¿POR QUÉ ESPAÑA LLEGÓ TARDE Y MAL AL CAPITALISMO EUROPEO?
¿Hasta qué punto sigue pesando hoy aquella modernización española desigual y dependiente?
España no se quedó a la cola del desarrollo económico y político europeo por una mera casualidad, o porque, como se llegó a mantener durante la dictadura de Franco, "fuéramos diferentes" . Su retraso económico frente a otras potencias europeas fue el resultado de una entrada tardía, desigual y dependiente en el capitalismo, marcada, además, por el peso de la gran propiedad agraria, la continuidad del poder oligárquico y la fortísima penetración del capital extranjero.
POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
A veces se habla del atraso contemporáneo español como si se tratara de una suerte de accidente, una mala racha histórica o, incluso, un defecto casi congénito que sufre este
país.
Pero las naciones no se atrasan porque sí. Se atrasan por cómo se organiza su economía, por qué clases sociales son las que mandan, por cuáles son los intereses dominantes o por qué cambios se hacen o no se hacen cuando toca.
En el caso de España, el problema no estuvo provocado porque no surgiera el capitalismo. Surgió. El problema consistió en que lo hizo tarde, de forma desigual, muy condicionado por los viejos poderes y, además, muy dependientes del capital extranjero. Ahí podemos encontrar una de las claves para entender por qué España no siguió el mismo ritmo que Inglaterra, Francia o Alemania.
“España se modernizó, pero lo hizo sin romper del todo con su pasado.”
Eso es, precisamente, parte de lo que estudia el historiador e investigador José Manuel Rodríguez Acevedo(*) en su libro "Revolución burguesa, semifeudalidad y colonialismo. Raíces históricas del atraso y la crisis de España", en un capítulo dedicado específicamente al desarrollo del capitalismo
en España.
Rodríguez Acevedo es un historiador que se centra en la historia social y política de la España contemporánea, especialmente en los problemas del atraso, la cuestión agraria y las estructuras de poder que terminaron marcando la historia del país.
Su interés reside en que no cuenta la historia como una simple sucesión de fechas, sino que explica las razones por las que España se modernizó de una manera tan torcida e incompleta.
Y esa mirada resulta tremendamente útil porque nos obliga a formularnos preguntas tan inquietantes: ¿cómo ha podido un país como el nuestro entrar en la era capitalista y, a la vez, continuar arrastrando durante tanto tiempo tantos rasgos de atraso ?
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UNA MODERNIZACIÓN QUE NO ROMPIÓ DEL TODO CON EL PASADO
Para que podamos entender el problema, hay que empezar por una idea sencilla. En otros países europeos, el capitalismo creció después de grandes transformaciones que barrieron buena parte del viejo mundo feudal. Ni de lejos, fue un cambio limpio ni amable, pero sí bastante profundo.
En España, en cambio, la transformación quedó a medio camino. Cambiaron leyes, instituciones y formas políticas, pero no desapareció de verdad el poder de las viejas élites agrarias, poderosos residuos de nuestro pasado feudal.
Eso significó que el capitalismo español no nació sobre un terreno completamente nuevo, sino sobre una base social extraordinariamente atrasada. El país continuó siendo durante mucho tiempo un país rural, con una enorme masa de campesinos pobres, grandes propietarios de tierras y relaciones de dependencia que recordaban más al viejo orden feudal que a una sociedad moderna.
En España, el edificio capitalista comenzó a levantarse, sí, pero sobre cimientos muy endebles. Y cuando los cimientos son malos, por mucho que intentes embellecer la fachada, tarde o temprano terminan apareciendo las grietas.
Dicho de forma más directa: no es lo mismo construir una fábrica moderna en una sociedad donde la tierra ya está repartida, existe un mercado interno fuerte y hay una burguesía con poder propio, que hacerlo en un país donde una parte considerable de la población sigue atada a la pobreza rural y donde las viejas clases dominantes continúan controlándolo casi todo.
EL PROBLEMA DE LA TIERRA Y DEL MERCADO INTERNO
Una de las razones más importantes del atraso español fue el campo. Durante mucho tiempo, España siguió siendo un país donde la tierra estaba mal repartida y la mayoría de la población vivía en condiciones muy duras. Eso frenaba el desarrollo económico por dos lados.
Por uno, porque impedía crear un mercado interno potente. Si millones de personas apenas tienen para comer, difícilmente van a comprar ropa, herramientas, muebles o productos industriales de forma regular. Y sin compradores, la industria crece peor. Por otro lado, porque esa estructura agraria mantenía formas de dominación social muy antiguas. En muchas zonas, el terrateniente no era solo el dueño de la tierra: también era quien mandaba políticamente, quien influía en la administración local y quien condicionaba la vida entera de los trabajadores.
Una comparación muy sencilla nos ayudará a entender el problema. Si en un país una gran parte de la población campesina logra convertirse en pequeña propietaria, consume más, tiene más autonomía y ayuda a que la economía se mueva. Si, por el contrario, esa población sigue siendo jornalera, pobre y dependiente, el país arrastra un freno permanente. Eso fue, en buena medida, lo que sucedió en España.
EL CAPITALISMO LLEGÓ, PERO MUY DESDE FUERA
Ahora bien, sería un error pensar que España no se industrializó. Sí lo hizo. Hubo ferrocarriles, minas, puertos, bancos, fábricas, grandes negocios y crecimiento urbano.
Pero Rodríguez Acevedo insiste en algo decisivo: gran parte de ese desarrollo no fue impulsado por una burguesía nacional fuerte y autónoma, sino por la entrada masiva de capital extranjero desde mediados del siglo XIX. Fueron sobre todo capitales franceses y británicos, y más tarde también alemanes, los que se encargaron de empujar a los sectores clave de la economía española.
A primera vista, eso podía parecer progreso sin más. Llegaba dinero, tecnología, infraestructuras y movimiento económico. Pero una condición lo determinaba todo: ese capital venía a ganar dinero, no a construir una economía española equilibrada e independiente. Invertía donde era rentable para sus intereses, organizaba los sectores productivos según su conveniencia y se apoyaba en las élites locales para obtener los beneficios. ¿Podemos hoy seguir reconociendo en la España de nuestros días la reproducción de esa misma estampa histórica?
“Una gran parte del capitalismo español creció mirando hacia fuera y no desde una base nacional sólida.”
En realidad, sucedió algo así como si alguien te ayudara a reformar tu casa, pero no para que vivas mejor tú, sino para luego quedarse con el alquiler de las habitaciones principales. La casa mejora, efectivamente, pero deja de estar realmente en tus manos. Eso fue lo que sucedió con nuestra entrada en el modo de producción capitalista.
Según el investigador Rodríguez Acevedor, en algunos de estos avatares históricos se encuentran las claves del problema español. El capitalismo se desarrolló, pero lo hizo de una manera subordinada. No fue un crecimiento plenamente nacional, sino un desarrollo muy condicionado por intereses foráneos, así como por la alianza entre esos intereses y la oligarquía local.
UN DESARROLLO MUY DESIGUAL DENTRO DEL PROPIO PAÍS
Otro rasgo importante fue la desigualdad territorial. España no avanzó toda a un mismo ritmo. Cataluña y Euskadi desarrollaron núcleos industriales mucho más sólidos que otras áreas del país. En esas regiones apareció un capitalismo más fuerte, más moderno y más ligado a una burguesía industrial propia. Mientras tanto, extensos territorios siguieron sometidos a una economía mucho más atrasada, dependiente y dominada por el peso agrario.
Eso permitió que se creara una especie de país partido en dos velocidades. Por una parte, había regiones que se acercaban más al capitalismo europeo moderno. Por otra, enormes espacios donde las estructuras tradicionales seguían pesando abrumadoramente. El resultado no podía ser otro que el de una economía desequilibrada, con fuertes núcleos industriales, pero que no contaban con el respaldo de una transformación homogénea del conjunto del país.
Es importante entender esto porque a veces se dice “España se industrializó”, como si eso hubiera significado lo mismo en cualquier punto del. Y no. No fue igual vivir en una zona industrial en expansión que en una provincia dominada por los extensos latifundios, el caciquismo y la pobreza rural. Había una España que corría y otra que apenas podía andar.
LA OLIGARQUÍA NO FRENÓ EL CAPITALISMO, PERO LO DEFORMÓ
En el capítulo citado del libro de Rodríguez Acevedo, aparece una idea muy importante a la que se debiera prestar especial atención. Las viejas élites no pudieron impedir que el capitalismo avanzara. Eso era ya imposible. Pero sí lograron, en cambio, algo decisivo: hacer que avanzara sin que lograran destruir del todo el poder del que disponían en la sociedad española.
Es decir, en vez de desaparecer como clase social, tal y como había sucedido en algunos países europeos, se adaptaron. La vieja aristocracia terrateniente y los grupos dominantes se mezclaron con nuevas capas burguesas, con grandes banqueros y con sectores enriquecidos al calor del Estado y del negocio exterior.
“El atraso en España no fue una casualidad: fue el resultado de una modernización incompleta.”
Eso explica por qué la modernización española fue tan rara, tan extraña. No fue una revolución completa del viejo orden, sino una especie de adaptación del pasado al nuevo sistema. Las élites no soltaron el timón. Lo cambiaron de forma, pero continuaron controlándolo. Muchas de las peculiaridades del actual capitalismo español hay que encontrarlas justamente en las formas en las que se gestó en la península el advenimiento del sistema capitalista.
Y es que cuando los que mandan ganan dinero precisamente gracias a que el país continúa siendo desigual, dependiente y políticamente controlable, entonces el atraso deja de ser una desgracia y se convierte en una forma de poder.
EL PAPEL DE LA BANCA, EL ESTADO Y EL CAPITALISMO MONOPOLISTA
Con el paso del tiempo, el problema se hizo todavía más complejo. El desarrollo capitalista en España no descansó solo en empresarios industriales clásicos.
También crecieron extraordinariamente el capital bancario, los grandes grupos financieros y, en ciertos momentos, la intervención directa del Estado en la economía. En el capítulo que nos sirve de referencia se explica que, ante la debilidad de una parte de la burguesía española para impulsar por sí sola el desarrollo económico, el Estado acabó asumiendo una función central, especialmente en el siglo XX y de forma muy marcada durante la autarquía franquista.
Ello permitió la constitución de empresas públicas, el impulso de sectores estratégicos y la aceleración de ciertos procesos industriales. No obstante, ello no resolvió el problema de fondo: España continuaba arrastrando una modernización tardía, muy dirigida desde arriba y con fuertes dependencias exteriores.
POR QUÉ TODO ESTO EXPLICA EL ATRASO ESPAÑOL
Si juntamos todas estas piezas, el cuadro queda bastante claro. España llegó tarde respecto a otras potencias europeas porque su capitalismo nació sobre una base agraria atrasada, porque las viejas élites no fueron desplazadas del todo, porque el mercado interno era débil, porque la industrialización fue desigual y porque una buena parte enorme del desarrollo económico dependió del capital extranjero.
“Las viejas élites no frenaron el cambio; pero lograron moldearlo a su favor.”
No se trató, por tanto, de una supuesta incapacidad natural del país, como en no pocas ocasiones se mantiene. No fue una cuestión de carácter, de cultura o de mala suerte. Hubo un factor histórico muy concreto: la forma en que se produjo la entrada de España en el sistema capitalista.
Y la comprensión de todo ese conjunto de factores es la que nos podrá ayudar a entender algo que todavía hoy es perfectamente detectable. Muchos problemas actuales de la economía española no aparecieron de repente en el siglo XXI. La debilidad industrial, la dependencia del exterior, la fragilidad del crecimiento y los desequilibrios territoriales tienen raíces largas. No son una anécdota reciente, sino la continuación de una historia muy mal resuelta.
![[Img #90930]](https://canarias-semanal.org/upload/images/04_2026/9664_infospain2.jpg)
UNA MODERNIZACIÓN INCOMPLETA QUE SIGUE PROYECTANDO SU SOMBRA
Mirar este proceso con atención nos servirá para desmontar un tópico muy repetido: la idea de que la modernización española fue simplemente lenta, pero normal. No. Fue lenta, sí, pero además desigual, dependiente y deformada por la continuidad del poder oligárquico. Ahí está una de las claves del atraso español frente a otras potencias europeas.
El historiador e investigador José Manuel Rodríguez Acevedo plantea esta cuestión con una idea de fondo que merece ser tomada en serio: España no fracasó porque no entrara en el capitalismo, sino porque entró en él de una manera incompleta y subordinada.
Y dejó marcas muy profundas. Comprenderlo es importante no solo para entender el siglo XIX o el propio siglo XX. Nos sirvirá, además, para mirar el presente con menos ingenuidad. Los países no heredan solo monumentos, himnos o banderas. Heredan también estructuras económicas, relaciones de poder y viejos problemas que, aunque cambien de ropaje, siguen permaneciendo.
(*) José Manuel Rodríguez Acevedo es un historiador e investigador canario, especializado en Historia social y política de la España contemporánea. Ha centrado buena parte de su trabajo académico en el estudio de la cuestión agraria, el caciquismo y las estructuras económicas que explican el atraso histórico español.
Su obra se caracteriza por abordar la historia económica española desde una perspectiva estructural, prestando especial atención a la relación entre poder político, la propiedad de la tierra y la dependencia exterior.
(*) Manuel Medina es profesor de Historia y divulgador de temas relacionados con esa materia.
FUENTES CONSULTADAS
- José Manuel Rodríguez Acevedo, Revolución burguesa, semifeudalidad y colonialismo. Raíces históricas del atraso y la crisis de España, Capítulo 6: “El desarrollo del capitalismo en la España contemporánea”, pp. 145-180 aprox.
- Pasajes de síntesis general del mismo libro sobre la transformación capitalista española, la dependencia del capital extranjero y el carácter desigual del desarrollo económico.
POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
A veces se habla del atraso contemporáneo español como si se tratara de una suerte de accidente, una mala racha histórica o, incluso, un defecto casi congénito que sufre este
país.
Pero las naciones no se atrasan porque sí. Se atrasan por cómo se organiza su economía, por qué clases sociales son las que mandan, por cuáles son los intereses dominantes o por qué cambios se hacen o no se hacen cuando toca.
En el caso de España, el problema no estuvo provocado porque no surgiera el capitalismo. Surgió. El problema consistió en que lo hizo tarde, de forma desigual, muy condicionado por los viejos poderes y, además, muy dependientes del capital extranjero. Ahí podemos encontrar una de las claves para entender por qué España no siguió el mismo ritmo que Inglaterra, Francia o Alemania.
“España se modernizó, pero lo hizo sin romper del todo con su pasado.”
Eso es, precisamente, parte de lo que estudia el historiador e investigador José Manuel Rodríguez Acevedo(*) en su libro "Revolución burguesa, semifeudalidad y colonialismo. Raíces históricas del atraso y la crisis de España", en un capítulo dedicado específicamente al desarrollo del capitalismo
en España.
Rodríguez Acevedo es un historiador que se centra en la historia social y política de la España contemporánea, especialmente en los problemas del atraso, la cuestión agraria y las estructuras de poder que terminaron marcando la historia del país.
Su interés reside en que no cuenta la historia como una simple sucesión de fechas, sino que explica las razones por las que España se modernizó de una manera tan torcida e incompleta.
Y esa mirada resulta tremendamente útil porque nos obliga a formularnos preguntas tan inquietantes: ¿cómo ha podido un país como el nuestro entrar en la era capitalista y, a la vez, continuar arrastrando durante tanto tiempo tantos rasgos de atraso ?
![[Img #90929]](https://canarias-semanal.org/upload/images/04_2026/8118_infospain.jpg)
UNA MODERNIZACIÓN QUE NO ROMPIÓ DEL TODO CON EL PASADO
Para que podamos entender el problema, hay que empezar por una idea sencilla. En otros países europeos, el capitalismo creció después de grandes transformaciones que barrieron buena parte del viejo mundo feudal. Ni de lejos, fue un cambio limpio ni amable, pero sí bastante profundo.
En España, en cambio, la transformación quedó a medio camino. Cambiaron leyes, instituciones y formas políticas, pero no desapareció de verdad el poder de las viejas élites agrarias, poderosos residuos de nuestro pasado feudal.
Eso significó que el capitalismo español no nació sobre un terreno completamente nuevo, sino sobre una base social extraordinariamente atrasada. El país continuó siendo durante mucho tiempo un país rural, con una enorme masa de campesinos pobres, grandes propietarios de tierras y relaciones de dependencia que recordaban más al viejo orden feudal que a una sociedad moderna.
En España, el edificio capitalista comenzó a levantarse, sí, pero sobre cimientos muy endebles. Y cuando los cimientos son malos, por mucho que intentes embellecer la fachada, tarde o temprano terminan apareciendo las grietas.
Dicho de forma más directa: no es lo mismo construir una fábrica moderna en una sociedad donde la tierra ya está repartida, existe un mercado interno fuerte y hay una burguesía con poder propio, que hacerlo en un país donde una parte considerable de la población sigue atada a la pobreza rural y donde las viejas clases dominantes continúan controlándolo casi todo.
EL PROBLEMA DE LA TIERRA Y DEL MERCADO INTERNO
Una de las razones más importantes del atraso español fue el campo. Durante mucho tiempo, España siguió siendo un país donde la tierra estaba mal repartida y la mayoría de la población vivía en condiciones muy duras. Eso frenaba el desarrollo económico por dos lados.
Por uno, porque impedía crear un mercado interno potente. Si millones de personas apenas tienen para comer, difícilmente van a comprar ropa, herramientas, muebles o productos industriales de forma regular. Y sin compradores, la industria crece peor. Por otro lado, porque esa estructura agraria mantenía formas de dominación social muy antiguas. En muchas zonas, el terrateniente no era solo el dueño de la tierra: también era quien mandaba políticamente, quien influía en la administración local y quien condicionaba la vida entera de los trabajadores.
Una comparación muy sencilla nos ayudará a entender el problema. Si en un país una gran parte de la población campesina logra convertirse en pequeña propietaria, consume más, tiene más autonomía y ayuda a que la economía se mueva. Si, por el contrario, esa población sigue siendo jornalera, pobre y dependiente, el país arrastra un freno permanente. Eso fue, en buena medida, lo que sucedió en España.
EL CAPITALISMO LLEGÓ, PERO MUY DESDE FUERA
Ahora bien, sería un error pensar que España no se industrializó. Sí lo hizo. Hubo ferrocarriles, minas, puertos, bancos, fábricas, grandes negocios y crecimiento urbano.
Pero Rodríguez Acevedo insiste en algo decisivo: gran parte de ese desarrollo no fue impulsado por una burguesía nacional fuerte y autónoma, sino por la entrada masiva de capital extranjero desde mediados del siglo XIX. Fueron sobre todo capitales franceses y británicos, y más tarde también alemanes, los que se encargaron de empujar a los sectores clave de la economía española.
A primera vista, eso podía parecer progreso sin más. Llegaba dinero, tecnología, infraestructuras y movimiento económico. Pero una condición lo determinaba todo: ese capital venía a ganar dinero, no a construir una economía española equilibrada e independiente. Invertía donde era rentable para sus intereses, organizaba los sectores productivos según su conveniencia y se apoyaba en las élites locales para obtener los beneficios. ¿Podemos hoy seguir reconociendo en la España de nuestros días la reproducción de esa misma estampa histórica?
“Una gran parte del capitalismo español creció mirando hacia fuera y no desde una base nacional sólida.”
En realidad, sucedió algo así como si alguien te ayudara a reformar tu casa, pero no para que vivas mejor tú, sino para luego quedarse con el alquiler de las habitaciones principales. La casa mejora, efectivamente, pero deja de estar realmente en tus manos. Eso fue lo que sucedió con nuestra entrada en el modo de producción capitalista.
Según el investigador Rodríguez Acevedor, en algunos de estos avatares históricos se encuentran las claves del problema español. El capitalismo se desarrolló, pero lo hizo de una manera subordinada. No fue un crecimiento plenamente nacional, sino un desarrollo muy condicionado por intereses foráneos, así como por la alianza entre esos intereses y la oligarquía local.
UN DESARROLLO MUY DESIGUAL DENTRO DEL PROPIO PAÍS
Otro rasgo importante fue la desigualdad territorial. España no avanzó toda a un mismo ritmo. Cataluña y Euskadi desarrollaron núcleos industriales mucho más sólidos que otras áreas del país. En esas regiones apareció un capitalismo más fuerte, más moderno y más ligado a una burguesía industrial propia. Mientras tanto, extensos territorios siguieron sometidos a una economía mucho más atrasada, dependiente y dominada por el peso agrario.
Eso permitió que se creara una especie de país partido en dos velocidades. Por una parte, había regiones que se acercaban más al capitalismo europeo moderno. Por otra, enormes espacios donde las estructuras tradicionales seguían pesando abrumadoramente. El resultado no podía ser otro que el de una economía desequilibrada, con fuertes núcleos industriales, pero que no contaban con el respaldo de una transformación homogénea del conjunto del país.
Es importante entender esto porque a veces se dice “España se industrializó”, como si eso hubiera significado lo mismo en cualquier punto del. Y no. No fue igual vivir en una zona industrial en expansión que en una provincia dominada por los extensos latifundios, el caciquismo y la pobreza rural. Había una España que corría y otra que apenas podía andar.
LA OLIGARQUÍA NO FRENÓ EL CAPITALISMO, PERO LO DEFORMÓ
En el capítulo citado del libro de Rodríguez Acevedo, aparece una idea muy importante a la que se debiera prestar especial atención. Las viejas élites no pudieron impedir que el capitalismo avanzara. Eso era ya imposible. Pero sí lograron, en cambio, algo decisivo: hacer que avanzara sin que lograran destruir del todo el poder del que disponían en la sociedad española.
Es decir, en vez de desaparecer como clase social, tal y como había sucedido en algunos países europeos, se adaptaron. La vieja aristocracia terrateniente y los grupos dominantes se mezclaron con nuevas capas burguesas, con grandes banqueros y con sectores enriquecidos al calor del Estado y del negocio exterior.
“El atraso en España no fue una casualidad: fue el resultado de una modernización incompleta.”
Eso explica por qué la modernización española fue tan rara, tan extraña. No fue una revolución completa del viejo orden, sino una especie de adaptación del pasado al nuevo sistema. Las élites no soltaron el timón. Lo cambiaron de forma, pero continuaron controlándolo. Muchas de las peculiaridades del actual capitalismo español hay que encontrarlas justamente en las formas en las que se gestó en la península el advenimiento del sistema capitalista.
Y es que cuando los que mandan ganan dinero precisamente gracias a que el país continúa siendo desigual, dependiente y políticamente controlable, entonces el atraso deja de ser una desgracia y se convierte en una forma de poder.
EL PAPEL DE LA BANCA, EL ESTADO Y EL CAPITALISMO MONOPOLISTA
Con el paso del tiempo, el problema se hizo todavía más complejo. El desarrollo capitalista en España no descansó solo en empresarios industriales clásicos.
También crecieron extraordinariamente el capital bancario, los grandes grupos financieros y, en ciertos momentos, la intervención directa del Estado en la economía. En el capítulo que nos sirve de referencia se explica que, ante la debilidad de una parte de la burguesía española para impulsar por sí sola el desarrollo económico, el Estado acabó asumiendo una función central, especialmente en el siglo XX y de forma muy marcada durante la autarquía franquista.
Ello permitió la constitución de empresas públicas, el impulso de sectores estratégicos y la aceleración de ciertos procesos industriales. No obstante, ello no resolvió el problema de fondo: España continuaba arrastrando una modernización tardía, muy dirigida desde arriba y con fuertes dependencias exteriores.
POR QUÉ TODO ESTO EXPLICA EL ATRASO ESPAÑOL
Si juntamos todas estas piezas, el cuadro queda bastante claro. España llegó tarde respecto a otras potencias europeas porque su capitalismo nació sobre una base agraria atrasada, porque las viejas élites no fueron desplazadas del todo, porque el mercado interno era débil, porque la industrialización fue desigual y porque una buena parte enorme del desarrollo económico dependió del capital extranjero.
“Las viejas élites no frenaron el cambio; pero lograron moldearlo a su favor.”
No se trató, por tanto, de una supuesta incapacidad natural del país, como en no pocas ocasiones se mantiene. No fue una cuestión de carácter, de cultura o de mala suerte. Hubo un factor histórico muy concreto: la forma en que se produjo la entrada de España en el sistema capitalista.
Y la comprensión de todo ese conjunto de factores es la que nos podrá ayudar a entender algo que todavía hoy es perfectamente detectable. Muchos problemas actuales de la economía española no aparecieron de repente en el siglo XXI. La debilidad industrial, la dependencia del exterior, la fragilidad del crecimiento y los desequilibrios territoriales tienen raíces largas. No son una anécdota reciente, sino la continuación de una historia muy mal resuelta.
UNA MODERNIZACIÓN INCOMPLETA QUE SIGUE PROYECTANDO SU SOMBRA
Mirar este proceso con atención nos servirá para desmontar un tópico muy repetido: la idea de que la modernización española fue simplemente lenta, pero normal. No. Fue lenta, sí, pero además desigual, dependiente y deformada por la continuidad del poder oligárquico. Ahí está una de las claves del atraso español frente a otras potencias europeas.
El historiador e investigador José Manuel Rodríguez Acevedo plantea esta cuestión con una idea de fondo que merece ser tomada en serio: España no fracasó porque no entrara en el capitalismo, sino porque entró en él de una manera incompleta y subordinada.
Y dejó marcas muy profundas. Comprenderlo es importante no solo para entender el siglo XIX o el propio siglo XX. Nos sirvirá, además, para mirar el presente con menos ingenuidad. Los países no heredan solo monumentos, himnos o banderas. Heredan también estructuras económicas, relaciones de poder y viejos problemas que, aunque cambien de ropaje, siguen permaneciendo.
(*) José Manuel Rodríguez Acevedo es un historiador e investigador canario, especializado en Historia social y política de la España contemporánea. Ha centrado buena parte de su trabajo académico en el estudio de la cuestión agraria, el caciquismo y las estructuras económicas que explican el atraso histórico español.
Su obra se caracteriza por abordar la historia económica española desde una perspectiva estructural, prestando especial atención a la relación entre poder político, la propiedad de la tierra y la dependencia exterior.
(*) Manuel Medina es profesor de Historia y divulgador de temas relacionados con esa materia.
FUENTES CONSULTADAS
- José Manuel Rodríguez Acevedo, Revolución burguesa, semifeudalidad y colonialismo. Raíces históricas del atraso y la crisis de España, Capítulo 6: “El desarrollo del capitalismo en la España contemporánea”, pp. 145-180 aprox.
- Pasajes de síntesis general del mismo libro sobre la transformación capitalista española, la dependencia del capital extranjero y el carácter desigual del desarrollo económico.































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