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LA "IZQUIERDA COMPATIBLE" O LA "REBELIÓN" QUE TERMINÓ PIDIENDO PERMISO

 

 

POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

A mi amigo M. Molinón y a todos aquellos que, como él, no han acabando

de enterarse desde dónde han comenzado a soplar

los nuevos vendavales que se avecinan.

 

    Hubo tiempos en los que la palabra “izquierda” olía a imprenta clandestina, a fábrica ocupada, a estudiantes perseguidos por repartir panfletos, a obreros discutiendo de madrugada cómo cambiar el mundo, mientras la policía esperaba abajo, en la calle, con las porras calientes y la paciencia fría.

 

    Hubo también otros tiempos en los que hablar de transformación social significaba tocar intereses reales, molestar a los dueños del banco, encoger los esfínteres de los ministros, alterar el sueño de los que cenaban tranquilos mientras otros en la calle ingerían basura para sobrevivir.

 

    Ahora no. Ahora la "rebeldía" viene patrocinada por una marca de telefonía móvil y presentada por una multinacional energética comprometida con la sostenibilidad, el respeto y el reciclaje emocional. El viejo capitalismo, que antes reprimía a martillazos, descubrió algo mucho más eficaz: abrazar el lenguaje de sus críticos hasta vaciarlo por dentro. Y ahí apareció esa criatura elegante, domesticada, perfectamente compatible con las tertulias televisivas y los cócteles institucionales: el progresismo domesticado.

 

   Porque el sistema aprendió algo fundamental: es mucho más peligroso un trabajador organizado que un ciudadano indignado en redes sociales. Mucho más inquietante una huelga que un hashtag.  Mucho más desasosegante un sindicato combativo que un influencer con camiseta reivindicativa fabricada en Bangladés por niños que cobran menos de un euro al día.

 

   Y fue así como empezó la gran mutación. El capitalismo, ese viejo zorro con disfraz nuevo cada década, comprendió que podía tolerar discursos encendidos siempre que no tocaran el corazón del problema. Se podía hablar del lenguaje inclusivo, de la representación simbólica, de la diversidad en las series de Netflix o de la importancia de poner semáforos morados en las ciudades europeas. Todo eso era perfectamente aceptable. Incluso rentable. Lo único verdaderamente prohibido era mencionar la palabra clase. Porque la clase señala siempre culpables. Y eso ya resulta de mal gusto en los salones de la nueva corrección política.

 

LA DESAPARICIÓN DEL ENEMIGO

    Así fue desapareciendo el enemigo. Ya no había explotadores ni explotados. Ya no existían patronos ni obreros. Ahora había “emprendedores”, “colaboradores”, “generadores de contenido”, “nómadas digitales” y otras formas poéticas de llamar al asalariado precario de toda la vida. El repartidor de comida pedaleando bajo la lluvia ya no era un trabajador explotado: era un “socio independiente”. Un esclavo con aplicación móvil y GPS. Un siervo medieval con auriculares bluetooth.

 

   El progreso, nos dijeron, consiste en poder elegir entre treinta tipos distintos de café, mientras el alquiler nos consume el 70% del sueldo. Y ante ello la "izquierda compatible" asentía. Porque  la "progresía compatible" no nació para cambiar el sistema. Nació para administrarlo con rostro humano. Para poner música suave en el ascensor mientras el edificio se derrumba. Para explicar con voz pedagógica que la precariedad puede ser una oportunidad de crecimiento personal si se vive con resiliencia y pensamiento positivo.

 

    El resultado fue, naturalmente, fascinante. Nunca hubo tantos discursos sobre justicia social mientras la desigualdad alcanza niveles obscenos. Nunca se habló tanto de inclusión mientras millones de personas son expulsadas del acceso a la vivienda, a la estabilidad y al futuro. Jamás hubo tantas campañas institucionales sobre salud mental mientras la vida cotidiana se convierte en una trituradora de ansiedad, miedo y agotamiento. Es el mundo al revés que describía Galeano: un sistema que te rompe las piernas y después te regala unas muletas ecológicas hechas con materiales sostenibles.

 

LA REBELIÓN CONVERTIDA EN MERCANCÍA

   El progresismo actual descubrió, además, un secreto extraordinario: que la revolución puede aplazarse indefinidamente si se convierte en estética. Ya no hace falta cambiar la realidad; basta con representarla correctamente. Lo importante no es acabar con la explotación, sino asegurarse de que los explotados aparezcan adecuadamente representados en las campañas publicitarias del mismo Banco que luego les va a negar la hipoteca o en las producciones audiovisuales.

 

   Y ahí aparece una de las contradicciones más grotescas de esta época. Las mismas grandes corporaciones que destruyen selvas, financian guerras o despiden a miles de trabajadores patrocinan eventos sobre diversidad, igualdad y sostenibilidad. Los fondos de inversión que especulan con la vivienda colocan banderas arcoíris en sus logotipos durante el mes de junio. Las empresas que exprimen trabajadores hasta la depresión organizan talleres sobre bienestar emocional y mindfulness. Es el capitalismo diciendo: “Sí, sí, te explotamos, pero lo hacemos con mucha sensibilidad”.

 

    La ironía alcanza niveles casi artísticos. Las universidades, que alguna vez fueron espacios de pensamiento rebelde, se han convertido muchas veces en fábricas de especialistas incapaces de cuestionar el sistema. Se estudia la pobreza como quien estudia insectos exóticos: con la consabida distancia académica y lenguaje sofisticado. Se analizan las crisis sociales mediante gráficos impecables, mientras afuera los estudiantes encadenan trabajos basura para pagar matrículas imposibles.

 

   El pensamiento crítico se volvió un producto cultural. Algo elegante. Muy decorativo. Una especie de rebeldía de escaparate compatible con cenas patrocinadas por grandes bancos. Y mientras tanto, el sistema sigue funcionando exactamente igual. Porque el capitalismo aprendió a integrar la protesta del mismo modo que integra cualquier mercancía: empaquetándola, vendiéndola y devolviéndola convertida en moda.

 

   Las camisetas del Che se fabrican en maquilas. Las frases revolucionarias decoran cafeterías de ocho euros el brunch. La indignación cabe perfectamente en Instagram siempre que tenga buena iluminación. La domado no destruye el sistema. Lo moderniza. Le cambia la tipografía. Lo hace más amable. Más diverso. Más emocionalmente inteligente. Pero deja intacta la maquinaria central: la acumulación de riqueza en manos de una minoría cada vez más obscenamente rica.

 

 

EL MUNDO AL REVÉS DE LA NUEVA NORMALIDAD

    Ahí está la verdadera contradicción. Nos hablan de democracia mientras los grandes fondos financieros condicionan gobiernos enteros. Nos hablan de libertad mientras millones de personas no pueden dejar un empleo miserable porque perderían el alquiler, la comida o la atención médica. Nos hablan de progreso mientras generaciones completas descubren que vivirán peor que sus padres pese a trabajar más horas, con más estudios y menos derechos. Y, sin embargo, la culpa siempre parece individual. Si no llegas a fin de mes es porque no te esforzaste suficiente. Si estás agotado, necesitas gestionar mejor tus emociones. Si no encuentras vivienda, quizá debas aprender educación financiera en TikTok. El sistema jamás es responsable. El problema eres tú.

 

  El sistema transforma los problemas colectivos en dilemas personales.  Convierte la explotación en autoestima baja. La precariedad en falta de motivación. El desempleo en carencia de habilidades emocionales. Es brillante. Casi diabólicamente brillante. Porque mientras la gente intenta “sanarse”, nadie organiza nada y el capitalismo continúa avanzando como una excavadora sobre una playa vacía.  Mientras tanto, la "izquierda compatible" con este sistema, que jamás se plantea crear una organización para disputar el poder real, contribuye a mantener la ficción de disidencia con reivindicaciones identitarias, reducidas a una multidud de grupos cada vez más fragmentados.  

 

    Así, la precariedad se convierte en la norma y las ciudades se transforman en parques temáticos para turistas y fondos inmobiliarios. El derecho a vivir donde uno nació se convierte en lujo. Los barrios populares desaparecen lentamente bajo cafeterías minimalistas con nombres en inglés y bicicletas decorativas colgadas en las paredes. Pero quédese tranquilo: habrá murales feministas en las fachadas de los edificios donde ya no podrán vivir las familias obreras expulsadas por el precio del alquiler. Todo muy inclusivo.

 

ECOLOGISMO, CONSUMO Y CULPA INDIVIDUAL

     Incluso determinadas corrientes ecologistas han terminado muchas veces atrapadas dentro de esta lógica absurda. Nos dicen que salvaremos el planeta utilizando pajitas de cartón mientras las grandes corporaciones continúan devastando ecosistemas enteros a escala industrial. El ciudadano debe reciclar heroicamente su botella de yogur mientras cien empresas concentran la mayor parte de la contaminación global. La responsabilidad siempre cae hacia abajo. Nunca hacia arriba.

 

   Y quizá ahí esté la esencia más profunda del progresismo compatible: hacer creer que el cambio depende exclusivamente de pequeños gestos individuales mientras los mecanismos gigantescos del poder económico permanecen intactos. Consume responsablemente. Compra ético. consciente. Haz mindfulness. Usa bolsas reutilizables. Pero jamás cuestiones quién posee realmente el mundo. Porque cuando alguien empieza a hacer esa inquietante pregunta, el tono cambia drásticamente. Entonces ya no eres un ciudadano comprometido. Te conviertes en un radical, extremista o muy peligroso.

 

UNA "REBELIÓN" QUE YA NO ASUSTA A NADIE

    El sistema tolera perfectamente la crítica ornamental. Lo que no soporta es la crítica que organiza. Por eso el progresismo compatible adora las emociones, pero teme la organización colectiva. Le fascina la sensibilidad, pero sospecha de cualquier movimiento que quiera disputar el poder real. Prefiere la protesta simbólica a la transformación concreta. Las performances antes que el conflicto. El gesto antes que el problema de fondo.

 

   Y así hemos llegado a esta época extraña donde los discursos parecen revolucionarios mientras la realidad se vuelve cada vez más desigual. Jamás hubo tanta retórica emancipadora combinada con tanta impotencia política. La gran tragedia es que millones de personas sinceramente indignadas terminan atrapadas dentro de un mecanismo que convierte su rabia en combustible cultural sin consecuencias reales. La energía social se disuelve en debates interminables sobre símbolos mientras el capital financiero compra ciudades, gobiernos, medios de comunicación y futuros completos.

 

    El izquierda compatible actúa como un extintor elegante colocado justo al lado del incendio social. Y quizá por eso el sistema lo premia, lo financia y lo exhibe. Porque no hay nada más tranquilizador para el poder que una rebeldía que jamás amenaza verdaderamente el reparto del poder. Al final, el progresismo compatible termina funcionando como una especie de religión moderna. Ofrece rituales morales, lenguaje correcto y sensación de superioridad ética, pero evita cuidadosamente cualquier confrontación seria con los mecanismos económicos que producen miseria, desigualdad y desesperación.

 

   La vieja izquierda quería transformar el mundo. La nueva muchas veces parece conformarse con redactar comunicados. Y mientras tanto, los ricos son cada vez más ricos, los trabajadores más inseguros y las democracias más vacías. Pero eso sí: las campañas institucionales tienen ahora colores mucho más bonitos.

 

EL "FIN DE LA CALMA" Y EL COMIENZO DEL “GRAN REAJUSTE”

   Durante décadas, una buena parte de las sociedades occidentales vivieron bajo la ilusión de que, pese a las crisis, existía un suelo mínimo de estabilidad. El empleo fijo, las pensiones, la sanidad pública, ciertos derechos laborales y una vaga sensación de progreso parecían formar parte natural del paisaje. Incluso cuando el neoliberalismo comenzó a desmontar lentamente muchas de esas conquistas, todavía persistía la idea de que el sistema podía seguir funcionando más o menos igual, maquillando sus contradicciones con consumo barato, crédito fácil y entretenimiento permanente.

 

   Pero esos tiempos parecen estar llegando a su fin. Lo que parece estar avecinándose no es una nueva crisis económica pasajera, sino una reconfiguración profunda del capitalismo mundial. El viejo orden nacido tras la Segunda Guerra Mundial y reforzado tras la caída de la Unión Soviética, ha entrado en una etapa de agotamiento acelerado. Ya no se trata únicamente de inflación, desempleo o endeudamiento. Lo que parece resquebrajarse es la propia capacidad del sistema para mantener el antiguo "consenso social".

 

    La irrupción de China como gran potencia del mundo capitalista, la pérdida de hegemonía de Estados Unidos, la guerra comercial global, la automatización creciente, la Inteligencia Artificial y la precarización masiva del trabajo están empujando al capitalismo hacia una nueva fase muchísimo más agresiva e inestable.  Las élites económicas parecen estar entrenándose para gestionar este nuevo escenario mediante fórmulas cada vez más autoritarias, más militarizadas y más basadas en el control social.

 

    En este contexto, la extrema derecha deja ya de estar apareciendo como una simple anomalía para convertirse en una herramienta funcional del nuevo tiempo histórico que nos ha tocado vivir. Mientras las condiciones materiales empeoran, el sistema necesita redirigir la rabia social hacia enemigos falsos y guerras culturales cuidadosamente diseñadas.

 

   Quizá sea por eso por lo que el progresismo institucional aparece hoy cada vez más agotado, más impotente y más desconectado de una realidad que está mutando a gran velocidad. Y es que cuando el sistema entra en fase de reajuste profundo, las sonrisas publicitarias, los discursos vacíos y las promesas de estabilidad ya no bastan para contener el temblor de fondo que empieza a recorrer y sacudir la superficie de todo nuestro planeta. 

 

 

 
 
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