LO QUE EL REY FELIPE DE BORBÓN DESCUBRIÓ CINCO SIGLOS DESPUÉS
¿Qué es lo que cuentan realmente los "diarios de Cristóbal Colón" sobre los pueblos indígenas?
Las recientes declaraciones de Felipe VI sobre los “abusos” de la conquista de América parecen llegar con quinientos años de retraso. Las propias cartas de Cristóbal Colón, recogidas por Zinn, describen con crudeza el origen de un sistema de dominación que transformó para siempre el continente.
POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG.-
A veces la historia tarda siglos en atravesar las puertas de un palacio. Durante quinientos años había estado esperando afuera, con los pies llenos de polvo, llamando suavemente a la puerta.
Pero hace tan solo unos días, el rey Felipe Borbón, por fin —y después de empecinadas resistencias— habló de la Conquista de América. Aseguró que durante aquella empresa se habían producido, -oh sorpresa-, “muchos abusos”. También mencionó que a lo largo de los siglos se habían suscitado “controversias éticas” al respecto.
Estas palabras, a no pocos, les sonaron correctas, prudentes y extraordinariamente medidas. Pero al escucharlas muchos también tuvieron la inevitable sensación de que llegaban muy tarde, extraordinariamente tarde. Y, sobre todo, de que no respondían al descubrimiento repentino de una verdad histórica hasta ahora desconocida, sino al reconocimiento tardío de una realidad que nunca estuvo oculta.
Durante siglos, esa realidad fue cuidadosamente relegada o minimizada en el discurso oficial de la propia Corona española, a pesar de que las abrumadoras pruebas de lo ocurrido habían quedado registradas desde el primer momento en cartas, crónicas y testimonios de los propios protagonistas de la conquista.
Porque lo ocurrido entonces no ha sido un descubrimiento reciente. No lo descubrieron los historiadores del siglo XXI. No apareció por sorpresa en unos archivos secretos. Estuvo escrito desde el principio. Y lo escribió hace siglos nada menos que Cristóbal Colón de su propio puño y letra
LA MAÑANA EN QUE DOS MUNDOS SE ENCONTRARON
Fue en octubre de 1492. Los barcos españoles habían cruzado un océano que parecía interminable. De repente apareció una isla de arena blanca y agua clara.
Los habitantes de aquellas tierras se acercaron nadando hasta las naves de los recién llegados. No llevaban armaduras ni espadas. Traían comida, algodón, pequeños regalos para los extraños visitantes. Querían contemplar de cerca a aquellos hombres vestidos con raras indumentarias que habían llegado flotando sobre la línea del horizonte.
Colón observó la escena con atención. Luego escribió en su diario:
“Nos trajeron loros y bolas de algodón y lanzas y muchas otras cosas… No tuvieron ningún inconveniente en darnos todo lo que poseían.”
Aquellos pueblos vivían en aldeas abiertas al mar. Cultivaban maíz, yuca y batatas. Compartían todo lo que tenían. La hospitalidad era su idioma. Pero el que Colón hablaba era otro muy diferente.
EL CÁLCULO
El almirante miró a aquellos hombres y mujeres como quien examina una tierra recién comprada. No vio comunidades. Vio recursos. Y escribió algo que hoy, como si de un eco se tratara, sigue retumbando como una profecía:
“No llevan armas ni las conocen… Serían unos criados magníficos. Con cincuenta hombres los subyugaríamos a todos y con ellos haríamos lo que quisiéramos.”
En esas líneas colombinas cabe toda la Conquista. No fue un malentendido entre culturas. Fue una decisión.
LA PREGUNTA QUE LO MOVÍA TODO
Colón tenía una obsesión: el oro.
Desde el primer día preguntó por él. Había prometido riquezas a los reyes que le financiaron el viaje. Tenía que regresar con algo más que mapas. Por eso capturó a varios indígenas y los obligó a señalar dónde se encontraba el metal precioso. Y en su informe a la corte española escribió sin rodeos:
traería “cuanto oro necesitasen… y cuantos esclavos pidiesen.”
Así fue como empezó todo.
EL REGRESO
En su segundo viaje Colón volvió con la friolera de diecisiete buques y más de mil hombres. No regresó como explorador. Regresó como el gran administrador de un negocio.
Rápidamente, los europeos comenzaron a capturar indígenas en grandes redadas. En una de ellas capturaron nada menos que a mil quinientos indígenas.
Quinientos de ellos fueron enviados como esclavos a Europa. Muchos murieron antes de finalizar la travesía.
Las islas que habían recibido a los extranjeros con comida, agua y con "todo lo que tenían" comenzaron a llenarse de cadenas.
EL SISTEMA
Los conquistadores inventaron un método sencillo. Cada indígena mayor de catorce años debía entregar una cantidad de oro cada tres meses. Cuando lo hacía, recibía un pequeño colgante de cobre.
Era su salvoconducto. Quien no lo tenía, moría. A veces lentamente. A veces se quedaban sin manos.
Pero había un problema. En muchas zonas apenas existía oro. Los indígenas buscaban y rebuscaban polvo metálico en los ríos para cumplir con una cuota impuesta e imposible.
Cuando no podían, huían. Pero a partir de su segundo viaje, Colon había traído consigo grandes y feroces perros de raza alana y grandes mastines ibéricos. Fray Bartolomé de las Casas describió múltiples episodios en los que los conquistadores usaban perros contra indígenas desarmados.
Los conquistadores desarrollaron una práctica conocida como "cazar indios", con la que se perseguía a los indígenas que huían y rastreaban a los fugitivos que pretendían esconderse en los bosques. En algunas de sus expediciones, los soldados soltaban jaurías enteras de perros. Cuentan las crónicas que los perros desgarraban los cuerpos de los indígenas, arrancaban sus brazos, le mordían las caras y las gargantas de los que atrapaba en sus feroces persecuciones.
EL DESAMPARO
Aquel mundo comenzó a desmoronarse. Algunos pueblos eligieron el suicidio antes que la esclavitud. Bebían veneno de yuca. Otros mataban a sus hijos para que no crecieran encadenados.
En apenas dos años la mitad de la población indígena de Haití había desaparecido. La historia no empezó con un grito. Empezó con un silencio.
LOS TESTIGOS
Hubo algunos hombres honestos que vieron lo que estaba ocurriendo. Un fraile llamado Bartolomé de las Casas describió escenas que parecen salidas de una pesadilla. Ahí se conservan aún escritos sus libros y pergaminos a disposición de reyes desmemoriados y de todos aquellos que estén interesados en saber que fue lo que realmente pasó.
Contó, por ejemplo, cómo los soldados españoles probaban el filo de sus espadas cortando cuerpos indígenas.
De las Casas recordaba un día en el que dos conquistadores se encontraron con dos niños que llevaban unos loros. Les quitaron las aves y, para divertirse, les cortaron la cabeza.
Las minas se llenaron de hombres exhaustos. Las mujeres trabajaban la tierra hasta caer desmayadas o muertas. Los niños morían porque sus madres no podían alimentarlos.
Las Casas escribió una frase que todavía duele:
“Los hombres morían en las minas, las mujeres en el trabajo, y los niños por falta de leche.”
Cuando Colón llegó, Haití tenía cientos de miles de habitantes. Tan solo cincuenta años después quedaban unos pocos cientos. Más tarde, ninguno. Un pueblo entero fue borrado de la tierra.
UNA HISTORIA QUE NOS LA CONTARON AL REVÉS
Durante siglos se estuvo enseñando otra historia. Los libros hablaban de descubrimiento. De aventura. De civilización. Las estatuas celebraban a los navegantes. Las víctimas de aquel genocidio, en cambio, nunca tuvieron un maldito monumento.
LAS PALABRAS DEL REY
Por eso resulta extraño escuchar a estas alturas a un rey hablar de “abusos”. No porque sea falso, Dios me libre. Si no porque esas palabras llegan nada menos que con medio milenio de retraso, después de que fuera el propio Colón el que se encargara de escribir sus reportajes de lo que allí estaba ocurriendo.
El rey Felipe VI dice hoy que hubo hechos “no fueron para sentirse orgullosos”. Faltaría más. La cuestión es que desde hace más quinientos años fueron las Cartas de Colón las que se encargaron de confesarnos con toda naturalidad, en un testimonio directo, sus propios crímenes. ¿Ignorancia? ¿Involuntario desconocimiento...? Nada de eso. Pura y dura complicidad histórica.
LA HISTORIA QUE ESPERA
Pero sucede que la historia tiene paciencia, una infinita paciencia. Puede esperar siglos. Permanece en los papeles olvidados, en las memorias de los pueblos, en documentos perdidos, en los nombres que no aparecen en los monumentos. A veces sucede que también vuelve. Y cuando vuelve, pregunta.
Pregunta, por ejemplo, si ese Continente fue descubierto o conquistado. Pregunta si aquello fue progreso, devastación masiva o un genocidio. Pregunta por qué hemos tardamos tanto en escuchar lo que ya estaba escrito desde el principio. Y las respuestas tienen que ser necesariamente demoledoras. Porque, de no serlo, continuarían actuando como cómplices de una fechoría histórica que se ha pretendido perseverantemente mantener oculta.
(*) Manuel Medina es profesor de Historia y divulgado de temas relacionados con esa misma materia.
POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG.-
A veces la historia tarda siglos en atravesar las puertas de un palacio. Durante quinientos años había estado esperando afuera, con los pies llenos de polvo, llamando suavemente a la puerta.
Pero hace tan solo unos días, el rey Felipe Borbón, por fin —y después de empecinadas resistencias— habló de la Conquista de América. Aseguró que durante aquella empresa se habían producido, -oh sorpresa-, “muchos abusos”. También mencionó que a lo largo de los siglos se habían suscitado “controversias éticas” al respecto.
Estas palabras, a no pocos, les sonaron correctas, prudentes y extraordinariamente medidas. Pero al escucharlas muchos también tuvieron la inevitable sensación de que llegaban muy tarde, extraordinariamente tarde. Y, sobre todo, de que no respondían al descubrimiento repentino de una verdad histórica hasta ahora desconocida, sino al reconocimiento tardío de una realidad que nunca estuvo oculta.
Durante siglos, esa realidad fue cuidadosamente relegada o minimizada en el discurso oficial de la propia Corona española, a pesar de que las abrumadoras pruebas de lo ocurrido habían quedado registradas desde el primer momento en cartas, crónicas y testimonios de los propios protagonistas de la conquista.
Porque lo ocurrido entonces no ha sido un descubrimiento reciente. No lo descubrieron los historiadores del siglo XXI. No apareció por sorpresa en unos archivos secretos. Estuvo escrito desde el principio. Y lo escribió hace siglos nada menos que Cristóbal Colón de su propio puño y letra
LA MAÑANA EN QUE DOS MUNDOS SE ENCONTRARON
Fue en octubre de 1492. Los barcos españoles habían cruzado un océano que parecía interminable. De repente apareció una isla de arena blanca y agua clara.
Los habitantes de aquellas tierras se acercaron nadando hasta las naves de los recién llegados. No llevaban armaduras ni espadas. Traían comida, algodón, pequeños regalos para los extraños visitantes. Querían contemplar de cerca a aquellos hombres vestidos con raras indumentarias que habían llegado flotando sobre la línea del horizonte.
Colón observó la escena con atención. Luego escribió en su diario:
“Nos trajeron loros y bolas de algodón y lanzas y muchas otras cosas… No tuvieron ningún inconveniente en darnos todo lo que poseían.”
Aquellos pueblos vivían en aldeas abiertas al mar. Cultivaban maíz, yuca y batatas. Compartían todo lo que tenían. La hospitalidad era su idioma. Pero el que Colón hablaba era otro muy diferente.
EL CÁLCULO
El almirante miró a aquellos hombres y mujeres como quien examina una tierra recién comprada. No vio comunidades. Vio recursos. Y escribió algo que hoy, como si de un eco se tratara, sigue retumbando como una profecía:
“No llevan armas ni las conocen… Serían unos criados magníficos. Con cincuenta hombres los subyugaríamos a todos y con ellos haríamos lo que quisiéramos.”
En esas líneas colombinas cabe toda la Conquista. No fue un malentendido entre culturas. Fue una decisión.
LA PREGUNTA QUE LO MOVÍA TODO
Colón tenía una obsesión: el oro.
Desde el primer día preguntó por él. Había prometido riquezas a los reyes que le financiaron el viaje. Tenía que regresar con algo más que mapas. Por eso capturó a varios indígenas y los obligó a señalar dónde se encontraba el metal precioso. Y en su informe a la corte española escribió sin rodeos:
traería “cuanto oro necesitasen… y cuantos esclavos pidiesen.”
Así fue como empezó todo.
EL REGRESO
En su segundo viaje Colón volvió con la friolera de diecisiete buques y más de mil hombres. No regresó como explorador. Regresó como el gran administrador de un negocio.
Rápidamente, los europeos comenzaron a capturar indígenas en grandes redadas. En una de ellas capturaron nada menos que a mil quinientos indígenas.
Quinientos de ellos fueron enviados como esclavos a Europa. Muchos murieron antes de finalizar la travesía.
Las islas que habían recibido a los extranjeros con comida, agua y con "todo lo que tenían" comenzaron a llenarse de cadenas.
EL SISTEMA
Los conquistadores inventaron un método sencillo. Cada indígena mayor de catorce años debía entregar una cantidad de oro cada tres meses. Cuando lo hacía, recibía un pequeño colgante de cobre.
Era su salvoconducto. Quien no lo tenía, moría. A veces lentamente. A veces se quedaban sin manos.
Pero había un problema. En muchas zonas apenas existía oro. Los indígenas buscaban y rebuscaban polvo metálico en los ríos para cumplir con una cuota impuesta e imposible.
Cuando no podían, huían. Pero a partir de su segundo viaje, Colon había traído consigo grandes y feroces perros de raza alana y grandes mastines ibéricos. Fray Bartolomé de las Casas describió múltiples episodios en los que los conquistadores usaban perros contra indígenas desarmados.
Los conquistadores desarrollaron una práctica conocida como "cazar indios", con la que se perseguía a los indígenas que huían y rastreaban a los fugitivos que pretendían esconderse en los bosques. En algunas de sus expediciones, los soldados soltaban jaurías enteras de perros. Cuentan las crónicas que los perros desgarraban los cuerpos de los indígenas, arrancaban sus brazos, le mordían las caras y las gargantas de los que atrapaba en sus feroces persecuciones.
EL DESAMPARO
Aquel mundo comenzó a desmoronarse. Algunos pueblos eligieron el suicidio antes que la esclavitud. Bebían veneno de yuca. Otros mataban a sus hijos para que no crecieran encadenados.
En apenas dos años la mitad de la población indígena de Haití había desaparecido. La historia no empezó con un grito. Empezó con un silencio.
LOS TESTIGOS
Hubo algunos hombres honestos que vieron lo que estaba ocurriendo. Un fraile llamado Bartolomé de las Casas describió escenas que parecen salidas de una pesadilla. Ahí se conservan aún escritos sus libros y pergaminos a disposición de reyes desmemoriados y de todos aquellos que estén interesados en saber que fue lo que realmente pasó.
Contó, por ejemplo, cómo los soldados españoles probaban el filo de sus espadas cortando cuerpos indígenas.
De las Casas recordaba un día en el que dos conquistadores se encontraron con dos niños que llevaban unos loros. Les quitaron las aves y, para divertirse, les cortaron la cabeza.
Las minas se llenaron de hombres exhaustos. Las mujeres trabajaban la tierra hasta caer desmayadas o muertas. Los niños morían porque sus madres no podían alimentarlos.
Las Casas escribió una frase que todavía duele:
“Los hombres morían en las minas, las mujeres en el trabajo, y los niños por falta de leche.”
Cuando Colón llegó, Haití tenía cientos de miles de habitantes. Tan solo cincuenta años después quedaban unos pocos cientos. Más tarde, ninguno. Un pueblo entero fue borrado de la tierra.
UNA HISTORIA QUE NOS LA CONTARON AL REVÉS
Durante siglos se estuvo enseñando otra historia. Los libros hablaban de descubrimiento. De aventura. De civilización. Las estatuas celebraban a los navegantes. Las víctimas de aquel genocidio, en cambio, nunca tuvieron un maldito monumento.
LAS PALABRAS DEL REY
Por eso resulta extraño escuchar a estas alturas a un rey hablar de “abusos”. No porque sea falso, Dios me libre. Si no porque esas palabras llegan nada menos que con medio milenio de retraso, después de que fuera el propio Colón el que se encargara de escribir sus reportajes de lo que allí estaba ocurriendo.
El rey Felipe VI dice hoy que hubo hechos “no fueron para sentirse orgullosos”. Faltaría más. La cuestión es que desde hace más quinientos años fueron las Cartas de Colón las que se encargaron de confesarnos con toda naturalidad, en un testimonio directo, sus propios crímenes. ¿Ignorancia? ¿Involuntario desconocimiento...? Nada de eso. Pura y dura complicidad histórica.
LA HISTORIA QUE ESPERA
Pero sucede que la historia tiene paciencia, una infinita paciencia. Puede esperar siglos. Permanece en los papeles olvidados, en las memorias de los pueblos, en documentos perdidos, en los nombres que no aparecen en los monumentos. A veces sucede que también vuelve. Y cuando vuelve, pregunta.
Pregunta, por ejemplo, si ese Continente fue descubierto o conquistado. Pregunta si aquello fue progreso, devastación masiva o un genocidio. Pregunta por qué hemos tardamos tanto en escuchar lo que ya estaba escrito desde el principio. Y las respuestas tienen que ser necesariamente demoledoras. Porque, de no serlo, continuarían actuando como cómplices de una fechoría histórica que se ha pretendido perseverantemente mantener oculta.
(*) Manuel Medina es profesor de Historia y divulgado de temas relacionados con esa misma materia.


























Saburo | Martes, 17 de Marzo de 2026 a las 09:20:18 horas
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La música, muchas veces , funciona como historia de un pueblo.
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