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Martes, 18 de Agosto de 2026

LA INTEGRACIÓN SOCIALDEMÓCRATA DEL PARTIDO COMUNISTA DE ESPAÑA NARRADA POR "MUNDO OBRERO"

Breve crónica de una traición política y las consecuencias que todavía sufrimos

Hay procesos políticos que, décadas después, pueden reinterpretarse o justificarse de forma interesada. Pero queda un testigo difícil de desmentir: lo que sus protagonistas escribieron mientras sucedían los hechos. Las páginas de Mundo Obrero, órgano de expresión del PCE, permiten seguir casi en tiempo real cómo, durante la llamada «Transición a la democracia», la dirigencia del partido que había sido la principal fuerza organizada de la resistencia antifranquista fue justificando ante sus militantes unas renuncias que terminarían modificando para siempre su propia naturaleza política. Para reconstruir aquella transformación basta con leer lo que el propio partido decía entonces.

Por CRISTÓBAL GARCÍA VERA PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-

 

    Eurocomunismo fue el término utilizado, a partir de la década de 1970, para designar la orientación política adoptada [Img #93790]por algunos de los principales partidos comunistas de Europa occidental, especialmente el italiano, el francés y el español. Sus impulsores lo presentaron como una «vía democrática y nacional al socialismo», independiente de la Unión Soviética y adaptada a las particularidades de las sociedades occidentales. Sin embargo, aquella formulación encubría una transformación mucho más profunda: la culminación del proceso de socialdemocratización que desde hacía años avanzaba en el interior de esos partidos.

 

    La nueva orientación se tradujo en el abandono de cualquier perspectiva de ruptura revolucionaria, en la aceptación del Estado burgués como marco definitivo de actuación política y en la búsqueda de acuerdos estables con sectores de la burguesía. El objetivo dejó de ser la sustitución del poder capitalista por el poder de la clase trabajadora y pasó a consistir en la participación institucional y en la gestión, pretendidamente progresista, del orden existente.

 

  Los dirigentes eurocomunistas, naturalmente, no podían presentar abiertamente ante la sociedad ni ante sus propias militancias una renuncia de semejante alcance. Por ello continuaron hablando de socialismo, «democracia avanzada» y «poder de los trabajadores». Pero, aunque las palabras permanecieron durante algún tiempo, su contenido fue alterándose progresivamente.

 

   Las transformaciones socialistas dejaron de identificarse con la conquista del poder político y económico por la clase trabajadora. En su lugar, comenzaron a presentarse como el resultado de una supuesta acumulación gradual de avances y pactos parlamentarios dentro de las instituciones del propio sistema. La ruptura fue sustituida por la reforma; la organización popular, por la representación institucional; y la conquista del poder, por la presencia en los órganos encargados de administrarlo.

 

   En consonancia con estos nuevos objetivos reformistas, la movilización popular que había caracterizado durante décadas la actividad de los partidos comunistas fue subordinándose a la negociación institucional. La lucha de clases cedió su lugar a la búsqueda del «consenso» y la independencia política de la clase trabajadora fue sacrificada en aras de las alianzas con fuerzas comprometidas con la preservación del sistema. Según prometían sus dirigentes, esa estrategia permitiría transformar gradualmente el capitalismo desde dentro.

 

  Sin embargo, no fue el capitalismo el que terminó transformándose, sino los propios partidos que habían asumido aquella orientación. Algunos cambiaron hasta resultar políticamente irreconocibles; otros quedaron reducidos a fuerzas testimoniales y alguno, sencillamente, acabó desapareciendo.

 

  El Partido Comunista Italiano, que había llegado a convertirse en la mayor organización comunista de Europa occidental, situó el llamado «compromiso histórico» con la Democracia Cristiana en el centro de su estrategia. El resultado final de aquella trayectoria no fue la aproximación al socialismo, sino su disolución en 1991 y la integración de buena parte de sus cuadros en una nueva formación de orientación socialdemócrata.

 

  El Partido Comunista Francés sufrió, por su parte, un prolongado y agónico retroceso electoral, sindical y social. El Partido Comunista de España, que había constituido la principal y casi única fuerza organizada de la resistencia antifranquista, perdió en unos pocos años gran parte de la influencia política y de la capacidad de movilización acumuladas a lo largo de décadas de clandestinidad, persecución y lucha.

 

  La orientación eurocomunista contribuyó decisivamente a desarmar política e ideológicamente a estas organizaciones. Al renunciar a constituirse en una alternativa real al orden capitalista y aceptar un papel subordinado en su administración, dejaron vacante el espacio histórico que había justificado su existencia. No se debilitaron por mantenerse fieles a un "proyecto revolucionario imposible", como luego afirmarían  sus dirigentes, sino porque abandonaron aquello que las distinguía de las restantes fuerzas encargadas de gestionar el sistema.

 

EL IMPRESCINDIBLE PAPEL DEL PCE EN LA TRANSICIÓN PACTADA AL RÉGIMEN MONÁRQUICO

   En el Estado español, la orientación eurocomunista encontró su expresión más acabada en la participación del PCE en una Transición diseñada para reformar las estructuras políticas del franquismo sin permitir una verdadera ruptura democrática.

 

   La Monarquía había sido instaurada por decisión expresa de Franco; la Ley para la Reforma Política fue elaborada por el Gobierno de Adolfo Suárez y aprobada por las propias Cortes franquistas; y una parte sustancial de los aparatos judiciales, policiales, militares y administrativos de la dictadura permaneció intacta. No se desmanteló el aparato estatal heredado del franquismo, se modificaron sus formas políticas para garantizar su continuidad dentro de un nuevo régimen parlamentario.

 

   La oposición fue incorporada al proceso solo después de que aceptara sus límites fundamentales. A cambio de su legalización y de un espacio previamente acotado en las nuevas instituciones, sus principales organizaciones renunciaron a exigir responsabilidades por los crímenes de la dictadura, abandonaron cualquier perspectiva constituyente surgida de la soberanía popular y aceptaron una Monarquía que el pueblo español nunca eligió.

 

  Todo ello se desarrolló, además, bajo la atenta tutela de Estados Unidos. Washington no redactó cada una de las disposiciones que hicieron posible  la Transición, pero orientó, respaldó y acompañó aquella salida controlada de la dictadura, como muestran numerosos documentos desclasificados por la Administracion estadounidense y como documentó  Joan Garcés en su libro "Soberanos e intervenidos".

 

   La prioridad estadounidense consistía en preservar el uso de las bases militares, asegurar el anclaje de España en el bloque occidental y evitar que la crisis final del franquismo desembocara en una ruptura política y social de consecuencias imprevisibles. Estados Unidos había establecido relaciones con Juan Carlos antes de la muerte de Franco y siguió con especial atención tanto la evolución de la oposición como la incorporación del PCE al nuevo marco institucional.

 

   El Partido Comunista era la organización que poseía una mayor legitimidad antifranquista ante amplios sectores de la sociedad española. Precisamente por ello, su integración resultaba indispensable para dotar de credibilidad popular a una operación política dirigida desde las estructuras del régimen anterior. Sin la colaboración del PCE habría resultado mucho más difícil presentar como una conquista democrática lo que, en realidad, constituía una reforma pactada para impedir la ruptura.

 

  El precio político de su legalización fue la aceptación de los pilares fundamentales del nuevo régimen: la Monarquía, la bandera rojigualda, la continuidad de los principales aparatos del Estado y la concepción centralista de la «unidad de España». La dirección encabezada por Santiago Carrillo asumió esas condiciones y puso el prestigio acumulado por el sacrificio e incluso la vida de miles de comunistas durante la lucha antifranquista al servicio de una operación genuinamente lampedusiana: cambiar las formas necesarias para que nada esencial cambiase.

 

   Posteriormente, el PCE respaldó los Pactos de la Moncloa, que hicieron recaer sobre la clase trabajadora buena parte del coste de la crisis capitalista de los años setenta. La contención salarial y la desmovilización fueron presentadas como "contribuciones responsables a la estabilidad democrática", mientras se subordinaban las reivindicaciones obreras a las necesidades de recuperación de la economía capitalista.

 

   El Partido pidió  asimismo el voto favorable a una Constitución que consagraba la Monarquía, protegía la propiedad privada de los medios de producción, preservaba la continuidad del aparato estatal y atribuía a las Fuerzas Armadas la misión de garantizar la «unidad de España». Cada una de estas concesiones fue justificada por su dirección como un «sacrificio necesario para consolidar la democracia».

 

   Pero aquella supuesta prudencia táctica no tardó en revelar su auténtica naturaleza. No se trataba de retroceder momentáneamente para acumular fuerzas, sino de abandonar toda estrategia de ruptura y aceptar definitivamente los límites impuestos por el nuevo régimen. Las renuncias dejaron de ser tácticas cuando  fueron convertidas en el contenido estratégico mismo de la política del Partido Comunista de España.

 

   La dirección del PCE contribuyó así a transformar a la fuerza política más importante de la resistencia antifranquista en uno de los principales avales de la continuidad institucional del Estado. En nombre del realismo, renunció a modificar las relaciones de poder; en nombre de la democracia, aceptó una Monarquía heredada de la dictadura; y en nombre de la responsabilidad, ayudó a contener la movilización social que podía haber desbordado los límites cuidadosamente establecidos por las élites franquistas.

 

   El resultado histórico fue inequívoco: el régimen obtuvo la legitimidad que necesitaba y el PCE perdió, en apenas unos pocos años, buena parte de la fuerza política y social que había conquistado durante décadas de lucha. Lo que su dirección presentó como la entrada del comunismo en las instituciones terminó siendo, en realidad, la integración del Partido en un orden construido precisamente para impedir cualquier transformación socialista.

 

LA INTEGRACIÓN DEL PCE EN EL RÉGIMEN DEL 78 JUSTIFICADA DESDE LAS PÁGINAS DE MUNDO OBRERO

 

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    Curiosamente, algunos de los detalles de  esta involución política puede seguirse con claridad desde las mismas páginas de Mundo Obrero, órgano oficial del Partido Comunista de España. La lectura de sus editoriales, consignas y análisis publicados durante 1977 y 1978 nos permite reconstruir, casi semana a semana, el procedimiento mediante el cual la dirección eurocomunista del Partido fue justificando ante sus militantes cada una de las renuncias que conducirían a la plena integración del Partido en lo que más tarde sería conocido como el Régimen del 78.

 

  No se trató de un giro político proclamado abiertamente ni ejecutado de una sola vez. Fue un desplazamiento progresivo, realizado mediante una cuidadosa modificación del lenguaje político. Cada concesión era presentada como un avance; cada retroceso, como una "demostración de responsabilidad"; y cada aceptación de los límites impuestos por las élites franquistas, como "un paso necesario" hacia una democracia futura que nunca terminaba de llegar.

 

DE LAS ELECCIONES DE 1977 A LA ACEPTACIÓN DE LA MONARQUÍA

    Antes de las elecciones del 15 de junio de 1977, Mundo Obrero presentaba la convocatoria como una oportunidad para transformar las nuevas Cortes en una auténtica «Asamblea constituyente». Formalmente, todavía no se aceptaba como definitivo el marco político heredado. Las elecciones debían servir para abrir un proceso democrático y permitir que la ciudadanía decidiera libremente la forma y el contenido del nuevo Estado.

 

   El número 21, del 30 de mayo de 1977,  del mismo periódico afirmaba que el PCE acudía a las urnas con la voluntad de convertirlas en «un paso hacia la democracia auténtica y libre para los pueblos de España». Su objetivo declarado consistía en lograr que el Congreso actuara como una "Asamblea constituyente" y redactara una Constitución que garantizase las libertades políticas y sindicales, los derechos individuales, la independencia judicial y la autonomía de las nacionalidades.

 

   La fórmula electoral resumía aquella promesa con absoluta claridad: «Votar comunista, votar democracia».

 

   Sin embargo, apenas unos días después, el número 22, del 1 de junio, reclamaba ya un «pacto constitucional» en el que participaran todas las fuerzas políticas, «desde la derecha civilizada hasta los comunistas». En aquella expresión podía advertirse la orientación que acabaría presidiendo toda la estrategia del PCE: la democracia no sería conquistada mediante el desmantelamiento de las estructuras franquistas, sino negociada con los sectores del propio régimen dispuestos a aceptar una reforma limitada.

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   Después de las elecciones, esta orientación se hizo aún más explícita. El número 24, del 16 de junio de Mundo Obrero, aparecía ya con el titular «Ahora hay que construirla». Los comicios eran presentados como el comienzo de la democracia y la Constitución como su instrumento fundamental. El periódico sostenía que la tarea prioritaria de las nuevas Cortes debía ser la redacción de una Constitución democrática, llegando a considerar como solución ideal la formación de «un Gobierno de amplia concentración, desde el Centro hasta los comunistas».

 

  En apenas dos semanas se había producido un desplazamiento mas que revelador. Primero se reclamó la participación de la llamada «derecha civilizada». Inmediatamente después, el PCE se mostraba dispuesto a compartir con ella la responsabilidad de gobernar. Lo que inicialmente había sido presentado como un proceso constituyente impulsado desde abajo, comenzaba ahora a convertirse en un acuerdo entre las direcciones de las principales fuerzas políticas.

 

LA RUPTURA QUE «DEJÓ DE SER NECESARIA»

     Uno de los documentos más reveladores apareció en el número 26, del 29 de junio de 1977. En sus páginas, Mundo Obrero reconocía abiertamente que el tránsito político se estaba realizando mediante un acuerdo entre la oposición y una parte del antiguo régimen:

   «De una dictadura hemos ido pasando a la democracia. Y lo hemos hecho por la vía de la reconciliación, del pacto para la libertad […] entre la oposición democrática y los sectores reformistas desprendidos del régimen anterior».

 

   El periódico admitía que no se había producido una «ruptura radical» como la vivida en Portugal. Sin embargo, sostenía que se estaba desarrollando una ruptura distinta, «más dilatada en el tiempo», pero «no menos real». La importancia de esta formulación resulta difícil de exagerar.

 

   La renuncia a la ruptura democrática dejaba de ser presentada como una concesión impuesta por una determinada correlación de fuerzas. Ya no se decía: no hemos podido desmantelar las estructuras franquistas y nos hemos visto obligados a retroceder. Se afirmaba, por el contrario, que aquel acuerdo con sectores del Régimen constituía por sí mismo otra forma de ruptura, gradual pero igualmente efectiva.

 

   El lenguaje permitía así invertir el significado de lo que estaba sucediendo. La continuidad del aparato estatal se convertía en una modalidad particular del cambio; la negociación con los herederos políticos del franquismo, en una vía hacia la democracia; y la renuncia a disputar el poder, en una estrategia supuestamente más inteligente para transformarlo.

 

   La consecuencia lógica de esta orientación apareció pocos meses después. En el número 38, del 22 de septiembre de 1977, Mundo Obrero reprodujo favorablemente una propuesta de Santiago Carrillo para constituir un Gobierno de coalición presidido por Adolfo Suárez, en el que estuvieran representadas fuerzas «desde Alianza hasta el PCE». Sus principales tareas serían aprobar la Constitución, abordar el problema de las nacionalidades y alcanzar un acuerdo económico.

 

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   La propuesta resultaba extraordinariamente significativa. Alianza Popular había sido fundada por antiguos ministros de Franco; Adolfo Suárez había ocupado la Secretaría General del Movimiento; y Juan Carlos de Borbón había sido designado sucesor por el propio dictador. Pese a ello, la dirección del PCE ya no consideraba a estas fuerzas e instituciones como componentes del aparato político que debía ser desplazado, sino como interlocutores válidos y legítimos con los que construir el nuevo Estado.

 

   No era únicamente una adaptación táctica a la existencia de esas instituciones. Se trataba también de reconocerlas como protagonistas legítimas del propio proceso y de atribuirles, junto al  PCE, la responsabilidad de establecer los fundamentos del nuevo régimen.

 

LOS "PACTOS DE LA MONCLOA" Y LA SUBORDINACIÓN DE LOS TRABAJADORES

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  Esta orientación tuvo su correspondiente traducción económica. En febrero de 1978, el número 5 de Mundo Obrero calificaba la firma de los Pactos de la Moncloa como una «gran prueba de madurez» de los partidos de izquierda y de las centrales sindicales. Según el organo de expresion del Comite Central del PCE, el acuerdo debía contribuir a la «recuperación económica y la consolidación democrática».

 

  El PCE denunció posteriormente que el Gobierno aplicaba las medidas restrictivas del acuerdo mientras relegaba las reformas prometidas. Pero no cuestionó su lógica fundamental: contener las reivindicaciones salariales, moderar la conflictividad laboral y subordinar la movilización de la clase trabajadora a las necesidades de estabilización de la economía capitalista.

 

   La crisis fue presentada como un problema general ante el que todas las clases sociales debían realizar sacrificios semejantes. De ese modo se ocultaba que trabajadores y empresarios no afrontaban la situación desde posiciones equivalentes, ni poseían la misma responsabilidad en su origen. La defensa de los salarios y de las condiciones de vida comenzaron a  a ser descritas como una amenaza para la recuperación económica y la estabilidad política, mientras la renuncia obrera era elevada a la categoría de virtud democrática.

 

   El Partido que había organizado durante décadas a la clase trabajadora para defender sus propios intereses pasaba ahora a pedirle moderación en nombre del "interés general". Pero ese supuesto interés común no era neutral: exigía que los trabajadores aceptaran una pérdida de capacidad adquisitiva para facilitar la recuperación de la rentabilidad empresarial y garantizar la estabilidad del nuevo régimen.

 

 

LA REPÚBLICA SACRIFICADA EN NOMBRE DEL CONSENSO

 

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    Finalmente llegó la aceptación de la Monarquía. El número 6 de Mundo Obrero, publicado el 15 de febrero de 1978, informaba, ya sin sonrojo,  que el PCE, el PNV y la minoría catalana aceptaban la definición de España como «monarquía parlamentaria».

 

   La República, defendida históricamente por los comunistas y vinculada a la memoria de centenares de miles de militantes asesinados, encarcelados, represaliados o forzados al exilio, desaparecía de la batalla constitucional. No era sometida al pronunciamiento de la ciudadanía ni defendida como una alternativa ante el nuevo régimen. Simplemente fue sacrificada para facilitar el consenso con las fuerzas que necesitaban legitimar la Corona instaurada por Franco.

 

   En noviembre, ante el referéndum constitucional, Mundo Obrero reclamaba abiertamente el voto afirmativo. La Constitución era presentada en su número del 21 de noviembre como una suerte de gran pacto de convivencia, capaz de abrir un futuro de libertad y democracia mediante sus 169 artículos.

 

   El desplazamiento político se había completado. De exigir unas Cortes verdaderamente constituyentes se había pasado a legitimar una Constitución elaborada bajo la presión de los poderes heredados, que convertía en definitiva la Monarquía procedente del franquismo. El pueblo no pudo elegir entre República y Monarquía: únicamente se le permitió aceptar o rechazar en bloque un texto en el que la Corona ya aparecía incorporada como un hecho consumado.

 

   La dirección del PCE presentó ese desenlace como la culminación de la lucha democrática. Pero, en realidad, la Constitución no fue el resultado de una ruptura con el Estado franquista, sino el instrumento jurídico que permitió reorganizarlo y dotarlo de una nueva legitimidad parlamentaria.

 

LA ESENCIA DEL FRAUDE REFORMISTA

    Quienes todavía defienden la actuación del PCE durante la llamada «Transición a la democracia» suelen recurrir a un argumento aparentemente incontestable: en España no existían las condiciones necesarias para imponer una ruptura democrática. Cualquier alternativa diferente, aseguran, habría sido una expresión de «idealismo», «aventurerismo» o «infantilismo de izquierdas».

 

    Esta justificación incurre en una primera falsificación: presenta la Transición como si se hubiera desarrollado en un terreno neutral, determinado exclusivamente por la correlación espontánea de las fuerzas políticas españolas. Sin embargo,la documentación desclasificada nos permite saber hoy que aquel proceso estuvo condicionado desde el exterior y que determinadas fuerzas, dirigentes y equipos habían sido seleccionados, financiados, promovidos o cooptados para encauzar la crisis de la dictadura hacia una salida pactada.

 

   Joan E. Garcés describió ese posfranquismo como un proceso protagonizado por

«equipos cooptados con criterio empresarial, algunos de ellos amparados por siglas históricas, que aparecieron ante una ciudadanía privada durante cuarenta años de organizaciones y derechos políticos».

 

   En ese marco, la orientación eurocomunista de la dirección del PCE no fue un elemento secundario. Facilitó su incorporación a una operación dirigida a modernizar las formas políticas del Estado sin alterar los principales fundamentos sociales y económicos heredados de la dictadura.

 

   La apelación a las «condiciones adversas», a la «correlación de fuerzas» y al omnipresente «ruido de sables» ha servido desde entonces para justificar retrospectivamente cada una de las concesiones realizadas. Según este relato, cualquier política diferente habría provocado una intervención militar y destruido las libertades que acababan de conquistarse.

 

   Es indudable que existía un poderoso núcleo inmovilista —el llamado búnker—, que los aparatos militares y policiales permanecían prácticamente intactos y que buena parte de la oficialidad continuaba identificándose con el franquismo. La violencia de la extrema derecha, la represión policial y las conspiraciones militares tampoco fueron invenciones destinadas a justificar retrospectivamente una determinada interpretación de los hechos. Constituían amenazas reales.

 

   Pero reconocer la existencia de esas amenazas no obliga a aceptar el uso político que se hizo de ellas. Quienes dirigían la Transición desde el aparato del Estado no podían permitirse fácilmente un simple regreso a la dictadura. Su objetivo consistía en proporcionar una nueva legitimidad al orden social heredado, homologar urgentemente a España como una democracia parlamentaria occidental, facilitar su incorporación a la Comunidad Económica Europea y asegurar su integración definitiva en las estructuras estratégicas del bloque occidental. Una restauración abierta del fascismo habría comprometido todos esos objetivos.

 

   El miedo al golpe actuó, por tanto, como una poderosa herramienta disciplinaria. Permitió limitar las aspiraciones populares, desactivar las movilizaciones y presentar cualquier exigencia de ruptura como una irresponsabilidad capaz de provocar el retorno de los militares. La amenaza existía, pero también fue utilizada para estrechar artificialmente el campo de lo posible.

 

UNA CONCESIÓN TÁCTICA NO PUEDE CONVERTIRSE EN PRINCIPIO

   Incluso admitiendo que la correlación de fuerzas hubiera impuesto un repliegue táctico, este nunca habría justificado el abandono de los principios políticos fundamentales de una organización que se proclamaba comunista.

 

   Un partido revolucionario puede verse obligado a retroceder, negociar, realizar concesiones, suscribir compromisos provisionales o intervenir en instituciones creadas por la clase dominante. La política revolucionaria no consiste en ignorar las relaciones de fuerzas ni en repetir consignas al margen de las condiciones concretas. Pero la primera obligación de una organización que pretenda transformar la sociedad es llamar a las cosas por su nombre, conservar su independencia de clase y no presentar una derrota circunstancial como si fuera una victoria estratégica.

 

   La dirección del  PCE hizo exactamente lo contrario. Reconoció que no se había producido una «ruptura radical», pero afirmó que se estaba desarrollando otra ruptura, «más dilatada en el tiempo» y «no menos real». De esta manera, la renuncia dejaba de ser reconocida como tal. El retroceso se convertía retóricamente en avance; el pacto con los reformistas del franquismo, en una forma superior de ruptura; y la integración en las instituciones heredadas, en el comienzo de su supuesta transformación.

 

   La cuestión decisiva no era, por tanto, si el PCE debía o no concurrir a las elecciones, negociar acuerdos concretos o aceptar determinados compromisos impuestos por una correlación de fuerzas desfavorable. El problema residía en que cada una de aquellas concesiones fue presentada como parte de una estrategia que conduciría gradualmente al socialismo, cuando en realidad estaba integrando al partido en la gestión política del capitalismo españolAhí se encontraba el fraude esencial del eurocomunismo.

 

CUANDO LOS MEDIOS SE CONVIRTIERON EN EL ÚNICO FIN

  El fraude ideológico no consistió en defender unas libertades políticas que, aunque limitadas, representaban una conquista frente a la dictadura. Tampoco en presentarse a las elecciones ni en reconocer que una ofensiva socialista inmediata podía encontrarse fuera del alcance de la clase trabajadora. Consistió en presentar una política de adaptación al capitalismo como una estrategia destinada a superarlo.

 

   Lo que podía explicarse como un repliegue táctico se volvió falso cuando fue elevado a la categoría de vía gradual hacia el socialismo. Desde ese momento, la actuación dentro de las instituciones pasó a ocuparlo todo, mientras la transformación social era desplazada hacia un horizonte cada vez más lejano, impreciso e inalcanzable.

 

 La obtención de diputados, la negociación parlamentaria, el reconocimiento institucional, la participación en los consensos del Estado y la carrera profesional de los dirigentes se convirtieron progresivamente en los objetivos reales de la organización. El socialismo sobrevivió durante algún tiempo en los estatutos, en los discursos ceremoniales y en la memoria de la militancia, pero dejó de determinar la práctica política cotidiana del PCE.

 

    Poco quedaba ya, al final de aquel proceso, de la organización heroica por la que tantos militantes habían arriesgado la libertad y la vida durante el franquismo. La fuerza que había encarnado para miles de trabajadores y trabajadoras la posibilidad de conquistar una sociedad radicalmente distinta terminó desempeñando un papel imprescindible en la legitimación del régimen que clausuraba esa posibilidad.

 

  Esta lógica no desapareció con la Transición. Ha continuado reproduciéndose, bajo diferentes siglas y con lenguajes adaptados a cada época, en buena parte de la izquierda institucional surgida de aquella tradición. El PCE, Izquierda Unida y, posteriormente, espacios como Unidas Podemos o Sumar han seguido justificando su subordinación a los límites del Estado y de la economía capitalista mediante un argumento semejante: participar en la administración de lo existente sería la única manera realista de transformarlo.

 

[Img #93799]

 

 

   Sin embargo, la experiencia demuestra una y otra vez el resultado de esa estrategia. Las instituciones no son conquistadas por quienes abandonan su proyecto para incorporarse a ellas. Son esas fuerzas las que terminan siendo absorbidas, disciplinadas y transformadas por la lógica institucional. Lo que comienza como una presencia presuntamente destinada a cambiar el poder concluye con una participación subordinada en su ejercicio.

 

   La tragedia histórica del PCE no consistió simplemente en haber perdido votos, militantes o influencia sindical. Consistió en haber utilizado el inmenso prestigio conquistado por generaciones de comunistas para legitimar un orden político que preservaba la monarquía, la estructura económica capitalista y los principales aparatos del Estado heredado.

 

  En nombre del realismo se renunció a transformar la realidad; en nombre de la táctica se abandonó la estrategia; y en nombre del socialismo se terminó aceptando como único horizonte posible la administración del sistema capitalista. Cincuenta años después, aquella renuncia continúa marcando el rumbo de unas organizaciones que, bajo estos mismos parámetros, tienen muy poco que ofrecer a las clases trabajadoras del Estado español.   

 

 

Referencias y fuentes bibliográficas

Mundo Obrero. Órgano del Comité Central del Partido Comunista de España, Madrid:

  • Año XLVII, núm. 21, 30 de mayo de 1977.
  • Año XLVII, núm. 22, 1 de junio de 1977.
  • Año XLVII, núm. 24, 16 de junio de 1977.
  • Año XLVII, núm. 26, 29 de junio de 1977.
  • Año XLVII, núm. 38, 22 de septiembre de 1977.
  • Núm. 5, febrero de 1978.
  • Núm. 6, 15 de febrero de 1978.
  • Núm. 1, 21 de noviembre de 1978.
  • Azcárate, Manuel: «El eurocomunismo: una realidad, una esperanza», Mundo Obrero, año XLVII, núm. 10, 10 de marzo de 1977, pp. 6-7.
  • Sacristán Luzón, Manuel: «A propósito del “eurocomunismo”», Materiales. Crítica de la cultura, núm. 6, 1977, pp. 5-14.
  • Mandel, Ernest: Crítica del eurocomunismo. Traducción de Emilio Olcina Aya. Barcelona, Editorial Fontamara, 1978, 1.ª edición castellana.
  • Garcés, Joan E.: Soberanos e intervenidos. Estrategias globales, americanos y españoles. Madrid, Siglo XXI de España Editores, 1996.
  • Powell, Charles: «Henry Kissinger y España, de la dictadura a la democracia, 1969-1977», Historia y Política, núm. 17, enero-junio de 2007, pp. 223-251. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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  • M.B.

    M.B. | Jueves, 20 de Agosto de 2026 a las 13:53:03 horas

    4. No, camarada Cubañol, nuestro pueblo no fue derrotado por el terror fascista, no fue colonizada su subjetividad revolucionaria, nunca dejó de pensar en términos de emancipación, al contrario, abandonado por sus dirigentes cooptados, plantó cara al Terror del Estado y de la oligarquía vencedora en las calles, en los centros de trabajo y estudio, en la Universidades, con una constancia, tenacidad y temeridad incomparables, propiamente españolas en la Historia moderna y contemporánea, que se explican por la lucha contra el rey extranjero de la Rebelión de los Comuneros de Castilla en 1521, contra la satrapía de los austrias, contra la nefasta dinastía borbónica, liquidadora de las libertades de España, contra el maldito rey felón y su legado antipatriótico, contra el caciquismo inmovilista, turnista y antipopular, y contra el genocidio fascista, haciendo honor a todas nuestras generaciones revolucionarias, especialmente a la más hermosa, limpia honesta y moral, la que entregó su vida y su libertad en la lucha contra el fascismo, por nuestra vida y por nuestra libertad. Aquí estamos, en pie, con la misma constancia, tenacidad y amor por la libertad que nuestros ancestros, como el Viejo Topo de la Historia, alumbrando mil veces y las que haga falta un mundo nuevo, que vendrá con la reconstitución de nuestra amada República de los trabajadores de todas las clases, creación histórica de la Nación Comunera. No lo olvides.

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  • M.B.

    M.B. | Jueves, 20 de Agosto de 2026 a las 13:50:58 horas

    3. Los asesinatos disciplinarios y vengativos de Emilio Martínez Menéndez y de Montañés Gil, y de la inolvidable Yolanda González, República y Revolución hechas persona, cuando ya la maldita oligarquía tenía asegurado su dominio para un largo período histórico, demuestran que la conciencia revolucionaria de nuestro pueblo, especialmente de la juventud, jamás flaqueó, que el deseo de emancipación fue siempre superior al miedo a ser otra vez aplastados. Se trató de traición, no de miedo.
    La subjetividad revolucionaria no flota entre las nubes, ajena a la Historia, a la política y a la luchas de clases. Al contrario, es una determinación de esta. Si bien una cierta izquierda (en España confundimos la noción izquierda con la noción democracia, por algún malentendido histórico no aclarado, o porque nos han robado las palabras) aceptó la derrota, el pueblo trabajador comprendió que la traición de sus dirigentes cooptados había puesto fin a todo un período histórico, y la izquierda revolucionaria retuvo el honor de la lealtad a nuestra República Democrática de los trabajadores de todas las clases: recordad Forjas y Aceros de Reinosa, Astillero de Puerto Real en Cádiz, Astilleros de Vigo y Ferrol, Ensidesa en Asturias, Euskalduna en Euskadi, movilizaciones cuya derrota es la semilla del futuro, pero que abrieron el dominio desembozado de la dictadura fascista ahora con rostro humano, legitimada por fórmulas democráticas vacías, vómito final del Régimen que había de prolongarse hasta el presente.

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  • M.B.

    M.B. | Jueves, 20 de Agosto de 2026 a las 13:49:42 horas

    2. Por eso, en España la estructura política, de indudable naturaleza asiática (como descubrió K. Marx en sus artículos en el New York Daily Tribune de 1854, publicados traducidos en su España Revolucionaria –Progreso, Akal-), tiende a elevarse por sobre la sociedad civil, sometiendo a todas las clases sociales y ajustándola su dictado. No importa que en esa estructura política, cooptada por el Régimen, figuren gentes que se reclaman comunistas, socialistas, anarquistas, trotskistas, maoístas, ecologistas o lo que sea la moda ideológica del momento. Lo que importa, lo que enseña la Historia es siempre la superioridad del Estado que aplasta a las clases subalternas, por el orden estricto de las castas dominantes.
    En el período histórico analizado aquí, no es verdad, simplemente que el terror franquista logró colonizar la subjetividad, no sólo de los dirigentes de la izquierda, sino de los propios militantes y simpatizantes, que supuestamente no pensaron desde el deseo de emancipación, sino desde el miedo a volver a ser aplastados, más allá que, desde luego, ese elemento subjetivo estuvo presente. Está presente en todos los períodos históricos.
    Pero, si se mira de cerca la Historia, nuestro pueblo registró un período de luchas políticas y sociales revolucionarias en proceso lineal ascendente desde 1956 hasta enero de 1976, en que la acción concertada de los vencedores de Suresnes (Trileros de Sevilla) y la nefasta dirección carrillista, que no por casualidad estaba volviendo de París precisamente con ese propósito contrarrevolucionario, valiéndose de la influencia de sus organizaciones de base, ingenuas e ígnaras hasta la náusea, consiguieron desarticular, con paciencia de orfebre, el movimiento obrero y popular, las luchas vecinales y estudiantiles, entregando la legitimidad de nuestra República democrática al dictador militar fascista. Este descabezamiento permitió la hegemonía de la oligarquía vencedora y la aceptación social, a regañadientes, porque no había otro remedio, de la ley para la reforma política, los pactos de la Moncloa y la última ley fundamental del Régimen, la constitución otorgada del 78. Hispania pacata.

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  • M.B.

    M.B. | Jueves, 20 de Agosto de 2026 a las 13:47:15 horas

    1. Cuando Enrico Berlinguer declaró, 1981, tras el ascenso al poder del general Wojciej Jaruzelsky en Polonia, que el impulso revolucionario de Octubre se ha agotado, haciéndose eco lejano del mismo concepto expresado por Arthur Rosemberg en su obra fundamental, Democracia y Socialismo (1938), que dató ese agotamiento en 1927 (año de liquidación de la NEP), la destrucción creativa del capitalismo había demostrado su virtud histórica y su envilecimiento moral. La eliminación de la República de Weimar y de nuestra amada República, la guerra de exterminio contra la Europa ilustrada, antesala del socialismo, la emergencia de nuevas clases medias y la introducción de elementos de gestión socialista del capitalismo en el período de la guerra fría, configuró un período histórico en que las luchas de clases habían transformado por completo la realidad social, política, económica y cultural de Europa, bajo la dirección de la clase obrera, en una de guerra revolucionaria que se extendió desde 1848 hasta 1945.
    En fases relativamente diversas del desarrollo histórico, estos dos gigantes tuvieron la profundidad teórica y la capacidad perceptiva de comprender que la clase obrera ya no buscaba directamente la destrucción del Estado burgués, sino la estabilización de sus condiciones de vida dentro de un régimen de libertades públicas hasta ese momento inédito y en condiciones de democracia política apta para poner límites al poder oligárquico, novedad conquistada violentamente en su largo y sinuoso camino hacia la libertad y el socialismo.
    Mientras en Europa las clases medias son el resultado de la dirección de la burguesía en la construcción de la democracia, con la ayuda indispensable del Cuarto Estado, en España, cumpliendo una regla movida por la fatalidad histórica, las clases medias, en todas sus variantes, son producto de la evolución histórica del Estado fascista, en cuyo genocidio se gestaron y educaron tras el Plan de Estabilización de 1959, un Estado que, de nuevo, configura a la sociedad civil, eliminando de ella a los elementos que le son hostiles. Mientras en Europa la burguesía revolucionara configura y determina al Estado, en España es el Estado el que configura y determina a la burguesía. Por eso, mientras en Europa el eurocomunismo no es otra cosa que el regreso a Bad Godesberg, en España no es otra cosa que la legitimación de la dictadura fascista en una nueva y necesaria fase de su desarrollo. Las condiciones objetivas crean en Europa, en función del resultado variable de las luchas de clases, un cierto potencial revolucionario, mientras en España, esas condiciones objetivas crean un potencial reaccionario, sea cual sea el gobierno del turno en la Administración, como se está viendo en el presente, y como ya se vio con mucha claridad durante la putrefacción felipista.

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  • juan

    juan | Martes, 18 de Agosto de 2026 a las 15:36:14 horas

    No es una critica compañero Cristóbal , durante estos años he venido leyendo tus artículos , siguiéndote y hablando contigo , no es critica porque conozco tus posiciones y sabía que no abordabas el tema desde esa perspectiva , es un añadido o un recordatorio de algo que hemos hablado estos años , yo opino que entre otras razones los cambios o renuncias o claudicaciones se debieron a la falta de lucha ideologica dentro del partido y dentro de las sociedades en construcción al socialismo , La "lucha de dos líneas" , el concepto de que las contradicciones entre clases sociales se reflejan dentro del partido comunista como un combate constante entre la vía proletaria (revolucionaria) y la burguesa (revisionista)— no faltó por completo en la historia inicial de la URSS, pero en este concreto tema acertada crítica de corrientes como el maoísmo, sí faltó un mecanismo correcto para procesarla de forma continua, lo que derivó ´´ en la paulatina restauración del capitalismo ´´.
    En lugar de mantener una movilización ideológica abierta de las bases para erradicar las desviaciones, las disputas y tensiones ,( aunque hablar tan tan en general , me parece arriesgado porque cada país tiene sus especificidades y épocas sobre todo después del 50 , esa tensión no se abordo en su totalidad. La falta de una línea proletaria activa y ( no sólo lo economico´´ consciente en las masas permitió , se impusiera una línea revisionista y burguesa que desvirtuó la dictadura del proletariado.

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  • juan

    juan | Martes, 18 de Agosto de 2026 a las 13:32:34 horas

    El artículo del Compañero Cristóbal acierta al describir al Eurocomunismo como una rendición burguesa, pero mi diagnóstico de fondo es que ese proceso no fue una simple «traición» de unos pocos líderes. La caída del Partido Comunista de España (PCE) no fue un tropiezo de última hora en 1977. Fue el resultado lógico de una enfermedad ideológica mucho más antigua y profunda: el revisionismo.

    De acuerdo con el compañero Cristóbal en la ´´Gestión del capitalismo´: El PCE ayudó a salvar al Estado burgués. El partido apagó las luchas en la calle a cambio de su propia legalización.

    El fraude del consenso: El artículo explica muy bien cómo los Pactos de la Moncloa cargaron la crisis sobre las espaldas de los trabajadores. La moderación salarial fue una trampa camuflada de "responsabilidad democrática".

    La trampa institucional: Es totalmente cierto que las instituciones absorbieron y domesticaron al partido. Esto mismo lo siguen repitiendo hoy en día grupos como Sumar o Podemos.

    Pero es mucho más que una traición, fue el fin de un ciclo. Pero no fue sólo "traición política" como si los jefes se hubieran vuelto malos de repente . El Primer Ciclo de la Revolución Proletaria Mundial (iniciado en 1917) se estaba eclipsando . Las formas de hacer política ya no servían para hacer la revolución desde la esclerosis revisionista.

    La culpa no empezó con Carrillo en 1977 , No fue Santiago Carrillo o el carrilismo Eurocomunismo la degeneración del PCE empezó décadas antes .La línea de "Reconciliación Nacional" de 1956 ya había abandonado la vía de la violencia revolucionaria .El PCE ya era reformista mucho antes de que Franco muriera.

    Se debe advertir que tener muchos militantes o influencia en los sindicatos no sirve de nada si tu teoría política está equivocada .Un partido no es verdaderamente comunista solo por usar banderas rojas o proclamar el marxismo-leninismo en sus estatus.

    La lección de la Transición no es que debamos fundar otro partido igual pero con líderes "más honestos". El verdadero problema actual es la ausencia de un auténtico Partido Comunista. La única solución real no es participar en elecciones burguesas ni protestar por reformas sin futuro. El camino correcto pasa por la reconstitución ideológica y política del comunismo. Esto significa unir de forma estricta la teoría revolucionaria más avanzada con el movimiento obrero real, empezando desde las bases materiales y científicas.

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    • Respuesta del autor Redacción CS

      Saludos, Juan. Muchas gracias por la lectura atenta y por el comentario. Tú crítica es totalmente justa. Al referirme a la "traición" en el subtítulo del artículo perfectamente puedo abonar la idea de que el problema en estos casos se produce simplemente porque algunos dirigentes "se venden" o renuncian y, efectivamente, el análisis correcto no es ese. La realidad es que los cambios que se producen en los partidos comunistas tienen que ver, entre otras cosas, con cambios socioeconómicos que se van operando y que afectan a la lucha de clases, la forma de vida de los trabajadores y cómo éstos se ven a sí mismos, etc. Tienen que ver también con la correlación de fuerzas real a nivel estatal e internacional y con otros factores, entre los cuales, sin embargo, hay que señalar la forma en la que los propios dirigentes, por diversos motivos, deciden afrontar estas nuevas realidades. Sin embargo, al hablar de “traición” me querría referir, más bien, a la traición que, de forma objetiva, representó la deriva ideológica eurocomunista en relación a aquello para lo que habían nacido estos partidos comunistas -justamente para diferenciarse de la socialdemocracia clásica cuando esa corriente política decidió renunciar al proyecto revolucionario-. Y también a la traición que la asunción del nuevo Régimen monárquico supuso para tantos y tantos militantes comunistas que sacrificaron lo mejor de sus vidas, cuando no la vida misma, en la lucha por otra España muy diferente. Un abrazo. Cristóbal.

  • Cubañol

    Cubañol | Martes, 18 de Agosto de 2026 a las 12:17:28 horas

    El comentario de Adrián hace la pregunta incómoda: ¿Quién se pone a hacer algo diferente? Comparto la teoría, pero la práctica para cuándo. Pero, con el mayor respeto, esa aparente exigencia de acción ("¿la práctica para cuándo?") lleva también la parálisis que el terror del sistema ha instalado en su cuerpo. La teoría y la práctica no son dos cajones separados. No existe tal cosa como "comparto la teoría, pero falta la práctica". la verdadera "teoría" es el análisis de cómo sentimos y pensamos. Si la conclusión ante el análisis de Cristóbal es la parálisis ("¿quién le pone el cascabel al gato?"), significa que el sujeto ya está vencido antes de empezar.

    La metáfora de ponerle el cascabel al gato sitúa el peligro afuera: el enemigo es un monstruo externo, gigantesco e inalcanzable. Dicho con total dureza: el gato no está afuera; el gato está adentro. Me explico...El proceso de socialdemocratización que avanzaba en el interior del partido comunista hasta hoy, es ni más ni menos que la "verificación de una derrota"; la moderación de la izquierda no es un resultado de una lógica política sin más, sino la prueba de su rendición afectiva, subjetiva y política frente al sistema dominante.

    La política no pasa solo por las ideas o las urnas, sino fundamentalmente por la subjetividad (el plano de los deseos, el cuerpo y el inconsciente). Cuando se analiza el fracaso de los movimientos de izquierda, en estos términos podemos centrarnos en la pregunta de fondo: qué significa realmente esa derrota. cuando los partidos de izquierda «deciden» transformarse y adoptar la vía socialdemócrata, no están "madurando". Lo que están haciendo es asimilar el límite impuesto por el vencedor mediante la fuerza. Permite pensar en la verdad de los cuerpos de cuerpos y la experiencia vivida. La verdad cruda es que el terror franquista logró colonizar la subjetividad no solo de los dirigentes de izquierda, sino de los propios militantes y simpatizantes. Ya no se piensa desde el deseo de emancipación, sino desde el miedo a volver a ser aplastados...

    Es el síntoma que se manifiesta aquí, la izquierda ha aceptado la derrota en el campo de batalla más importante: la producción de una subjetividad revolucionaria, adaptándose dócilmente al orden que antes buscaba cambiar. la transición democrática y la moderación de los partidos, no es un acuerdo pacífico, sino el resultado del terror operando en la subjetividad. El terror de la tortura, la desaparición y la violencia extrema dejó una huella profunda. Cuando cierta izquierda se reorganiza en la democracia, lo hace con ese trauma a cuestas.

    La posibilidad de "pensar en serio" o de querer cambiar el sistema radicalmente se vive con un miedo inconsciente. El pensamiento se autoimpone un límite para no volver a despertar la violencia del opresor. El terror opera haciendo que el sujeto se censure a sí mismo. Y eso debe ser pensado. La socialdemocratización es la aceptación sumisa de esa tregua que el sistema concede en la lucha de clases.

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  • Adrián

    Adrián | Martes, 18 de Agosto de 2026 a las 10:57:47 horas

    ¿Y quién el pone el cascabel al gato? ¿Quién se pone a hacer algo diferente? Comparto la teoría, pero la práctica para cuándo.

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