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PARÍS: REYES DEL DOMINGO Y ESCLAVOS DE LOS LUNES

Durante toda la semana el fanático deportivo soporta órdenes y humillaciones, el domingo y se produce el milagro

Los fanáticos no viajan solos. Los fanáticos se desplazan en manadas que se creen ejércitos. Avanzan como un enorme animal de cien patas y una sola cabeza. Una criatura hecha de cantos, cerveza, resentimientos y humo. El universo del fanático es simple. De un lado está la luz. Del otro, las tinieblas....

 

 

POR ADAY QUESADA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

    Hace apenas unos días, París volvió a contemplar una escena antigua disfrazada de pura actualidad. Bastó un partido de fútbol, la final de la Champions, para que algunos confundieran la pasión con la licencia y la camiseta con la armadura. 

 

   La ciudad de las catedrales, los puentes y los libros vio correr por sus avenidas a hombres que parecían perseguir una victoria, cuando lo que hacían, en realidad,  era huir de sí mismos.

 

  Ardieron contenedores, estallaron escaparates y el humo cubrió durante unas horas los mismos bulevares por donde tantas veces caminaron poetas y soñadores. El fútbol había terminado, pero el fanatismo, que nunca acepta el silbato final, acababa de empezar su propio partido.


    Y es que los fanáticos no entran al estadio: desembarcan en él. Llegan como llegan las tormentas que han aprendido a caminar. Vienen envueltos en la bandera del club como si fuera una segunda piel o un sudario anticipado.

 

    Sus caras, pintada con los colores de la tribu, parecen   máscaras de guerra rescatadas de algún museo de civilizaciones desaparecidas. Sus gargantas ya vienen incendiadas desde varias calles atrás. Cada paso es un tambor. Cada insulto, una bengala. Cada gesto, una declaración de combate.

 

    Y es que los fanaticos no viajan solos. Nunca. Los fanáticos se desplazan en manadas que se creen ejércitos. Avanzan como un enorme animal de cien patas y una sola cabeza. Una criatura hecha de cantos, cerveza, resentimientos y humo. Allí, en medio de la multitud, el hombre pequeño descubre por unas horas la ilusión de ser gigantesco. El invisible se vuelve visible. El obediente se siente soberano. El derrotado encuentra un territorio donde puede fingir que jamás perdió nada.

 

    Durante toda la semana el fanático ha soportado órdenes, silencios y humillaciones. Ha visto pasar los días como quien contempla trenes que nunca se detienen en su estación. El despertador lo arranca del sueño para devolverlo a un trabajo que no eligió o a la angustia de no tener ninguno. La vida le ha enseñado a bajar la cabeza. Pero llega el domingo y ocurre el milagro. Entonces levanta el cuello, hincha el pecho y descubre que pertenece a algo. Aunque sea una ilusión. Aunque dure apenas noventa minutos.

 

    Hay una vieja parábola sobre un hombre que llevaba una piedra enorme sobre la espalda. Durante años caminó encorvado bajo aquel peso insoportable. Un día encontró un espejo mágico. Al mirarse, vio a un rey. Desde entonces siguió cargando la misma piedra, pero a partir de entonces creyó que llevaba una corona.

 

   El fanático ha encontrado ese espejo. Por eso entra al estadio como quien cruza las puertas de un reino. Allí las leyes cambian. La lógica se suspende. La realidad pide permiso para existir.

 

    Observa el partido con la intensidad de un profeta que espera el fin del mundo. Pero, en verdad, no ve el partido. Los jugadores son apenas un pretexto. El balón es una excusa. El espectáculo verdadero ocurre en las tribunas.

 

    Allí está su patria. Allí libra sus guerras. Allí busca enemigos. Porque el fanático necesita enemigos como los incendios necesitan oxígeno. Sin ellos, se apagaría.

 

    La sola presencia del hincha rival constituye una ofensa imperdonable. Su respiración ya es provocación suficiente. Su camiseta equivale a una declaración de guerra. No importa si está sentado, callado o distraído. Existe. Y eso basta.

 

    El universo del fanático es simple. Terriblemente simple. De un lado está la luz. Del otro, las tinieblas. De un lado los elegidos. Del otro los condenados. No existen los matices. No existen las dudas. No existe la complejidad.

 

    La razón es una frontera que abandonó hace mucho tiempo. En algún lugar de su historia se perdió la capacidad de preguntarse si el adversario juega bien. Si lo admitiera, aunque fuera por un instante, una grieta aparecería en el muro de sus certezas. Y por esa grieta podría colarse el pensamiento. El pensamiento es peligroso. Obliga a mirar dos veces. Obliga a escuchar. Obliga a comprender. Y comprender al enemigo es el primer paso para dejar de odiarlo.

 

    Por eso el fanático se protege del pensamiento con una armadura de consignas repetidas hasta el agotamiento. Canta para no escuchar. Grita para no pensar. Insulta para no dudar.

   

   En el fondo, teme. Teme más de lo que odia. El miedo es el arquitecto secreto de su furia.

   

    Tiene miedo de no pertenecer. Miedo de quedarse solo. Miedo de descubrir que, detrás de tantos colores y tantas canciones, sigue siendo aquel hombre común que regresa cada noche a las mismas derrotas.

 

   Entonces ruge. Y cuanto más ruge, más silencio intenta ocultar. Los estadios están llenos de esos silencios disfrazados de estruendo. Desde lejos parecen volcanes. Desde cerca son heridas.

 

   A veces la multitud se levanta al mismo tiempo y uno tiene la impresión de contemplar un océano vertical. Miles de brazos se elevan. Miles de gargantas estallan. Miles de corazones laten bajo una misma consigna. Durante unos segundos desaparecen los nombres, los trabajos, las edades y los fracasos. Solo queda la masa. Solo queda el nosotros.

 

   Y el nosotros, ciertamente,  puede ser  y es hermoso. Pero también puede convertirse en una máquina feroz. Porque cuando la multitud deja de ser encuentro y se convierte en trinchera, el vecino pasa a ser enemigo, la diferencia se vuelve amenaza y la pasión degenera en fanatismo.

   Entonces el estadio deja de parecerse a una fiesta y empieza a parecerse a un manicomio donde todos gritan que están cuerdos.

 

   Y quizá la tragedia del fanático sea esa: busca pertenecer a algo tan desesperadamente que termina perdiéndose a sí mismo. Persigue una identidad y encuentra una jaula. Busca una bandera y acaba encontrando una venda. Quiere sentirse más grande que su propia vida y termina siendo apenas una gota anónima dentro de una marea de furia.

 

   Mientras tanto, el partido termina. Las luces se apagan. Los héroes regresan a los vestuarios.   Y el rey del domingo vuelve a convertirse en el miserable súbdito del lunes. Hasta la próxima función. Hasta la próxima batalla. Hasta el próximo espejismo.

 
 
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