevención pierde prioridad presupuestaria. Esta idea resulta esencial porque permite comprender que el cambio climático no actúa en solitario. El calentamiento crea condiciones más peligrosas, pero el impacto final depende también de la preparación de las instituciones, de la ordenación del territorio, de la situación de los montes y de la fortaleza de los servicios públicos encargados de prevenir y combatir el fuego.
"Los incendios no distinguen entre derechas e izquierdas. Pero las decisiones políticas sí pueden marcar la diferencia entre estar preparados... o afrontar la catástrofe con menos recursos."
Es precisamente en ese punto donde el discurso científico comienza a cruzarse con otro mucho menos visible: el de quienes llevan años luchando contra los incendios sobre el terreno. Los bomberos de la Comunidad de Madrid venían denunciando desde hace tiempo el deterioro progresivo de los medios materiales, la insuficiencia de determinadas plantillas y la necesidad de reforzar un servicio que debía enfrentarse a incendios cada vez más complejos. Sus advertencias no quedaron únicamente en declaraciones sindicales.
LOS BOMBEROS TAMBIÉN HABÍAN ADVERTIDO DEL PELIGRO
El Tribunal Superior de Justicia de Madrid terminó dando la razón al colectivo al reconocer que alrededor de cuarenta millones de euros procedentes del recargo de las pólizas de seguros, destinados legalmente a mejorar el Servicio de Prevención y Extinción de Incendios, habían sido desviados hacia otras partidas presupuestarias. La resolución judicial obligó a destinar dichos recursos exclusivamente a inversiones reales para el cuerpo de bomberos.
La documentación incorporada a ese procedimiento resulta especialmente significativa. Los representantes sindicales denunciaban que la falta de inversión se traducía en jornadas con decenas de vehículos fuera de servicio, escasez de equipos especializados, retrasos en la llegada de recursos y carencias materiales que podían comprometer la capacidad de respuesta ante emergencias de gran magnitud.
A ello añadían problemas en infraestructuras, falta de determinados equipos de protección individual y el incumplimiento de compromisos para construir nuevos parques de bomberos. Evidentemente, de estos hechos no puede concluirse que tales deficiencias expliquen por sí solas incendios de la magnitud de los actuales. La propagación de un gran fuego depende de múltiples factores meteorológicos, ambientales y territoriales. Pero tampoco puede ignorarse que los propios profesionales venían reclamando desde hacía años una adaptación del sistema precisamente porque el escenario al que debían enfrentarse estaba cambiando.
CIENTÍFICOS Y BOMBEROS DESCRIBÍAN EL MISMO PROBLEMA
Resulta difícil no advertir la coincidencia entre ambos diagnósticos. Mientras los científicos explicaban que el calentamiento global incrementaría el riesgo de incendios extremos, los bomberos reclamaban más medios para hacer frente a ese riesgo creciente. Ambos hablaban, en realidad, del mismo problema desde perspectivas diferentes. Los primeros describían el fenómeno físico; los segundos alertaban sobre la necesidad de adaptar los servicios públicos a esa nueva realidad.
Este punto resulta decisivo porque demuestra que la catástrofe no puede analizarse únicamente después de que se produzca. Cuando un territorio entra en una etapa de incendios más violentos, la prevención deja de ser un gasto secundario y se convierte en una inversión estratégica. No basta con movilizar medios cuando las llamas ya han alcanzado dimensiones incontrolables. Es necesario disponer de plantillas suficientes, vehículos operativos, parques bien situados, sistemas de vigilancia, trabajos forestales continuados y una planificación basada en los escenarios climáticos que la ciencia considera más probables.
EL NEGACIONISMO COMO CULTURA POLÍTICA
Es aquí donde el debate adquiere inevitablemente una dimensión política. Durante los últimos años, diversos dirigentes del Partido Popular han venido realizando declaraciones públicas relativizando la gravedad del cambio climático o cuestionando determinadas políticas dirigidas a combatirlo.
Mariano Rajoy protagonizó una de las más conocidas al ironizar sobre la capacidad de los expertos para predecir el clima a largo plazo. Esperanza Aguirre expresó reiteradamente dudas acerca de numerosas políticas climáticas, defendiendo que muchas respondían más a planteamientos ideológicos que a necesidades objetivas. Isabel Díaz Ayuso ha mantenido un discurso descalificador hacia determinadas estrategias de transición ecológica y ha cuestionado hasta la saciedad la orientación de algunas políticas climáticas impulsadas desde determinadas instituciones.
Alberto Núñez Feijóo ha adoptado una posición más prudente, reconociendo formalmente la existencia del cambio climático, pero evitando durante la actual crisis comprometerse con la propuesta de un pacto de Estado sobre esta cuestión. Esta diferencia de matices no elimina, sin embargo, la existencia de una tradición política que durante años ha tendido a presentar la alarma climática como una exageración, una imposición burocrática o una coartada ideológica para justificar regulaciones públicas.
CUANDO LAS IDEAS TERMINAN INFLUYENDO EN LOS PRESUPUESTOS
Las administraciones no elaboran sus presupuestos en el vacío. Deciden qué servicios refuerzan, qué infraestructuras construyen, qué riesgos consideran prioritarios y qué advertencias atienden. Si un determinado fenómeno como el cambio climático es reiteradamente presentado durante años como una exageración ideológica, resulta razonable pensar que su prevención pueda recibir menos atención que otros objetivos considerados más urgentes. La ideología no aparece entonces como una consigna escrita en una partida presupuestaria, sino como el criterio general que decide qué problemas merecen recursos y cuáles pueden posponerse.
LA FACTURA DE DESPRECIAR LAS ADVERTENCIAS
Quizá ésta sea la principal enseñanza que dejan los incendios
de España y Francia. Durante décadas, la ciencia describió un escenario que muchos consideraron exagerado. Ese escenario ha comenzado a hacerse realidad. A partir de ese momento, el debate deja de consistir en decidir quién tenía razón y pasa a centrarse en otra cuestión mucho más relevante: si las instituciones adaptaron realmente sus políticas a un riesgo cuya existencia llevaba mucho tiempo siendo conocida.
Todas las posiciones políticas pueden debatirse, también las discrepancias sobre las mejores estrategias para afrontar el cambio climático. Pero lo que resulta difícil de sostener es que la evidencia científica pueda ocupar un lugar secundario cuando lo que está en juego la seguridad colectiva. Porque los incendios no distinguen entre ideologías, programas electorales o creencias personales. Obedecen únicamente a las leyes de la física. Y precisamente por ello constituyen uno de los recordatorios más contundentes de que la naturaleza nunca negocia con nuestras convicciones particulares.
Cuando la realidad termina pareciéndose extraordinariamente a lo que los científicos llevaban décadas anunciando, la cuestión ya no consiste en decidir si queremos creerles o no. La verdadera pregunta es cuánto tiempo puede permitirse una sociedad ignorar las advertencias del conocimiento antes de que el precio de hacerlo termine pagándose en bosques calcinados, pueblos evacuados, recursos públicos desbordados y vidas humanas puestas en peligro.






























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