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LA GUERRA COMO NEGOCIO: QUIÉN GANA CON EL NUEVO REARME EUROPEO

¿Por qué la industria militar no puede seguir el ritmo del rearme europeo? ¿Es la guerra una necesidad… o una oportunidad económica?

Europa acelera su rearme, pero su industria no da abasto. Detrás de esta carrera armamentística no hay solo una respuesta a la guerra, sino el reflejo de un sistema que convierte el conflicto en oportunidad económica.

POR HANSI QUEDNAU, DESDE ALEMANIA PARA CANARIAS SEMANAL

    Hay momentos en los que la historia no avanza dando saltos espectaculares, sino arrastrándose lentamente, como una grieta que se abre en una pared sin que nadie quiera mirarla de frente. Europa está viviendo uno de [Img #90672]esos momentos.

     Durante años, se nos dijo que las guerras entre grandes potencias eran cosa del pasado, que el comercio global y la interdependencia económica habían domesticado los conflictos. Pero bastó un solo acontecimiento —la guerra en Ucrania— para que ese relato se desmoronara.

 

    Hoy, mientras las noticias hablan de envíos de armas, presupuestos militares y nuevas alianzas, hay un proceso más profundo en marcha: la transformación de la economía europea hacia una lógica cada vez más militarizada.

 

    Y lo más inquietante es que este cambio no responde solo a la guerra. La guerra, en cierto modo, ha sido la chispa. Pero el combustible ya estaba ahí.

 

UNA INDUSTRIA DESBORDADA: CUANDO EL SISTEMA NO RESPONDE

   El dato es tan simple como revelador: la industria militar europea no puede producir lo que los gobiernos le están pidiendo.

 

   En Alemania, uno de los centros industriales más potentes del continente, las empresas de defensa están desbordadas. Los pedidos se acumulan, pero la capacidad productiva no alcanza. Los plazos para entregar armamento se alargan hasta cinco años, y en algunos casos incluso más. No es un problema puntual. 

 

   Durante décadas, Europa redujo su gasto militar. Se cerraron fábricas, se desmantelaron líneas de producción y se reconvirtieron industrias enteras hacia sectores más rentables. La lógica era clara: producir armas no era tan lucrativo como invertir en tecnología, finanzas o servicios.

 

    Pero ahora, de repente, los gobiernos quieren armas. Muchas armas. Y las quieren ya.

 

   El resultado es una contradicción evidente: el sistema que durante años desinvirtió en la industria militar ahora necesita que esta crezca a una velocidad que no puede sostener.

 

UCRANIA: LA CHISPA QUE LO CAMBIÓ TODO

    La guerra en Ucrania ha actuado como un acelerador brutal de este proceso. Desde 2022, los países europeos han enviado enormes cantidades de armamento: munición, tanques, sistemas antiaéreos. Pero esos envíos han vaciado los arsenales.

 

   Por ejemplo, varios países han reconocido que sus reservas de munición están en niveles críticamente bajos. Y aquí aparece el problema: reponer esas existencias no es rápido ni sencillo.

 

   Fabricar munición no es como fabricar churros. Requiere infraestructuras específicas, cadenas de suministro complejas y materiales que no siempre están disponibles.

 

   Esto ha obligado a los gobiernos a aumentar el gasto militar de forma masiva. Alemania, por ejemplo, anunció un fondo extraordinario de 100.000 millones de euros para modernizar el ejército. Otros países han seguido el mismo camino. Pero el dinero, por sí solo, no resuelve el problema. Porque el sistema productivo no se reconstruye de un día para otro.

 

QUIÉNES GANAN: EL NEGOCIO DE LA GUERRA

   Aquí es justamente donde el análisis se convierte en irritante. Porque mientras los gobiernos hablan de seguridad y defensa, hay actores que están obteniendo beneficios enormes de esta situación.

 

   Las grandes empresas armamentísticas europeas han visto dispararse sus pedidos y, con ellos, también sus ingresos. Empresas que durante años operaban en un mercado relativamente estable ahora se encuentran en una posición privilegiada. Y esto no es casualidad.

 

   En el sistema actual, todo se convierte en mercancía. Todo se produce para ser vendido, no necesariamente para ser utilizado . Las armas no son una excepción.

 

   De hecho, en muchos casos, la producción militar funciona como un negocio garantizado: los Estados aseguran la demanda, financian la producción y reducen los riesgos para las empresas. Es, en cierto modo, el mercado perfecto.

 

UNA MIRADA AL PASADO: CUANDO EL REARME YA FUE LA SOLUCIÓN

   Lo que está ocurriendo hoy no es nuevo. Antes de la Primera Guerra Mundial, las grandes potencias europeas iniciaron un proceso de rearme similar. La industria militar creció, las tensiones aumentaron y el resultado fue una catástrofe global.

 

    Algo parecido ocurrió tambien en los años 30. Tras la crisis de 1929, muchas economías encontraron en la producción militar una forma de reactivarse. El rearme no solo preparó la guerra, sino que ayudó a salir de la crisis económica La historia, en ese sentido, no se repite con exactitud, pero rima.

 

  Y hoy, en un contexto de crisis global —con desigualdades crecientes y economías estancadas— la industria de guerra vuelve a aparecer como una salida.

 

UNA ECONOMÍA QUE PRODUCE PARA EL BENEFICIO, NO PARA LA VIDA

   Aquí está el núcleo del problema. La producción no se organiza en función de lo que la sociedad necesita, sino de lo que genera beneficios.

 

   Por eso, durante años, se recortó en sectores esenciales mientras se invertía en otros más rentables. Y por eso, ahora, se destinan miles de millones a armamento mientras faltan recursos en sanidad, educación o vivienda. Es una contradicción profunda.  Según datos globales, el 1% más rico concentra casi la mitad de la riqueza mundial, mientras miles de millones de personas viven en condiciones precarias .

 

 El mundo tiene capacidad para cubrir las necesidades básicas de todos, pero la riqueza se distribuye de forma extremadamente desigual. Y en ese contexto, la producción de armas no es una anomalía. Es una consecuencia lógica.

 

EL ESTADO: ORGANIZADOR DE LA NUEVA ETAPA

    El papel del Estado es clave. Lejos de ser un árbitro neutral, el Estado actúa como organizador del sistema económico. Financia la industria militar, garantiza contratos y orienta la producción hacia determinados sectores.

 

     Como se explica en los estudios sobre la relación entre economía y política, el Estado se construye sobre la base económica y responde a sus necesidadesPor eso, cuando la economía necesita nuevos motores, el Estado interviene. Hoy, ese motor es, en gran medida, la industria de guerra.

 

LO QUE SE PIERDE: EL COSTE SOCIAL DEL REARME

   Pero todo esto tiene un precio. Cada euro destinado a armamento es un euro que no se invierte en otras áreas. Y esto no es una metáfora, es una realidad presupuestaria. Mientras aumentan los gastos militares, muchos países siguen enfrentando problemas graves en sanidad, educación o vivienda. Hospitales saturados, jóvenes sin acceso a vivienda, sistemas educativos con falta de recursos.

 

    Es como si una familia con dificultades económicas decidiera gastar más en sistemas de seguridad que en comida. Tiene una lógica… pero es una lógica que revela una prioridad muy concreta.

 

UN FUTURO MARCADO POR LA CONTRADICCIÓN

    Europa se está rearmando. Eso ya no es una hipótesis, es un hecho. Pero lo verdaderamente importante no es el rearme en sí, sino lo que revela.

 

    Revela un sistema que no planifica a largo plazo, que reacciona a las crisis en lugar de prevenirlas. Un sistema que puede producir abundancia, pero genera escasez. Que tiene recursos para todo, pero los distribuye de forma desigual.  Y en ese escenario, la guerra —o su preparación— deja de ser una excepción. Se convierte en una opción.

 

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