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Miércoles, 15 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:

LA REPÚBLICA QUE QUISO ENSEÑAR A ESPAÑA A LEVANTAR LA CABEZA

Relato de cómo la vieja España decidió destruir el mayor intento de transformación democrática de su historia

¿Qué sucede cuando el legado de un pueblo se enfrenta al abismo del olvido? ¿Cómo impacta en nuestra identidad el deterioro de los vestigios de nuestros ancestros? (...).

POR ADAY QUESADA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

    La Segunda República española nació un día de abril en que las calles olían a primavera y a milagro.

 

    No llegó montada sobre tanques ni escoltada por generales. No la trajo ninguna espada. La trajeron las urnas, que por una vez hablaron más alto que los sables, y la trajeron también los pies de la gente, miles y miles de pies golpeando adoquines, llenando plazas, ocupando balcones, desbordando ciudades enteras con una palabra recién descubierta en la boca: República.

 

    Era 1931, pero España llevaba siglos llegando tarde a casi todo. Tarde a la modernidad, tarde a la democracia, tarde a la justicia. Había aprendido a obedecer antes que a pensar, a rezar antes que a leer, a inclinar la espalda antes que a pedir cuentas. Durante demasiado tiempo, el país había sido una finca inmensa repartida entre terratenientes, sotanas, uniformes y coronas.

 

    Y de pronto, por un instante fugaz de la historia, España quiso dejar de arrodillarse.

 

    La República fue eso: el intento de un país viejo por nacer de nuevo.

 

     Quiso llenar de escuelas los pueblos donde solo había iglesias. Quiso que los hijos de campesinos y obreros aprendieran a leer para que nadie pudiera seguir engañándolos con la tinta de los poderosos y el miedo de los púlpitos. Porque un pueblo que sabe leer empieza a sospechar. Y cuando un pueblo sospecha, empieza a hacerse peligroso.

 

    Quiso también repartir la tierra. No toda, no tanta como algunos soñaban, pero sí la suficiente para que el hambre dejara de ser costumbre. Porque en España había hombres que sembraban trigo con manos rotas mientras otros heredaban latifundios sin haber sembrado jamás ni una semilla.

 

    Quiso decirle al Ejército que debía obedecer al pueblo y no gobernarlo. Quiso recordarle a la Iglesia que el cielo podía seguir siendo suyo, pero la tierra debía pertenecer a todos.

 

   Y quiso, por primera vez en la historia de España, que las mujeres fueran ciudadanas enteras y no una mitad de persona. Las mujeres votaron. Hablaron. Entraron en la política. Entraron en la historia por la puerta grande, dejando atrás siglos de silencio impuesto.

 

    Pero la República nació hermosa y condenada. Porque no hay privilegio que se retire sin provocar mordidas a dentelladas.

 

   Los viejos dueños de Españalos de siempre, los de apellidos largos y manos limpias de trabajar— comprendieron enseguida el peligro. No les asustaban tanto las reformas concretas como el precedente. Lo verdaderamente intolerable no era una ley, ni una escuela, ni una tímida reforma agraria. Lo intolerable era que los de abajo empezaran a creerse con derecho a poder decidir sobre el  cauce por el que debía transcurrir el país. Y eso jamás...

 

  Y fue entonces cuando comenzó la guerra antes de la guerra.

 

   Los periódicos conservadores escupieron veneno cada mañana. Los púlpitos anunciaron el apocalipsis. Los cuarteles conspiraron en voz baja. Los terratenientes sabotearon todo aquello cuanto pudieron. Los fascistas aprendieron a marchar marcialmente. Los banqueros financiaron el miedo. Los moderados pidieron paciencia a los hambrientos mientras la reacción afilaba los cuchillos.

 

   La República quiso reformar demasiado para los poderosos y demasiado poco para los desesperados. Quedó atrapada entre quienes la odiaban por existir y quienes la amaban exigiéndole milagros.

 

   Y sin embargo, pese a todos sus errores, pese a todas sus vacilaciones y pese a sus voluminosas contradicciones, la República sigue siendo uno de los momentos más luminosos de nuestra historia.

 

   Porque durante cinco años España se atrevió a imaginar otra cosa. Se atrevió a imaginar que el hijo del jornalero podía sentarse en un pupitre. Que la mujer podía votar sin pedir permiso. Que el cura podía dejar de mandar en la escuela. Que el general podía obedecer a un civil. Que el terrateniente podía perder parte de su finca. Que el país podía pertenecer, aunque fuera un poco, a quienes lo trabajaban.

 

Por eso tuvieron que matarla.

     No bastó con derrotarla militarmente. Hubo que enterrarla bajo cuarenta años de dictadura. Hubo que fusilar a sus maestros, encarcelar a sus alcaldes, rapar a sus mujeres, borrar sus nombres de las calles, prohibir sus canciones, desenterrar sus cadáveres de la memoria nacional...

 

   Porque los vencedores entendieron muy bien algo que a veces se olvida: las ideas pueden sobrevivir a las balas.

 

    Y la República pudo sobrevivirSobrevivió en las maletas del exilio. En los libros escondidos. En los susurros de las abuelas. En las cunetas. En las cartas nunca entregadas. En los hijos de quienes crecieron escuchando que hubo un tiempo en que España casi había sido otra cosa.

 

     La II República no fue un paraíso. Ninguna época lo es.

   
    No fue perfecta. Ninguna obra humana lo es.


    No resolvió todos los males de España. Ni siquiera le dieron tiempo.

 

   Pero fue, eso sí, el intento más noble, más valiente y más hermoso de arrancar a este país de su secular resignaciónFue la España que quiso ponerse en pie. Y por eso todavía duele. Porque hay derrotas que no se lloran solo por lo que fueron, sino por todo lo que pudieron llegar a ser.

 
 
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