DE LA ONU AL TRUMPISMO GEOPOLÍTICO: EL PELIGROSO GIRO DE VON DER LEYEN
El verdadero significado político de sus palabras es claro: permitir que la Unión Europea participe plenamente en la lógica de poder que ha marcado las guerras de Irak, Afganistán, Libia o Siria
Las declaraciones de Ursula von der Leyen afirmando que Europa ya no puede ser la “guardiana del viejo orden mundial” han abierto uno de los debates más graves sobre el futuro de la política exterior europea. Más allá de la polémica inmediata, sus palabras sugieren algo mucho más profundo: la posibilidad de que la Unión Europea abandone el derecho internacional como referencia política y adopte una lógica de poder basada en guerras preventivas, sanciones económicas masivas y competencia entre grandes potencias, un modelo que recuerda tanto al imperialismo del siglo XIX como al unilateralismo defendido por Donald Trump.
editorial_____________________
Cuando la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, afirmó el pasado lunes que Europa ya no puede ser “la guardiana del viejo orden mundial” no estaba formulando una simple reflexión sobre los cambios en la geopolítica global. Señalaba algo mucho más grave: fue una descarada insinuación trumpista, una invitación para que la Unión Europea abandone el principio de que el derecho internacional debe constreñir la actuación exterior de las grandes potencias.
Durante décadas, la Unión Europea ha intentado presentarse ante el mundo como defensora del llamado orden internacional basado en normas, el sistema surgido tras la II Guerra Mundial alrededor de instituciones como las Naciones Unidas.
Ese sistema se apoyaba formalmente en principios claros: respeto a la soberanía de los Estados, prohibición de la guerra de agresión y resolución de conflictos mediante instituciones multilaterales.
Por supuesto, ese orden internacional nunca fue un paraíso de la diplomacia. Las últimas décadas ofrecen ejemplos sangrantes de cómo esas normas han sido violadas reiteradamente por las propias potencias occidentales: la invasión de Irak en 2003, la Guerra de Afganistán, el bombardeo de Libia , la intervención en Siria o ahora, la Guerra de Irán, muestran hasta qué punto el derecho internacional ha sido ignorado sistematicamente cuando entraban en conflicto con determinados intereses económicos o estratégicos.
Pero incluso en esos casos se mantenía una ficción política: los gobiernos que impulsaban esas intervenciones seguían afirmando que actuaban en defensa del sistema internacional basado en normas.
Lo que las palabras de Von der Leyen han tratado de introducir es un cambio mucho más profundo. Lo que han sugerido claramente no es una violación ocasional de ese sistema, sino su abandono explícito como referencia política.
No es extraño que dirigentes como António Costa, presidente del Consejo Europeo, se hayan visto obligados a reaccionar, posiblemente recordando la increíble reivindicación de Groenlandia por parte de Trump, que Europa no puede renunciar al derecho internacional.
Posiblemente a este hombre le asaltó el recuerdo de las islas portuguesas de Maderia o de las Azores, perdidas en el Atlántico. Y es que la aceptación de esa idea significa reconocer abiertamente que el mundo vuelve a organizarse alrededor de la aplicación colonial de la fuerza, tal y como sucedió durante el siglo XIX y parte del siglo XX.
LO QUE REALMENTE PROPONÍA ESE CAMBIO
Cuando el derecho internacional deja de ser el marco regulatorio de las relaciones entre Estados, lo que aparece en su lugar es un sistema mucho más brutal: el de las grandes potencias que imponen sus intereses mediante presión militar, económica o política. Eso era, por cierto, lo que el Gobierno de Donald Trump propuso en su documento "Nueva Estrategia de seguridad de los EEUU", en Noviembre del 2025, contando con la comprension y simpatía del portavoz del Kremlin, Dimitry Peskov, según la Plataforma comunicacional "Russia Today" (RT). ¿Es eso lo que realmente desea para el viejo Continente la decadente burguesía europea?
La cuestión es que es justo ese modelo de áreas de influencia el que puede reconocerse en algunas de las prácticas que están marcando la política internacional de los últimos meses.
Una de ellas es la proliferación de guerras que no se presentan oficialmente como tales: bombardeos selectivos, ataques con drones, operaciones militares limitadas o intervenciones indirectas que permiten actuar militarmente, sin asumir formalmente la responsabilidad política de una guerra.
Otra es la legitimación de los llamados ataques preventivos. Según esta lógica, un Estado poderoso podría atacar a otro no porque haya sufrido una agresión real, sino porque considera que podría sufrirla en el futuro.
Este es el mismo modelo que incluye la consolidación de zonas de influencia geopolítica, donde las grandes potencias intentan garantizar el control de recursos estratégicos, rutas comerciales o espacios políticos considerados esenciales para sus intereses, tal y como describe con todo detalle la "Nueva Estrategia de seguridad" de Donald Trump.
Las sanciones económicas e incrementos arancelarios masivos forman parte, igualmente, de esta misma lógica. Presentadas como instrumentos diplomáticos, en muchos casos funcionan como auténticas formas de guerra económica, capaces de paralizar economías enteras y provocar crisis sociales profundas. ¿Ha olvidado Europa ya este tipo de sanciones?
Por último, este tipo de política internacional favorece las intervenciones indirectas en la política interna de otros Estados, mediante presión económica, apoyo a determinados actores políticos o participación en conflictos regionales destinados a modificar equilibrios de poder.
Con este conjunto de prácticas se está tratando de configurar un sistema internacional dominado por la rivalidad entre grandes potencias, - las emegentes y la tradicional-, más que por la aplicación de normas comunes.
DEL MULTILATERALISMO AL TRUMPISMO GEOPOLÍTICO
Lo que han insinuado las palabras de Von der Leyen es, en esencia, la normalización dentro de Europa de un modelo de política exterior que en los últimos tiempos ha sido defendido con especial crudeza por Donald Trump.
El trumpismo geopolítico se basa en una idea simple: las relaciones internacionales no deben regirse por normas universales, sino por la defensa directa y sin complejos de los intereses de las elites nacionales. Bajo esa lógica, el derecho internacional se convierte automáticamente en un instrumento que se utiliza cuando conviene y se ignora cuando su aplicación resulta incómoda.
La propuesta implícita en las declaraciones de Von der Leyen consiste precisamente en trasladar esa lógica al funcionamiento de la Unión Europea. Es decir, aceptar que Europa deje de actuar como supuesta defensora de un sistema de reglas comunes para convertirse en una potencia más dentro de un mundo organizado por bloques rivales. Pero, ¿cuál es hoy el peso económico, tecnológico, político y militar de la UE, en comparación con el de los otros tres grandes colosos que son los que realmente se están disputando las grandes areas de influencia planetaria?
Dicho de forma más directa: ¿abandonar el papel de supuesta “guardiana del orden internacional” significaría que Europa está en condiciones de asumir el papel económico, político o militar que hoy desempeña EEUU, China o Rusia para imponer intereses en cualquier punto del planeta.
EL ECO DEL IMPERIALISMO DEL SIGLO XIX
Esta orientación no es nueva en la historia europea. Durante el siglo XIX, las burguesías industriales del continente organizaron su política exterior precisamente de esta manera. Gran Bretaña, Francia, Alemania o Bélgica extendieron su dominio sobre amplias regiones de África y Asia para asegurar materias primas, controlar rutas comerciales y ampliar su poder económico. Aquella expansión colonial no se justificaba en términos jurídicos universales. Se justificaba en términos de poder.
La conferencia de Berlín de 1884, en la que las potencias europeas se repartieron el continente africano como si se tratara de un tablero geopolítico, simboliza esa lógica. Las fronteras se trazaban en función de intereses estratégicos y las poblaciones locales quedaban completamente excluidas de cualquier decisión.
El sistema internacional surgido tras la II Guerra Mundial se diseñó precisamente para impedir que las potencias históricas que habían protagonizado las guerras europeas —profundamente debilitadas por los efectos devastadores de aquel conflicto fratricida— intentaran reactivar los mecanismos coloniales que habían dominado la expansión europea durante más de dos siglos.
El expansionismo estadounidense de la posguerra fue, sin duda, intensamente depredador en términos económicos y estratégicos, pero no reprodujo las formas clásicas del colonialismo territorial que habían caracterizado a las potencias europeas del siglo XIX. No lo necesitaba.
Por su parte, la Unión Soviética, - el país sobre el que cayó la mayor parte del peso de la II Guerra Mundial,- se situó en abierta confrontación con ese tipo de prácticas imperialistas, tanto por razones ideológicas como por la magnitud del desafío que suponía reconstruir un país totalmente devastado por el conflicto bélico,
Hoy, la pretensión de las burguesías europeas de sentarse de igual a igual con el trío de las grandes potencias, no es solo una ilusión estratégica, sino un grave error de diagnóstico histórico. Europa ha perdido gran parte del peso económico, tecnológico y militar que una vez le permitiera dominar el sistema internacional.
En el mundo que se está configurando, su papel difícilmente sería el de actor soberano: en el mejor de los casos, socio subordinado; en el peor, objeto de disputa entre potencias mayores, como ya sugirió la reivindicación territorial estadounidense sobre Groenlandia.
EL CONTEXTO DE LAS ÉLITES EUROPEAS
Ursula von der Leyen procede de una familia profundamente integrada en las estructuras de poder del Estado alemán. Su padre, Ernst Albrecht, fue durante décadas una figura central de la política alemana y dirigente destacado de la Unión Demócrata Cristiana. La trayectoria familiar se remonta además a sectores de la administración y de las élites económicas alemanas, vinculadas al aparato estatal durante el período del Tercer Reich hitleriano.
Recordar ese contexto no implica establecer responsabilidades personales retrospectivas. Pero sí ayuda a comprender la continuidad de ciertas tradiciones políticas dentro de las élites europeas: la idea de que la política internacional se organiza, en última instancia, alrededor del poder y de la defensa de intereses económicos y estratégicos.
LA RECTIFICACIÓN QUE NO CAMBIA NADA
Tras el escándalo provocado por sus palabras, Von der Leyen introdujo este miercoles matices, reafirmando la importancia del derecho internacional. Pero esa rectificación tiene un valor político extremadamente limitado. No modifica el sentido de su declaración inicial. Simplemente recupera el lenguaje diplomático habitual para reducir el impacto ocasionado por la polémica.
La cuestión de fondo, en cualquier caso, sigue siendo la misma. Si Europa abandona, aunque solo sea formalmente, la defensa del derecho internacional como principio político, lo que aparece en su lugar es un sistema internacional dominado por la competencia entre las grandes potencias, un hecho que no le beneficiaría en nada.
Un sistema en el que las guerras sin declaración, los ataques preventivos, las sanciones económicas y arancelarias devastadoras y las intervenciones indirectas dejan de ser anomalías incómodas para convertirse en instrumentos legítimos de política exterior. Ese sería el verdadero significado de abandonar el formalmente denominado orden internacional basado en normas.
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Cuando la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, afirmó el pasado lunes que Europa ya no puede ser “la guardiana del viejo orden mundial” no estaba formulando una simple reflexión sobre los cambios en la geopolítica global. Señalaba algo mucho más grave: fue una descarada insinuación trumpista, una invitación para que la Unión Europea abandone el principio de que el derecho internacional debe constreñir la actuación exterior de las grandes potencias.
Durante décadas, la Unión Europea ha intentado presentarse ante el mundo como defensora del llamado orden internacional basado en normas, el sistema surgido tras la II Guerra Mundial alrededor de instituciones como las Naciones Unidas.
Ese sistema se apoyaba formalmente en principios claros: respeto a la soberanía de los Estados, prohibición de la guerra de agresión y resolución de conflictos mediante instituciones multilaterales.
Por supuesto, ese orden internacional nunca fue un paraíso de la diplomacia. Las últimas décadas ofrecen ejemplos sangrantes de cómo esas normas han sido violadas reiteradamente por las propias potencias occidentales: la invasión de Irak en 2003, la Guerra de Afganistán, el bombardeo de Libia , la intervención en Siria o ahora, la Guerra de Irán, muestran hasta qué punto el derecho internacional ha sido ignorado sistematicamente cuando entraban en conflicto con determinados intereses económicos o estratégicos.
Pero incluso en esos casos se mantenía una ficción política: los gobiernos que impulsaban esas intervenciones seguían afirmando que actuaban en defensa del sistema internacional basado en normas.
Lo que las palabras de Von der Leyen han tratado de introducir es un cambio mucho más profundo. Lo que han sugerido claramente no es una violación ocasional de ese sistema, sino su abandono explícito como referencia política.
No es extraño que dirigentes como António Costa, presidente del Consejo Europeo, se hayan visto obligados a reaccionar, posiblemente recordando la increíble reivindicación de Groenlandia por parte de Trump, que Europa no puede renunciar al derecho internacional.
Posiblemente a este hombre le asaltó el recuerdo de las islas portuguesas de Maderia o de las Azores, perdidas en el Atlántico. Y es que la aceptación de esa idea significa reconocer abiertamente que el mundo vuelve a organizarse alrededor de la aplicación colonial de la fuerza, tal y como sucedió durante el siglo XIX y parte del siglo XX.
LO QUE REALMENTE PROPONÍA ESE CAMBIO
Cuando el derecho internacional deja de ser el marco regulatorio de las relaciones entre Estados, lo que aparece en su lugar es un sistema mucho más brutal: el de las grandes potencias que imponen sus intereses mediante presión militar, económica o política. Eso era, por cierto, lo que el Gobierno de Donald Trump propuso en su documento "Nueva Estrategia de seguridad de los EEUU", en Noviembre del 2025, contando con la comprension y simpatía del portavoz del Kremlin, Dimitry Peskov, según la Plataforma comunicacional "Russia Today" (RT). ¿Es eso lo que realmente desea para el viejo Continente la decadente burguesía europea?
La cuestión es que es justo ese modelo de áreas de influencia el que puede reconocerse en algunas de las prácticas que están marcando la política internacional de los últimos meses.
Una de ellas es la proliferación de guerras que no se presentan oficialmente como tales: bombardeos selectivos, ataques con drones, operaciones militares limitadas o intervenciones indirectas que permiten actuar militarmente, sin asumir formalmente la responsabilidad política de una guerra.
Otra es la legitimación de los llamados ataques preventivos. Según esta lógica, un Estado poderoso podría atacar a otro no porque haya sufrido una agresión real, sino porque considera que podría sufrirla en el futuro.
Este es el mismo modelo que incluye la consolidación de zonas de influencia geopolítica, donde las grandes potencias intentan garantizar el control de recursos estratégicos, rutas comerciales o espacios políticos considerados esenciales para sus intereses, tal y como describe con todo detalle la "Nueva Estrategia de seguridad" de Donald Trump.
Las sanciones económicas e incrementos arancelarios masivos forman parte, igualmente, de esta misma lógica. Presentadas como instrumentos diplomáticos, en muchos casos funcionan como auténticas formas de guerra económica, capaces de paralizar economías enteras y provocar crisis sociales profundas. ¿Ha olvidado Europa ya este tipo de sanciones?
Por último, este tipo de política internacional favorece las intervenciones indirectas en la política interna de otros Estados, mediante presión económica, apoyo a determinados actores políticos o participación en conflictos regionales destinados a modificar equilibrios de poder.
Con este conjunto de prácticas se está tratando de configurar un sistema internacional dominado por la rivalidad entre grandes potencias, - las emegentes y la tradicional-, más que por la aplicación de normas comunes.
DEL MULTILATERALISMO AL TRUMPISMO GEOPOLÍTICO
Lo que han insinuado las palabras de Von der Leyen es, en esencia, la normalización dentro de Europa de un modelo de política exterior que en los últimos tiempos ha sido defendido con especial crudeza por Donald Trump.
El trumpismo geopolítico se basa en una idea simple: las relaciones internacionales no deben regirse por normas universales, sino por la defensa directa y sin complejos de los intereses de las elites nacionales. Bajo esa lógica, el derecho internacional se convierte automáticamente en un instrumento que se utiliza cuando conviene y se ignora cuando su aplicación resulta incómoda.
La propuesta implícita en las declaraciones de Von der Leyen consiste precisamente en trasladar esa lógica al funcionamiento de la Unión Europea. Es decir, aceptar que Europa deje de actuar como supuesta defensora de un sistema de reglas comunes para convertirse en una potencia más dentro de un mundo organizado por bloques rivales. Pero, ¿cuál es hoy el peso económico, tecnológico, político y militar de la UE, en comparación con el de los otros tres grandes colosos que son los que realmente se están disputando las grandes areas de influencia planetaria?
Dicho de forma más directa: ¿abandonar el papel de supuesta “guardiana del orden internacional” significaría que Europa está en condiciones de asumir el papel económico, político o militar que hoy desempeña EEUU, China o Rusia para imponer intereses en cualquier punto del planeta.
EL ECO DEL IMPERIALISMO DEL SIGLO XIX
Esta orientación no es nueva en la historia europea. Durante el siglo XIX, las burguesías industriales del continente organizaron su política exterior precisamente de esta manera. Gran Bretaña, Francia, Alemania o Bélgica extendieron su dominio sobre amplias regiones de África y Asia para asegurar materias primas, controlar rutas comerciales y ampliar su poder económico. Aquella expansión colonial no se justificaba en términos jurídicos universales. Se justificaba en términos de poder.
La conferencia de Berlín de 1884, en la que las potencias europeas se repartieron el continente africano como si se tratara de un tablero geopolítico, simboliza esa lógica. Las fronteras se trazaban en función de intereses estratégicos y las poblaciones locales quedaban completamente excluidas de cualquier decisión.
El sistema internacional surgido tras la II Guerra Mundial se diseñó precisamente para impedir que las potencias históricas que habían protagonizado las guerras europeas —profundamente debilitadas por los efectos devastadores de aquel conflicto fratricida— intentaran reactivar los mecanismos coloniales que habían dominado la expansión europea durante más de dos siglos.
El expansionismo estadounidense de la posguerra fue, sin duda, intensamente depredador en términos económicos y estratégicos, pero no reprodujo las formas clásicas del colonialismo territorial que habían caracterizado a las potencias europeas del siglo XIX. No lo necesitaba.
Por su parte, la Unión Soviética, - el país sobre el que cayó la mayor parte del peso de la II Guerra Mundial,- se situó en abierta confrontación con ese tipo de prácticas imperialistas, tanto por razones ideológicas como por la magnitud del desafío que suponía reconstruir un país totalmente devastado por el conflicto bélico,
Hoy, la pretensión de las burguesías europeas de sentarse de igual a igual con el trío de las grandes potencias, no es solo una ilusión estratégica, sino un grave error de diagnóstico histórico. Europa ha perdido gran parte del peso económico, tecnológico y militar que una vez le permitiera dominar el sistema internacional.
En el mundo que se está configurando, su papel difícilmente sería el de actor soberano: en el mejor de los casos, socio subordinado; en el peor, objeto de disputa entre potencias mayores, como ya sugirió la reivindicación territorial estadounidense sobre Groenlandia.
EL CONTEXTO DE LAS ÉLITES EUROPEAS
Ursula von der Leyen procede de una familia profundamente integrada en las estructuras de poder del Estado alemán. Su padre, Ernst Albrecht, fue durante décadas una figura central de la política alemana y dirigente destacado de la Unión Demócrata Cristiana. La trayectoria familiar se remonta además a sectores de la administración y de las élites económicas alemanas, vinculadas al aparato estatal durante el período del Tercer Reich hitleriano.
Recordar ese contexto no implica establecer responsabilidades personales retrospectivas. Pero sí ayuda a comprender la continuidad de ciertas tradiciones políticas dentro de las élites europeas: la idea de que la política internacional se organiza, en última instancia, alrededor del poder y de la defensa de intereses económicos y estratégicos.
LA RECTIFICACIÓN QUE NO CAMBIA NADA
Tras el escándalo provocado por sus palabras, Von der Leyen introdujo este miercoles matices, reafirmando la importancia del derecho internacional. Pero esa rectificación tiene un valor político extremadamente limitado. No modifica el sentido de su declaración inicial. Simplemente recupera el lenguaje diplomático habitual para reducir el impacto ocasionado por la polémica.
La cuestión de fondo, en cualquier caso, sigue siendo la misma. Si Europa abandona, aunque solo sea formalmente, la defensa del derecho internacional como principio político, lo que aparece en su lugar es un sistema internacional dominado por la competencia entre las grandes potencias, un hecho que no le beneficiaría en nada.
Un sistema en el que las guerras sin declaración, los ataques preventivos, las sanciones económicas y arancelarias devastadoras y las intervenciones indirectas dejan de ser anomalías incómodas para convertirse en instrumentos legítimos de política exterior. Ese sería el verdadero significado de abandonar el formalmente denominado orden internacional basado en normas.


























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