EL MITO DEL EMPRENDEDOR HEROICO: AUTOEMPLEO Y PRECARIEDAD EN CANARIAS
El auge del autoempleo también refleja la precariedad laboral
El número de trabajadores autónomos en Canarias no deja de crecer y ya supera los 145.000. Las instituciones lo celebran como una señal de dinamismo económico y espíritu emprendedor. Sin embargo, detrás de estas cifras se esconde una realidad más compleja: para muchos, el autoempleo no es una elección, sino la única salida ante un mercado laboral marcado por la precariedad y la falta de oportunidades.
Por A. RAMÍREZ PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
El pasado 2025 Canarias alcanzó un récord histórico: 145.144 trabajadores autónomos registrados. El dato fue recibido con entusiasmo por las instituciones. Desde el Gobierno de Canarias y diversas organizaciones empresariales se presentó como una prueba de que el archipiélago vive un momento de dinamismo económico y que el espíritu emprendedor de la población está más vivo que nunca.
Las cifras, a simple vista, parecen respaldar ese optimismo. Durante el último año, casi diez personas al día decidieron iniciar una actividad por cuenta propia. Para las autoridades regionales, este fenómeno sería señal de que el ecosistema empresarial de las islas está en plena expansión. Desde la Asociación de Trabajadores Autónomos incluso se llegó a describir a estos trabajadores como auténticos “héroes”.
Sin embargo, una mirada más detenida a los datos y al contexto económico de Canarias invita a preguntarse si realmente estamos ante una historia de éxito. ¿Es el crecimiento del autoempleo una señal de prosperidad o más bien la consecuencia de un mercado laboral incapaz de ofrecer empleo estable y digno?
Porque detrás de la imagen romántica del emprendedor que persigue sus sueños se esconde, con frecuencia, una realidad mucho más dura: la necesidad de sobrevivir en un sistema que deja a miles de trabajadores sin alternativas reales.
Un crecimiento que refleja las debilidades del modelo económico
Según las estadísticas oficiales, alrededor del 41% de quienes se dan de alta como autónomos afirman hacerlo para desarrollar una idea propia, una proporción superior a la media estatal. Este dato suele presentarse como prueba del carácter emprendedor de la sociedad canaria.
Pero la realidad del mercado laboral en el archipiélago obliga a relativizar esa interpretación.
Canarias posee una estructura económica extremadamente dependiente del turismo, con escasa diversificación productiva y una presencia industrial casi testimonial. En este contexto, el empleo suele caracterizarse por contratos temporales, salarios bajos y alta rotación laboral.
Uno de cada cuatro puestos de trabajo está vinculado directa o indirectamente al sector turístico. Aunque esta actividad genera ingresos importantes, también produce un mercado laboral frágil, donde la estabilidad es la excepción y no la norma.
Ante este panorama, no resulta extraño que muchas personas opten por trabajar por cuenta propia. Cuando las opciones disponibles se reducen a contratos precarios o directamente al desempleo, el autoempleo aparece como una salida posible, aunque esté lejos de garantizar estabilidad.
En otras palabras, lo que se presenta como espíritu emprendedor puede ser, en realidad, emprendimiento por necesidad.
Canarias crece más que España… pero no necesariamente mejor
Si se comparan los datos con el conjunto del Estado, la evolución del autoempleo en Canarias resulta llamativa. Mientras que en España el número de autónomos creció aproximadamente un 1,1% en el último año, en el archipiélago lo hizo más del doble: un 2,36%.
A primera vista podría interpretarse como un signo de mayor dinamismo económico. Sin embargo, también puede leerse como una señal de alerta.
Las regiones con economías más diversificadas suelen ofrecer más oportunidades de empleo asalariado estable. En cambio, en territorios donde el tejido productivo es débil o demasiado dependiente de un solo sector, el autoempleo suele crecer precisamente porque faltan alternativas laborales.
Este patrón no es exclusivo de Canarias. Aparece también en otras zonas del Mediterráneo con economías similares, como Baleares, Grecia o el sur de Italia, donde el peso del trabajo autónomo supera ampliamente la media europea.
Todos estos territorios comparten características similares: dependencia del turismo, escasa industria, alta temporalidad y mercados laborales inestables.
En ese contexto, el autoempleo funciona muchas veces como una válvula de escape del desempleo, más que como el resultado de una ola de innovación empresarial.
La mayoría de los autónomos no son empresarios
Otro dato ayuda a comprender mejor el fenómeno: alrededor del 60% de los autónomos no tiene empleados a su cargo.
Esto significa que la mayoría de ellos no dirige una empresa ni genera puestos de trabajo adicionales. Son, en realidad, trabajadores individuales que dependen exclusivamente de su propio esfuerzo para obtener ingresos.
En muchos casos, la falta de contratación no responde a una decisión estratégica, sino a una limitación económica. Numerosos autónomos reconocen que no pueden permitirse contratar a nadie.
El perfil más habitual no es el del empresario que expande su negocio, sino el de personas que trabajan solas en actividades de pequeña escala: comercio minorista, servicios personales, transporte, limpieza o actividades vinculadas al turismo.
Además, cerca del 90% del autoempleo en Canarias se concentra en el sector servicios, lo que confirma que no estamos ante un auge de proyectos tecnológicos o industriales, sino ante una expansión de actividades tradicionales con márgenes muy reducidos.
La “puerta giratoria” del autoempleo
Uno de los aspectos más reveladores del fenómeno es la alta tasa de abandono.
En Canarias, aproximadamente la mitad de los autónomos deja su actividad antes de cumplir tres años. Es decir, por cada persona que inicia un proyecto por cuenta propia, otra termina cerrándolo al poco tiempo.
Este fenómeno también se observa a nivel estatal. Diversos estudios indican que entre el 45% y el 55% de los autónomos en España no logra consolidar su actividad más allá de los tres primeros años.
Las razones son diversas: ingresos insuficientes, altos costes fiscales y administrativos, dificultad para encontrar clientes o dependencia excesiva de uno solo.
Muchos autónomos apenas consiguen cubrir los gastos básicos: cuota a la Seguridad Social, impuestos, alquiler del local, suministros o material de trabajo.
Para mantenerse a flote, no es raro que trabajen más de diez horas al día, sin vacaciones ni descansos regulares. El esfuerzo es enorme y, aun así, los ingresos no siempre alcanzan para vivir con estabilidad.
Por eso, el autoempleo en muchos casos se convierte en una especie de círculo de entrada y salida constante, donde las personas pasan de intentar emprender a volver a buscar empleo asalariado… o a intentarlo de nuevo.
El mito del emprendedor heroico
En las últimas décadas se ha instalado con fuerza un discurso que presenta al emprendedor como el modelo ideal de trabajador. Se le describe como alguien valiente, creativo, dispuesto a asumir riesgos y capaz de reinventarse constantemente.
Pero este relato también cumple una función ideológica.
Al convertir el emprendimiento en una virtud individual, se desplaza la atención de los problemas estructurales del mercado laboral. Si el negocio fracasa —algo que ocurre con frecuencia— la responsabilidad parece recaer exclusivamente en la persona que lo intentó.
De este modo, desaparecen del debate factores como la precariedad laboral, la falta de inversión productiva o la escasa diversificación económica.
El resultado es una narrativa en la que cada individuo debe convertirse en una especie de empresa de sí mismo, responsable único de su éxito o fracaso.
Cuando el autónomo se convierte en trabajador sin derechos
En algunos sectores, la figura del autónomo se utiliza incluso para ocultar relaciones laborales que en realidad son de dependencia.
Es el caso de los llamados falsos autónomos: trabajadores que realizan su actividad para una sola empresa, bajo sus horarios y condiciones, pero sin disfrutar de los derechos propios del empleo asalariado.
Esta práctica se ha extendido en ámbitos como el transporte, la construcción, las plataformas digitales o determinados servicios profesionales.
Para las empresas, la ventaja es evidente: se reducen costes laborales y responsabilidades legales. Para el trabajador, en cambio, significa asumir todos los riesgos sin contar con la protección del empleo tradicional.
Incluso aquellos autónomos que realmente trabajan de forma independiente suelen verse obligados a aceptar condiciones duras para mantenerse en el mercado.
La consecuencia es una forma de autoexplotación, donde jornadas interminables, incertidumbre económica y falta de protección social se convierten en parte de la vida cotidiana.
Más autónomos no siempre significa más prosperidad
El crecimiento del número de trabajadores autónomos en Canarias puede interpretarse de dos maneras.
Desde el punto de vista institucional, es una señal de vitalidad económica y de iniciativa empresarial. Pero desde una perspectiva más crítica, también puede verse como el reflejo de un mercado laboral que expulsa a muchas personas del empleo estable y las empuja a buscarse la vida por su cuenta.
En ese sentido, el aumento del autoempleo no siempre indica prosperidad. A veces revela justamente lo contrario: la incapacidad del sistema económico para ofrecer trabajo digno a una parte importante de la población.
Y mientras esa realidad no cambie, el llamado “espíritu emprendedor” seguirá siendo, para muchos, menos una elección que una necesidad.
Por A. RAMÍREZ PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
El pasado 2025 Canarias alcanzó un récord histórico: 145.144 trabajadores autónomos registrados. El dato fue recibido con entusiasmo por las instituciones. Desde el Gobierno de Canarias y diversas organizaciones empresariales se presentó como una prueba de que el archipiélago vive un momento de dinamismo económico y que el espíritu emprendedor de la población está más vivo que nunca.
Las cifras, a simple vista, parecen respaldar ese optimismo. Durante el último año, casi diez personas al día decidieron iniciar una actividad por cuenta propia. Para las autoridades regionales, este fenómeno sería señal de que el ecosistema empresarial de las islas está en plena expansión. Desde la Asociación de Trabajadores Autónomos incluso se llegó a describir a estos trabajadores como auténticos “héroes”.
Sin embargo, una mirada más detenida a los datos y al contexto económico de Canarias invita a preguntarse si realmente estamos ante una historia de éxito. ¿Es el crecimiento del autoempleo una señal de prosperidad o más bien la consecuencia de un mercado laboral incapaz de ofrecer empleo estable y digno?
Porque detrás de la imagen romántica del emprendedor que persigue sus sueños se esconde, con frecuencia, una realidad mucho más dura: la necesidad de sobrevivir en un sistema que deja a miles de trabajadores sin alternativas reales.
Un crecimiento que refleja las debilidades del modelo económico
Según las estadísticas oficiales, alrededor del 41% de quienes se dan de alta como autónomos afirman hacerlo para desarrollar una idea propia, una proporción superior a la media estatal. Este dato suele presentarse como prueba del carácter emprendedor de la sociedad canaria.
Pero la realidad del mercado laboral en el archipiélago obliga a relativizar esa interpretación.
Canarias posee una estructura económica extremadamente dependiente del turismo, con escasa diversificación productiva y una presencia industrial casi testimonial. En este contexto, el empleo suele caracterizarse por contratos temporales, salarios bajos y alta rotación laboral.
Uno de cada cuatro puestos de trabajo está vinculado directa o indirectamente al sector turístico. Aunque esta actividad genera ingresos importantes, también produce un mercado laboral frágil, donde la estabilidad es la excepción y no la norma.
Ante este panorama, no resulta extraño que muchas personas opten por trabajar por cuenta propia. Cuando las opciones disponibles se reducen a contratos precarios o directamente al desempleo, el autoempleo aparece como una salida posible, aunque esté lejos de garantizar estabilidad.
En otras palabras, lo que se presenta como espíritu emprendedor puede ser, en realidad, emprendimiento por necesidad.
Canarias crece más que España… pero no necesariamente mejor
Si se comparan los datos con el conjunto del Estado, la evolución del autoempleo en Canarias resulta llamativa. Mientras que en España el número de autónomos creció aproximadamente un 1,1% en el último año, en el archipiélago lo hizo más del doble: un 2,36%.
A primera vista podría interpretarse como un signo de mayor dinamismo económico. Sin embargo, también puede leerse como una señal de alerta.
Las regiones con economías más diversificadas suelen ofrecer más oportunidades de empleo asalariado estable. En cambio, en territorios donde el tejido productivo es débil o demasiado dependiente de un solo sector, el autoempleo suele crecer precisamente porque faltan alternativas laborales.
Este patrón no es exclusivo de Canarias. Aparece también en otras zonas del Mediterráneo con economías similares, como Baleares, Grecia o el sur de Italia, donde el peso del trabajo autónomo supera ampliamente la media europea.
Todos estos territorios comparten características similares: dependencia del turismo, escasa industria, alta temporalidad y mercados laborales inestables.
En ese contexto, el autoempleo funciona muchas veces como una válvula de escape del desempleo, más que como el resultado de una ola de innovación empresarial.
La mayoría de los autónomos no son empresarios
Otro dato ayuda a comprender mejor el fenómeno: alrededor del 60% de los autónomos no tiene empleados a su cargo.
Esto significa que la mayoría de ellos no dirige una empresa ni genera puestos de trabajo adicionales. Son, en realidad, trabajadores individuales que dependen exclusivamente de su propio esfuerzo para obtener ingresos.
En muchos casos, la falta de contratación no responde a una decisión estratégica, sino a una limitación económica. Numerosos autónomos reconocen que no pueden permitirse contratar a nadie.
El perfil más habitual no es el del empresario que expande su negocio, sino el de personas que trabajan solas en actividades de pequeña escala: comercio minorista, servicios personales, transporte, limpieza o actividades vinculadas al turismo.
Además, cerca del 90% del autoempleo en Canarias se concentra en el sector servicios, lo que confirma que no estamos ante un auge de proyectos tecnológicos o industriales, sino ante una expansión de actividades tradicionales con márgenes muy reducidos.
La “puerta giratoria” del autoempleo
Uno de los aspectos más reveladores del fenómeno es la alta tasa de abandono.
En Canarias, aproximadamente la mitad de los autónomos deja su actividad antes de cumplir tres años. Es decir, por cada persona que inicia un proyecto por cuenta propia, otra termina cerrándolo al poco tiempo.
Este fenómeno también se observa a nivel estatal. Diversos estudios indican que entre el 45% y el 55% de los autónomos en España no logra consolidar su actividad más allá de los tres primeros años.
Las razones son diversas: ingresos insuficientes, altos costes fiscales y administrativos, dificultad para encontrar clientes o dependencia excesiva de uno solo.
Muchos autónomos apenas consiguen cubrir los gastos básicos: cuota a la Seguridad Social, impuestos, alquiler del local, suministros o material de trabajo.
Para mantenerse a flote, no es raro que trabajen más de diez horas al día, sin vacaciones ni descansos regulares. El esfuerzo es enorme y, aun así, los ingresos no siempre alcanzan para vivir con estabilidad.
Por eso, el autoempleo en muchos casos se convierte en una especie de círculo de entrada y salida constante, donde las personas pasan de intentar emprender a volver a buscar empleo asalariado… o a intentarlo de nuevo.
El mito del emprendedor heroico
En las últimas décadas se ha instalado con fuerza un discurso que presenta al emprendedor como el modelo ideal de trabajador. Se le describe como alguien valiente, creativo, dispuesto a asumir riesgos y capaz de reinventarse constantemente.
Pero este relato también cumple una función ideológica.
Al convertir el emprendimiento en una virtud individual, se desplaza la atención de los problemas estructurales del mercado laboral. Si el negocio fracasa —algo que ocurre con frecuencia— la responsabilidad parece recaer exclusivamente en la persona que lo intentó.
De este modo, desaparecen del debate factores como la precariedad laboral, la falta de inversión productiva o la escasa diversificación económica.
El resultado es una narrativa en la que cada individuo debe convertirse en una especie de empresa de sí mismo, responsable único de su éxito o fracaso.
Cuando el autónomo se convierte en trabajador sin derechos
En algunos sectores, la figura del autónomo se utiliza incluso para ocultar relaciones laborales que en realidad son de dependencia.
Es el caso de los llamados falsos autónomos: trabajadores que realizan su actividad para una sola empresa, bajo sus horarios y condiciones, pero sin disfrutar de los derechos propios del empleo asalariado.
Esta práctica se ha extendido en ámbitos como el transporte, la construcción, las plataformas digitales o determinados servicios profesionales.
Para las empresas, la ventaja es evidente: se reducen costes laborales y responsabilidades legales. Para el trabajador, en cambio, significa asumir todos los riesgos sin contar con la protección del empleo tradicional.
Incluso aquellos autónomos que realmente trabajan de forma independiente suelen verse obligados a aceptar condiciones duras para mantenerse en el mercado.
La consecuencia es una forma de autoexplotación, donde jornadas interminables, incertidumbre económica y falta de protección social se convierten en parte de la vida cotidiana.
Más autónomos no siempre significa más prosperidad
El crecimiento del número de trabajadores autónomos en Canarias puede interpretarse de dos maneras.
Desde el punto de vista institucional, es una señal de vitalidad económica y de iniciativa empresarial. Pero desde una perspectiva más crítica, también puede verse como el reflejo de un mercado laboral que expulsa a muchas personas del empleo estable y las empuja a buscarse la vida por su cuenta.
En ese sentido, el aumento del autoempleo no siempre indica prosperidad. A veces revela justamente lo contrario: la incapacidad del sistema económico para ofrecer trabajo digno a una parte importante de la población.
Y mientras esa realidad no cambie, el llamado “espíritu emprendedor” seguirá siendo, para muchos, menos una elección que una necesidad.


























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