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CUANDO ES EL PASADO EL QUE MARCA LA HORA: EL ORIGEN OLVIDADO DE NUESTRO HORARIO HITLERIANO

¿Por qué en España el pasado sigue marcando no solo la hora de nuestros relojes sino tambien la agenda politica?

El horario en España no es solo una costumbre: es el resultado de una decisión histórica que, pese al paso del tiempo y los cambios políticos, sigue organizando la vida cotidiana sin que apenas se cuestione. ¿Tendrán que ver este tipo de inercias con otras que se continúan produciendo en el aparato de Estado?

 

POR MÁXIMO RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

     Dicen que el tiempo todo lo cura, que lo pone todo en su [Img #90673]sitio, que borra las huellas del pasado.

 

    Pero basta con mirar el reloj en España para darse cuenta de que no siempre es así. Aquí el tiempo, más que curar, lo que parece que hace es conservar. Como una especie de museo invisible, donde ciertas decisiones del pasado siguen funcionando con total normalidad, aunque nadie recuerde muy bien por qué están ahí.

 

    Porque sí, aunque suene exagerado —y quizá por eso mismo merezca ser dicho—, cada vez que adelantamos el reloj en España estamos, de alguna manera, obedeciendo una decisión  tomada por la dictadura de Franco en los años 40 en honor a las coincidencias ideológicas que su Régimen mantenía con la Alemania de Hitler. Y lo más curioso no es eso. Lo verdaderamente llamativo es que, décadas y décadas después, nadie haya tenido demasiado interés en cambiarlo.

 

CUANDO EL RELOJ SE PUSO A MARCHAR HACIA BERLÍN

    España no siempre vivió con este horario extraño que hace que en verano el sol se esconda casi a las diez de la noche. Durante mucho tiempo, el país compartía hora con Reino Unido y Portugal, lo que tenía todo el sentido del mundo si uno mira un mapa sin prejuicios.

 

    Para poder entender bien las razones por las que España adoptó ese nuevo horario en 1940, hay necesariamente que mirar hacia Europa, concretamente hacia la Alemania nazi.

 

    Durante la Segunda Guerra Mundial, Alemania impuso su horario en gran parte del continente que ocupaba físicamente o influenciaba políticamente. Este horario, conocido como CET (Central European Time), estaba diseñado para coordinar mejor la producción, el transporte y la logística en un contexto de guerra total.

 

  El Régimen franquista español, nacido de una guerra devastadora, y que durante la misma había contado con la ayuda decisiva prestada Berlín, buscaba consolidarse. La adopción del horario CET no fue una coincidencia. Se trató de una decisión plenamente consciente de sincronización política y económica con la Alemania hitleriana de la época.

 

   Franco tomó una decisión que, como tantas otras de aquella época, no tenía mucho que ver con la lógica cotidiana de la gente y sí bastante con la lógica del poder. Su dictadura  decidió adelantar su reloj en una hora, no porque los agricultores lo pidieran, ni porque los trabajadores españoles lo necesitaran, ni siquiera porque fuera especialmente útil para la vida cotidiana del país. No. Fue, básicamente, una cuestión de pura sintonía ideológica.

 

   La verdad es que España,  hasta entonces,  había mantenido un horario mucho más acorde y racional con su posición geográfica. Es decir, el mismo que el de Reino Unido y Portugal (el llamado horario de Greenwich). Esto tenía sentido: si miramos un mapa, España está geográficamente alineada con esos países, no con la Europa central.

 

   Dicho en pocas palabras, España cambió su hora para mirar en la misma dirección que Berlín. Y así, casi sin darse cuenta, este país  se puso a vivir una hora por delante de sí mismo.

 

EL TIEMPO COMO DISCIPLINA

    Puede parecer un detalle menor, pero organizar el tiempo es una de las formas más profundas de organizar la vida. No es una casualidad. Como se explica en estudios sobre la cultura y la sociedad, las normas, los horarios y las rutinas forman parte de ese “ambiente artificial”, construido históricamente, que regula cómo vivimos, trabajamos y descansamos.

 

    Es decir: el tiempo no es neutro. Es una herramienta. Y en momentos de guerra o de reorganización social, esa herramienta se vuelve aún más importante. Coordinar fábricas, trenes, ejércitos… todo requiere sincronización. El horario no es solo una cuestión de relojes, sino de control y organización.

 

   Por eso, cuando España adoptó el horario hitleriano, no solo estaba moviendo las agujas. Estaba adaptando su ritmo interno a un modelo totalitario externo.

 

LO MÁS FASCINANTE: NUNCA SE CAMBIÓ

   Hasta aquí, todo podría parecer una anécdota histórica más. Pero lo realmente interesante —y aquí es donde la historia empieza a rozar lo absurdo y lo pintoresco— es que esa decisión nunca fue  revertida.

 

   Pasaron los años. Cambió el contexto internacional. Terminó la guerra. Desapareció Franco cuarenta años después y, también parte del Régimen que había tomado aquella decisión. Llegaron nuevas etapas políticas, nueva  Constitución, nuevos gobiernos. Pero el reloj… el reloj siguió igual.

 

   Ni los gobiernos conservadores ni los autotitulados como "progresistas", encontraron el momento —o las ganas— de devolver el horario a su sitio original. Quizá porque hacerlo implicaría reconocer que, durante décadas, el país ha vivido organizado en torno a una decisión heredada de otros tiempos, cuyos orígenes y continuidades ninguna de las fuerzas protagonistas de los cambios institucionales deseaban recordar.

 

    O quizá, también,  porque, cuando algo se instala en la estructura social, tiende a quedarse, a permanecer. Eso fue lo que sucedió igualmente con la judicatura franquista, con el Ejército, las Fuerzas de seguridad  y con el aparato del Estado mismo.  Como si de unas  piezas más del engranaje del nuevo sistema político se trataran, ninguna de las fuerzas políticas protagonistas del "cambio", se atrevió  a desmontar.  

 

   Además, en honor a la verdad, también hay que decir que existen poderosas razones económicas, vinculadas a determinados intereses patronales,  que han contribuido que la hora de más o de menos permanezca inmutable. El actual sistema horario favorece ciertos modelos de producción y consumo. Por ejemplo, jornadas laborales largas, horarios comerciales extensos y una vida social que se alarga hasta la noche. Todo esto encaja bien con una economía que a partir  de la imposición europea de que España  fuera convertida en  la  economía terciarizada  de la UE, la ampliación de los horarios nocturnos encajan a la perfección con los intereses de las grandes corporaciones multinacionales del turismo y el consumo.

 

 

ENTRE LA COSTUMBRE Y LA INERCIA

    Hoy se habla mucho de si el cambio de hora sirve para ahorrar energía o no. Se debate si es bueno para la salud, si altera el sueño, si tiene sentido mantenerlo. Pero rara vez se plantea la pregunta más incómoda: ¿por qué seguimos viviendo con un horario hitleriano que no nos corresponde geográficamente?

 

    La respuesta, probablemente, no está solo en la eficiencia o en la costumbre. Está en esa mezcla de inercia, adaptación, intereses y continuidad que caracteriza a muchas estructuras sociales. Cambiar el horario implicaría reorganizar jornadas laborales, horarios escolares, consumo, ocio… en definitiva, tocar demasiadas piezas a la vez. Y ya se sabe: cuando algo afecta a tantos intereses, lo más fácil es dejarlo como está.

 

UNA HERENCIA QUE NO SE VE (PERO SE SIENTE)

   Hay cosas del pasado que se conservan en los archivos. Otras, en los monumentos. Y algunas, más sutiles, en la forma en que organizamos la vida cotidianaEl horario español pertenece a esta última categoría. No es un símbolo visible. No aparece en los libros de historia como una gran decisión trascendental. Pero ahí está, funcionando cada día, marcando cuándo comemos, cuándo trabajamos, cuándo descansamosComo una pequeña pieza heredada de otro tiempo que, sin hacer ruido, sigue organizando el presente.

 

    Y tal vez por eso resulte tan difícil de cambiar. Porque no se presenta como lo que es: una decisión histórica concreta, tomada en un contexto muy específico, que sigue sobreviviendo a todo lo demás. 

 

    Quizá la próxima vez que alguien diga que el pasado ya pasó, convenga mirar el reloj antes de responder.  Porque en España, en este y otros muchísimos casos más, el pasado no solo no ha pasado, sino que sigue marcando la hora.


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